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Cultură

De veritas que no sé de qué

Un cuento inédito de Sylvia Arvizu, quien escribe desde el Cereso de Hermosillo, donde está cumpliendo una condena de 20 años, tras haber sido acusada por su ex marido de causarle lesiones graves.

No, no, de ese chicle no, ése no me gusta casi, qué no ves que se me pega en la cara cuando se revienta. Es que yo quiero de plátano, del motita, donde viene dibujada la Pantera Rosa, uno amarillo. Cómo no va a haber, siempre hay, siempre me dices que no hay nomás para no comprarme.

Cuando era chiquita Jorge siempre me compraba lo que yo quería, una vez le pedí un gorro de marinero y me lo regaló en navidad, pero mi mamá me lo escondía porque decía que se sentía presionada, siempre decía eso y luego veía la foto de mi papá arriba de un barco. Mi papá siempre se tomaba fotos cuando iba a Guaymas, le gustaba sentirse parte del mar. Como yo era la más chiquita pues casi no me acuerdo de él, pero el Jorge me contaba que nos llevaba a la escuela, que si mi mamá nos pegaba él nos defendía y que para dormirnos jugaba luchitas con ellos y nos leía cuentos a nosotras.

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Cuando quiero recordar a mi papá siempre vienen a mi mente los días en que me enfermaba y sólo me dejaba que me inyectarán si él estaba ahí, y que las pastillas me las daba sólo él. Siempre estaba enferma, pero ya se me olvidó de qué.

No sé si mi papá se fue o se murió, nomás supe que ya no estaba y que mi mamá no quería ni regalar ni tirar sus cosas, decía que Cananea era muy chiquito como para que la gente viera las cosas de mi papá rodando por ahí. Desde que mi papá no estaba, mi mamá siempre lloraba, y siempre me pegaba.

La vez que más me pegó y me castigó fue un día que yo iba saliendo de la prepa con David. Él fue mi primer novio, estaba bien alto y yo le llegaba al hombro apenitas. Me gustaba su pelo chinito, a él le gustaba mi pelo largo, pero ahora lo tengo cortito, si me ve David con el pelo hasta los hombros, no sé cómo me va a ir.

Ese día me iba agarrando mi trenza y mi mamá me gritó desde la calle y me subió al carro, me dijo que yo iba a la escuela a estudiar no a perder el tiempo y me pellizcó bien recio, me dejó una bola con moretón en el brazo que me duró como seis días.

Todos los días me sobaba la bola con un Iodex que me robé del baño de mi mamá, pero un día me descubrió y me encerró en el gallinero toda la tarde. Los gallineros huelen mal, como la boca del señor de la tienda de la esquina, una vez me dio un beso, me dijo que porque yo era una niña muy buena; me dio un abrazo muy raro, de “cuerpo entero”, me dijo, y luego me besó con la boca apestosa a gallinero.

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Ya se me olvidó la cara de ese señor, lo que pasa que mi mamá me mandó a vivir a Obregón para que me cuidará una tía mía, porque ella ya no podía más con mi enfermedad. Ya te dije que no me acuerdo de qué estaba enferma, ¿verdad?

En Obregón me divertía mucho con mis primos, cuando jugábamos a las escondidas siempre les ganaba, porque siempre he estado delgadita, delgadita, así como ahora, pero un día me escapé, todos se querían ir sin mí a Cananea a una boda y yo también quería ir, porque a mí me gusta mucho bailar de toda la música que hay en el mundo, así que cuando se fueron, yo también me fui, luego llegaron todos a Cananea, luego llegué yo también.

En ese tiempo me volví a enfermar. Mi tía la que me cuidaba dijo que por culpa de David, que porque se había casado. Mi hermano, el Jorge, dijo que por culpa de mi mamá, porque no me había hablado con la verdad desde el principio. Mi mamá dijo que por mi papá, por ser tan cobarde y no enfrentar mi enfermedad.

Yo creo que estaba enferma de algo serio, ¿no? Me enfermaba mucho y también soñaba mucho. Una vez soñé que estaba en una escuela con mucha gente de todos tipos, viejos, jóvenes, que comíamos juntos y que luego los angelitos nos mandaban a dormir, pero luego quise escaparme del sueño y me escapé. Me fui volando a Cananea. Cuando llegué, mi mamá estaba en la sala viendo la tele. Le sonreí, ella me volteó la cara y me acuerdo que lloré y me fui a sentar arriba del lavadero. Allí, a un lado, estaba el tambo de gas, y arriba del tambo, como siempre, como yo la había dejado, estaba mi grabadora. Me la había regalado el Jorge en mi cumpleaños y yo la cuidaba más que a mi vida. Siempre me ha gustado la música. Siempre era el Jorge el único que me quería, hasta que los domingos en las mañanas llegaba a la casa con una esposa que me saludaba de lejos y luego se lo llevaba.

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Por eso, mejor, yo me quedaba sentada en el lavadero con mi grabadora arriba del tambo, ponía música y bailaba hasta con el tendedero. Pero eso sí, tenía que vigilar siempre mi grabadora, porque de repente los santos de mi mamá me la apagaban o le bajaban el volumen. Creían que no me daba cuenta, pero si no estoy loca, luego luego supe que eran ellos. Los tres santos de la repisa de la entrada, no me sé los nombres, pero uno está todo negrito, tiene escoba en mano y un gato en los pies.

Los tres se ponían de acuerdo para amargarme la vida, como siempre lo habían hecho. Seguían las órdenes de mi mamá para acabar conmigo, ella hablaba todo el tiempo con ellos, cuchicheaba, planeaba, algo les decía en voz baja y luego ellos iban y me hacían daño.

Como ese día, yo la oí cuándo se quejó de mí, que ya no podía más conmigo, que cuanto más iba a durar todo esto. No pasaron ni dos minutos cuando los santos tiraron mi grabadora al suelo, se partió en muchos pedazos, toda se abrió. Claro que fueron ellos, ¿quién más? Ni modo que se haya caído sola del tambo de gas. Ni modo que los fantasmas. Claro que fueron ellos, si yo oí cuando mi mamá los mandó.

En un rincón del cuarto de donde dormía el Jorge había muchas cosas de mi papá. Unas pinzas, un martillo, una pala y un pico. Mi papá siempre traía el pico para todos lados, cuando iba a la mina, cuando venía, cuando iba con sus amigos. El pico era parte de él y se veía bien. El pico se veía bien también en mis manos y me ayudaría a poner las cosas en su lugar.

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Allí en la sala, mi mamá estaba otra vez hablando con ellos y les hacía señas. Cuando sintió mis pasos volteó a verme pero no se asustó, sólo agachó la mirada. Me vio el pico en las manos, quiso abrir la puerta de la entrada para salir pero la silla de ruedas atorada entre los muebles y mi mano en la chapa de la puerta se lo impidieron.

Nunca gritó ni pidió auxilio. Sólo dio tres gemidos durante las catorce puñaladas que le di en la espalda. Había, recargada junto a la pared, una consola que era nomás de adorno porque el tocadiscos no servía. Allí la acosté y la tapé con el mantel de la mesita de centro. Hay algo que nunca me quedó claro, no supe cómo entraron todos a la casa, mis hermanos y la policía. Yo cerré todo muy bien y le puse candado a todo, yo creo que por el techo o por la chimenea, como Santa Claus, ¿no? Porque la casa no tiene otro lado, sabe, no sé cómo le hicieron.

Lo que sí hicieron muy bien y con engaños fue traerme aquí, desde que salí de la casa y hasta este lugar me habían dicho que veníamos con David, que él me quería ver, y te lo juro que no lo he visto. Pero ahorita que llegue verás cómo los va poner por no haberme llevado pronto; sobre todo, por nuestro hijo que estoy esperando; es muy peligroso este lugar para él.

Las muchachas aquí yo siento que me tienen miedo. Me dicen a veces que si qué estoy viendo o qué estoy pensando porque como que se me va la mirada; les digo que nada, para que no me molesten, pero la verdad es que estoy hablando con David con la mente, para que venga rápido conmigo, porque, la verdad, ya me enfadé de estar aquí. Las pocas amigas que tengo nomás me hablan para que les esconda unos papelitos que huelen muy raro y que cuidan mucho. Supuestamente porque nunca catean mi cuarto. Las celadoras que me caen bien me dan pastillas de esas que me daba mi papá, porque dicen que estoy enferma, pero te lo juro de veritas que no sé de qué.

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