
Youssef
Es imposible que los cánticos no se escuchen en los apartamentos que rodean el pequeño edificio de tres plantas. Ni que los vecinos no lo oigan por muy dormidos que estén. Ninguno de los que cantan a pleno pulmón se plantea bajar medio decibelio y aquí se trata de gritar como el que más. Los nueve están borrachos y tres de las cuatro botellas de arak, la bebida típica de la región, están vacías.. La docena de paquetes tabaco de la marca Kent, Winston o la siria Alhambra están esparcidos por los sofás y el suelo.
Youssef se pone de pie y no puede evitar tambalearse. No tiene mucho espacio entre el borde del sofá y la baja mesa rectangular situada en el centro, apenas medio metro para mantener el equilibrio. No parece importarle mucho y se pone a botar.
⁃ ¡Yalla, Suriye, Bachar la barra! ¡Yalla, Suriye, Bachar la barra! -berrea en árabe.
La mayoría de los nueve sirios que se han juntado esta noche en el barrio cristiano de Ashrafiye, en Beirut, llevan poco tiempo en el Líbano. Han llegado a cuentagotas en los últimos meses para huir de la violencia en su país y la falta de perspectivas. El único que acaba de pisar la capital libanesa hace unas horas es Ahmad. Ha venido al Líbano “a emborracharse y a buscar mujeres”. Lo primero ya lo ha conseguido, lo segundo es una incógnita que no desvelará a lo largo de la noche.
Ahmad tiene el cráneo rapado y una barba perfilada que al día siguiente habrá hecho desaparecer. Su estética es la de algunos, cada vez más, combatientes sirios que luchan contra Bachar al-Assasd. Los que la llevan más larga son los salafistas, muchos de ellos relacionados de una forma u otra con Al-Qaeda. Hace unas horas estaba en uno de los suburbios de Damasco controlado por el opositor Ejército Libre Sirio (ELS) pero asediado por los soldados del régimen. En unos días, dice, volverá a Siria a luchar junto a sus compañeros de brigada con el permanente objetivo de derrocar al régimen.
“¡Pregúntame ahora o nunca!” exclama ebrio en dirección al periodista escocés. Martin, de 27 años, le pregunta. “He matado a un hombre que estaba enfrente mío” dice de pie en un aceptable inglés, “por una mujer”. Su amigo Amr, que lo conoce desde hace tiempo y lo acoge en Beirut, no está cómodo y le insiste en árabe para que pare. Quizás está fanfarroneando o quizás está hablando más de la cuenta y al día siguiente se arrepienta.
Y es que todo puede ser verdad en Siria. Han pasado dos años y medio desde las primeras manifestaciones que parecían ir a rebufo de lo que había pasado en Túnez y Egipto, donde la presión popular había acabado con dos regímenes que llevaban décadas en el poder. Pero los inicios en Siria fueron distintos.
El 18 de Marzo de 2011, docenas de personas se manifestaron en la ciudad de Deraa para pedir la liberación de niños preadolescentes que habían sido torturados por la policía. La razón de su detención: haber pintado unos graffitis en los que se leía “el pueblo quiere la caída del régimen”. La respuesta de las fuerzas de seguridad contra esa protesta fue brutal: al menos cuatro personas murieron. “Empezaron en Deraa y han extendido su conspiración a otras regiones” fueron las primeras palabras que pronunció el presidente Bachar al-Asad. El régimen decidió no ceder ni un ápice ante los manifestantes visto los precedentes en otros países árabes.
“El impacto de los pequeños acontecimientos en la historia puede ser enorme” decía Paul Salem, analista político experto en la región de Oriente Próximo, en referencia a esos hechos justo un año después de que sucedieran.
Las protestas se extendieron y los que participaban empezaron exigiendo reformas políticas y más libertades para poco después pedir la caída del régimen. También la represión aumentó: las manifestaciones eran dispersadas por la policía con disparos y muchos fueron detenidos y torturados. Las protestas mutaron en una oposición que se organizó y tomó las armas. Lo que hoy ya es una guerra se ha cobrado la muerte de 120.000 personas, hay más de dos millones de refugiados sirios en otros países y alrededor de siete millones de desplazados internos según datos de las Naciones Unidas. “La mayor catástrofe humanitaria desde el genocidio de Ruanda” ha dicho la propia ONU.

Toda la noche cantando sin parar y los vecinos no dijeron ni pío. Y eso que era un martes.
En el salón de la casa nadie parece acordarse, por un momento, de la guerra. Aunque la tienen interiorizada y se nota en su actitud. Se ríen pero nunca a pleno pulmón. Cantan pero falta alegría. Ahmad empieza a rasgar la guitarra. Todos se ponen de pie y cruzan sus brazos sobre los hombros de los que tienen al lado. Están en círculo y se balancean de izquierda a derecha. Alguien empieza a cantar y los demás la siguen. Y así varias veces.
“Son canciones de los dibujos animados que veíamos de pequeños” explica Ebaa a los cuatro europeos. Enumera como se llaman los dibujos en árabe. A uno le viene a la cabeza “Campeones”, “Bola de Dragón” o “Chicho Terremoto”, aunque no tiene ni la más remota idea de los nombres que Ebaa pronuncia.
La despedida de Youssef merece algo especial. En pocas horas subirá a un avión que le llevará a Berlín. Dos días antes la embajada alemana le confirmó que había conseguido el visado. Ahora podrá continuar sus estudios de teatro en alguna ciudad de Alemania gracias a que aprendió alemán en la universidad de Damasco. Atrás quedarán sus amigos, su familia, su país.
Youssef se va a Alemania, pero Ahmad, con su guitarra, sueña con ir a España. En Madrid vive un familiar y es su mejor opción dentro de Europa, aunque sabe que es muy difícil. “No es que esté contento de querer irme lejos de mi país pero necesito desarrollarme a nivel profesional porque me he estancado un poco” dice este pintor de 26 años. Habla a menudo con su familiar por Skype, y desde Madrid le cuenta que se siente muy a gusto. “Al verla contenta y decir que le gusta todo, la gente, la comida, el tiempo, pienso que es uno de los mejores sitios para ir” dice desde la otra punta del Mediterráneo.
Y lo que le tira de España es también “poder ir un día a ver una exposición de Van Gogh, otra de Dalí, de Velázquez, ¡me pasaría el día en los museos” dice antes de dirigirse a la galería en donde organizará su primera exposición en Beirut. Quiere impregnarse de nuevas visiones, conocer a nuevos artistas, leer a otros críticos de arte. “Sé que es casi imposible ir a España si eres sirio, pero no pierdo la esperanza”. Ahora estudia la posibilidad de ir a Almería a hacer un curso de un año en una residencia de artistas.
Los nueve llevan bebiendo desde antes de la hora de cenar y no se han llevado nada a la boca más que algunas patatas de bolsa. La borrachera es considerable.
⁃ ¡Yalla, Suriye, Bachar u bas! ¡Yalla, Suriye, Bachar u bas!, vuelve a la carga Youssef.
Aunque los demás dudan, al final le siguen. Si al principio cantaban “Vamos, Siria, fuera Bachar!”, ahora cantan todo lo contrario, un eslogan a favor del presidente. “Vamos, Siria, Bachar y nadie más!”. No soportan a Bachar pero ahora mismo les da igual. Son jóvenes veinteañeros borrachos y cantan a favor de un presidente que odian.

Un último brindis
“No creo en nada, ni en las armas, ni en el Islam, ni por lo que se lucha hoy. Estamos todos enfermos y nuestra generación, perdida”. Ziad está sentado en el borde de la cama. Ha vuelto del bar al que ha ido con los amigos al salir de la oficina. Trabaja en una productora de vídeo, pero no por mucho tiempo. Al cabo de unos días, harto de todo, lo dejará.
“A veces creo que sólo me queda emborracharme para intentar no pensar. Esta mañana he visto un vídeo”. Se refiere a uno subido a YouTube, otro más, en la que unos yihadistas muestran la cabeza de uno de sus antiguos compañeros. Lo habían decapitado por error. “He pensado que podía ser mi amigo, alguien como yo, y me he puesto a llorar en mi despacho. Cuando hablo con mi madre le digo que todo va bien. Mi vida va bien. Mi trabajo va bien. Mis amigos están bien. Pero no es verdad. Y puedo engañar a mi madre porque hablo media hora vía Skype , pero no puedo hacer lo mismo con mis amigos o conmigo mismo”.
Su padre es un exoficial del ejército que fue apartado del cuerpo hace algunos años. Ahora vive encerrado en su casa de Damasco por temor a salir a la calle. Controlan sus movimientos y no puede escapar del país. “El otro día hablé con él y me dijo: - ya es invierno en Siria” explica Ziad sin poder contener las lágrimas. “Es la forma de comunicarnos por temor a que controlen las llamadas, y lo que me quería decir mi padre es que no puedo ir más a Siria”. La policía había ido a su casa en Damasco y había preguntado por él. Durante los primeros meses del conflicto y antes de emigrar a Beirut, Ziad había escrito varios artículos críticos con el régimen. Sabía a lo que se arriesgaba. A uno de sus amigos lo enviaron a prisión unos años atrás por escribir unos panfletos en la universidad. No tuvo derecho a juicio y salió al cabo de cinco años.
Las botellas de arak ya están todas vacías. Uno a uno se levantan y abrazan a Youssef. Son las tres de la mañana y es de agradecer que ninguno de los vecinos tenga el sueño ligero. O que lleven la procesión por dentro y no descuelguen el teléfono para llamar a la policía.
⁃ ¡Yalla, Suriye, Youssef u bas! ¡Yalla, Suriye, Youssef u bas!
Se despiden cantando todos al unísono, Youssef incluido. Ya tiene todo a punto para, en pocas horas, coger el avión hacia Europa. Difícilmente se le habrá despejado de la cabeza, cuando aterrice en Berlín, su última borrachera en Beirut. Algo más que llevarse a Europa además de la maleta y los recuerdos.
*La mayoría de nombres son pseudónimos a petición de los protagonistas de esta historia, por cuestiones obvias de seguridad