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ESPAÑA

Hablamos con la religiosa que recorre Almería en furgoneta rescatando esclavas sexuales

María José Palomino, es la adoratriz que ha consagrado su vida a combatir la esclavitud sexual y que recorre, en furgoneta y junto a otras hermanas, los puntos calientes de la prostitución en el sur de España para ofrecer alternativas a las putas.
15.10.15
Imagen de una trabajadora sexual. (Imagen por Christian Hartman/REUTERS)
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La voz de María José Palomino es serena como el bostezo de un niño adormecido. Esta adoratriz, de palabra comedida y pausada, ha consagrado su vida a la misión de combatir la esclavitud sexual.

Cada semana, Palomino y otra hermana recorren en furgoneta los puntos calientes de la prostitución almeriense. Los martes, a los cortijos; los miércoles, carretera; los jueves, clubs de alterne urbanos, y por la noche, burdeles de carretera. Después, el trabajo de acogida, la formación y el acompañamiento para ayudarles a forjar una nueva vida.

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Su objetivo es ofrecer una alternativa a las mujeres que se ven obligadas a vender su cuerpo. La mayoría de ellas, asegura, proceden de Europa del Este y del continente africano. En algunos casos, considera, la miseria las condena a la prostitución, en otros, las redes de trata utilizan sus cuerpos para lucrarse. "Abusos que casi nunca acaban con una denuncia", asegura.

Naciones Unidas calcula que hay alrededor de 140.000 mujeres víctimas de la trata de personas con fines de explotación sexual en Europa occidental. España es el segundo país de la Unión Europea (UE) con más casos detectados. Según el Ministerio del Interior, el negocio mueve cinco millones de euros al día en España.

Las cifras matan, pero la experiencia de Palomino también habla de aquellas que consiguieron pasar página: "salen adelante, les cambia de cara, parecen 20 años más jóvenes". En esta entrevista a VICE News, la adoratriz desgrana su experiencia en relación al sórdido mundo de la prostitución. Siempre, a través de la mirada de las mujeres que ha atendido, siempre con el comodín de la precaución: "No puedo hablar de la dimensión del problema, ni aportar datos científicos, hablo sólo de mis vivencias".

VICE News: ¿Cuándo y por qué decidís salir en busca de víctimas de la esclavitud sexual?
María José Palomino: El proyecto Emaús, que depende de nuestra congregación, nació hace 12 años porque nos dimos cuenta que las mujeres, ahora casi todas extranjeras, que se encuentran en esta situación ya no venían a pedir ayuda. Se trata, mayormente de mujeres procedentes de Europa del Este y del continente africano, como Nigeria. Vienen engañadas, las convencen para emprender un viaje a Europa con falsas promesas. Algunas de ellas esperan un trabajo en los invernaderos de Almería y al llegar, les aseguran que la única vía para pagar la deuda que han contraído en el viaje es ejercer la prostitución. Allí mismo acaban prostituyéndose, en cortijos cutres, en pésimas condiciones.

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Entonces, vais a buscarlas a los cortijos…
Sí, cada martes visitamos los cortijos del conocido mar de plástico, es decir, la zona donde se concentran los invernaderos [un importante centro de producción agrícola donde se cultivan grandes cantidades de frutos y verduras]. Pero la ruta cambia según el día. Los miércoles vamos a buscar las chicas que trabajan en las carreteras almerienses que llevan a Murcia y a Málaga. Los jueves, visitamos los clubs de alterne urbanos de Almería y, después, por la noche, recorremos los burdeles de carretera.

¿Y qué encontráis?
Prostitución y situaciones atroces. En la zona de los invernaderos, las condiciones son muy malas. Algunas de las chicas que hemos rescatado, llevan tanto tiempo encerradas en esos zulos que necesitan un tiempo para distinguir entre el día y la noche. Las hay que son víctimas de una red de trata, eso se da mucho en los burdeles, y otras, cerca de la mitad de las chicas que atendemos, vienen a trabajar en la producción agrícola pero en muchas ocasiones no consiguen empleo y, entonces, empiezan a prostituirse. Esa es la única alternativa que les queda porque deben mandar dinero a sus países de origen donde, muchas, dejaron a sus hijos.

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¿Las víctimas de la trata suelen denunciar?
A la mayoría de las chicas les cuesta muchísimo denunciar debido a las amenazas [de los proxenetas y los miembros de las redes]. Es un mundo terrible y escabroso. Las amenazan con matar a su familia, con lastimarlos y, a muchas, las intimidan con rituales de vudú. Nosotras intentamos darles apoyo para que denuncien porque si no lo hacen no hay delito de trata y su sufrimiento ni siquiera sirve para ayudar a las demás.

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¿Os hablan de sus proxenetas y de la mafia que las captó?
Sí, nos hablan del sadismo de estos mafiosos. Recuerdo que hubo un caso de una chica que se escapó desnuda, la tenían allí sin ropa, y le dijeron "mira esto es lo que tienes que hacer porque nos debes 50.000 euros". Una deuda que siempre aumenta porque les van sumando los gastos relativos a las comidas, a las joyas que usan y a un sinfín de cosas…¡Cuanta prostitución tiene que ejercer una criatura para pagar tanto dinero! A veces, los miembros de una red son primos o vecinas, personas de confianza que las convencen con mentiras para viajar a Europa o chicos que las seducen en su país y una vez aquí, las venden a un burdel. Aunque, en la mayoría de los casos, suele haber una conexión local. Pero yo no he tratado con los proxenetas ni con los miembros de las redes, se lo que me cuentan ellas y es la policía la que tiene que decidir si se trata de un caso de explotación sexual, y si son o no víctimas de la mafia.

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¿En qué consisten las intervenciones que hacéis en carreteras, prostíbulos y en la zona de los invernaderos?
Tenemos una unidad móvil, una furgoneta, y tres días a la semana vamos allí donde están las chicas. Si es en la carretera, por ejemplo, en descampados y en zonas despobladas donde esperan a sus clientes. En la parte trasera de la furgoneta tenemos una especie de salita, con unos bancos, así que las invitamos a pasar y a tomarse un café y unos dulces y charlamos con ellas.

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No es fácil, hay que saber lo que se debe y lo que no se debe decir. Hay que evitar moralizar porque la situación que viven es muy dura. El respeto es esencial, hay formas alentadoras de mostrarles que hay otra manera de vivir y prestarte a ayudarlas para ofrecerles salidas alternativas.

¿Y qué les ofrecéis a aquellas que deciden aceptar vuestra ayuda?
El equipo del proyecto esta formado por tres hermanas, seis trabajadoras y seis colaboradores, muchos de ellos expertos en educación y trabajo social. Primero les ofrecemos atención médica, hay muchas chicas que sufren de enfermedades infecciosas y algunas contraen el sida. Nosotras les garantizamos que las atiendan. Luego, en función de sus necesidades, las asesoramos en temas de extranjería, les ofrecemos formación laboral, talleres de todo tipo, salidas recreativas y un lugar donde vivir. El año pasado albergamos a más de 30 mujeres en la casa de acogida. Vives con ellas y eso te permite crear un clima familiar. Cuando entran por la puerta les decimos que una vez cruzan el umbral ya no son prostitutas, pero, a veces, es complicado porque necesitan seguir mandando dinero a su país. Con todo, al menos están atendidas y pueden asistir a talleres y, sobre todo, ver una luz al final de su túnel.

¿Consiguen dejar atrás el mundo de la prostitución?
Sí, pero es un proceso largo. Hay chicas a las que les cuesta tres años, pero aunque vengan de un club, te das cuenta que se recuperan y que pueden volver a coger el tren que perdieron. Algunas estudian auxiliar de farmacia o de administración, fotografía, cocina o peluquería y logran un trabajo. Me ilusiona ver cómo salen adelante, les cambia de cara, de repente, parecen 20 años más jóvenes.

¿Por qué decidiste entrar en la congregación de las adoratrices y luchar contra la esclavitud sexual?
La culpa de que me hiciera adoratriz la tiene la imprudencia de una monja. Cuando era joven una monja de la residencia donde vivía mientras cursaba mis estudios y que también alojaba mujeres con problemáticas relacionadas con la explotación sexual nos contó la historia de una chica forzada a ejercer la prostitución. ¡Me impresionó tanto! Le pregunté que podía hacer, y me dijo "pues lo mismo que hago yo".

¿Qué se necesita, entonces, para combatir la esclavitud sexual?
Cambiar el modo de pensar y de vivir. Somos malos los unos con los otros, egoístas, obsesionados con el tener hasta el punto de traficar con personas, casi siempre con mujeres. Pero también una mayor aportación de las administraciones para que estas personas que salen de situaciones tan difíciles puedan acceder a lo necesario y deseable. Se han hecho cosas desde el gobierno pero falta mucho camino por recorrer. Sigue habiendo muy poca conciencia y mucha invisibilidad en relación a la trata.

Sigue a Maria Altimira en Twitter: @mariaaltimira