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Cultură

Colgando las botas

Una incursión en la extrema derecha rural alemana.
15.11.11

Una barbacoa con la inscripción “Happy Holocaust” es el patio trasero de Thinghaus. Estaba custodiada por dos pastores del Cáucaso. Jamel, una pequeña aldea en el estado norteño de Mecklenburg-Vorpommern, es un lugar de cuento de hadas nazi. Lleva atrayendo residentes de extrema derecha desde la reunificación alemana en 1990, y su residente más famoso es Steven Krüger, un empresario y político de ultraderecha a quien arrestaron hace poco por tráfico de bienes robados y posesión de un arma sin licencia. Krüger ha hecho todo lo posible por expulsar de Jamel a quienes no estuvieran de acuerdo con señalar la distancia al lugar de nacimiento de Hitler (un poste señalizador, ya retirado, informaba a los residentes de que estaban a 855 kilómetros de la localidad austríaca de Braunau am Inn), y ha concedido espacio oficial al Partido Nacional Demócrata (NPD), que ahora tiene su sede local en las instalaciones de su compañía en la cercana Grevesmühlen. Cuando decoró la sede con la bandera alemana de antes de la guerra y descubrió su logo corporativo, que muestra a un trabajador de la construcción aplastando una estrella de David, cualquier posible duda sobre sus ideas extremistas se evaporó. Rumores de niños saludando a los forasteros con un “Heil Hitler” hicieron de Jamel el centro de atención de los medios de comunicación, que con frecuencia—y con razón— señalan que las ideologías de extrema derecha no son en Alemania un fantasma del pasado sino que, sobre todo en la antigua Alemania del Este, aún prosperan. Cuando visité la supuesta “aldea nazi” de Jamel, me sentí decepcionada. Se trata de un pequeño conjunto de ocho casas construidas a lo largo de un camino medio empedrado que se recorre en pocos minutos. De no haber sabido que más de la mitad de los 37 residentes en Jamel disfrutan pintando murales que bordean lo anticonstitucional (en Alemania es ilegal mostrar símbolos asociados al régimen nazi) y han sido acusados de participar en actos de violencia de ultraderecha, el pueblo me habría parecido idílico y pacífico. El alcalde de Grevesmühlen, Uwe Wandel, me acompañó en mi visita. Cuando le pregunté acerca de casos de violencia en Jamel, él mencionó que, a principios de los 90, la casa de unos residentes no fascistas ardió en un incendio provocado. En los últimos tiempos, el peor crimen que ha visto el pueblo es la polución procedente del vertedero de desechos, ilegal según se dice, de la compañía de demoliciones de Krüger. Según Wandel, la gente del lugar sabe quién es el responsable de los vertidos aunque todos hayan alegado desconocimiento. Y, sin testigos, no se pueden presentar denuncias. Wandel no tiene problemas con la existencia de fascistas, sólo con sus actividades ilegales. “No se puede resolver el problema de la extrema derecha de un día para otro. Siempre habrá gente que crea en estas ideologías”, dice. “No tengo problemas con eso. Es libertad de opinión. ¿Por qué debería contar sólo mi libertad? Mientras no quebranten la ley, pueden hacer lo que quieran”. Este mural se ha convertido en la imagen de marca de Jamel en la prensa nacional. Muestra la “familia ideal” de la extrema derecha y el lema del pueblo: “liberado-social-nacional”. Jamel, con su pequeño tamaño y remota localización, daba la impresión de ser el lugar perfecto donde establecer una comunidad fascista. Según Wandel, los nuevos residentes tenían un ideario sencillo (y siniestro): “Abolir el estado alemán y resucitar el Tercer Reich”. Sólo hay que echar un vistazo a MUPInfo, una web local afiliada al NPD cuyo editor trabaja en la oficina de Krüger en Grevesmühlen, para encontrar “toda clase de odios raciales, como en 1933”, añadió. Fuimos a Grevesmühlen para visitar la “Thinghaus” [casa para la comunidad] de Krüger. Según MUPInfo, Thinghaus es “un remanso de libertad”, pero según el periódico Hamburgen Morgenpost, recuerda a “un campo de concentración”. Durante las dos siguientes horas estuve lo más cerca que jamás hubiera estado de auténticos supremacistas blancos. En las presentaciones farfullaba mi apellido, aliviada de que nadie se percatara de mis orígenes polacos. Hablar con David Petereit, quien dirige MUPInfo, y con Stefan Köster, jefe de la división local del NPD, me resultó casi tan chocante como ver una barbacoa con la inscripción, en inglés, “Happy Holocaust”. Petereit se mostró superficialmente amistoso, intentando establecer vínculos entre nosotros por el hecho de estar ambos “en la prensa”. Köster, por su parte, me hizo pensar en una versión maléfica del pintor Sigmar Polke, una impresión que se reforzó cuando empezó a hablarme de su condena por atacar a una mujer de izquierdas. Ella iba enmascarada y “no era reconocible como mujer”, arguyó. Tanto Köster como Petereit ven una gran catástrofe demográfica en el horizonte, con los inmigrantes desplazando a la buena población alemana (aria). ¿Hacia quién estaban dirigiendo todo ese odio considerando que sólo el 2 por ciento de la población en Mecklenburg-Vorpommern es extranjera? “La población extranjera en Leipzig ha alcanzado el 8 por ciento, y eso sólo en los últimos años”, respondió Köster. “Esta evolución, tarde o temprano, también llegará aquí. No queremos eso. No es que odiemos a los extranjeros, pero si miras las grandes ciudades, su estructura social se ha trastocado por completo. Yo no quiero gente joven apuñalada en las estaciones de tren. Eso, en Hamburgo, sucede casi cada día. Nosotros estamos haciendo una previsión de cara al futuro”. Stefan Köster, jefe del NPD en Mecklenburg-Vorpommern, y David Petereit, editor de la plataforma de extrema derecha MUPInfo, delante de Thinghaus, en Grevesmühlen. Su “previsora” postura anticrimen es una de las cosas que hacen al NPD atractivo para los votantes que no se consideran a sí mismos fascistas. El partido ayuda a los desempleados de mediana edad y beneficiarios de ayudas oficiales con los papeleos y asuntos legales, y dedica grandes esfuerzos a reclutar gente joven, distribuyendo de todo: desde folletos con bonitas caricaturas nacionalistas a CDs de música de extrema derecha. Estos últimos han sido recientemente prohibidos, algo a lo que Petereit objeta. Es inverosímil, dice, poner como argumento que letras sobre “botas resonando por Berlín” se refieran a las SS; podrían aludir a Napoleón, a los soviéticos o al ejército alemán contemporáneo. Tras mi conversación con Köster y Petereit, el diminuto enclave de Jamel, cuyos residentes parecían menospreciar al resto del mundo, no parecía demasiado amenazador. Dejé la Thinghaus para encontrarme con Gabriele Hünmörder, responsable de club de jóvenes que lleva trabajando con adolescentes desde la reunificación. Ha visto de todo: del auge del neonazismo a comienzos de los 90 a chicos fascistas que, al crecer crean familias y pierden interés por la escena de extrema derecha. Gabriele dice que Krüger es un ejemplo de frustración personal convertida en cruzada política. “De niño, Sven recibió más palizas que comidas calientes”. Estando ambas sentadas en la oficina, decorada con arte americano nativo, entraron dos de los “hijos” de Gabriele, ahora adultos jóvenes. El más mayor, me susurró ella, había sido miembro de la Wiking-Jugend, una organización juvenil extremista. En sus días con la Wiking-Jugend viajaba con un grupo de discípulos que le seguían, cargaban con sus bolsas y se cuadraban ante él. Cuando finalmente rompió con el grupo, se llevó de recuerdo una mandíbula fracturada. “Es como una secta”, dijo ella. Para su sorpresa, la escena de extrema derecha se ha hecho más sofisticada y refinada con los años, colgando las botas de combate y dejando atrás la estética skinhead e incorporando a figuras como el Che Guevara y “La Pasionaria” a su propaganda. Aunque el año pasado Jamel fue un imán para periodistas, la extrema derecha está activa más allá de sus lindes. Como demostraron las recientes elecciones regionales en Mecklenburg-Vorpommern, donde el NPD se hizo con el 6% de los votos, el partido sabe atraer votantes prometiendo cosas como castigos duros para los pederastas y la abolición del euro. Incluso en el caso de que un juzgado alemán decidiera que si Krüger quiere seguir practicando su política extremista, deberá hacerlo en una celda, su espíritu y su ideología van a seguir adelante. El rótulo encima de la entrada a Thinghaus muestra la letra rúnica Algiz, que significa “defensa”, y el lema “Antes muerto que esclavo” en proto-germánico. El logo de la compañía de Krüger en la puerta muestra a un obrero de la construcción aplastando una estrella de David. Alambrada, torre de vigilancia y la antigua bandera alemana ocultando la barbacoa “Happy Holocaust” de las miradas de cualquiera que pase por detrás de Thinghaus. Esta réplica de un coche de la policía constituye una de las dos posibilidades de ocio para los 10 niños que viven en Jamel. Ninguno de ellos me saludó con un “Heil Hitler”, por cierto. Ni los residentes ni el alcalde se atreven a decir en voz alta que hay un vínculo entre la compañía de demoliciones de Krüger y un vertedero ilegal lleno de cascotes y detritus que está polucionando Jamel.