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Cultură

Los cafés de la muerte de Londres ganan popularidad internacional

La primera vez que fui a un café de la muerte, me había preparado para pasar una velada macabra amenizada por relatos sobre trágicas pérdidas rodeada de góticos y abuelas. Para mi sorpresa, la cena transcurrió como una mezcla de reunión de club de...

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Un camarero llamado Antonio me puso delante un plato de langostinos. Estaba a punto de decirle que lo que había pedido eran croquetas cuando una mujer que estaba sentada frente a mí —a la que había conocido hacía tres minutos— me preguntó, "Bueno, ¿qué es lo que más temes de la muerte?".

Me quedé con los langostinos y le pedí al camarero un vaso de vino. Me encontraba en un café de la muerte —bueno, técnicamente, estaba en un restaurante francés, el Café Rouge— en el norte de Londres, donde uno puede "tomar té y pasteles y conversar sobre la muerte", según rezaba el anuncio que había visto en internet.

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Surgidos en Londres en 2011, los cafés de la muerte cobraron fama internacional durante el 2013, pasando de 100 eventos a los actuales 900 que tienen lugar en 19 países. La idea es muy sencilla: gente que se reúne en un restaurante para hablar sobre la muerte mientras se deleitan con una cena. A pesar de lo cuestionable de sentarse a la mesa con completos desconocidos para hablar sobre cadáveres en descomposición, la vida después de la muerte o las técnicas de embalsamamiento mientras degustas un plato de marisco, decidí probar la experiencia.

La información del evento dejaba claro que no se trataba de un lugar en el que encontrar consuelo por la pérdida de un ser querido. No obstante, me había preparado para pasar una velada macabra amenizada por relatos sobre trágicas pérdidas y croque-monsieurs ligeramente poco hechos. Para mi sorpresa, la cena transcurrió como una mezcla de reunión de club de lectura, sesión de coaching y tertulia filosófica. Muy intenso. Había un par de mujeres de mediana edad que querían compartir su visión de los aspectos prácticos que se derivan de la muerte, un tipo en plena crisis de los cuarenta cuyo propósito era averiguarlo todo y nada a la vez, una señora acongojada por una reciente pérdida, una enfermera jubilada, una chica curiosa, unos cuantos espiritistas y un par de personas a las que realmente les encantaba hablar de la muerte.

Dos mujeres se acercaron a mi mesa desocupada y se sentaron. Al principio fue bastante incómodo. Siendo nuevos en esto, empezamos por hablar de cosas banales, supongo que porque nos parecía apropiado añadir un preámbulo a la conversación sobre nuestro ineludible sino. Una de las mujeres rondaría los treinta, trabajaba como funcionaria no sé muy bien dónde y estaba asistiendo a un curso de psicoterapia. La otra era una joven estudiante de arte que vestía totalmente de negro.

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Decidí romper el hielo y entregarme por completo a la situación. Sobre la mesa había una tarjeta doblada con las "reglas" por una cara (solo eran dos: respetar la opinión de los demás y la confidencialidad de todo lo que trata) y una lista de temas sugeridos (¿cómo te gustaría que fuera tu funeral?, ¿qué crees que ocurre después de la muerte?) por la otra.

Al rato llegó nuestra "facilitadora" y se sentó con nosotras. Su labor era la de hacer que no te sintieras como una lerda al preguntar a una desconocida qué es para ella una buena forma de morir. Me pregunté cómo serían sus conversaciones normales fuera de ese entorno.

Justo cuando empezábamos se unió a nosotros un tío con corbata amarilla. Trabajaba en TI y quería ir a un café de la muerte porque un amigo le había dicho que era "divertido". Enseguida nos habíamos metido en situación y empezamos a hablar sobre si creíamos en una vida más allá y sobre las implicaciones éticas de la muerte asistida. No estábamos hablando sobre la muerte. La conversación derivó en un debate sobre el significado de la vida y sobre cuál es nuestro gran cometido, si es que existe. Llegó un momento en que me puse nerviosa y empecé a preguntarme si los de mi mesa lo estábamos haciendo bien. En ese momento, Josephine, la líder del grupo, tocó una campanilla como las que se usan en las clases de yoga para indicar el momento de la pausa. ¿Estaba asistiendo a una sesión de citas rápidas?

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Cuando regresé, habían atenuado las luces y encendido los ventiladores del techo. Todos los asistentes estaban formando algo parecido a un círculo que ocupaba toda la sala. Era momento de contar al resto los temas que habíamos tratado. Me sentí mucho mejor al comprobar que las otras mesas habían estado hablando de cosas similares.

Junto a mí había sentada una mujer mayor que se puso a hablar sobre la satisfacción personal. Nos dijo que nos olvidamos de que el ser humano es una criatura social y que nuestro esfuerzo eterno por "encontrarnos a nosotros mismos" ignorando a los que tenemos a nuestro alrededor no tiene ningún sentido. Dios, cuánto sabía esa mujer. Sinceramente, volvería a ese sitio solo por aprender más de su sabiduría.

Transcurrida una hora, Josephine puso la guinda con más sabias palabras. "El hilo conductor de esta noche ha sido la sinceridad. Sé sincero contigo mismo y con los demás para llevar una vida plena". Dicho por ella, con su acento afrancesado y su voz áspera y ronca, parecía una frase sacada de una película de Jean-Pierre Jeunet.

Y eso fue todo. Me fui a casa sintiéndome asombrosamente optimista, teniendo en cuenta que había pasado un buen rato hablando sobre la muerte y el existencialismo.

A la mañana siguiente fui a visitar a Jon Underwood, el padre de los cafés de la muerte. Le dije que había estado en uno de sus cafés y que habíamos estado hablando de más cosas aparte de la muerte, pero no lo pareció mal. "Si somos capaces de enfrentarnos a la muerte, podremos hacer frente a cualquier cambio", me contó mientras estábamos en su jardín. "La muerte está relacionada con algunos de los grandes problemas de nuestra sociedad". Esa fue la razón por la que creó el café de la muerte: para que la gente pudiera reflexionar más abiertamente sobre la negra parca, en lugar de hablar sobre experiencias personales.

Tras diez años trabajando para el ayuntamiento, Underwood sacó partido a su fascinación por la mortalidad. El primer evento se celebró en el salón de su casa y su madre, una psicoterapeuta con mucha preparación, se encargó de dirigirlo. Underwood hacía de camarero.

Esta primera celebración del café de la muerte se transcribió. Se pidió a los asistentes que escribieran los sentimientos negativos que les provocaba la muerte para posteriormente culminar la cena arrojando los papeles al fuego de la chimenea. Después de celebrar unos cuantos eventos más en casa, trasladó el concepto al mundo exterior.

En el futuro, Underwood espera poder disponer de un espacio permanente dedicado a esta actividad. Quizá la entrada de ese sitio estaría decorada como un ataúd. ¿Quién sabe?