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El número de los pecados capitales

La última de los Lykov

Cuando le pregunté a Agafia, de 70 años y única superviviente del clan Lykov, si desearía que los geólogos que en 1978 descubrieron a su familia en el completamente aislado erial de la taiga siberiana jamés les hubieran encontrado, ella negó con la...

por John Martin
27 Junio 2013, 8:49am


Fotos de Peter Sutherland 

Existen ciertas trabas éticas, a las que antropólogos y etnólogos se han enfrentado desde tiempos inmemoriales, en lo que se refiere a documentar a las pocas gentes perdidas o fuera de contacto que quedan en los escasos rincones ocultos de este planeta. Sin embargo, estos problemas devienen intrascendentes cuando el mundo, invasor como la planta del kudzu, de manera inevitable halla su camino hasta ellas. Los Lykovs –una familia rusa que ha vivido en tierra virgen siberiana, sin contacto humano, durante la mayor parte del siglo XX– no son una ignota tribu como esas que siguen escondidas del mundo moderno en Sudamérica. Tampoco se resisten de forma violenta al contacto externo, como hoy en día los sentineleses de las islas Andamán. Cuando le pregunté a Agafia, de 70 años y única superviviente del clan Lykov, si desearía que los geólogos que en 1978 descubrieron a su familia en el completamente aislado erial de la taiga siberiana jamés les hubieran encontrado, ella negó con la cabeza. "No sé si habríamos sobrevivido [sin ellos]", dijo. “Nos estábamos quedando sin herramientas y comida. A mí no me quedaban bufandas”. Por una vez, la inflexible curiosidad del ser humano por desvelar cualquier secreto que le quede a este mundo, ha preservado, antes que contaminado, un singular fenómeno.

            Todo empezó en 1936, cuando Karp Lykov y su esposa, Akulina, rechazaron por completo la civilización. Hartos de los comunistas y de la vida en la ciudad en general, se adentraron con sus dos hijos hasta lo más profundo de la taiga. El gran acicate de su viaje fue el asesinato del hermano de Karp, acribillado por una patrulla bolchevique en las afueras de su pequeña aldea, próxima a la ciudad de Kursk, en el extremo occidental de Rusia. Los Lykovs eran estrictos pacifistas, miembros de los Antiguos Creyentes, una secta ultraortodoxa cristiana que se desligó de la iglesia rusa en el siglo XVII.

            Tras elegir un terreno, los Lykovs construyeron una cabaña, alumbraron dos hijos y vivieron la clase de brutal existencia que haría que La casa de la pradera pareciera unas vacaciones de primavera en Daytona, Florida. Dependían de una rueca que habían arrastrado cientos de millas con ellos para confeccionar prendas, y sobrevivieron a base de patatas y setas. En 1961, tras casi tres décadas en los bosques, una tormenta de nieva arrasó su cosecha. Sobrevivieron comiéndose las cortezas de los árboles y sus propios zapatos; Akulina terminó muriendo de inanición para que sus hijos no pasaran hambre.

            Después de la muerte de Akulina, la familia siguió con su insular existencia hasta 1978, cuando los geólogos (que estaban inspeccionando la zona en busca de potenciales depósitos de petróleo) llegaron a su asentamiento. A lo largo de los años siguientes, la historia de la extraña y solitaria familia que vivía en medio de ninguna parte empezó, de forma lenta pero constante, a extenderse por toda Rusia, convirtiéndose los Lykov en insospechados héroes populares. Buena parte de la atención se debió a Vaisly Peskov, un periodista ruso que escribió varios artículos sobre la familia y un libro, Perdidos en la taiga, que aunque fracasó en el mercado de habla inglesa fue un éxito de ventas en Rusia (en la actualidad está descatalogado y en Amazon se venden ejemplares por 900 dólares). Uno por uno, los miembros de la familia fueron muriendo. Hay quienes han especulado de que la causa fue la introducción en sus sistemas inmunitarios de gérmenes extraños traidos por los geólogos; otros creen que murieron de causas naturales. Fuera cual fuese el caso, Karp falleció en 1988 tras haber sobrevivido a todos sus hijos excepto a Agafia, su hija de menor edad. Agafia le enterró en las laderas de la montaña con ayuda de algunos geólogos que habían hecho amistad con la familia. Mientras mi equipo de filmación y yo nos preparábamos para el viaje de visita a la última de los Lykov, casi dejamos correr la historia cuando el Smithsonian publicó un artículo de archivo que finalizaba con Agafia, entonces con 45 años de edad, decidiendo seguir viviendo sola en el desierto de Siberia tras la muerte de su padre. Pero eso fue hace 25 años, y el autor no tenía ni los medios ni la fortaleza para viajar hasta la taiga para ver cómo la vida estaba tratando a Agafia a sus 70 años. De modo que fuimos.

            En febrero pasado volamos a Siberia para encontrar a Agafia y que el mundo se pusiera al día de su vida. Vive a más de 250 kilómetros de la civilización y llegar allí requiere atravesar una, aparentemente, ilimitada sucesión de capas de cebolla de aprobaciones del gobierno de Putin –entre ellas figuró obtener paso franco por parte de varios guardas forestales que, de forma sospechosa, aseguraban tener jurisdicción sobre la taiga. En verano, me dijeron, se podía llegar hasta ella mediante un viaje de siete días en canoa. En invierno, la única forma de llegar era con un helicóptero. Considerando las dificultades de su existencia diaria, pensé que lo adecuado era visitarla en la época más dura del año.

C

uando llegamos, Agafia nos estaba esperando fuera de la cabaña como una dulce abuelita esperando la visita de sus nietos. La reserva natural donde vive había sido bautizada Territorio Lykov en honor a su familia, y su cabaña se encuentra en lo alto de un peñasco cerca de un río de rápidas aguas, el Erinat. Para una mujer de 70 años que tuvo que comerse sus zapatos para sobrevivir, me sorprendió lo ligera y saludable que parecía. Sus propiedades incluían varias cabañas y pequeñas edificaciones para las cabras, pollos, comida y herramientas, además de un jardín en la empinada colina detrás de la vivienda principal. (El jardín estaba cubierto de nieve cuando la visitamos, y así suele estar la mayor parte del invierno siberiano). A lo largo de los años, con ayuda de amigos y admiradores, ha construida estas propiedades a partir de la choza de una habitación en la que vivió toda su familia. Docenas de gatos merodeaban libremente por el lugar.

            Después de darle una cabra y un pollo que había traido como obsequios, entrevisté a Agafia en una pequeña mesa al lado de los márgenes del río. Le pregunté qué había pasado desde que su padre falleciera casi 20 años atrás. “Cuando murió”, me dijo, “me quedé sin nadie que me ayudara o en quien confiar. Yo misma cortaba la leña”. Como muchas personas mayores en Rusia, Agafia recibe un subsidio del gobierno pero sigue siendo autosuficiente en la mayoría de las cosas. Cocina, pesca y busca comida ella misma. Me contó que las presiones del día a día en la taiga se le habían hecho más difíciles a medida que había ido envejeciendo.

            “No me resulta fácil cortar heno y cuidar de mis cabras”, dijo Agafia, y siguió explicando que ahora tiene una escopeta para protegerse de la fauna salvaje local. “El verano pasado, un oso estuvo por aquí, rompiéndolo todo mientras yo me escondía dentro. Agarró un saco de harina y pisoteó mis zanahorias. Cavé un hoyo y el oso quedó atrapado”.

            Agafia, sin embargo, no está completamente sola. Tiene un vecino llamado Yerofei Sedoy. Al principio vino aquí a trabajar extrayendo petróleo y vivía a unos 16 kilómetros de Agafia, con otros geólogos de su compañía. Le despidieron de su trabajo por razones que no están claras y que él no nos quiso comentar. Regresó a la gran ciudad, donde por alguna razón contrajo gangrena y perdió una pierna. Cuando un médico le dijo que volver a las limpias aguas de la taiga podría ser bueno para su salud, Yerofei se instaló colina abajo, junto a los márgenes del río. Ha vivido allí los últimos 16 años.

            Yerofei me contó que él, en un principio, vino a la taiga porque deseaba ayudar a Agafia, que llevaba años valiéndose sola. Mirando su pata de palo, no parece una motivación muy realista. Agafia contó una historia muy distinta. “Al principio me ayudaba con las cabras. Cortaba leña. Ahora ya no lo hace. Fui yo quien [acabó] ayudando a Yerofei con leña dos inviernos. No puede ni acarrear leña ya cortada para el invierno. ¿Cómo me puede ayudar? Yo le estado ayudando los últimos 16 años. Planto patatas para él. Le traigo leña. Dieciséis años y depende completamente de mí. Yerofei es un inútil. Nadie le necesita. No es de ayuda. Él necesita que le ayuden”.

            Un día, entrevistando a Agafia, salió a la luz otro aspecto algo críptico de su relación con Yerofei. “Hubo dos accidentes muy malos”, dijo. “Quién sabe lo que le pasó por la cabeza… Cometió un pecado tras otro. Me amenazó”. Cuando insistí, Agafia rechazó entrar en más detalle. También Yerofei declinó decir nada sobre lo que había dicho Agafia. Es difícil decir si los inescrutables, ominosos comentarios de Agafia apuntaban a algo serio o solo eran producto de dos personas mayores enfrentadas a quienes la soledad había trastornado un poco. Pasara lo que pasase, Agafia y Yerofei siguen a veces reuniéndose en casa de él para escuchar la radio. Es su único contacto regular con el mundo exterior. “Oigo las noticias sobre crímenes y explosiones”, me dijo Agafia. “Da miedo. ¿Qué le pasa a [esa] gente que se suicida en público con una explosión?”

            Aunque sus posesiones en el mundo material son pocas, Agafia posee una fe fuerte. Como su familia inmediata y su tío largo tiempo fallecido –el que fue tiroteado por los comunistas en 1936– Agafia es una Antigua Creyente. Aprendió a leer estudiando la Biblia y sigue levantándose temprano cada mañana para rezar. En alguna ocasión lee publicaciones de los Antiguos Creyentes, dependiendo de lo a menudo que sus esporádicas visitas se las traen. Una de las ideas más peculiares que ha extraído de estas lecturas es que los códigos de barras son marcas del diablo. “Es el sello del Anticristo”, me dijo. “La gente me trae bolsas de semillas con códigos de barras. Saco las semillas y rápidamente quemo las bolsas, y luego planto las semillas. El sello del Anticristo traerá el fin del mundo”, dijo. “Dios no va a salvar a todos”.

            Lo único que Agafia odia tanto como a los códigos de barras son las ciudades; de forma quizá sorprendente, es algo que conoce bien. A comienzos de los 80, cuando la serie de artículos de Vasily Peskov hizo de la familia Lykov un fenómeno nacional, Agafia recibió una invitación del gobierno soviético para viajar por primera vez a lo largo de su país. Para disgusto de su padre (cuyo fallecimiento aconteció poco después del regreso de Agafia), ella aceptó la invitación y, durante un mes, viajó por la nación en helicóptero, tren, avión y automóvil. Vio cosas nuevas para ella, como vacas, caballos, tiendas, ciudades y dinero, y más tarde volvió con su padre preguntándose cómo explicarle el desastre de Chernobyl.

            Desde entonces, a pesar de las presiones de las autoridades rusas a lo largo de los años para que se mudara a una ciudad o pueblo, Agafia sólo ha dejado su hogar unas cinco veces, principalmente para visitar a parientes a los que nunca había conocido y para recibir tratamiento médico. Nos contó que beber cualquier cosa que no sea el agua de su querido rio Erinat le ponía enferma, y también el aire de la ciudad.

            “Ahí fuera da miedo", dijo Agafia. "No puedes respirar. Hay coches en todas partes. No hay aire limpio. Cada coche que pasa deja toxinas en el aire. No tienes más remedio que quedarte en casa”.

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