Ricardo Anaya: el 'niño bien' que corre tras los pasos de 'ya sabes quién'
Fotografía tomada del muro Facebook del candidato, con permiso de su campaña.
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Ricardo Anaya: el 'niño bien' que corre tras los pasos de 'ya sabes quién'

En dos décadas, hizo maestría y doctorado, dominó el inglés y el francés, amasó fortuna y ascendió como meteoro en la vida pública. A los 39 años busca convertirse en el presidente más joven del México contemporáneo.

Durante la adolescencia, Ricardo y Carolina fueron vecinos en el Club Campestre de Querétaro, un fraccionamiento con albercas, canchas de tenis, gimnasios, salones de fiesta, lagos artificiales, pistas ecuestres y un espléndido bar con vista a uno de los campos de golf. Pero aquellos no eran los únicos espacios compartidos. Anaya Cortés y Martínez Franco también acudían a la misma preparatoria, el San Javier, un colegio marista que suele recibir a los hijos de las élites locales. “Ahí estudia la quintaesencia de la queretanidad”, comenta con orgullo un ex alumno.

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Los preparatorianos se hicieron novios cuando él tenía 18 y ella 17, luego de cinco años de amistad. La historia del candidato presidencial de la coalición integrada por el Partido Acción Nacional (PAN), Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC) no podría entenderse sin la relación sentimental que comenzó en 1997. El respaldo económico de sus padres y la vinculación financiera con sus suegros también sentarían las bases de su despegue en los negocios, una condición que correría a la par de su vertiginoso ascenso en la política.

Los padres de Ricardo Anaya Cortés han vivido sin contratiempos monetarios. La madre, María Elena Cortés de Palacio, estudió arquitectura en la UNAM y administra la renta de inmuebles en la Ciudad de México. La apodan “La Cuata Cortés” porque tiene una gemela. El papá ha combinado su carrera en la industria del calzado con su ferviente afición por la charrería, una actividad que lo ha llevado a desempeñarse como presidente de la Unión de Asociaciones de Charros del Distrito Federal. Ricardo Anaya Maldonado —ingeniero químico que estudió un posgrado en la Universidad de Stanford— aún acude a lienzos y exhibiciones, donde monta a caballo y viste el traje típico.

En la página de Facebook de Anaya Maldonado pueden verse fotografías de sus intervenciones en este deporte y algunos otros datos familiares: un bisabuelo de Anaya Cortés, José Francisco Maldonado Aspe (1885-1971), participó como cadete en la marcha de la lealtad con el entonces presidente Francisco I. Madero. También se menciona que “Don Panchito” era un “espléndido orador”, tanto que “aún retumba en el Palacio Real de El Pardo en España el discurso que dirigiera al generalísimo Francisco Franco. Hombre polifacético, un ejemplo a seguir”, señala un post compartido por el padre del candidato panista, quien comenta en la red social: “Gracias a la Peña Charra por este reconocimiento a la memoria de nuestro abuelo”.

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Screenshot tomado del muro del padre de Ricardo Anaya, en donde aparece el bisabuelo “Don Panchito” durante una visita a España en la que fue recibido por el dictador Francisco Franco.

Anaya Cortés no heredó el gusto por la charrería, incluso “tiene cierta animadversión” por esa actividad, señalan panistas que lo conocen.

Ricardo nació el 25 de febrero de 1979 en un hospital de Naucalpan de Juárez, Estado de México, pero sus padres —quienes se separarían años después— se mudaron a Querétaro cuando él y su hermana María Elena eran niños.

Donino Ángel Martínez Diez —padre de Carolina— posee una veintena de empresas entre México y España. En la Ciudad de Querétaro tiene el restaurante La Parrilla Leonesa y los hoteles Arcadia, San Juan, Formos, Bermont, Flamingo, Roosevelt, entre otros. Además, es socio de su yerno en las compañías inmobiliarias Cintla y Juniserra. Carolina ha participado en la administración de los negocios de la familia, donde también han colaborado su madre Natalia Maribel Franco y sus hermanos José Ángel y Natalia.

Screenshot tomado del muro del padre de Ricardo Anaya, en donde aparece un retrato del bisabuelo “Don Panchito”.

Al terminar la preparatoria, Ricardo se inscribió en la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) y un año más tarde Carolina ingresó a la Licenciatura de Administración Pública del Tec de Monterrey, campus Querétaro. Conocidos de los años universitarios los recuerdan como “una pareja discreta y unida; siempre los vimos con un pie en el altar”.

Inquieto y ambicioso —así lo describen exmilitantes del área juvenil del PAN queretano—, Anaya trenzó en el Club Campestre otra relación que determinaría su incursión en la vida política. Uno de sus vecinos era Francisco Garrido Patrón, a quien conoció porque compartían la afición por correr en los alrededores del campo de golf. Pronto trabaron amistad.

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Francisco, de 44 años, era un influyente integrante del PAN local; Ricardo, de 18, buscaba trinchera política. Así, el joven vio la oportunidad de afiliarse al partido conservador que tiene amplia influencia política en El Bajío (Aguascalientes, Querétaro, Guanajuato y Jalisco), una región del centro-occidente del país.

En 1997, Garrido ganó la elección para convertirse en alcalde de la Ciudad de Querétaro. Apenas tomó posesión, designó a su compañero de ejercicios matinales como director del Instituto de la Juventud del municipio. A los 18 años, Ricardo parecía un circo de tres pistas: comenzaba sus estudios universitarios al tiempo que arrancaba su carrera política e iniciaba su alianza de pareja con Carolina Martínez Franco.

Las tres chambas de “Maquiavelito”

Los alumnos de la UAQ recuerdan cuando el maestro espigado entró al salón de clases. Pensaron que era una broma, acaso una novatada. Volteaban a verse entre risas discretas y cejas alzadas. El profesor lucía como un universitario más, un compañero de clase. Alguno murmuró que efectivamente era estudiante de la Facultad de Derecho, acaso de los últimos semestres. El rostro adusto y la mirada penetrante del docente terminó por apaciguar las dudas.

“Salías de sus clases con dolor en la muñeca de todo lo que tenías que escribir, pero pues muy bien, eh. No eran tediosas las clases, porque como debes de saber, [Anaya] sabe hablar muy bien en público, nos atrapaba”, comenta Juan José Ojeda, quien tomó clases de Teoría Constitucional con Ricardo Anaya.

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Y efectivamente, el profesor que pasmó brevemente a los alumnos porque representaba menos edad, comenzó su fugaz carrera como maestro cuando todavía no terminaba la universidad. Aún no lo llamaban “el chico maravilla”, como lo bautizaría años más tarde el periodista Joaquín López Dóriga, pero ya se distinguía por su aspecto de “traga años”.


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Desde aquel tiempo, Ricardo parecía un meteoro. Además de sus roles como estudiante universitario y profesor, se desempeñaba como secretario particular del gobernador de Querétaro. Sí: Garrido Patrón, el mismo político que lo impulsó para que entrara al PAN, ahora lo tenía como su mano derecha operativa en el Palacio de Gobierno. Universitario, profesor y secretario particular del gobernador. Todo al mismo tiempo.

Los estudiantes rememoran que el profe no ponía dieces. Los aplicados sacaban ochos, algún matado alcanzaba el nueve. Serio, lo recuerdan extremadamente serio; también amable, tranquilo, concentrado. No iba a las fiestas escolares cuando se le invitaba. Aquel semestre faltó pocas veces y era británicamente puntual. Solía recurrir a diapositivas para explicar sus lecciones.

Unos años después obtendría su título como licenciado en Derecho por la UAQ, con la tesis El graffiti en México: ¿arte o desastre?, donde repasa la naturaleza jurídica y social del tema. De alguna manera, el joven de 23 años consiguió que el escritor Carlos Monsiváis redactara el prólogo de su libro-tesis de 134 páginas. “Anaya es reportero, cronista y ensayista, porque así lo demanda la escasísima documentación sobre el tema”, apuntó el fallecido intelectual, quien fuera severo crítico del PAN.

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Y luego de ocho años de noviazgo, en 2005, se casó con Carolina, la chica a la que había cortejado cuando eran vecinos en el Club Campestre. Y compañeros en el San Javier.

Anaya se tituló de la licenciatura con el tesis 'El graffiti en México: ¿arte o desastre?', donde repasa la naturaleza jurídica y social del tema. Foto por Isaac Esquivel/Cuartoscuro.com.

Poco después de terminar la universidad, Juan José Ojeda comenzó a participar al lado de su exprofesor en actividades del PAN queretano. En una ocasión le tocó presenciar un festejo de oficina del que guarda un recuerdo peculiar. Había un pastel, velas encendidas, cantaban las mañanitas. “A mí no me gusta celebrar mis cumpleaños, sólo mis logros”, le dijo Ricardo Anaya. Y le explicó que prefería festejar sus títulos académicos, sus años de casado o sus resultados de gobierno. Ojeda parece orgulloso de la determinación y el pragmatismo de su exmaestro. “Ricardo será presidente”, dice convencido. El candidato de la alianza Por México al Frente tendría entonces unos 28 o 29 años.

Alejandro Olvera, quien conoció a Ricardo en el movimiento juvenil del PAN, asegura que “no le gustaba la fiesta, era un tipo reservado y hermético, pero lo que todos sabemos es que a Ricardo le gusta el billete”. Durante una conversación en la Parrilla Leonesa de Querétaro, propiedad del suegro de Anaya, Olvera cuenta que el exgobernador Garrido bautizó a su secretario particular como “El Cerillo”, porque era muy servicial. “Lo mandaba por los refrescos, por los hielos e incluso lo insultaba en público”. El abogado interpreta que ese maltrato pudo motivar que Anaya terminara “traicionando” a su padrino político años después.

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Benjamín Castro tuvo contacto con Ricardo Anaya cuando participaron como promotores del voto en la campaña que postuló a Vicente Fox en las elecciones presidenciales de 2000. “Era una persona muy alegre, jovial, de trato desenfadado, pero era muy elitista, una persona prejuiciosa que excluía a la gente con otras apariencias físicas”, comenta Castro, quien militaba en el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que en ese tiempo hizo alianza con el PAN. “Desde entonces aprendió a jalar recursos de dudosa procedencia en beneficio político-electoral. Metió mucho dinero, ¿de dónde salió ese dinero?”, se pregunta el abogado y activista del medio ambiente mientras se mece las rastas. La sospecha sigue en su mente, como en la de Alejandro Olvera, quien denunció a Anaya a finales del año pasado por enriquecimiento inexplicable ante la fiscalía del estado de Querétaro. Hasta ahora no ha habido sentencia judicial al respecto.

Ricardo Anaya reunido con mujeres artesanas en campaña este 2018. Foto por Eduardo Trejo/Cuartoscuro.com.

Un exalumno de la UAQ define a Ricardo Anaya como “pragmático, malicioso, estratega, todo un Maquiavelito”, pero prefiere que omitamos su nombre porque, dice, en la sociedad queretana todos se conocen. Y algunos le tienen miedo. Esa misma sensación tiene un aliado del candidato presidencial, quien cuenta que incluso sus más cercanos “le hablan de 'usted' y no se atreven a contradecirlo”. Castro y Olvera aseguran que el poder de Anaya alcanza para cerrarle las puertas a los queretanos que lo critican: abogados han quedado sin empleo, panistas suelen ser marginados de posiciones políticas, funcionarios terminan haciendo tareas sin importancia.

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Luego de que el PAN pierde la gubernatura de Querétaro en 2009, Ricardo se convierte en uno de los principales críticos de su padrino político. Olvera señala que "Anaya fue uno de los primeros en colgar de las orejas a Francisco Garrido, traicionando a su mentor, dejándolo prácticamente fuera del escenario político queretano. Y todo lo que huela a Garrido ya está fuera de Acción Nacional. O sea: casualmente quien lo impulsa, es al primero que le pega". Un aliado del presidenciable coincide con la argumentación que perfila a Anaya como carente de lealtades: “Nada detiene al torbellino Anaya”.

Vivir con medio millón al mes

Cuando aún no cumplía 20 años, el afortunado Ricardo heredó un par de propiedades con las que financió el arranque de su carrera política. “Sabemos que la abuela tenía un peculio importante, tenía diversos inmuebles en Ciudad de México. Rentaba edificios y departamentos. Al fallecer la abuela, una de las principales herederas es la madre, y de ahí a Ricardo también le toca una parte de esa herencia”, comenta Benjamín Castro, el queretano que conoció a Anaya en la campaña de Fox.

La suerte de Ricardo y Carolina seguiría viento en popa luego del matrimonio celebrado en 2005, año en el que Ricardo heredó de sus padres la casa familiar del Club Campestre. Carolina también heredaría, pero en 2014, la residencia donde vivió con sus padres. Las casas en ese fraccionamiento pueden llegar a valer actualmente unos 18 millones de pesos (alrededor de un millón de dólares), según el portal propiedades.com. El destino parecía cerrar un círculo perfecto: ambos se hacían de propiedades en el barrio donde surgió el noviazgo.

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Los hijos llegarían en 2008 (Santiago), 2010 (Mateo) y 2012 (Carmen). En esos años Ricardo iba y venía de Querétaro a la Ciudad de México: entonces se dio tiempo para ser subsecretario de Desarrollo Humano del gobierno estatal, coordinador de campañas, diputado local, jefe de los legisladores de su partido y dirigente del PAN queretano… hasta que el presidente Felipe Calderón lo nombró subsecretario de planeación turística en 2011.

A la par, Anaya adquiere acciones en dos prósperas empresas inmobiliarias de su suegro, Cintla (50%) y Juniserra (42%). Ella y él comprarían locales donde actualmente se vende pollo frito, refacciones automotrices y productos al mayoreo para tiendas de abarrotes. Todo ello viene en las declaraciones 3de3 que el político ha hecho públicas. Todo, salvo que la familia también cobra renta al Instituto Estatal Electoral de Querétaro, asentado en terrenos propiedad de Cintla.

Carolina alquila otros locales en una zona popular de la ciudad, donde están establecidos una estética y otros comercios. En total, la pareja Anaya obtiene ingresos mensuales por cerca de 500.000 pesos (unos 28.000 dólares), según una declaración ampliada de la 3de3.

Fotografía tomada del muro de Facebook del candidato, con permiso de su campaña.

El negocio de su vida llegaría en 2016, cuando Ricardo vendió en 53 millones de pesos (casi tres millones de dólares) unas bodegas en el Parque Industrial de Innovación Tecnológica de Querétaro a una empresa fantasma de Manuel Barreiro, ahora investigado por presuntas operaciones de lavado de dinero. Dos años antes había adquirido esos terrenos por 10.5 millones de pesos (unos 600 mil dólares). Las indagatorias para fincar responsabilidades están en curso.

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El escándalo y las acusaciones de enriquecimiento ilícito —o al menos ventajoso, al formar parte de una trama de especulación inmobiliaria—, reproducidas constantemente por la prensa, radio y televisión mexicanas, parecen haber estancado en las encuestas al candidato que se ha metido entre ceja, oreja y rabo del presidente Enrique Peña Nieto. Tanto, que un grupo de intelectuales ha exigido a través de una carta pública que la Procuraduría General de la República (PGR) no sea utilizada para perseguir adversarios políticos. La misiva está firmada por los escritores Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Federico Reyes Heroles y Guillermo Sheridan, entre otros. También ponen su rúbrica personajes directamente vinculados a la campaña de Anaya, como Jorge Castañeda y Emilio Álvarez Icaza.

“Es increíble todo lo que el gobierno está haciendo para querer aniquilar a Ricardo, nosotros lo hemos denunciado, pero bueno, al final Ricardo tiene la conciencia tranquila. La gente ya no cree todo lo que dice el gobierno”, señala en entrevista con VICE Fernando Rodríguez Doval, vocero del candidato presidencial.

Rodríguez Doval asegura que “la estrategia del PRI-gobierno es dividir a la oposición, así como lo hicieron en el Estado de México. Además, fomentaron las candidaturas independientes (como la de Margarita Zavala) para intentar restarnos votos. El PRI está muy preocupado, se dan cuenta que el Frente tiene un potencial electoral real, que está despertando bastante simpatía”.

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La mayoría de las encuestas colocan a Anaya en segundo lugar, debajo del izquierdista Andrés Manuel López Obrador, también conocido en campaña como "ya sabes quién", y encima del aspirante oficialista José Antonio Meade, de la alianza encabezada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Pero esta guerra apenas está calentando motores.

Una noche bohemia

Luego de la desastrosa elección de 2012, cuando el PAN perdió la presidencia de la República tras gobernar al país durante doce años, Ricardo Anaya se soltó el pelo durante una reunión que pintaba para velorio.

Una decena de militantes que habían participado en el “cuarto de guerra” de la derrotada candidata presidencial Josefina Vázquez Mota se juntaron en el departamento de una exsenadora del partido. Luego de comentar con amargura que Felipe Calderón les había “jugado chueco” durante la campaña, Anaya argumentó que se sentía dolido porque el presidente había apostado por apoyar al priísta Enrique Peña Nieto, dejando a la deriva a Vázquez Mota, quien terminó en un lejano tercer lugar. Las copas de vino tinto —poco usuales en él— animaron a Ricardo para sacar una faceta desconocida por sus contertulios.

Ricardo Anaya y Josefina Vázquez Mota —la candidata presidencial derrotada en 2012—, en una reunión pública en 2015. Foto por Adolfo Vladimir/Cuartoscuro.com.

Caminó hacia el piano y se puso a tocar canciones de trova cubana y del español Joaquín Sabina, recuerda uno de los asistentes. “Creo que se aventó unas de José José”, dice entre risas. Ahí mismo les contó que para destensarse practicaba yoga y meditación budista, que le gustaba afinar instrumentos musicales en sus ratos libres. El piano y el ewi —un sintetizador electrónico de viento— son sus favoritos, señala el periodista Salvador Camarena, en el libro Los suspirantes 2018. En las semanas de campaña se ha dejado ver tocando batería, teclado, guitarra clásica y hasta con esa pequeña guitarra de cuatro cuerdas que aparece en el video de Yuawi, el niño que saltó a la fama por cantar y bailar “Movimiento naranja”.

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Se sabe que domina el inglés y el francés, pero sus allegados no ubican en qué momento perfeccionó estos idiomas. Sospechan que tomó cursos privados. Las bases de estos conocimientos se remontan a la primaria, cuando estudió en el Colegio Álamos de Querétaro, una escuela bilingüe vinculada al Opus Dei que ofrece clases de francés como tercera lengua. También el mismo Ricardo ha dicho que de niño tomó cursos en Estados Unidos, por lo que, ha reconocido, envió a sus hijos a estudiar a Atlanta, para que aprendieran el idioma en la etapa ideal: la niñez. La fama de nerd que le endilgan aliados y enemigos hace match cuando se observa que Anaya se graduó con honores de la maestría en Derecho Fiscal en la Universidad del Valle de México (UVM) y del doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde presentó la tesis “Los principios de doctrina del Partido Acción Nacional 1939, 1965, 2002: referentes ideológicos”.

Los libros que han marcado su vida son El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; El Quijote, de Cervantes, y ¿Qué es una Constitución?, de Ferdinand Lassalle. En una conversación con María Scherer, publicada en El Financiero, dijo que disfruta la “física pop”, concretamente The Grand Design, el libro de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow. Un exalumno de Anaya recuerda haber visto decenas de libros sobre Derecho Constitucional, Teoría del Estado y Teoría de Contratos en la oficina de Querétaro. “También tiene Los Miserables, libros de medicina y algún tomo de Harry Potter”, comenta.

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Anaya en campaña este 2018 con Yuawi, el niño que canta 'Movimiento naranja'. y Alejandra Barrales. Foto por Mario Jasso/Cuartoscuro.com.

La reunión en casa de la exsenadora terminó casi al amanecer. “Ricardo se parece a Juan Camilo Mouriño (el secretario de Gobernación que murió en un accidente aéreo) en lo estructurado, puede estar en tres o cuatro pistas al mismo tiempo, tomar decisiones, delegar, dar instrucciones, aunque ciertamente no es fiestero como lo era Juan Camilo”, dice con cierta picardía uno de los panistas que asistió a aquella velada. “Pero también Ricardo tiene algo que no puede quitarse, genera muchas envidias a su alrededor, sobre todo de los compañeros que hace años lo veían chiquito; lo menospreciaban, pero se los ha ido comiendo uno a uno”, añade.

El exalumno Ojeda recuerda una anécdota que retrata a su líder: en cierta ocasión, Carolina, que ya era su esposa, llegó a una locación donde grababan un spot. Se acercó, se dieron un beso. Ella le dejó las llaves de su camioneta, él le dio las suyas. ¿Propósito del intercambio? Ricardo llevaría el coche de su esposa al servicio automotriz. El gesto emocionó a los que participaban en la filmación.

“Ricardo es un hombre obsesionado con su familia, en el buen sentido desde luego. Es una persona muy cerebral, muy flemática, sin embargo, cuando habla de su familia se transforma, se emociona, sonríe, le brilla la mirada”, comenta Rodríguez Doval, quien conoció a Anaya hace dos décadas, cuando ambos militaban en el PAN juvenil.

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El López Obrador de la derecha

Pese a haber recibido educación religiosa en el Álamos (Opus Dei) y en el San Javier (maristas) —y de provenir de ancestros que elogiaron al dictador español Francisco Franco, que persiguió y oprimió el pensamiento liberal—, a Ricardo no podría considerársele un promotor del catolicismo tradicional. En eso coinciden aliados y enemigos del aspirante presidencial. “No, incluso lee a científicos que cuestionan la existencia de Dios, como a Hawking, y apoya la unión de parejas del mismo sexo”, comenta uno de sus cercanos.

“Él viene de la otra ala del PAN, en Querétaro se le ubicó en la corriente neopanista, contrario a los grupos conservadores de acá”, señala uno de sus principales críticos, Alejandro Olvera. El abogado recuerda que Anaya minó el poder de las familias tradicionales que controlaban al PAN queretano: los Puga, los Ubiola y los Nava. “Ellos formaban un grupo denominado los PUNes. Ricardo los aniquiló políticamente”.

Sin embargo, Anaya se define como “católico practicante”. Su vocero Fernando Rodríguez Doval refiere que suele mencionar la encíclica papal “Fides et Ratio”, en la que Juan Pablo II plantea que “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

Pasado el trago amargo de la derrota de Josefina, Anaya se integró a la Cámara de Diputados, donde sería presidente de la mesa directiva y coordinador de los legisladores del PAN. Como diputado, fue un activo promotor de las reformas estructurales que se aprobaron durante el sexenio de Enrique Peña Nieto. Votó a favor de ocho de las diez iniciativas nodales de la agenda priísta: la educativa, la energética, la financiera, la política-electoral, la de seguridad social…

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Cuando Anaya fue presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados apoyó las reformas impulsadas por EPN. Enero 2014. Foto por Moisés Pablo/Cuartoscuro.com.

El divorcio político con Peña Nieto ocurrió en junio de 2017, cuando Ricardo se desempeñaba como dirigente nacional del PAN. Columnistas han reseñado que el presidente de la República incumplió el acuerdo de dejar ganar al PAN en las elecciones de Coahuila a cambio de que los panistas hicieran una mala campaña en el Estado de México. El PRI se quedó con ambas gubernaturas.

Un aliado de Anaya tiene una versión distinta: “Ricardo sabía que luego de las elecciones de junio de 2017 (Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz) comenzaba la carrera por Los Pinos. Por eso empieza a enfrentarse con Peña Nieto, e incluso incumple su promesa de apoyar la unción del llamado ‘fiscal carnal’ (el entonces procurador General de la República, Raúl Cervantes, sonaba como candidato para convertirse en Fiscal General de la Nación)”. Y añade: “Ricardo quiso posicionarse como el López Obrador de la derecha, distinguirse por combativo, guerrero, anticorrupción, antidesigualdad. A ver cómo le termina saliendo esa jugada”.

Un 'Puma' tibio apuesta por los jóvenes

Noviembre de 2017. Anaya está en una de las reuniones que organiza el entonces llamado Frente Ciudadano por México (ahora Por México al Frente). Esta vez ha invitado a jóvenes para que expongan sus propuestas e inquietudes. El dirigente panista escucha las intervenciones y toma notas.

Entre los invitados se encuentra una de las activistas sociales más aguerridas de los últimos años, Ixchel Cisneros, la directora del Centro de Comunicación Social (Cencos) que ha pedido en varias ocasiones —entrevistas, marchas, comunicados— que renuncie el presidente Peña Nieto. Ella trae su discurso en las manos, espera turno. Observa sorprendida que durante el encuentro varios asistentes se acercan al panista, y le dicen “presidente”. Él sigue tomando nota de lo que dicen los ponentes, memoriza los nombres de quienes participan. A Alejandra Barrales y Dante Delgado, dirigentes de PRD y MC, nadie les dice “presidente”, como al panista.

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Anaya y Cisneros comparten afición por los Pumas —ambos ignoran que tienen esa coincidencia, aunque él es un seguidor tibio y ella una apasionada del equipo de futbol de la UNAM—. El discurso de Ixchel encenderá los ánimos. Habla de la crisis de derechos humanos en México, de la escalada en los índices de homicidios, desaparecidos y asesinatos de mujeres, de la criminalización de los jóvenes. Y de los millones de pesos que destina el gobierno a espiar activistas y periodistas. “Yo vivo en México, un país donde la clase política entera me ha quedado a deber, donde únicamente ven por su beneficio y el de sus amigos, donde la clase política no me representa”, remata mirando de frente a los dirigentes ahí reunidos.


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Anaya rodeado de jóvenes cuando ganó la dirigencia nacional del PAN en 2015. Foto por María José Martínez/Cuartoscuro.com.

Al finalizar las ponencias de los jóvenes, los líderes de los tres partidos suben al estrado. “Quiero agradecer a Ixchel esa frase tan dura: la clase política no me representa. Tiene razón Ixchel y eso lo tenemos que cambiar”, señala Anaya, quien en su discurso cita por su nombre a otra decena de jóvenes que acaban de exponer sus críticas y propuestas. “Esta es la generación del puño en alto, esta es la generación que va a cambiar a México… Queremos formar este proyecto con los jóvenes y a partir de los jóvenes”, dice alzando la voz. Los aplausos se suceden.

Al terminar el encuentro, Ricardo conversa con Ixchel, le comenta que “los derechos humanos son fundamentales para el proyecto del Frente”, y le pide una copia de su discurso. A Cisneros le da la impresión de que es un político “inteligente, calculador, que busca hacer empatía”, pero sigue pensando que forma parte de la clase política que no la representa.

La apuesta por el voto joven parece ser uno de los temas centrales de su campaña. Ha organizado diversos foros para encontrarse con este sector de la población. Sus aliados suelen recordar algunos datos que arroja una encuesta de Buendía & Laredo: López Obrador supera a Anaya en todos los sectores, pero el panista tiene buenos números en dos públicos: los jóvenes y las mujeres. Y recuerdan que 40% del padrón electoral está integrado por menores de 37 años.

Por eso toca la guitarra con el niño Yuawi y se echa un palomazo con el perredista Juan Zepeda. Quiere lucir buena onda. Por ello su eslogan de campaña es “De frente al futuro”, y su mensaje central: “México tiene que cambiar, nadie tiene duda. El PRI ya se va. La pregunta es: ¿qué tipo de cambio quieres? El de Andrés Manuel, a mi parecer con una visión ya anticuada de México y del mundo. ¿O el del Frente?”, dice el spot.

Anaya inició su campaña a las 00:00 horas del 30 de marzo con un Hackaton en el Centro Santa Fe de la Ciudad de México, un evento de 12 horas en el que 1.000 jóvenes estuvieron invitados a hacer propuestas creativas e innovadoras.

“Ricardo ha apostado mucho por los jóvenes. Se rodea de jóvenes que nos gusta estudiar, que nos gusta trabajar, no tenemos un horario de oficina como tal. Si yo fuera a mi horario de oficina, llegaría a las 8:30 am y saldría a las 4:30 pm hacia mi casa, pero nosotros trabajamos de lunes a domingo, las veces que se necesite, en el horario que se necesite y eso es algo que aprendimos con Ricardo”, apunta Ojeda, el ex alumno que ahora promueve el voto en favor del candidato que aspira a convertirse en el presidente más joven de las últimas ocho décadas.

Carlos Salinas de Gortari tenía 40 años al asumir el poder; Ernesto Zedillo, 43; Felipe Calderón, 44; Peña Nieto, 46. Anaya igualaría al mítico Lázaro Cárdenas, quien llegó a la presidencia en 1934, a los 39 años, justo la edad que acaba de cumplir el hiperactivo derechista que no tiene tiempo ni para comer: suele pedir a la oficina —o donde esté— pechuga asada con ensalada. O un sándwich.

***Con información de Sofía Benedicto.

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