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Videojuegos

Cuando llevas tanto tiempo jugando a la consola por trabajo, terminando juegos teniendo siempre en mente que de la partida tiene que salir una reseña, poco a poco pierdes
5.12.11

THE LEGEND OF ZELDA: SKYWARD SWORD

Compañía: Nintendo
Plataforma: Wii Cuando llevas tanto tiempo jugando a la consola por trabajo, terminando juegos teniendo siempre en mente que de la partida tiene que salir una reseña, poco a poco pierdes la capacidad de disfrutar realmente, algo bastante básico en un entretenimiento tan basado en el disfrute como los videojuegos. Yo, hace tiempo que me resigné a saber que sólo disfrutaría un par de juegos al año; sin embargo, hasta que jugué a este nuevo Zelda, Skyward Sword, no logré volver a sentir esa diversión primaria y desinteresada de niño de 10 años el día de Reyes. Es un juego histórico: no sólo porque conmemore el 25 aniversario de una franquicia como Zelda, uno de los emblemas de Nintendo, sino porque está llamado a quedarse en la memoria colectiva como ya lo hizo en su día Ocarina of Time. Es precisamente ésa la entrega de Zelda en la que Nintendo parece haberse fijado más a la hora de desarrollar Skyward Sword: no porque el número de referencias y homenajes sea especialmente mayor (los que conozcan todos los juegos podrán ver un porrón de guiños a toda la franquicia), sino por cierto afán de superar a Ocarina of Time como mejor juego de la historia, trono popularmente aceptado en el que se mantiene desde 1998. Sobre todo y ante todo, Skyward Sword es una lección ejemplar de cómo hacer un juego en el que la preocupación principal del jugador sea precisamente jugar, en el sentido más puro de la palabra: hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse. Como videojuego es perfecto; como experiencia es perfecto; como acontecimiento dentro de la industria es inconmensurable. El mejor juego del año, de la década y quién sabe si de la historia.

BATTLEFIELD 3

Compañía: DICE, Electronic Arts
Plataforma: PC, PlayStation 3, Xbox 360 Cuando en DICE afirmaban que Battlefield 3 era un juego que nos dejaba ver cómo serían los juegos del futuro, quizá no se equivocaban: es cierto que se pueden ver en él muchas de las cosas que sólo empezarán a ser comunes dentro de unos años. Por ejemplo, su inclinación clarísima al multijugador, donde Battlefield 3 se presenta como realmente brillante y contrapunto perfecto a la más deslucida campaña individual, que se queda demasiado a medio camino entre lo que hacen todos los demás y algo verdaderamente distinto; también sus gráficos y su sonido, tan sobresalientes que a veces cuesta creer lo que está entrando en nuestros ojos y oídos (escuchar cómo revientan cazas enemigos desde la cabina del nuestro con un buen equipo de sonido es una experiencia que no voy a olvidar en un buen tiempo); su magnífica forma de estar conectado con su propia red social, Battlelog, donde se nos ofrecen todas las estadísticas y datos que podríamos imaginar y más. A pesar de su excelencia, quizá Battlefield 3 es demasiado del futuro para 2011. Está demasiado avanzado: no sé hasta qué punto esto es un aspecto negativo, pero para jugarlo en condiciones en un ordenador necesitamos un equipo preparado conscientemente para ello, algo que mucha gente que tiene que combinar el uso del PC para trabajo y ocio no siempre puede permitirse, y en consolas se nota que la tecnología actual lastra el rendimiento del juego. En cualquier caso, su propuesta es suficientemente distinta de la de su rival más claro, Modern Warfare 3, como para no tener que ponerse de un lado o de otro: en este caso no hablamos de querer más a mamá o a papá, sino de querer tener dos novias supermodelos. Algo, a priori, perfectamente compatible si te lo montas bien.

THE ELDER SCROLLS V: SKYRIM
Compañía: Bethesda
Plataforma: PC, PlayStation 3, Xbox 360 No sé cómo vais de nerdismo, pero dejadme confesar algo: todo lo que tenga que ver con espadas y dragones y magia y movidas de este tipo me echa para atrás. Sin embargo, con los juegos de The Elder Scrolls me pasa siempre lo mismo: tras un rato mirando a los lados para comprobar que nadie me ve jugando a algo que está lleno de, en fin, espadas y dragones y magia y movidas de este tipo, algo hace que me enganche tan poderosamente que la situación se vuelve enfermiza e incontrolable. Con Oblivion, el anterior juego de la serie, me pasó justo eso: el resultado fueron 180 horas invertidas en paseos y matar tigres a puñetazos, por mencionar un par de las mil y una cosas que llegué a hacer; en Skyrim pasa lo mismo: la cantidad de posibilidades es tan enorme, tan inabarcable, que puede incluso resultar hostil por agobiante. Tampoco ayuda mucho que básicamente estemos ante un juego del pasado: sus mecánicas de juego, su sistema de combate (espadas en primera persona, esto es una ley que se cumple casi siempre, es igual a desastre inminente), su aspecto; todo es sólo apenas ligeramente superior a Oblivion, un juego que cuando salió, en 2006, ya era un juego bastante del pasado. Y sin embargo no importa: si rompes este himen de maldad y te adentras en el enorme, precioso y tremendamente vivo mundo de Skyrim, es bien fácil acabar atrapado por sus intrigas, sus historias de guerra civil y dragones y mazmorras, las tribulaciones de sus numerosos habitantes y las incontables leyendas y secretos que esconde el juego, con los cientos de horas quemadas que ello implica. Si los nerds del mundo fueran ejecutivos de Wall Street, Skyrim sería su cocaína.