Entrevista con Mabiland.
Foto por Camilo Mejía | Noisey en Español.

Bienvenidos al club de la pelea de Mabiland​

Al ritmo de un soul moderno, pasional y desobediente, Mabiland se está convirtiendo en una de las propuestas musicales más sólidas del actual escenario colombiano.
CM
fotografías de Camilo Mejía
22 Octubre 2018, 10:03pm

Un seis de diciembre de 1995 nace en Quibdó, Chocó, Mabely Largacha, la artista formalmente conocida como Mabiland. Contrario a lo que muchos pensarían, o a lo que normalmente se lee en la mayoría de biografías de músicos, Mabi –como le dicen sus amigos más cercanos– no mostró interés por la música desde temprana edad.

“Si uno nace en Quibdó, casi que sin quererlo, se nace en un entorno musical ,porque ahí siempre hay música. Si no es en tu casa, son los vecinos; si no son los vecinos, es en la tienda de la esquina”, cuenta la rebelde del soul colombiano, quien desde hace un par de años ha venido forjando una de las propuestas más llamativas dentro de la nueva ola de músicos independientes del país del Sagrado Corazón.

Orgullosamente oriunda de la capital del departamento del Chocó, un oasis olvidado en la siempre mística región del Pacífico colombiano, Mabiland ha venido soltando chispazos sónicos desde mediados de 2014, dándose a conocer con temas como “Declaración”, todo un manifiesto hecho desde las entrañas de un corazón joven y desafiante. Pero su relación con la música comenzó muy lejos de los despechos amorosos de adolescente.

“Siempre me gustó mucho la música. Mi parche era sentarme frente al televisor a ver videos musicales. Tengo una prima que me generó un gusto por la música pop, motivándome a cantarla cuando tenía como diez u once años”. A pesar de tener unos primeros acercamientos latinos al pop, Mabiland cuenta que en su casa se podía encontrar música de Aretha Franklin, Destiny’s Child o del mismo Tupac, del cual su mamá –por algún motivo que hasta ahora sigue siendo desconocido para ella– tenía inclusive casetes. “Tuve un primo que era el dealer de los casetes en Quibdó, entonces los perreos más aletosos de hip hop eran en la casa de mi abuela. Los casetes del primo eran ‘los casetes’, entonces todo eso lo tuve ahí”.

Mientras nos tomamos una cerveza en medio de un diluvio bogotano, me cuenta –recordando con cierta nostalgia aquel remanso a orillas del Atrato– que “nacer en Chocó es una bendición si usted hace esto, porque entiende el ritmo y muchas cosas de la música”. En su caso, nunca pudo entrar a clases de música, porque se la pasaba jugando baloncesto o participando en carreras de atletismo. Cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, llegaron las fiestas y los parches, y volvió a perder el enfoque.

“Escribía mucho, siempre escribí mucho. De hecho mi mamá siempre me motivó a que escribiera poemas, aunque en el colegio me daba pena decir que hacía poemas. La única vez que dije ‘profe, tengo un poema’, me hicieron bullying todo el año", cuenta Mabiland con la intranquilidad de quien no podía disfrutar del todo de su hobby y agrega que su mamá siempre le regalaba libros, y que siempre tuvo una cajita donde guardaba los poemas, que tiempo después terminaron convirtiéndose en canciones. "Siempre andaba con la cajita para todos lados. De hecho, de ahí he reencauchado fragmentos de temas que escribí a los trece años. Eso es bonito, saber que esa letra existe porque en algún punto de mi vida lo viví”, dice.

Según sus propias palabras, la música para cualquier chocoano es lo natural. El mismo paisaje suena. “Si usted se parcha afuera de la Catedral de Quibdó escucha el río Atrato, escucha a la señora que vende mazamorra, a la que vende plátanos, a la que vende los borojós… y son voces que parece que todo el tiempo estuvieran cantando”.

Mabiland sabe que nació con algo especial, a pesar de que nunca haya podido encajar con su querida Quibdó. “Siempre me he metido en líos por decir lo que no me gusta, soy demasiado franca. Tratar de ser uno mismo en medio de una ciudad tan bonita pero con tantos prejuicios de vieja data, es toda una vuelta. Por eso la conexión entre Quibdó y lo que yo quería ser nunca estuvo”. Y es que no hace falta preguntarle a Mabely qué quería ser: solo basta escucharla hablar, con toda su rabia convertida en arte puro; escuchar su música, limerencia transgresora, canalizada hacia los afluentes más recónditos del corazón.

Aún así, a pesar de los antecedentes ––y de nunca haberse presentado como Mabiland en la ciudad que la vio nacer––, ella está convencida de que ahora todo es distinto. “Cuando empecé, era la pelada ‘rara’ que hacía música ‘rara’, a pesar de que estaba haciendo música negra, pero creo que ya puede haber cierto reconocimiento hacia lo que estoy haciendo”.

Luego del Ciclos EP, su primera salida formal al ruedo musical en 2015, Mabi sintió que primero debía adentrarse en sus raíces, para narrar lo que es de ella; y no se refiere a Quibdó, su ciudad, sino a lo que verdadera y genuinamente es su matriz: su familia.

Es así como llega 1995, su álbum debut lanzado a principios de 2018. Un trabajo compuesto por diez canciones en el que la joven cantautora, ahora residente de la ciudad de Medellín, decide librar sus batallas internas a punta de confesiones afiladas y abrazos sanadores. En 1995 Mabiland es quien lleva el timón, logrando encaminar un sonido legítimo que llegó tras varios años de instintos fugaces, y al que ella se refiere como neo-soul.

“En 'Declaración' yo era mucho más marica, emocionalmente hablando. En Ciclos EP era muy hippie, pero a la vez odiaba mucho; una dualidad medio chistosa. En 1995 ya logré sanar muchas cosas. Para mí también son muy importantes los colores: Ciclos EP era azul, más tenue, más oscuro; 1995 es de un rosadito de habitación de niña ––como fue mi caso––, la cual odié en un momento de mi vida pero que ahora grande volví a retomar ese amor”, cuenta.

“¿Qué música hace Mabiland?”, le pregunto, repitiendo tal vez el interrogante que más le han formulado a lo largo de su carrera, ella responde tajantemente: “Yo estoy haciendo neo-soul”, despejando de toda duda a aquellos que la etiquetan como artista de hip hop, o como la “Lauryn Hill del R&B paisa”. “Si tú vas y escuchas a Anderson .Paak, The Internet, al mismo Mac DeMarco últimamente, inclusive a Mac Miller ––que me dejó bastante entusada ese pirobo––, todos están logrando esa mezcla neo del soul. El neo-soul de a poco se va convirtiendo en el presente, y es el futuro, definitivamente”. Con respecto a Lauryn Hill, una de las artistas que más admira, su única asociación la hace a través de lo que representó su álbum insignia, The Miseducation of Lauryn Hill, y de lo mucho que le costó salir a la norteamericana de ese “raye mental” de creer no superar dicho trabajo.

Mientras el aluvión decrece, y las luces neón del bar Vintrash de Bogotá comienzan a jugar con el rosa radiante que lleva la cabeza pelada de Mabi, ella confiesa que ahora, lo que sigue, es ese juego bendito de la aceptación.

“Creo que ahora lo primero es aceptar. Aceptar primero que tenemos la calidad suficiente para llevar las cosas a otro nivel. Si bien 1995 es un álbum muy pensado, que duré trabajando casi que desde que empecé, también es un reto: lo que teníamos contemplado hacer con este álbum en dos años, es lo que ha pasado en seis meses. Entonces te preguntás: ‘marica, ¿ahora qué putas vamos a hacer?’. Y no es esa incertidumbre preocupante, sino de preguntarse si vamos a estar al nivel de lo que se viene, o si simplemente fue este álbum lo único que funcionó”, dice, como quien se cuestiona tras cada paso que avanza; y lo hace frentera, porque la rebeldía no es solo una palabra para describir sus intenciones, sino una actitud ante la vida.

Pero Mabiland no está sola. Además de contar con el apoyo de artistas emergentes y de nombres ya consolidados como ChocQuibTown, Mabi tiene ahora el soporte de tres columnas inquebrantables en su navegar: Kala, su baterista renegada; Karol ET, su bajista alienígena; y Alex, The Magic One: guitarrista, pianista y eterno productor, confidente de mil batallas. Son estas cuatro almas las que actualmente rigen la propuesta musical de Mabiland, una banda que ha logrado confluir a la perfección la sinergia de unidad, aplicativo preciado y bastante escaso por estos días en el mundillo artístico.

“Desde que comencé he tenido por ahí doce bandas, pero la irresponsabilidad hizo que en un punto quisiera pausar ese formato. Me cansé de estar pagando y que llegaran tarde, me cansé de que no se aprendieran los temas. Creo que tuve que vivir ese proceso para llegar a la banda de hoy, que es mi crew”, recuerda con cierta gracia, aunque sin olvidar dar las gracias a los exmiembros que pasaron y aportaron su cuota a lo que hoy se conoce como Mabiland.

También añade que el de hoy es un equipo con funciones claras, con un concepto de familia por lo que hacen. “En marzo de 2017 tuvimos el primer show en Medellín. El sonido fue un desastre, se apagó por completo, pero aún así seguimos tocando, no me dejaron sola… ese día entendí que ellos eran mi banda”.

Los cuatro no solo engranan desde lo sonoro: sus pintas, que oscilan entre lo sutil y lo atípico, los hace ver como una especie de Fugees contemporáneos. Una impronta de moda que han sabido maniobrar desde sus inicios, pues la obra de Mabiland no solo pretende atravesar el oído, sino que busca dejar un caminar sornero con un swing de fuego.

Para muchos, el nombre de Mabiland apareció por primera vez gracias a “La mitad de la mitad”, canción en la que fue invitada a participar junto al rapero paisa Crudo Means Raw. Con casi 800.000 reproducciones en YouTube, este dembow caribeño demostró con creces que cuando dos talentos innatos se juntan, sin importar su entorno musical, el resultado puede ser tan salvaje como disruptivo. “Yo creo que si Crudo y Mabiland no se hubieran juntado, muchas cosas no estarían pasando en la escena de Medellín. Yo a Crudo no lo conocía, y fue mediante el proceso de 'La mitad de la mitad' que nos dimos cuenta de la conexión que podíamos llegar a tener. Ya inclusive hasta nos leemos el horóscopo grupalmente, con los roncitos y escuchando los temas de cada uno”.

Para Mabi, “La mitad de la mitad” logró acortar esa brecha maldita que obliga a ir a los unos por allá y a los otros por acá. "Es una canción muy rica, uno de los temas más chimbas que tiene Crudo, sin duda alguna. Y estoy convencida que ese junte ha significado muchas cosas para la escena, así como muchas cosas que ha hecho Doble Porción, MBZ o los mismos Alcolirykoz”.

Al hablar del amplio espectro de géneros, mientras curiosamente suena una canción de Bad Bunny en el primer piso del bar, Mabi no es ajena al éxito masivo que está teniendo el trap en el plano actual. Inclusive, quien haya escuchado su tema “Diciembre del 95”, sabe que en algún punto te encuentras con un tenue y pequeño fragmento trapero. “El trap bien hecho me parece una chimba. El asunto con el trap ahorita es que se olvidaron que existen instrumentos de verdad. No me gusta mucho que sea tan digital, porque podés grabar la batería, o la guitarra. Muchos temas actuales no tienen un instrumento vivo, lo que hace que se sientan vacías. Si tú vas y escuchas un álbum de Kendrick Lamar, Kanye West o de Rihanna, te das cuenta que esa gente no se queda solo en lo digital”. Para ella, el principal problema del trap ––al igual que en muchas otras músicas–– es la mediocridad.

Ante el próspero momento que atraviesan las mujeres en la industria musical colombiana, Mabiland es contundente con lo que, según ella, es su problemática más evidente. “El problema con las mujeres en Colombia es que no estamos siendo colegas, sino que nos estamos viendo como competencia. Ese para mí es el peor error”. En cuanto a calidad musical, Mabi asegura que son las mujeres quienes deberían estar punteando, pero ante la falta de claridad frente al concepto de unidad, es difícil que se vea un cambio a corto plazo. “Creo que hace falta ese ‘feminazismo profundo’ para la escena. Las mujeres de Colombia tenemos que pensar más en hacer música para el mundo. Cuando las propuestas no llegan, decirnos ‘parce, vámonos de gira nosotras’”.

Delfina Dib, Mós o la misma Goyo de ChocQuibTown, son nombres que admira y con quienes confiesa tener buena onda. “Todas tenemos el poder como mujeres, pero ¿cómo se está llevando eso a la gente? Es bien difícil trabajar en un país con una cultura que ha sido tan opresora de un género al otro”, confiesa, marcando además que su intención no es “grabar un cypher ni nada de esas chimbadas” con sus colegas, sino que quiere sentarse a hacer música seria, música que logre exportar en masa el enorme talento de las artistas colombianas.

Cuando la noche entra de lleno a ser un testigo más, Mabiland ahonda en las reflexiones acerca de la falta de unión dentro de su círculo artístico, especialmente en la ciudad de Medellín. “¿Por qué los que estamos en Medallo, haciendo escena en Medallo, no estamos disfrutando de lo que está pasando en Medallo? Creo que esa sería la pregunta a responder”. Una radiografía fidedigna de la industria local, esa misma que busca el beneficio del éxito propio antes que entender la noción de comunidad.

Entender. Entender los tiempos. Tal vez sea esa la reflexión más sólida que deja Mabiland, una artista que no busca atestar en vano la escena con sencillos, álbumes y exposiciones insípidas, sino que pretende dejar la huella de una obra completa, de una música que deja el alma completa tras cada resonancia.

– “Y ahora, ¿qué se viene para Mabiland?”, le pregunto.

– “Se viene mucha rebeldía, en muchas vueltas”.

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Fotos por: Camilo Mejía
Styling: Paola Ángel
Agradecimientos a Vintrash Bogotá.

Mabiland se estará presentando el próximo jueves 25 de octubre en la apertura del Festival Hermoso Ruido de Bogotá. Para más información, pásate por acá.