Cultură

El sexo en el trabajo puede salir muy mal

Admitámoslo: la idea de follar en el trabajo suena bastante bien. Otra cosa es que acabe saliendo terriblemente mal.
8.8.16

Pam y Jim son de los que se lo montan en el trabajo, fijo. Fotograma de The Office

Admitámoslo: la idea de follar en el trabajo suena bastante bien.

Seguramente hay muchas personas que lo hacen; hace poco, Business Insider (la más sexy de las publicaciones) llevó a cabo un estudio que reveló que el 54 por ciento de los encuestados había follado con compañeros de trabajo, y que casi la mitad de esos encuentros tuvo lugar en el entorno de trabajo.

La compañía de seguros de salud Zenefits incluso tuvo que mandar un correo electrónico pidiendo a los empleados que dejaran de follar en las escaleras de la oficina. ¿Y por qué no? Suena genial. Peligroso. Y a menudo lo es.

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Pero no siempre.

A veces, el sexo en el trabajo puede salir muy mal. Desde anécdotas un tanto embarazosas hasta las más arriesgadas, reunimos las historias de personas que han vivido de primera mano las dificultades del sexo en la oficina.

ÓRGANOS DE GOBIERNO

Mi novio y yo trabajamos juntos en la Legislatura provincial, y un día decidimos aprovechar la hora de la comida para hacerlo. Investigamos primero y decidimos que en el baño de hombres era muy poco probable que nos pillaran. Nos metimos en uno de los dos cubículos, pusimos una toalla en la tapa del inodoro, donde él se sentó y yo lo monté. Lo estábamos pasando muy bien cuando de repente oímos que la puerta se abría. Tan rápido como pudimos, levantamos las piernas, apoyamos los pies contra los laterales del cubículo y esperamos.

No tengo ni idea de cuánto tiempo estuvimos allí sentados, suspendidos como arañas con las piernas abiertas, oyendo a ese tío echar una cagada interminable

Con esa postura parecíamos dos personas jugando en los columpios. Además, tened en cuenta que todavía estábamos, eh, a media faena. ¿El intruso fue a mear? ¿O al lavabo para lavarse las manos? No, por supuesto que no. Llegó velozmente al cubículo contiguo para cagar después del almuerzo.

No tengo ni idea de cuánto tiempo estuvimos allí sentados, suspendidos como arañas con las piernas abiertas, oyendo a ese tío echar una cagada interminable, intentando no reír o respirar y controlar las arcadas. Finalmente se fue y nos quedamos sentados unos minutos, tratando de decidir si queríamos continuar. Podría pensarse que los sonidos y olores nos habían disuadido, pero no fue así.

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Concluimos que nos habíamos ganado ese polvo. Más tarde ese día reconocí al intruso por sus zapatos. Nunca pude volverlo a mirar a los ojos sin recordar esa combinación extraña de sexo y mierda.

—Tina, 31

Un romance poco convencional en la oficina. Fotograma de la película 'Secretary'

PROBLEMAS EN EL CALABOZO

Había aceptado un trabajo de verano en Toronto y mi novio de entonces vino a visitarme. A los dos nos gustaban los juegos de rol, pero solo contábamos con una habitación barata de hotel, así que no podíamos hacer nada de las cosas divertidas y emocionantes que teníamos en mente. Pero también tenía las llaves del trabajo, y una de las salas era un gran espacio parecido a un almacén. Se me ocurrió que podríamos montar unas escenas increíbles allí.

Así que un fin de semana le preparé un escenario a mi novio. Coloqué muchos instrumentos de bondage por toda la sala, así como varios dildos de diferentes tamaños. La escena requería que me vistiera como un maestro de escuela, y él iría disfrazado de estudiante de inglés. Además, cada uno de los dildos iba a representar a otro miembro de la facultad. No era muy discreto, pero no importaba. Como era fin de semana, no había nadie más.

La habitación se cerraba por fuera, así que me colgué la llave del cuello. Preparé la habitación, los dildos, los caballetes y esas cosas, me vestí con camisa y corbata. Decidí ir corriendo por un café, porque la tarde podría alargarse mucho. Mientras me dirigía hacia la puerta, me di cuenta de que lo que llevaba alrededor del cuello no era la llave, sino la corbata. Me había quitado la llave y la había dejado en la habitación, que ahora estaba cerrada.

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Me asusté. Pensé: ¿Qué cojones voy a hacer? Había una señal cerca de la recepción que decía: "En caso de emergencia, llame a seguridad". Y me lo planteé por un segundo. Pero no se me ocurrió ninguna manera de hacer que abrieran la puerta y no miraran dentro de la habitación. ¿Qué demonios iba a hacer? No les podía decir, "Hola, chicos. ¡Me he quedado fuera por accidente!" y luego conseguir que abrieran la puerta y cerrarla inmediatamente delante de sus narices. "¡Gracias, chicos! ¡Mirad aquí! ¡Miradme a los ojos! ¡Solo a los ojos!" Por tanto, llamar a los de seguridad no era una opción.

En ese momento empecé a ponerme muy nervioso. Corrí al área de administración. Normalmente, la puerta está cerrada, pero ese día, gracias a Dios, estaba abierta. Corrí detrás del mostrador de la recepción, y cogí todas las llaves que encontré. Luego corrí de vuelta y traté de abrir la puerta, pero, por supuesto, ninguna llave funcionó. No sabía si había seguridad cerca, o si había cámaras. Y por supuesto, mi novio llegaría en cualquier momento. Así que volví a la oficina, y dejé las llaves a donde estaban, sin tener idea de dónde habían salido. Simplemente las tiré.

Posteriormente hice un cortometraje sobre la experiencia, en el que exageré el drama un poco, pero en la vida real, simplemente me hundí en la silla de administración. Usé toda la perspicacia como actor que pude reunir, y me dije: vale, soy un administrador. Soy profesional. Estoy a cargo de todo. Tengo una llave para cada puerta. Si hay una emergencia, puedo hacerme cargo. Así que he dejado la llave… AQUÍ.

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Miré hacia abajo y delante del ordenador, asomando bajo una pila de tarjetas de empresa, había una última llave. Juro por Dios que oí un coro de ángeles celestiales mientras corría por el pasillo para abrir la puerta. Y funcionó. Así que entré, me puse la llave alrededor del cuello, le di un beso a un dildo por la buena suerte que había tenido y puse todo de vuelta en donde estaba. Mi novio llegó unos minutos más tarde y todo salió bien. No tuvo ninguna queja. Bueno, me dijo: "la próxima vez que uses dildos, caliéntalos en agua primero. De esa manera parecen más reales". Consejo de profesional.

En cualquier caso, no le conté la historia hasta MUUCHO tiempo después.

—David

LA OTRA MUJER EN LA CÁMARA DE SEGURIDAD

Cuando tenía 18 años, me dieron un trabajo en una clínica para adelgazar mediante métodos naturales. Venden pastillas y crean programas dietéticos para la gente. Los clientes vienen tres veces a la semana para una revisión de sus objetivos. Había un tipo de unos treinta años, que tenía esposa e hijos, que solía venir justo antes del cierre. Era muy dulce, y cuando empezó a perder peso, me agradeció que lo hubiera ayudado. Y entonces empezó a traerme regalitos. Era un encanto.

A partir de entonces empezamos a hacerlo por todas partes. Había un gran espacio abierto donde se llevaban a cabo las ventas, un mostrador y habitaciones privadas para las consultas. Nos lo montamos en todas esas salas. En las habitaciones traseras. En la zona de ventas. En el armario de mantenimiento. En todos lados. Estuvimos así un par de meses.

Te agradezco que al menos hayas esperado hasta la hora del cierre

Un día la dueña me invitó a tomar un café, para ponernos al día. Justo después de sentarnos me dijo: "Creo que debo decirte que instalamos cámaras de seguridad hace unos seis meses". Y yo contesté: "Oh", tratando de sonar indiferente, porque siempre teníamos las luces apagadas. Pero entonces me dijo inmediatamente: "Por cierto, las cámaras tienen visión nocturna. Pensé que debería decirte porque, bueno, la mujer de él y yo estamos juntas en la Asociación de Padres de Familia.

No me malinterpretéis, lo tomó con mucha tranquilidad. Era una buena persona y un espíritu libre. De hecho, me dijo: "Te agradezco que al menos hayas esperado hasta la hora del cierre".

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—Nora, 29

CASI PIERDO UNA PIERNA

Estaba trabajando para una importante agencia de viajes europea y me veía con un camarero de Ámsterdam cada vez que visitaba la ciudad. Llegaba a su bar para charlar y follar durante uno de mis descansos, o a veces después del trabajo. Un día llegué y me preguntó si podía "ayudarlo con unas cajas en la parte de atrás". Bajamos a la bodega de vinos del bar y lo hicimos apoyados contra la pared de roca sin enyesar.

Se la estaba mamando y estaba oscuro, y supongo que lo estaba haciendo con bastante entusiasmo, porque no me di cuenta de lo rugoso que estaba el suelo bajo mis rodillas. Cuando salimos de la bodega, nos dimos cuenta de que se me había metido un trozo de cristal roto en la rodilla, y estaba sangrando profusamente.

Me limpié y la herida sanó bien durante la semana siguiente… o eso creía yo. Dos semanas más tarde, en un viaje a París, me desperté con un dolor insoportable en la rodilla, que se había hinchado al doble de su tamaño normal. Casi vomitando del dolor, fui a Urgencias, donde los médicos me dijeron que los resultados de mis pruebas indicaban que tenía una infección que podría ser peligrosa si pasaba al torrente sanguíneo. Iban a hacer otros exámenes para ver si podían contener la infección, pero si no lo hacían, me dijeron que lo más seguro era que me cortaran la pierna justo por encima de la rodilla. Mejor perder la pierna, aclararon, que arriesgarse a que se convirtiera en una infección mortal.

Me quedé despierta en la cama de ese hospital de París durante toda la noche, pensando en la mamada que podría costarme una pierna. Pasé una semana en el hospital en recuperación y otra semana usando muletas. Afortunadamente, me informaron de que podían tratar la infección antes de que se convirtiera en un riesgo, pero a esas alturas ya había decidido que no volvería a pasarme por aquel bar de Ámsterdam.

Mi familia vino a verme. Además, todo el mundo en el trabajo y en casa querían saber lo que había sucedido. Fue muy difícil de explicar.

—Danielle, 29