Fatemeh Khavari portrait
Photographs by Elisabeth Ubbe
El número del poder y el privilegio

Esta adolescente dirigió a miles de personas para acabar con las deportaciones

Las deportaciones no pararon, pero Fatemeh Khavari, de 18 años, hizo que Suecia prestará atención a la situación de los inmigrantes.
Adam von Friesendorff
tal y como se lo contó a Adam von Friesendorff

Este artículo aparece en "El número del poder y el privilegio" de nuestra revista. Subscríbete aquí.

Una noche, el verano pasado, me llamó un amigo por teléfono por que su solicitud de asilo para quedarse en Suecia había sido rechazada por tercera vez y le iban a deportar a Afganistán (un país en el que nunca había estado, por cierto). Estaba llorando y me dijo que no podía más. Esa noche, yo tampoco podía más. Estaba tan enfadada con que el Gobierno sueco rechazara las peticiones de asilo de los refugiados afganos que pensé que era momento de actuar. Llamé a todos mis conocidos y les pedí que se unieran a mi protesta que consistía en una sentada ante el Parlamento sueco. En ese momento no sabía que nos quedaríamos allí protestando durante 56 días.

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Años antes, mis padres huyeron de Afganistán con destino a Irán. Aunque mis hermanos y yo nacimos en Irán, allí éramos inmigrantes ilegales sin derechos. Ciudadanos de segunda clase. Vivíamos amenazados y no podíamos recibir ninguna ayuda del Gobierno, o la Policía. No iba al colegio pero había una mezquita cerca de casa donde unos voluntarios nos enseñaban a los refugiados como yo a leer y escribir.


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La vida era dura. Cuando tenía ocho o nueve años, deportaron a mi padre a Afganistán. No volvimos a saber de él. Cuando tenía 14 años, vendía poemas y dibujos para ayudar a mi familia. Siempre quise ser artista, contar la historia de mi familia a través de imágenes y textos. Sentía que no formaba parte de Irán, a pesar de haber nacido allí y conocer su lengua y su cultura. Nunca nadie me dijo “Este no es tu país” pero yo sentía que no lo era.

Mi hermano Mostafa viajó a Suecia solo en 2012. Le concedieron un permiso de residencia, que le daba derecho a reunirse con su familia. Dos años después, mis hermanos, mi madre y yo nos trasladamos a Suecia. En cierta medida, sentía que no formaba parte tampoco de este país. Pero esta vez era por cosas más superficiales, como mi hiyab. La verdad es que no tenía la misma sensación de desarraigo que en Irán. Ahora podía ir al colegio y no tenía que esconderme de las autoridades. A pesar de esta acogida, el Gobierno de Suecia se dedica a deportar a refugiados afganos a un país en el que nunca han estado. (Y es que muchos, como yo, han nacido en Irán). En Afganistán gobierna el caos de los talibanes y las explosiones están a la orden del día. Allí no hay futuro para jóvenes como yo. Era una locura que el Gobierno Sueco deportara allí a personas como yo.

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Nuestra protesta empezó el 6 de agosto de 2017. Este es el día que se fundó nuestra organización de niños refugiados no acompañados (llamada Ung i Sverige [Jóvenes en Suecia, en castellano]. Nuestra estrategia pasaba por llamar la atención de la gente, que se acercaran a nosotros. Hicimos una pancarta que decía “Si crees que tengo derecho a la vida, ven y siéntate aquí”. Había muchos turistas en la zona cuando empezamos nuestra sentada y nuestra pancarta estaba en inglés para que se entendiera mejor.

Al principio sólo éramos diez pero al final de nuestra primera jornada, ya había 60 personas acampadas. Comprábamos nuestra propia comida, usando el dinero que teníamos. Poco después, los transeúntes empezaron a donar sandwiches y fruta, así como chubasqueros, ropa de abrigo y sacos de dormir para que mejoraran las condiciones de nuestra acampada.

Al tercer día, nos atacaron. Unas 15 personas del grupo nazi Nordisk Ungdom [Juventud nórdica, en castellano] nos acosaron y nos lanzaron granadas de humo. Cinco de los nuestros resultaron heridos y recibieron atención hospitalaria. La policía, que precisamente la noche anterior había rechazado ofrecernos protección, cambió de opinión y expulsó a los nazis, pero no arrestó a nadie.

"Al tercer día, nos atacaron. Unos 15 nazis nos acosaron y nos lanzaron granadas de humo"

Después de eso, los medios de comunicación empezaron a prestarnos atención. Mucha gente había grabado y emitido en directo a través de las redes sociales el ataque y sus consecuencias. Yo estaba en la plaza, gritando. Dormir fuera me agotaba. Dije que queríamos asilo, que no teníamos un país. Había escapado de una guerra para que me volvieran a atacar. Poco después, gente que había visto los vídeos por Internet, se acercaron para ofrecer su apoyo.

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Entonces la policía decidió protegernos moviéndonos a Medborgarplatsen, una gran plaza en el distrito de Södermalm, Estocolmo. La plaza ante el Gobierno era un lugar demasiado abierto, según la policía, y sería más difícil protegernos. Un coche podría atropellar a la multitud. Y en Medborgarplatsen no podían pasar los coches y había muchas escaleras donde nos podíamos sentar. Así que mil personas acudieron a Medborgarplatsen al día siguiente. Yo todavía tenía miedo pero estaba contenta con todo el apoyo recibido y la manera en la que nuestro grupo había crecido.

En Medborgarplatsen emitíamos en directo a través de nuestra página de Faebook todos los días, mostrando lo que hacíamos. La gente venía desde todo el país para unirse a nosotros. Hubo una familia sueca que acampó con nosotros durante siete días, durmiendo a la intemperie en vez de irse de vacaciones a Brasil como tenían previsto. Teníamos una pequeña cocina de camping. Había una biblioteca cerca donde pedíamos libros para los jóvenes y repartíamos bolígrafos y papel entre aquellos que querían dibujar.

Por las noches, cuando mucha gente se iba a casa, todos los que dormíamos a la intemperie nos sentábamos y compartíamos historias personales con los demás. Durante la segunda semana de nuestra protesta, el 19 de agosto, un grupo de extrema derecha de Facebook organizó una contraprotesta cerca, que recibió el apoyo de los Demócratas de Suecia, un partido político de derecha populista. Contraatacamos reuniendo a más de mil personas en Medborgarplatsen, la mayoría, solicitantes de asilo y el resto, ciudadanos suecos que nos apoyaban.

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Creamos carteles con corazones rojos sobre fondo blanco. Estábamos muy felices con el apoyo recibido. Los racistas, que no eran más de cien, apenas recibieron atención.

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Casi dos meses después de nuestra sentada frente al Parlamento, terminó la huelga. Las deportaciones no pararon pero hemos conseguido que Suecia preste atención a nuestra lucha. Este verano, Elin Ersson, una universitaria sueca que había estado ayudando a los refugiados, consiguió parar una deportación negándose a sentarse en un avión en el que viajaba un hombre escoltado por la policía con destino a Afganistán. Ella es una de las muchas personas en Suecia que está tomando cartas en el asunto y su historia llamó la atención internacionalmente.

En junio de este año, el Parlamento sueco aprobó una ley que en teoría permitiría a 9000 jóvenes refugiados quedarse en Suecia. La verdad es que confiábamos en la ley pero el Parlamento rechazó reconocer la validez de la ley. Las intenciones eran buenas, pero no suficiente.

"Si les deportamos a Afganistán, muchos acabarán siendo Talibanes porque, por desgracia, esa es la única forma de sobrevivir"

En la actualidad, muchos jóvenes se enfrentan a la deportación. Si consiguen quedarse en Suecia, podrán seguir viendo a sus compañeros de clase y jugar al fútbol con sus amigos. Si les deportamos a Afganistán, muchos acabarán siendo talibanes porque, por desgracia, esa es la única forma de sobrevivir. Suecia seguirá alimentando la guerra y creando la siguiente gran ola de refugiados.

Considero que si queremos vivir en paz, necesitamos empezar ahora. Si les damos amor a aquellos que han crecido rodeados de odio, crearemos el futuro que todos nos merecemos.

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