El número de la hora mágica

Cómo superar la prueba del polígrafo

Una historia sobre drogas ilegales, una cárcel en Texas, detectores de mentiras, una madre judía y un road trip que salió muy mal.

por Theodore Ross
01 Junio 2015, 9:27am

Ilustraciones de Brandon Celi

Tengo una historia sobre drogas ilegales, una cárcel en Texas, detectores de mentiras y una madre judía. Como todo el mundo, ¿verdad? Comienza una mañana de cielo azul de mayo de 1994, en el área de descanso de una autopista a las afueras de Las Cruces, Nuevo México. Yo volvía de la universidad, en Los Ángeles, a casa de mi madre en Gulfport, Mississippi. Llevaba en aquella tira de asfalto recalentado por el sol desde antes del amanecer, y a pesar de todas las señales que había en la carretera que advertían de la presencia de serpientes y convictos huidos, aquel parecía el mejor sitio para echar una meada.

Allí fue donde conocí al autoestopista.

–¿Vas a El Paso? –me dijo.

No él, sino un ordenanza vestido con un mono naranja quien, al parecer, cumplía sus órdenes. El ordenanza me explicó al camionero que se le había averiado el tráiler y se había visto obligado a caminar ocho kilómetros hasta el área de descanso. Tal vez yo estaría dispuesto a llevarlo hasta la estación de autobuses del centro de la ciudad. En total sería una hora de camino. Estuve a punto de preguntarle al ordenanza por qué era tan buen samaritano, pero el camionero salió del lavabo antes de que pudiera hacerlo. Era delgado y llevaba unos vaqueros lavados en ácido y una camiseta Panama Jack. Tenía un enorme tatuaje de color azul claro en el antebrazo que no acababa de distinguir qué era, los dientes podridos y botas de trabajo de puntera metálica. Fumaba un cigarrillo y entrecerraba los ojos de una manera que hacía sospechar que no existía ningún camión. Yo debía parecer fuera de lugar en aquel solitario oasis, y seguramente yo tenía pinta de presa fácil. O a lo mejor les parecía un espíritu afín. Yo llevaba unos pantalones cortos sucios y una camiseta de la gira Steel Wheels de los Rolling Stones. Llevaba perilla y pendientes en las dos orejas. Y sandalias de velcro.

–Vamos –le dije.

Por entonces yo era un chico de 21 años, temerario y desorientado, un estudiante de Literatura con ansias de embarcarme en grandes aventuras y vivir experiencias picarescas. Resulta imposible exagerar el perjuicio que había causado en mi personalidad la exposición a Camus y Sartre y Dostoievski y Hunter S. Thompson, por no mencionar Conan el bárbaro y las películas de Indiana Jones y videojuegos como Defender. Entendía la "vida real" en los términos más vagos aprendidos de Jack Kerouac y me faltaba la fortaleza para llevar una forma de vida consecuente con todos aquellos clichés. Pero no tenía prejuicios contra casi nada. Para mí, la respuesta siempre era sí, sin importar la pregunta.

Había salido de Los Ángeles unos pocos días antes, después de mi último examen, con resaca y en posesión de un gato atigrado rechoncho y de color gris llamado Gordon. En los meses previos al viaje, mi Jeep Grand Wagoneer del 86, un armatoste marrón con paneles de imitación de madera, había sufrido una serie de percances casi cómicos. Una noche, me rompieron la ventana del conductor y me robaron el radiocasete que, estúpido de mí, había escondido debajo del asiento en lugar de dejarlo en casa. Cambié el cristal, pero a los pocos días me levanté y vi que me habían roto la ventanilla triangular para vaciar el cenicero, donde había como mucho tres dólares en calderilla. Esta vez no la hice arreglar, más que nada porque me gustaba ir por ahí conduciendo sacando el brazo por la ventanilla rota, cortando negligentemente el viento con indiferencia. También porque pensé que ya no quedaba nada más que me pudieran robar, pero me equivocaba: otra mañana me levanté y vi que el coche ya no estaba. La policía se las arregló para recuperarlo un par de semanas más tarde, y fue en ese Wagoneer –recientemente robado, con una ventanilla rota, sin radiocasete y con Gordon maullando en plan existencialista en su transportín– que conduje a través de la inmensidad del desierto de Chihuahua junto al autoestopista.

El autoestopista me dio a entender que debía seguirle la corriente con la mentira aquella de que era camionero, de modo que así lo hice. Me habló de la vida en la carretera, de las ciudades, las mujeres y el vacío. Mencionó que había tenido problemas con la metanfetamina, aunque reconoció que iba bien si necesitabas mantenerte despierto al volante. Me habló de la temporada que pasó en la Marina y de la que pasó en la cárcel y de un hijo que hacía tiempo que no veía. No dejaba de repetirme que le había hecho "un favor del quince". Le expliqué mis historias y me inventé algunas aún mejores.

Cuando por fin lo dejé en El Paso, insistió en que aceptara una compensación por el viaje. No tenía dinero, pero sí un excelente –usó esa palabra– LSD. Me dio cuatro láminas como agradecimiento y me dijo que no aceptaría un no por respuesta, aunque sí 20 dólares. Lo observé mientras se alejaba arrastrando los pies hasta la estación de autobuses y se mezclaba con la tropa de yonquis y vagabundos que merodeaban en el exterior. Me metí en la cartera el paquetito de papel de aluminio con las láminas, justo debajo del carnet de conducir, y me dirigí de nuevo hacia la autopista.

Al día siguiente, cuando pasaba por Kerrville, Texas, me paró la policía por sobrepasar el límite de velocidad. Los policías parecían más alerta de lo normal mientras me pedían los datos. Al parecer, algún funcionario en los intestinos de la burocracia municipal de Los Ángeles se había olvidado de actualizar la situación legal de mi Wagoneer. El coche, cargado con mis trastos y un gato medio muerto de calor, además de ir más rápido de lo debido por la interestatal a un tiro de piedra de México, aún seguía pareciendo en el sistema como robado.

Intenté mantener la calma, lo que quiere decir que fui incapaz de mantener la calma. Me enredé en explicaciones sobre el robo del coche, tartamudeando mientras registraban mis cosas. Siempre me ha gustado considerarme como una especie de Steve McQueen por descubrir, moralmente superior, rebelde y despreocupadamente sexy. En realidad, me parecía mucho más al Woody Allen de Annie Hall, capaz de estornudar encima de una bandeja de cocaína de primera calidad. Que es básicamente lo que hice a continuación. Cuando me pidieron los papeles del coche y el carnet de conducir, hurgué torpemente para sacar el carnet de la cartera: estaba enganchado en algo, algo con lo que debía ir con cuidado. Conseguí sacarlo, finalmente, pero el paquete de papel de aluminio con el LSD salió literalmente volando y aterrizó en la nariz de uno de los policías.

Me esposaron y me colocaron en el asiento delantero de uno de los coches patrulla. El policía que me arrestó era un tipo pelirrojo lleno de pecas, con aire alicaído, como de estar permanentemente decepcionado con el mundo. Conducía con una sola mano, mientras con la otra se recolocaba de vez en cuando la pistola que llevaba en la cintura. Charlamos mientras me llevaba de camino a la cárcel, o más bien habló él, para adoctrinarme sobre los peligros de las drogas y las ventajas de cumplir la ley y cosas por el estilo. (El pobre Gordon también acabó entre rejas en un refugio para animales cercano). Quién sabe lo que le pasaba por la cabeza. A lo mejor pensaba que podría salvarme –un fino crucifijo de oro le asomaba entre los botones del uniforme– o tal vez no hacía más que interpretar el papel de alguien que se dedica a salvar a la gente.

–¿Sabes qué esa cosa que llevabas, hijo? –me preguntó en el momento álgido de aquel episodio tan íntimo.

No era una pregunta tan extraña como pudiera parecer. Había inspeccionado el contenido del papel de aluminio, y no se parecía al LSD que había visto hasta entonces. En lugar de los típicos cuadraditos de papel perforado había unas diminutas esquirlas de una sustancia gelatinosa de color ámbar, parecidas a pequeños restos de una pastilla de jabón. Tuve la sensación de que aquella era mi oportunidad, así que rápidamente me inventé una historia que combinaba elementos verídicos con una mentira muy concreta. Relaté la experiencia con el camionero autoestopista, aunque en lugar de admitir que había comprado los narcóticos, le dije al policía que el tipo había intentado venderme la droga pero que yo me había negado a aceptarla. Luego él había puesto la droga dentro de un paquete de cigarrillos que se había dejado sin querer en el coche cuando lo dejé en el Paso.

–Me dijo que era LSD –le expliqué, pero como no había probado el producto, ni tenía intención de hacerlo, no podía estar seguro. (Esta parte era verdad; había tenido malas experiencias con los alucinógenos y tenía pensado regalarle las drogas a alguien)–. Por lo que yo sé, podrían ser caramelos.

El policía esbozó la típica sonrisa de policía. "Los dos sabemos que eso no es verdad, ¿a que no?", me dijo.

Yo me encogí de hombros.

Después de una noche sin dormir en el calabozo amenizada por los gritos distantes de un preso atado de pies y mano, demasiado agresivo para estar en la celda principal, al fin pude ponerme en contacto con mi madre y mi padrastro en Mississippi. Mi madre me consiguió un abogado, que le explicó a las autoridades mi versión de lo ocurrido. Tengo el suficiente respeto por los servidores de la ley en Texas como para sospechar que pensaron que mi historia sobre un autoestopista que "se olvidó" un poco de ácido en mi coche era una trola de las más burdas y poco imaginativas [1]. Pero era un chico blanco con un abogado, y resultaba mucho más sencillo para todo el mundo que me otorgaran provisionalmente el beneficio de la duda. Mi abogado consiguió que me soltaran (y a Gordon también) con una fianza de 25.000 dólares y que me pusieran en custodia de mis padres.

Llegamos a un acuerdo: pasaría el verano con mi familia y aprovecharía para trabajar en el taller mecánico de mi padrastro. Cuando acabara el verano, debería volver a Texas para someterme a un detector de mentiras. Si el polígrafo corroboraba mi historia, retirarían los cargos. Si no, y dado que la posesión de LSD era un delito grave, podría pasarme hasta dos años en la cárcel.


1 Nadie, absolutamente nadie, me ha creído nunca respecto a que el autoestopista siquiera hubiera existido.

Mi padrastro tenía un taller mecánico en Gulfport. Randy era un tipo grandote y de piel tostada por el sol, con una cara sincera de hombre de clase trabajadora, con las manos endurecidas y los antebrazos hinchados de tanto apretar tuercas. Conoció a mi madre cuando yo tenía once años, le arregló el Volkswagen Escarabajo y le pidió salir hasta que ella dijo que sí. Él y yo nos llevamos bien enseguida. A riesgo de que suene a cliché, le quería como a un padre. Decirle a mi madre que me habían detenido era un marrón; decírselo a Randy me hacía sentir avergonzado.

Como era el niño pequeño del taller, me dedicaba a cambiar el aceite y arreglar frenos, a equilibrar y cambiar ruedas, sustituir bujías y correas de transmisión, y a preparar café. Los otros mecánicos del taller eran afroamericanos, de manera que la dinámica laboral se parecía a un cruce entre las novelas de Richard Wright y una versión masculina de Criadas y señoras. Bill (nombre ficticio) era un párroco bautista y veterano del ejército, que le alquilaba a Randy un par de grúas y se encargaba del trabajo extra que nosotros no podíamos asumir. Butch (un apodo inventado pero no muy diferente del verdadero) había sido jugador semiprofesional de béisbol y era diácono en la congregación de Bill. Cojeaba un poco por culpa de una vieja lesión de baloncesto y básicamente se dedicaba a barrer y a explicar historias en un acento afroamericano del Mississippi tan impenetrable que me era imposible hablar con él. El sobrino de Bill, O. J. (su verdadero apodo), hacía trabajillos y reparaciones menores mientras se decidía entre ir a la universidad o alistarse al ejército. Una tarde jugamos a baloncesto juntos en un polideportivo del pueblo. Él era más alto y más rápido que yo, y se burlaba de los chicos blancos y de nuestros tiros en suspensión y nunca volvimos a jugar juntos.

Las tensiones subyacentes de raza, clase y las propias de la masculinidad emergían periódicamente a la superficie. Bill se quejaba de que Randy le daba los trabajos más duros. (Randy le pagaba por faena: las reparaciones más complicadas le llevaban más tiempo por lo que acababa cobrando menos). Aquello le irritaba, pero al mismo tiempo le producía una especie de orgullo pasivo-agresivo.

–Ya no te gusta ensuciarte las manos, ¿eh, Randall? –decía en tono de burla. A mí me llamaba "Señorito Taaaed" mientras me enseñaba los rudimentos de la mecánica de coches.

Por su parte, Randy me hacía sentir fuera de lugar. A pesar de haberme criado en Mississippi, no podía competir con su silencioso machismo, su fuerza física y su imponente presencia. Yo era un desastre en fútbol americano; en un partido casi me dejan inconsciente. Era un manazas que arruinaba cualquier tarea de reparación que hiciera. Era incapaz de hacer caballitos con la bici, de pescar, de hacer esquí acuático y perdía todas las peleas que, con lo cobarde que era, aún así no era capaz de evitar. Randy, en cambio, era americano de una manera en que los judíos como mi madre –nacida en aquella generación de posguerra que era al mismo tiempo una minoría modélica y los privilegiados que forman parte de la mayoría– admiraban, envidiaban, respetaban y anhelaban para sus hijos. Para ella y, por extensión, para mí, Randy representaba el ideal masculino al que debía aspirar pero que jamás podría alcanzar.

Aun así, me gustaba trabajar en el taller, aunque no se me diera bien. Me gustaba volver a casa por la noche y ducharme para quitarme la grasa del pelo y sentir los antebrazos y los hombros adoloridos. En realidad, no estoy siendo muy preciso. Más que nada, lo que me gustaba era decir que trabajaba con coches. Incluso jugueteé con la idea de quedarme a trabajar en el taller en vez de volver a la universidad, aunque sabía que no lo haría. Otras veces, me engañaba a mí mismo imaginándome que no pasaba el polígrafo en Texas y que debía huir a México, quizás, a vivir una vida de aventuras y desenfreno del tipo que describían en los libros que leía. O se lo confesaba todo a la policía de Texas que me enviaba a la cárcel. Un par de años parecía un castigo asumible; algo que, en cualquier caso, me vendría hasta bien.

No recuerdo cómo fue la conversación con mi madre cuando le dije que le había mentido a la policía en Kerrville y que, si me hacían el test del polígrafo, no lo iba a pasar. Pero ya os podéis hacer una idea. De lo que sí me acuerdo es de que me mandó a un psicólogo para que dijera si una temporada en una clínica de rehabilitación me serviría de algo. El psicólogo dijo que yo "abusaba de las drogas" pero que no era "un adicto", y ahí se quedó la cosa.

–No me preocupaba que fueras drogadicto –me dijo hace poco–. Me preocupaba que fueras gilipollas.

Mi madre había dejado a mi padre en 1976, cuando yo tenía tres años, y se había mudado a Mississippi cinco años después, cuando la contrataron en el hospital local para montar una consulta. Me pasé los siguientes años de mi infancia yendo y viniendo entre la costa del Golfo de Mississippi y Greenwich Village, donde seguía viviendo mi padre. Pero incluso hoy, tres décadas después de que mi madre se instalase en Gulfport, el sur y ella siguen guardando las distancias. Ella no deja de ser una mujer judía de un metro y medio de estatura salida de Queens, Nueva York, poseída por un descarado complejo de Napoleón y la indomable fuerza de voluntad de una madre, además de un gusto por las palabrotas; "Me importa una puta mierda" era una de las frases que más escuché en mi juventud. No estaba hecha para el Cinturón de la Biblia.

Toda una constelación de personajes retorcidos orbitaban entorno a mi madre en Mississippi. Gravitaban a su alrededor atraídos por su personalidad dominante y la ayudaban a resolver disputas, le ofrecían ayuda diplomática con los vecinos, le arreglaban el ordenador. Soportaban al mecánico de su marido y a los tarados de sus hijos porque ella no les dejaba otra opción.

Aquello le resultaba de utilidad a mi madre en el plan que había urdido para evitar que fuera a prisión. Una mañana mientras desayunábamos [2], me dijo que uno de sus asociados sabía cómo engañar al polígrafo. Le había explicado algunas técnicas básicas, que mi madre me describió [3].

Al parecer, la base era la autohipnosis. Debías escoger un punto de la habitación y mirarlo fijamente. Controlar la respiración. Contar hacia atrás a partir de diez. Este tipo de técnicas sencillas te ayudaban a lograr un leve estado de meditación y mantenerlo. Los detectores de mentiras, me dijo, no distinguen entre la verdad y la mentira. Simplemente registran determinadas señales físicas –aumento del ritmo cardíaco y de la presión sanguínea, la respiración y la temperatura de la piel– que produce el estrés emocional de la mentira. Si uno es capaz de controlar estas respuestas, por lo que respecta a la máquina está diciendo la verdad.

–Digas la verdad o no digas la verdad, te iban a hacer el test de todos modos –recordaba hace poco mi madre–. ¿Qué otra cosa podías hacer?

Su socio no estaba seguro de que el plan fuera a funcionar.

–No cree que seas tan bueno como para seguirlo –me dijo mi madre.

Pero supongo que ella sí debía pensar que era capaz de soltar embustes con la suficiente convicción como para que parecieran verdades. Su socio sugirió que hiciéramos un test de prueba para ver si tenía la facultad de crear fábulas creíbles. Tenía un contacto en una empresa de seguridad discretamente ubicada fuera del estado, en Alabama, y consiguió que me hicieran un test del polígrafo allí antes de volver a Texas. Si salía bien, me sometería al de verdad. Si no... bueno, el plan consistía en que saliera bien.


2 Mi madre, la doctora, era quien traía el dinero a casa y aún así nos enviaba a Randy y a mi a trabajar al taller con un gran desayuno.

3 Este mismo socio fue quien me ayudó a conseguir un abogado en Texas, y ya había hecho lo mismo hacía casi un año, durante el mismo viaje de regreso de la universidad, cuando me pararon por exceso de velocidad en Kearney, Nebraska, y me detuvieron por llevar dos pastillas de éxtasis. Me acogí a mi derecho a no declarar ante la acusación de posesión de una sustancia ilegal, un delito que estaba penado con un pequeña multa. La detención no fue a parar a mi antecedentes en cuanto cumplí los 21 sin cometer ningún otro delito contra el estado de Nebraska.

Hice el test de prueba en Mobile, Alabama, a principios de agosto. Randy me llevó hasta allí en su coche. Se acercaba una tormenta veraniega y los enormes nubarrones cubrían el cielo de una luz gris, como tomas falsas de una vieja película en blanco y negro. La sensación de distancia, de estar dentro de una escenografía de película, me infundía calma, pero me resistí a dejarme llevar por la confianza. Me sentía cansado por culpa del estrés de la prueba y de trabajar en el taller y tal vez también a causa del medicamento para la alergia que mi madre me había recetado aquella misma semana. También me dijo que no tomara café aquella mañana, por temor a que la cafeína pudiera provocar un falso positivo en el polígrafo, así que no podía evitar sentirme levemente adormilado.

El sol se hizo un hueco entre las nubes justo cuando llegábamos a las oficinas de la compañía de seguridad y todo adquirió un nítido enfoque. Un escalofrío me recorrió la espalda hasta la entrepierna, y me pregunté si tendría tiempo de mear antes de la prueba. Un vigilante de seguridad con la cabeza rapada y cara inexpresiva abrió la puerta y nos hizo un gesto para que entráramos. Bajé del coche y aspiré una gran bocanada de aire del golfo: gasolina y césped recién cortado. Randy me dio una palmada en el hombro y me dio un apretón con su manaza.

–¿Estás listo, chaval? –me preguntó.

Entré sin responder. El tipo de la cabeza rapada me hizo firmar el registro de entrada y luego le dijo a Randy que había café recién hecho y me sugirió que me pusiera cómodo. Lo dejamos en la sala de espera y entramos en una sala que había detrás, un cubículo anodino con paredes empapeladas, la luz penetrante de los fluorescentes y un par de pósters enmarcados que alababan las bondades de la pesca y la caza en el estado de Alabama. El falso techo de paneles acústicos me resultó reconfortante. Las esquinas y juntas serían un buen punto donde enfocar la atención para la autohipnosis. Me servirían para controlar la respiración y enfocar la vista.

El polígrafo estaba encima de un escritorio de contrachapado en el centro de la sala. Era una caja rectangular, decorada con un montón de interruptores y botones que parecían sacados de la primera misión espacial a la luna y, en uno de los extremos, un rollo de papel milimetrado y tres agujas de tinta. Como todo el mundo, yo ya había visto aparatos similares en infinidad de películas y series de televisión. Era ridículo lo familiar que resultaba todo aquello.

Me senté y el hombre empezó a colocarme los sensores por todo el cuerpo: una banda para medir la presión sanguínea en un brazo, dos neumógrafos alrededor del torso para la respiración, y un galvanómetro en un dedo para registrar la temperatura de la piel. Me explicó para qué servía cada sensor, y me avanzó algunos detalles sobre la entrevista que me haría, además de recitar una serie de cláusulas de excepción de responsabilidad sobre falsos positivos. Traté de no pensar acerca de la mentira en que se basaba mi historia: había pagado por el LSD, pero mi libertad dependía de mi credibilidad al decir que no lo había hecho. Me preguntó si estaba preparado, y le dije que sí. Ya no me sentía tan nervioso, sino ligeramente impaciente. Estaba ansioso por empezar.

Lo primero que me pidió fue que mintiera. El polígrafo, al cual el especialista se refería como "ella", necesitaba una mentira para determinar mi patrón de reacción. Me leyó mi dirección y me preguntó si era allí donde vivía. Le dije que no. Las agujas del polígrafo se movieron por el papel. Ya habíamos empezado.

Me invadió una extraña sensación de desapego mientras explicaba la historia del autoestopista. No dejé de mirar al techo hasta que los bordes de los plafones empezaron a dar vueltas. Sentía la sangre palpitar en el interior de mis oídos. La respiración subía y bajaba a intervalos regulares. Sentí una oleada de nauseas y mareo que despareció al poco tiempo, seguida por una irritante sensación de levedad, como si estuviera volando en sueños e hiperventilando a la vez. Por lo demás, todo me resultaba tranquilo y confortable. Le dije al especialista que aquel tipo me había ofrecido LSD y que yo lo rechacé. Que metió las láminas en un paquete de cigarrillos, lo puso en el cenicero del coche y que se le olvidó cogerlo cuando lo dejé en El Paso. En todo momento fui consciente de que estaba mintiendo. Pero aun así, las mentiras me producían una grata sensación de cansancio. Más agradable que abrumadora.

–¿Y bien? –me preguntó Randy cuando entré en la sala de espera.

–Quién sabe.

A los pocos días, mi madre tuvo noticias de la compañía de seguridad. Había pasado el test.

En 1730, Daniel Defoe (célebre por ser el autor de Robinson Crusoe) publicó un breve tratado titulado Un manual efectivo para prevenir de inmediato los robos callejeros y eliminar toda clase de altercados nocturnos . "Existe un temblor en la sangre del ladrón", escribió; la policía haría bien de "agarrarlo [al criminal] de la mano y tomarle el pulso, pues allí encontrará su culpabilidad". Ciento sesenta y cinco años después, un médico y criminólogo italiano de nombre Cesare Lombroso modifico un hidroesfigmógrafo –un antiguo instrumento médico que se usaba para medir el pulso mediante el desplazamiento de agua– y lo usó para detectar los cambios fisiológicos que se producían en los sospechosos durante los interrogatorios de la policía. No fue hasta el 2 de febrero de 1935 que se usó el polígrafo por primera vez como prueba forense, en un juicio por asesinato en Wisconsin. (Aquel año se cumplía el 80 aniversario.) Aquel detector de mentiras se usó para discernir si el acusado había matado –a sangre fría– al sheriff.

Por supuesto, aún existen grandes dudas sobre la fiabilidad de los detectores de mentiras. En 1984, un hombre llamado Gary Ridgway fue interrogado por el asesinato de una mujer y pasó con éxito un detector de mentiras, mientras otro hombre que no lo superó fue considerado sospechoso, si bien no se lo llegó a condenar. Veinte años después, Ridgway confesó el asesinato; entretanto, había asesinado a siete mujeres más. En 1986, en Wichita, Kansas, un tal Bill Wegerle vio cómo toda la comunidad le marginaba después de que no fuera capaz de pasar el test del polígrafo por dos veces después de que su mujer fuera asesinada. Más tarde, un test de ADN lo exculpó y desveló que el culpable de la muerte de su esposa había sido el asesino en serie Dennis Rader. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, al menos seis espías del gobierno de Estados Unidos han pasado con éxito el polígrafo mientras actuaban como agentes dobles. En 1998, el Tribunal Supremo dictaminó en el caso de los Estados unidos contra Scheffer que "sencillamente no existe consenso alguno de que el polígrafo sea una prueba fiable"; en 2003, la Academia Nacional de las Ciencias declaró que las investigaciones sobre el polígrafo eran "poco fiables, acientíficas y tendenciosas". A pesar de ello, cerca de 70.000 aspirantes a entrar a trabajar como funcionarios del gobierno federal deben someterse cada año a detectores de mentiras, y el FBI, la CIA y departamentos de policía como el de Los Ángeles usan polígrafos para interrogar a los sospechosos.

Localizar en tu propio cuerpo el engaño y la mentira es un concepto extraño. Así es como la premisa básica del polígrafo desvela su gran contradicción: la verdad y el autocontrol no son los mismo. A pesar de ello, la idea de ser capaz de detectar las mentiras disfruta de muy buena fama. El polígrafo no nos dice nada sobre la esencia de la honestidad, pero si no pasas la prueba significa que eres un mentiroso. Es un gran embrollo lógico. Para convencer a alguien de tu sinceridad, debes mantener una apariencia de honestidad; y ello requiere cierto grado de engaño; lo cual es deshonesto, por mucho que digas la verdad.

Me preparaba para volver a Texas cuando llamó el abogado. El laboratorio de la policía del condado de Kerr había acabado por fin el análisis de la sustancia de contrabando que me incautaron durante el arresto. Los resultados eran negativos. El autoestopista me había agradecido el viaje (y los 20 dólares) timándome. El LSD era tan inocuo como los caramelos que le había mencionado al policía que me detuvo. Si no había posesión de drogas, no me podían acusar de ningún delito. No hacía falta repetir el polígrafo. Podía dejar de mentir.

Cuando acabó el verano, me fui a Los Ángeles. Antes de irme, mi madre me dijo que dejara de tomar la medicina para la alergia que me había recetado. Ya no hacía falta, me dijo. Percibí en su tono un punto de satisfacción, como si hubiera algo que ella quisiera que yo supiera pero que no estuviera segura de que fuera buena idea decirme. De modo que insistí hasta que me lo dijo.

Como el LSD del camionero, las pastillas para la alergia en realidad no tenían pinta de pastillas para la alergia, o al menos no a las que yo había visto hasta entonces. Eren unas tabletas hexagonales, pequeñas y de color azul pálido con la letra I grabada. La letra, me dijo entonces, era de Inderal, una droga que se receta para tratar la hipertensión pero que hay quien usa también para el pánico escénico. A falta de fe en las técnicas de su perverso colega para manipular el polígrafo, mi madre había decidido tomar cartas en el asunto. Me había suministrado drogas para que fuera capaz de mentir acerca de mi consumo de drogas.

Quería agradecérselo, expresarle mi cariño, mi respeto y mi comprensión. Decirle que entendía que la verdad necesita de la mentira y que ella la había usado como un arma para expresar su amor por mí. Pero no disponía del lenguaje para expresar lo que había entre ella y yo. Salí hacia la universidad y eliminé aquel episodio de mi memoria.

En una ocasión le pregunté a mi madre qué hubiera hecho si yo no hubiera superado aquella prueba. ¿Me hubiera dejado ir a Texas a enfrentarme con la prueba de verdad? Quizás la mejor estrategia hubiera sido retractarme de mi mentira e intentar hacer un trato con la policía.

–Ni idea –me dijo–. Tal vez te hubiera buscado un mejor abogado.