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Priscila Xavier Carolina, de 29 años, que está de nueve meses, casi a punto de parir a su quinto hijo, posa en la habitación de hotel de Cracolandia que le ha facilitado el programa de Brazos Abiertos. Al igual que sucede con todas las embarazadas de aquí, se considera que la de Priscila, es una gestación de alto riesgo.
Priscila Pareschi muestra la tarjeta que la acredita como miembro de Braços Abertos. Trabaja un mínimo de dos horas diarias barriendo las calles del centro de Sao Paulo, como parte de las obligaciones de su programa.
Después de trabajar muchos de los adictos de Brazos Abiertos se dirigen a un lugar conocido como "el Flujo". Aquí se ve el lugar fotografiado en un día de lluvia. Allí los asistentes consumen crack. En Cracolandia se puede conseguir crack fácilmente y su precio es asequible — una dosis cuesta 5 reales brasileños, algo así como un euro y medio — para así satisfacer la demanda. Sus consumidores son gente con muy pocos recursos.
Un adicto al crack camina entre los coches en Cracolandia, San Pablo.
Una revista con un artículo sobre el crack en su portada, yace tendida sobre el sofá de un reverendo que vive y trabaja en Cracolandia.
Una pareja de agentes de policía se toman un descanso. Están en el interior de una furgoneta, desde donde monitorizan la actividad de Cracolandia, Sao Paulo.