Elecciones Colombia 2018

Iván Duque era el peor candidato a la presidencia de Colombia y ganó, ¿y ahora?

OPINIÓN | Esto fue lo que decidieron 10 millones de colombianos. ¿Qué vamos a hacer la otra mitad?
22.6.18
Ilustración: Julián Guzmán | VICE Colombia

No voté por Iván Duque para ser presidente de Colombia. Entre las muchas razones que tuve para alejarme de una candidatura de la derecha uribista —y sus falsos positivos y sus falsos testigos y sus falsos subsidios y su hipocresía fiscalizadora de la corrupción ajena—, una en especial me vino a la mente a mitad de campaña: Iván Duque. Quiero decir: él mismo. O mejor: esas piruetas que le dio a los grandes medios, esas frases de cajón que soltaba debate tras debate (salvo en los de segunda vuelta, a los que no quiso asistir y terminaron cancelándose todos), esas canciones desafinadas que cantaba una tras otra, de Soda Stereo a Lucas Arnau. Esa fama de principiante, de orgullo vergonzante: de ser, desde el inicio de la campaña, aquel que mandó a decir otro.

Era inconcebible que un payaso de ese calibre, un desconocido en la opinión pública, subiera y subiera como espuma electoral sin que casi nadie se inmutara. Sin que la gente desconfiara a la hora de darle algo tan importante —aunque a veces tan pequeño, tan circunstancial, casi inasible— como un voto.

El peor candidato era él. Dejando a un lado a quienes no sonaron (un tal Trujillo, la señora Vivian Morales), Iván Duque era poca cosa al lado de quienes se le paraban al lado en las encuestas. Todos estaban mejor preparados para asumir el mandato. Todos: por su recorrido en el establecimiento, Germán Vargas Lleras; por su política combativa desde la oposición a él (al establecimiento), Gustavo Petro; por su ayuda a la consolidación de un Estado Social de Derecho o la negociación con una guerrilla muy vieja, Humberto de la Calle; por su lucha contra la corrupción o su original (aunque vieja) forma de entender la política, Sergio Fajardo.

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Pero eso nunca pesó. El debate nacional se fue por otra parte y terminamos los colombianos eligiendo a ese, a un desconocido, a un hombre con mucho rostro (tantas canciones tocadas en guitarra, tantas veces mencionado su colegio, el Rochester, de Bogotá) pero sin pasado político. Tremendo lío. La carta de presentación de Iván Duque fue, como escribió el periodista Daniel Coronell en su más reciente columna en la revista Semana, el hecho de que “llegaba a la carrera sin equipaje. No tenía (…) grandes pros ni grandes contras. Era un lienzo en blanco que podía ser pintado a conveniencia”. Eso mismo: era nada. Sigue siendo eso: nada, una estela de sonrisas y bacanería y lindas intenciones.

Oír la frase “habla Iván Duque, presidente electo”, una vez la Registraduría consolidaba los resultados electorales, generaba más preguntas que certezas: ¿quién es este señor? ¿Por qué es el presidente? ¿A qué horas nos dejamos meter esta mentira tan verraca, este gol amargo cuyos efectos duran cuatro años? A continuación, en su discurso de triunfo, Iván Duque empezaba a darnos algunas pistas y poco más que eso: que la unidad, que el emprendimiento, que la paz pero a su modo, que las reformas, que los jóvenes.

Puede que este personaje, como algunos confían, entienda el cargo que tiene en sus manos, el poder que conlleva, y fortalezca un ímpetu de seguir solo sus propias ideas (sean cuales fueren). Puede ser. Sería lo mejor para Colombia.

Pero, al menos por ahora, muy rápidamente nos enteramos de sus primeros efectos reales: la reglamentación a la Jurisdicción Especial para la Paz —el mecanismo judicial para conseguir verdad y reparación por un conflicto de cincuenta años—, que debía discutirse y aprobarse en el Congreso, fue frenada apenas un día después de que dijera en ese mismo discurso que había que hacerle unas reformas. Su sonajero de ministros se percibe no tanto como una integración de posturas, sino más bien como la consolidación de una agenda conservadora, que, por cierto, los no tan jóvenes ya vivimos: Alejandro Ordóñez, Vivian Morales, Alberto Carrasquilla.

Golpes de pecho sonaron, cada uno a su manera, esta misma semana. Clara Rojas, una exsecuestrada de la guerrilla de las Farc, quien anunció públicamente su voto a Duque, manifestó una inusitada tristeza en Twitter diciendo que cómo era posible que sonaran esos nombres para algunos ministerios. El periódico El Tiempo, que hizo lo propio invitando a sus lectores a inclinarse por esa candidatura, arrancó semana en su editorial acordándose de la prioridad del medio ambiente no solo para la biodiversidad sino para la economía. Amigos, dense cuenta. Pensar así a estas alturas, cuando la evidencia era elocuente hace dos semanas, resulta devastador para una democracia. Ingenuo. Canalla.

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El lienzo en blanco empezó a dibujarse con sus colores reales.

Pero no todo está de su lado.

Ante esto, ante un presidente practicante, como algunos le dicen, que tiene una agenda eventualmente contraria a casi la mitad del país, solo queda un recurso a la mano: la oposición sensata. No es tarde aún para reclamar e insistir por los derechos que podrían estar en juego. No es tarde aún para reclamar e insistir en contra de aquellas políticas que vayan en perjuicio de los colombianos. No es tarde aún para reclamar e insistir por el fortalecimiento de la democracia, que no es, ni por las curvas, exclusivamente el mandato de las mayorías.

El ojo atento de la ciudadanía debe permanecer en esta actitud fresca y fiscalizadora que hay hoy contra los poderosos. No en vano los sectores tradicionales, esa vieja política que ha desangrado este país, se unió en torno a esa candidatura de Iván Duque. Al menos un miedo manifestaron.

Somos contundentemente menos. Pero ya no somos pocos.