Foto de un grupo de protestantes en Palo Alto, California.
UN GRUPO DE PROTESTANTES EN PALO ALTO, CALIFORNIA, SE REÚNE PARA INSTAR AL DIRECTOR  DE PALANTIR, ALEX KARP, A QUE CANCELE SU CONTRATO CON EL SERVICIO DE INMIGRACIÓN Y CONTROL DE ADUANAS DE ESTADOS UNIDOS (ICE), PARA EL QUE PALANTIR DESARROLLA SOFTWARE DE PROCESAMIENTO DE DATOS USADO PARA CRIBAR INMIGRANTES SIN PAPELES Y PLANEAR REDADAS

Así son las protestas de los trabajadores de las empresas tecnológicas

Un grupo diverso que va desde programadores hasta conductores y camareros está tratando finalmente de obligar a la industria tecnológica a hacer lo que se supone que debería: construir un mundo mejor
27.11.19

Este artículo aparece en la edición 2019 de la revista VICE. Esta sección mira al futuro poniendo el foco en escritores, científicos, músicos, críticos y personas que no han tenido suficiente reconocimiento y que son quienes están ayudando a moldear el mundo durante el próximo año. Ellos son "los otros de 2020" a tener en cuenta. Pulsa aquí para suscribirte a la edición impresa.

El 13 de septiembre, más de un centenar de activistas participaron en una protesta en las sedes de Palantir de la costa este y oeste de Estados Unidos, en Nueva York y California respectivamente. Su intención era concienciar sobre la colaboración de la empresa tecnológica con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), para la que Palantir desarrolla software de procesamiento de datos usado para cribar inmigrantes sin papeles y planear redadas.

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Pese a que las protestas han presionado a los altos cargos de Palantir, incluido el director, Alex Karp, y su cofundador, Peter Thiel, el inversor multimillonario aliado de Donald Trump, el mensaje iba dirigido a los empleados de la empresa. Durante la protesta en la sede de California, en Palo Alto, se colocó una alambrada que la hacía parecer un campo de concentración y, por la tarde, hubo una manifestación en frente de una de las viviendas de Karp. “Palantir, sabes que es verdad, eres responsable de los crímenes de ICE”, coreaban los protestantes. En la manifestación de Manhattan, dirigida por el grupo Judíos por la Justicia Económica y Racial, se le pidió a Karp, de origen judío, que honrara las próximas festividades evitando cometer los mismos errores del pasado.

“Durante el Holocausto, IBM utilizó la tecnología más moderna para juntar toda la información censal e identificar a judíos de Europa”, dijo Abby Stein, una de las organizadoras, a la multitud. “¿Y si los trabajadores de IBM por aquel entonces se hubieran negado? ¿Cuántas vidas se hubieran salvado? ¿Y si los empleados de Palantir se niegan ahora? ¿Cuántas familias se mantendrán unidas?”.

Todo comenzó la semana anterior, cuando Karp escribió un artículo de opinión en el Washington Post explicando su decisión de seguir trabajando con ICE. Aunque puede que fuera unas semanas antes, cuando Palantir renovó oficialmente su contrato con ICE. O quizás antes incluso, cuando se hizo viral la foto de los cuerpos de Óscar Alberto Martínez y su hija de 23 meses, Valeria, que aparecieron a orillas del río Bravo tras tratar en vano de cruzar la frontera.

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Es un movimiento que se ha ido abriendo paso poco a poco entre los trabajadores de diferentes sectores tecnológicos que veían cada nueva protesta y se preguntaban: “¿A qué esperamos nosotros?”.

Está el caso de la huelga de Uber y Lyft en 2019, en la que conductores de todo el mundo apagaron sus aplicaciones durante 24 horas. O el parón de los empleados de Google a finales de 2018, que dejaron sus puestos para protestar por los casos de acoso sexual dentro de la compañía. También, a principios de ese mismo año, hubo una serie de manifestaciones en las sedes de Twitter y Stripe después de que los directores de ambas compañías financiaran una campaña contra la propuesta de ley C en San Francisco, con la que se pretendía cobrar un pequeño impuesto a las compañías más grandes para pagar servicios para la población indigente de la ciudad. Fue aprobada, aunque no contaba con los dos tercios mayoritarios necesarios para evitar retrasos por las objeciones legales.

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Como ocurrió con las huelgas estudiantiles que se dieron por todo Estados Unidos en 2018, cada protesta parecía ser la mecha que prendía la siguiente mientras que los trabajadores veían cómo la tecnología iba creando un tallo que se iba enredando en cada sector laboral con consecuencias devastadoras: las tecnologías disruptivas a menudo traen otros problemas. Los beneficios de la innovación tecnológica no favorecen a los trabajadores y la tecnología une al mundo al tiempo que separa familias.

Mientras que estas verdades se vuelven más obvias, un grupo diverso de trabajadores que va desde programadores a conductores y camareros, comienza a unirse en una especie de sindicato de clases. Si lo consiguen, las empresas tecnológicas se verán obligadas a hacer lo que supone que deben hacer: un mundo mejor.

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A pesar de que ha habido intentos de organizar y movilizar a los trabajadores del sector tecnológico durante años, la chispa ha sido la más obvia: la presidencia de Donald Trump.

“Han pasado muchas cosas antes, pero las políticas del Gobierno de Trump propiciaron muchas de estas protestas”, dijo Jeffrey Buchanan, portavoz del Silicon Valley Rising, una coalición de líderes laborales y organizadores comunitarios.

El momento clave no fue la noche de las elecciones, en la que todo el mundo estaba sorprendido y confundido, sino unas semanas más tarde, a finales de 2016, cuando el presidente electo se reunió con los directores de las compañías más importantes de tecnología. En ese momento, según informan varios empleados, fue cuando se dieron cuenta de que sus jefes colaborarían, en vez de enfrentarse, con el Gobierno de Trump. Estos últimos años son la prueba irrefutable de que así fue. En 2017, Google comenzó a desarrollar el programa de inteligencia artificial del Pentágono con el Proyecto Maven y, recientemente, se contrató a Microsoft para llevar sus servicios en la nube.

“No soy una entendida en tecnología. La gente se ríe de mí porque ni sé cómo funciona Facebook”, dijo Jacinta González, directora de operaciones de Mijente, un plataforma popular para latinos y chicanos que ayudó a organizar la protesta de Palantir. “Pero ahora nos interesa porque está afectando a nuestras comunidades”.

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González explicó que las redadas de ICE han aumentado y Mijente ha comenzado a cuestionar el papel de la expansión de la tecnología de recopilación de datos, GPS, y reconocimiento facial. “Todo eso se va a usar en el futuro para la encarcelación racial en los Estados Unidos”, dijo González. “Hay mucho bombo publicitario y entusiasmo con que la tecnología nos va a unir, pero ahora estamos viviendo las consecuencias negativas. Está sacando a la luz una cuestión ética para la gente a la que le afecta”.

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Es un examen de conciencia nuevo para una industria que siempre ha abogado por una sociedad liberal y abierta a través de métodos criptolibertarios y disruptivos. Sin embargo, el optimismo tecnológico dominante se ha basado en una especie de lectura simplificada de la hipótesis del mercado eficiente, la idea de que la eficiencia no es solo deseable en sí misma, sino que, por definición, conduce informacionalmente hacia un fin deseable y, por lo tanto, merece la pena desarrollar herramientas que ayuden a conseguir ese fin. Pero lo que esta teoría obvia es que el resultado inherente de la eficiencia es más riqueza y poder para los propietarios, perjudicando, sin embargo, más a los ya desfavorecidos.

Según pasa el tiempo, más empleados se quitan la venda y ven la verdad de una industria que augura un futuro nada prometedor. A menos, claro está, que lo paren a tiempo.

Edan Elva es un trabajador de la industria tecnológica de 49 años. Nació en Israel, pero ha vivido en Estado Unidos los últimos 19 años, trabajando como autónomo para instituciones financieras, colegios y otras compañías tecnológicas. Hace unos años, se descargó Lyft para ganarse un dinero extra recogiendo a pasajeros y llevándolos al trabajo. Pero, cuando se le acabaron los otros trabajos, se dedicó a la aplicación a tiempo completo y cambió su perspectiva.

“Los sueldos bajaron considerablemente pero pagas más por el mantenimiento del coche”, explicó. “La mayoría de conductores no se da cuenta de que están perdiendo dinero, porque es algo gradual”. Lo que hizo que Elva despertara fue el darse cuenta de la gran diferencia entre los conductores y los altos cargos de la empresa. “Enseguida te das cuenta de que no te da para vivir en San Francisco, y esto genera resentimientos, especialmente cuando te enteras de que los altos ejecutivos ganan 40 millones de euros al año”, dijo.

Alva escuchó hablar de la unión Gig Workers Rising (GWR), principalmente compuesta por conductores de Uber y Lyft que piden un salario digno, beneficios, transparencia y representación en sus puestos de trabajo; y decidió unirse. “Me gusta hablar con la gente y las situaciones únicas que te ocurren”, dijo cuando le pregunté por qué seguía conduciendo. “Pero eso no tiene nada que ver con la compañía, Lyft”.

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Aunque se ha unido a la GWR en parte para exigir mejores condiciones en su empleo actual, ya está pensando en los siguiente trabajos que podría desempeñar. Si analizamos la trayectoria de los avances tecnológicos, nos damos cuenta de que cada vez existirán menos puestos de trabajo. Los ordenadores redactarán textos, los coches y camiones tendrán tecnologías de autopiloto y pronto tendremos hasta camareros robóticos. “Cualquier industria se puede convertir en una aplicación para móvil”, dijo. “Las compañías como Lyft y Uber son un claro reflejo de cómo la gente que está en ciertas posiciones se hacen extremadamente ricos a costa de los trabajadores y a veces, incluso, de los inversores. Casi suena como un sistema piramidal”.

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Un grupo de protestantes en frente de una de las viviendas de Alex Karp

Una batalla que ya se ha ganado a una industria con numerosos recursos que odia acatar leyes es la aprobación de la propuesta AB-5 en el estado de California, propulsada principalmente por la GWR. Esta ley garantiza que los conductores de Uber y Lyft tengan contratos de trabajo en lugar de considerarse trabajadores independientes. Así, se asegura un sueldo mínimo, seguro en caso de accidente laboral y otros beneficios. Esto sería un cambio drástico en la industria que obligaría a las compañías a apoyar por fin a sus trabajadores.

“Nadie quiere pensarlo cuando estás en la carretera. Es una realidad que apartas de tu mente en cuanto tienes oportunidad”, dijo Carlos Ramos, miembro también de la GWR y que lleva tres años trabajando para Lyft. “Pero si te ocurre algo, estás completamente solo”.

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Ramos explica que se alegra por los cambios que traerá la AB-5, pero se muestra escéptico ante la posibilidad de que todos los trabajadores de la industria tecnológica se alíen para cambiar la forma en la que funcionan estas empresas. “Hay mucha diferencia entre quiénes somos nosotros y quiénes son ellos”, contaba recordando todas aquellas veces en las que llevaba a programadores ricos por las cuestas de San Francisco. “Ellos son ricos, nosotros no. Tienen cocineros con estrellas Michelin en sus oficinas y presumen de ello; nosotros tenemos suerte si nos da tiempo a pasar a por comida rápida. Les preocupa gastarse millones en una casa y mientras nosotros dormimos en nuestros coches”. Si queremos un cambio radical en la industria tecnológica, se debe, para empezar, reducir esta diferencia salarial y de privilegios entre sus trabajadores.

Pero es fácil olvidarse de un gran grupo de personas del sector que están entre los programadores con salarios altos y los contratistas en la base del escalafón. Un segmento que podría crecer con una industria que se va adueñando de cada grieta de la sociedad y que, quizás, se convierta en el próximo impulsor de las protestas.

"Hay mucha diferencia entre quiénes somos nosotros y quiénes son ellos” explica Carlos Ramos. ““Ellos son ricos, nosotros no… Les preocupa gastarse millones en una casa y mientras nosotros dormimos en nuestros coches”.

Otro trabajador, al que llamaremos Eric para proteger su identidad, lleva en la industria casi 15 años. Ahora está trabajando en lo que considera una “empresa emergente bastante estándar” y aunque las cosas le van bien, la empresa matriz ha escindido el área tecnológica de la empresa, lo que ha hecho que los empleados comiencen a hacer preguntas. “¿Hasta qué punto mejora el mundo esta tecnología?”, dijo Eric. “Yo lo noto en la forma en que gano dinero, pero realmente no está mejorando nada”.

Tras años de esperanza puestos en el poder de la tecnología, Eric ahora lo ve como un “círculo ridículo” de inversores banqueros e inversores de capital de riesgo que crean alteraciones innecesarias esperando ganar dinero pero sin preocuparse por la estabilidad de los trabajadores y sin contar con que tampoco ayudan a mejorar la vida de nadie. Ahora, con esta nueva dirección de empresa, su puesto de trabajo podría tener los días contados. Para combatirlo, Eric ha recurrido a la única manera en la que se puede combatir la inestabilidad entre trabajadores y empresarios: “No hay propuestas sobre cómo se relaciona con nosotros la organización, así que el único recurso que tenemos es renunciar, a menos que trabajemos conjuntamente para negociar”, explicó. “Por eso estoy tratando de crear un comité de empresa”.

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A la vista está que el optimismo tecnológico va derivando en un escepticismo (o quizás realismo) que además cala poco a poco en las nuevas generaciones de trabajadores. Según aparecen más informes que muestran el impacto que tienen estos gigantes tecnológicos, puede que las pagas extras y las mesas de pimpón en las enormes oficinas no sean suficiente para justificar estos trabajos. Sin embargo, el Gobierno de Trump es un pilar de esta industria y, teniendo en cuenta que se acercan unas elecciones que podrían dejar al magnate fuera de la casa blanca, no queda otra más que preguntarse cuál será el futuro de esta industria.

“Como milenial que soy, sin contar a la gente que ya está jodida por la recesión económica y las generaciones anteriores, me sorprendería que volviéramos a donde estábamos en 2016”, dijo Catherine Bracy, directora de la Cooperativa TechEquity. “Si tienes 25 años y trabajas en este sector para pagar un préstamo universitario de 60 000 dólares con un 8 por ciento de intereses, sin dinero o perspectivas de poder comprar una casa con tu sueldo, viviendo en un piso compartido con otras tres personas hasta que tienes 35 años, comienzas a preguntarte de qué manera realmente te beneficia esta economía”.

Un nuevo movimiento estudiantil llamado SLAP insta a los estudiantes de informática e ingeniería de Stanford a abstenerse de aceptar trabajos en empresas como Google o Facebook. “Somos una organización antirracista y anticapitalista que lucha por movilizar a los estudiantes para actuar y reconocer la responsabilidad de apoyar movimientos de liberación” dice la declaración de objetivos de SLAP. “A través de acciones directas, educación y creación de comunidades, queremos cambiar esa cultura apática que mantiene un statu quo opresivo, ofrecer alternativas y llevar a cabo una campaña sostenible con resultados visibles en colaboración con la población marginada. Queremos luchar contra la explotación de trabajadores, los complejos industriales carcelarios y la violencia sistemática que perpetúa Stanford y de la que se beneficia”. En septiembre, más de 1200 estudiantes de 17 universidades prometieron no aceptar trabajos en Palantir.

Un gran cambio en la manera en que los recién graduados ponderan sus ofertas de trabajo que sugiere que, aunque las políticas de Trump puedan haber sido un incentivo para estas protestas, este fuego que ahora arde no se apagará fácilmente con los resultados de las elecciones de 2020.

Este artículo se publicó originalmente en VICE Estados Unidos.

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