Marca España

Historias de peña que ha sido pillada robando

"Me obligó a abrir la bolsa que llevaba un niño de 8 años y casi lloro".
15.9.17
Fotograma de la película Misión Imposible

Si no has intentado robar algo en tu vida es porque probablemente no eres humano. Es parte del crecimiento de un mamífero el hecho de descubrir que si coges algo que te gusta de un supermercado, te lo escondes en el bolsillo y te largas sin pagar, esta cosa pasará a ser tuya, sin que hayas tenido que pasar por ese desagradable trámite monetario. Cuando uno descubre esto, se le abre un mundo de posibilidades en el que todo lo que existe es abarcable. TODO puede ser nuestro.

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Desgraciadamente, esta sensación desaparece en el momento en el que alguien se da cuenta de lo que estás haciendo e intenta darte una lección moral. Cuando te dicen que esto está mal y que no vuelvas a hacerlo, como si este mundo no funcionara a base de grandes robos y timos.

En fin, aquí va un compendio de experiencias de robo truncadas; un almanaque de sueños rotos y humillaciones morales contadas en primera persona.

Foto vía el usuario de Flickr 131260238@N08

LA TOALLA DEL CHINO

Karen, 31 años, diseñadora gráfica.

VICE: A ver, dices que te pillaron robando una toalla en un chino. ¿Cómo fue la cosa?
Karen: Sí, una toalla marrón de ducha de 18 euros en unos chinos de Tirso de Molina. Que quede claro que fue un caso aislado, yo no me paso la vida robando toallas.

Espera, 18 euros me parece un precio MUY FUERTE para ser de un chino. En un chino no debería haber nada que costara 18 euros.
Claro, 18 euros es muuuuuuuy caro, por eso me piqué. En este chino se flipan.

Lo tuyo fue casi un acto de justicia, ¿no?
Es que no era una toalla suave ni nada, era la típica toalla de mierda y pensé que serían cuatro o cinco euros. Cando vi lo de "18 euros" la quise robar.

Bueno, sigamos con el tema.
Me estaba mudando de piso y necesitaba una toalla. Me pareció cara y la metí en una bolsa que llevaba pero me pilló el niño chino de 8 años que estaba jugando a videojuegos en el mostrador y me obligó a abrir la bolsa que llevaba. Yo con 28, él con 8. Ganó y casi lloro. Desde entonces no he vuelto a entrar a la tienda. A veces le veo al pasar y sigue jugando, pero ya tiene 11 años.

"Me pilló el niño chino de 8 años que estaba jugando a videojuegos en el mostrador y me obligó a abrir la bolsa que llevaba. Yo con 28, él con 8. Ganó y casi lloro"

¿Cómo detectó tu hurto ese niño?
Pues porque había cámaras y yo, cuando intento mangar, me pongo nerviosa y hablo muy alto y cuento cosas absurdas que no vienen a cuento, como para "despistar". Y se nota. Yo creo que hice que el niño dejara el videojuego y mirase las cámaras.

¿Y cómo fue la situación del bolso? ¿Qué te dijo y qué dijiste tú?
Pues yo llevaba una bolsa grande con más cosas de la mudanza y cuando llegué al mostrador le dije que me cobrara un bolígrafo y me dijo "sí, claro… enséñame lo que llevas en la bolsa". Intenté convencerle de que no llevaba nada pero al final me ganó. Abrí el bolso y todo lo digna que pude le devolví la toalla, posándola en el mostrador. Intenté contener los pucheros.

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¿Qué dijo el chaval al ver la toalla?
Nada. Era un jodido máster. El niño ese es un máquina, sus padres le dejan solo porque es infalible. El chaval me cobró el boli y siguió jugando, dominaba la situación a tope. Me fui a casa rotísima.

Tengo dos preguntas: 1) Siendo un niño de 8 años, ¿cómo cedes a enseñarle el bolso? Quiero decir, ES UN NIÑO; y 2) Una vez pillada, al ser él un niño, ¿cómo que no te piras y lo dejas ahí solo? Quiero decir, el tipo no es una figura autoritaria.
Es que ese niño no es normal, es muy serio. Está muy seguro de sí mismo, a mí casi me hace llorar.

Quizás no es un niño. Quizás es un señor de 40 años que aparenta como un niño de 8. Jugando a videojuegos para "despistar".
No lo había pensado. Mierda, ¡no era un niño! Me acabas de abrir la mente, acaba de cambiar todo.

No, no puede ser un hombre mayor. Has dicho que otro día pasaste por el lado de la tienda y el cabrón había crecido. Si fuera "un chino con problemas" no seguiría creciendo, tendría como 8 años para siempre.
Es cierto, crece. Pero a lo mejor crece diferente, a lo mejor muere con 80 años aparentando 18, no sé.

Foto vía el usuario de Flickr cchen

UNOS TEJANOS PARA EL NOVIO

Griselda, 25, dependienta del Telepizza.

VICE: ¿Cómo fue la historia?
Griselda: En aquella época robaba bastante, era pobre y se me daba bien, pero el día del cumpleaños del novio la avaricia rompió el saco. Robé unos vaqueros con éxito pero cuando estaba ya en la calle quise acompañar el regalo con algún otro detalle y estuve dando vueltas hasta que encontré algo que me gustó: un jabón fino con perfume a lavanda. En la segunda ronda no fui tan eficaz y llamé la atención. Al salir a la calle un tío con chaqueta roja me siguió y me hizo acompañarle al típico cuartucho en el que te echan un broncazo.

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O sea, ¿saliste con los pantalones robados y volviste a entrar para robar un jabón?
Sí, ese fue el estilo que gasté aquel día. Me dio mucha rabia, dejé de confiar en mis habilidades y no robé más en mi vida —también porque lo del juicio fue un tostón y me pusieron una multa de trescientos pavos—. Ese día había quedado para merendar con el novio y le tuve que llamar desde allí para decirle que iba tarde porque me habían pillado, un bochorno penosito.

"Robé con éxito pero cuando estaba ya en la calle volví a entrar a por un jabón fino con perfume a lavanda"

¿Y en el cuartucho qué te dijeron? ¿Devolviste los vaqueros? ¿Los tuviste que pagar?
En el cuartucho un tío con bigote me dio el sermón moralista, que si no me daba vergüenza y todo eso, y vino la policía. Estaba muy poco conforme con el sistema, tuve que pagar los vaqueros y la multa pero los vaqueros no me los dieron, me pareció injusto, ¡ya los había pagado!, eran míos.

Te hicieron pagar los vaqueros y te hicieron marchar sin ellos. Y encima te denunciaron y te cayeron trescientos euros. ¿Dónde fue eso?
En Sevilla.

Claro. ¿Y cómo fue lo del juicio?
Espantoso, lo pasé fatal, llevaron a una dependienta como testigo para decir que me había visto. Yo sabía que era mentira porque todo había sido a horas distintas, ellos no sabían que yo había salido y vuelto a entrar al rato. Su razón tenían, yo no me había portado bien, pero había cosas raras en su discurso.

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¿Tanto valía la pena ese jabón? ¿No pudiste haberte quedado con los tejanos y ya está?
No he dejado de hacerme nunca esas preguntas, ¿no podías haberte quedado contenta con los pantalones, tenías que seguir enredando?

La avaricia humana.
La cagué a tope.

El novio se puso contento, ¿no? Eres capaz de robar por él.
Bueno, eso le daba un rollo romántico al tema, en el cuartucho con los vaqueros de hombre diciendo que era el cumpleaños de mi novio y que quería llevarle algo. Le podía haber hecho un dibujo o algo. No se puso muy contento tampoco, era un disgusto.

Al final se quedó sin regalo.
Se quedó sin nada, con verme llegar al rato con la cara de póker.

Se llevó el mejor regalo del mundo: el saber que su pareja es capaz de quebrantar la ley por él. Es un buen regalo.
Fue lo único bonito del asunto, supongo.

Foto vía el usuario de Flickr leighty

20 CAMISETAS DE UNA TACADA

Manuela, 26 años, periodista.

VICE: Bueno Manuela, cuéntame tu historia.
Manuela: La verdad es que no recuerdo ni cómo ni por qué, quizá fue con el libro de "Yo Mango" que me ruló la punki de mi clase en tercero de la ESO, pero fui una cleptómana adolescente. Empecé con pequeños hurtos, anillos o pendientes en el H&M, que para mí eran como los caramelos estos que ponen en los bancos: estaban para que los cogieras sin pagar. Poco a poco fui perfeccionando mi técnica: me ponía unos zapatos y salía con ellos dejando los míos en la tienda, me pasaba al probador con una sudadera y salía con dos, cosas así.

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Hasta que, un día, decidí llevarme las tijeras de cortar las cutículas de mi madre y le quité el pito a algo así como 20 camisetas de distintas tiendas. No me pitaron al salir, claro, pero me pitaron al entrar a una de ellas. Puede que influyera que todas las putas tiendas fueran del mismo grupo textil (si vas a robar en Inditex, fíchate sus filiales, consejo de experta). Iba con una amiga. Nos metieron en una sala pequeña de esa tienda y descubrieron el pastel. Aquella fue la primera y última vez que monté en coche policial, porque llamaron a la Policía, claro.

"Echo un poco de menos esa sensación de sentir que estoy estafando a una multinacional, porque ese era mi único requisito: que fueran multinacionales"

Nos llevaron a comisaría y nos pidieron el número de nuestros padres para liberarnos porque éramos —bastante— menores. Mi amiga se negó a dárselo. Yo también. Cuando nos amenazaron con pasar la noche en un centro de menores empecé a inventarme que mi padre tenía una enfermedad terminal, que cómo le iba a molestar por esta menudencia, a ver si me soltaban. Al final terminé llamándole. Estaba en la caseta del PC de las fiestas de mi pueblo y condujo hasta Madrid, donde nos habían pillado, para recogernos. Mientras lo esperaba saqué de mi mochila La Eneida, que me la tenía que leer para griego, para ver si eso sí servía como disuasión y podía escaparme. No hubo nada que hacer.

Cuando oí los zapatos de mi padre en la comisaría casi me echo a llorar, o quizá incluso lloré. Me dijo que él no me iba a castigar, que me castigara yo sola, y me dejó de hablar durante cuatro días, lo que fue peor aún que un castigo. Aún me dice que voy a pitar cada vez que salimos de una tienda. Nunca volví a robar, pero echo un poco de menos esa sensación de sentir que estoy estafando a una multinacional, porque ese era mi único requisito: que fueran multinacionales.

Foto vía el usuario de Flickr cafeina

GRAN GOLPE EN EL SUPERMERCADO DE EL CORTE INGLÉS

María, 33 años, escritora.

VICE: ¿Cómo fue la cosa?
María: Curraba en un sitio en el que odiaba a muerte a un medio jefecillo que había. Vivíamos enfrentados, él siempre intentando hacerme quedar en evidencia, yo haciéndome la chula prepotente y pegándole cortes. En esa época robaba descontroladamente y nunca me pillaban. Un día, en el Corte Inglés, con el bolso lleno de cosas absurdas para una cena con colegas (castañas en almíbar, kéfir de cabra, latas caras, una botella de vino bueno), el segurata se acercó y me humilló allí, en las líneas de caja. Me hizo sacar todo lo del bolso y ponerlo sobre la cinta mientras toda la gente de las cajas me miraba. Cuando alcé la mirada, en la caja contigua estaba el jefecillo odioso comprando con su novia, mirándome estupefacto (pero encantado de la vida, claro). Curiosamente, nunca lo contó en la oficina.

Foto vía el usuario de Flickr martin-fox1

ROBAR UN ÁRBOL

Carlos, 28, informático especialista en sistemas de seguridad.

VICE: Carlos, cuéntame lo del árbol.
Carlos: Desde la primera vez que acudí en 2011, me convertí en fan incondicional del festival Hoteler, un festival de música de Vic. Hice buenas migas con dos hermanas de un pueblo cercano a Vic y durante cada edición me ofrecían un sitio en casa de sus padres donde poder dormir, desayunar y bañarme en una piscina. Contra todo pronóstico, conseguí caerle bien a la madre de las muchachas, por lo que decidí que, al año siguiente, le regalaría algo por su amor desinteresado hacia mí.

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VICE: ¿Un árbol?
Sí, como tenía un jardín bien cuidado y un montón de plantas decidí que un arbusto grande sería una buena opción. Así pues, al volver el septiembre siguiente tenía dos misiones claras: rock y planta. A las 19h de la tarde del primer día del festival decidí comprar algunas cervezas en un Carrefour gigante cercano, gastándome todo el dinero que tenía guardado para el festival. Fue en el pasillo de salida, pasadas las cajas, al final del hipermercado, donde recordé lo de la planta. Fue casualidad que justo allí hubiera una fila de macetas de plástico con unos hermosos arbustos dentro, lo bastante grandes como para impresionar a una madre y lo suficientemente transportables como para poder llevarme uno fácilmente. No dudé (nunca hay que dudar en estas situaciones) y me lo llevé.

¿Era muy grande el asunto?
Sí, sí. Era tocho, alto como yo.

¿Cuánto costaba esa planta?
El árbol, técnicamente, no estaba en venta. Era un árbol decorativo. Estaba en el pasillo de la salida, una vez pasadas las cajas. Por eso no me parecía una infracción demasiado grave,

"Al salir, se me aproximó un vigilante de seguridad de unos 40 y largos con pinta amable. Yo pensé que me regañaría por haber escondido latas calientes en la nevera de los congelados"

¿Y llegaste a regalárselo a la madre?
La planta sobrevivió al resto del festival de ese día y la mañana siguiente le entregué el flamante obsequio a la señora. Se emocionó muchísimo y comentó las virtudes del arbusto y lo contenta que estaba. Gol. Amor a tope. De vuelta al festival todo iba genial, algún amigo comentaba mi hazaña y me hacía sentir orgulloso de mi astucia, hasta que conseguí prestados unos cuantos euros para beber más cervezas esa misma tarde. Repetí la operación: entré en el Carrefour, compré unas cervezas y, al salir, se me aproximó un vigilante de seguridad de unos 40 y largos con pinta amable. Yo pensé que me regañaría por haber escondido latas calientes en la nevera de los congelados, pero me preguntó si el día antes había estado en el establecimiento. Mi cerebro captó en el acto de qué iba la cosa y le contesté rápidamente y sin dudar (nunca hay que dudar en estas situaciones) que el día anterior me encontraba en el extranjero de viaje y que era imposible que hubiera estado allí. Puso cara de "Ya, vale" y me pidió que le acompañara. El amigo que iba conmigo empezaba a mirarme con cara de risa/preocupación. Una vez en el puesto de mando del vigilante, el tipo nos mostró la grabación de la cámara de seguridad del pasillo de salida. En él se apreciaba como yo, unas 24 horas antes, miraba furtivamente a mi alrededor y me llevaba la planta sin pudor alguno.

¿Y tú qué dijiste?
Yo mantenía mi tesis, que no era yo. Que yo el día anterior estaba en el extranjero.

¿Ibas vestido igual?
Sí, era evidente que era yo. Al final mi excusa era insostenible. Tampoco sirvió de nada argumentar que la planta se encontraba "fuera de la zona de cajas" o que yo estuviera en estado de "evidente embriaguez". La fechoría estaba clara.

¿Lo tuviste que devolver?
No, por suerte el señor estaba de buenas y me dejó pagar una planta de valor similar en caja —rollo dos euros y medio, la chica de la zona de jardinería me dijo que con eso ya estaba porque no tenían muy claro qué tipo de árbol era el que había robado—, haciéndome prometer que no lo volvería a hacer.

¿Y cómo lo pagaste si no tenías ni un duro?
Mi colega me dejó los dos euros y medio. Al año siguiente mis condiciones económicas mejoraron y pude regalarle, esta vez habiendo pagado, un olivo a la señora que me acogía durante cada edición del festival.

¿La madre se enteró de todo esto?
La mare nunca lo supo.

Joder, estas historias son las que hacen que el mundo valga la pena.
Claro, porque es robar por amor.