Trabajo sexual es trabajo: hablamos con la Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales
Fotos: Paulina Munive.
Sexo

Trabajo sexual es trabajo: hablamos con la Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales

La Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales (Amets), se encarga de proteger, informar y empoderar a chicas en el gremio

María Midori, de 31 años, decidió ‘salir del clóset’ y le dijo a sus seres queridos que se dedicaba al trabajo sexual. Aunque su madre no estaba de acuerdo, la apoyó, y en la carrera de Antropología, nada fue más allá de una discusión teórica entre compañeras.

“Empecé a los 19 años en una casa de citas”, me dice, y agrega que fueron los problemas en su casa que la llevaron a buscar un empleo. Consideró los negocios de comida rápida y el trabajo en oficinas, pero ninguna opción le pareció tan efectiva siendo la mayor de tres hermanos, en una casa con problemas entre padre y madre.

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Al buscar trabajo en el periódico encontró un anuncio de casa de citas. Su primera experiencia fue agradable, aunque un operativo policiaco la obligó a pasar por varios sitios de trabajo sexual con experiencias no tan alentadoras. Fue en ese proceso en el avanzó, y en el cual con ideales abiertamente feministas abrió paso a lo que sería la Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales (Amets), organización encargada de proteger, informar y empoderar a chicas en el gremio. Platicamos con Midori, la directora, sobre por qué llevó a cabo este proyecto, y con con otras chicas que nos contaron sus experiencias dentro y fuera de la organización.

La idea de formar la organización se incubó en julio de 2017, durante la Cumbre de la OEA en México. Esa reunión trajo a la Red de Trabajadoras Sexuales de América Latina y el Caribe (RedTraSex), cuyas integrantes dieron un conversatorio en una capital donde ejercen el trabajo sexual alrededor de 70 mil mujeres, según cifras de la UNAM de 2016.

En esa reunión se vieron los rostros las primeras Amets. “En lo particular, asistí justo buscando compañeras que tuvieran más o menos esa línea de pensamiento”, recuerda Midori, refiriéndose a la dignificación de la labor sexual.

Ante una comunidad de trabajo sexual fragmentada, entre las trabajadoras que están en la calle y las que se autodenominan “scores”, Amets planteó talleres de defensa personal, pláticas sobre feminismo, asesoría jurídica para las chicas y el esfuerzo por proporcionar una unión frente a la constante violencia de género de la capital: extorsión, acoso y agresiones sexuales.

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“Estamos adentro y todas traemos el estigma. El prejuicio y las desventajas que esto tiene nos atraviesan a todas”, recalca Midori.

Y es que el trabajo sexual en México tiene una regulación ambigua. En 2014, se lanzó un proyecto en la CDMX para regularizarlo. Se entregaron 170 mil permisos para laborar “de forma oficial”. Pero la medida fracasó ya que no dejaba de satanizar el trabajo sexual por meterlo en las normativas de la trata.

La Ley General en Materia de Trata (Artículos 15 y 16) especifica que está prohibido que un tercero obligue y se beneficie del trabajo sexual de una persona. Sin embargo, no es ilegal hacerlo de manera independiente, aunque depende de la legislación de cada estado si se exige o no que la mujer se integre al Sistema Nacional de Trabajo.

“En México, lo urgente, es que se haga una distinción entre el trabajo sexual y la trata de personas, porque el hecho de que todo se meta en la misma bolsa hace que todo se malentienda”, exhorta Midori.

Midori. Foto: Paulina Munive.

En el marco de esta desprotección jurídica del Estado, existen diversas historias en Amets. Din Don de 27 años, por ejemplo, inició después de grabar un video erótico a los 17 años.

Posaba desnuda en escuelas de artes plásticas, y a partir de eso le solicitaron salir en videos sexuales. “Me decían, ‘¿y si te grabo masturbándote?’, y yo decía ‘ah, bueno, otro costo’, y así se fue dando”, relata.

Su gusto por la escritura y su universidad le hicieron entender que necesitaba dinero para seguir adelante, así que vio este trabajo como una opción rentable, en un país que está en los primeros 20 lugares de consumo de pornografía a nivel mundial, según cifras de PornHub (2016).

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El trabajo sexual mostró también sus altibajos, entre una retribución económica que era buena pero también algunas dificultades con los clientes, algunos de los cuales no pagaban, o casos de acoso que alejaban a Din Don del bienestar. Además de sufrir de casos de discriminación, como no poder ejercer como maestra de niveles básicos, pese a una licenciatura en comunicación y conocimientos de teoría de género.

Amets significó para ella “el abrazo y el apoyo que me hacía falta; en Puebla --de donde es originaria-- me costó mucho generar alianzas entre trabajadoras sexuales por el hecho de que yo estudio o porque hago videos, y piensan que solo uso el trabajo como un marco textual”, para sus trabajos audiovisuales.

No obstante, en Amets la aceptación fue más abierta: “Son mi inspiración y me dan fuerza y las quiero muchísimo, cuando estoy muy cansada pienso en ellas y que ellas también están esforzándose, incluso más, son mi aliento”.

Foto: Paulina Munive.

También conversé con Luna, una chica de 25 años. Antes de entrar en una “agencia” de citas, trabajó dando servicios independientes hace seis años.

“Había recién terminado mi relación de pareja y buscaba relacionarme íntimamente con personas que sabía que no me conocían y que no iba a volver a ver”, me comenta. Además del beneficio económico, su seguridad volvió.

La vida fue complicada para ella: entraron a robar a su casa y la dejaron vacía, por lo que tuvo que pedir dinero al banco para recuperarse de su situación. Semanas antes, había gastado en una cirugía estética. Su deuda creció, y aunque un tiempo dejó de dar sexo servicio, decidió volver porque su trabajo de oficina no daba para más.

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Encontró a Amets en Twitter el noviembre del año pasado. Se comunicó con varias de las integrantes hasta que “coincidió que me encontré a una de mis compañeras en cabinas; platicamos, le comenté que estaba interesada en asistir a sus talleres y de ahí ya comencé a involucrarme a Amets”.

Gracias a la organización, ella trabajó de manera independiente con más conocimiento de causa. “Yo pongo mis horarios, las zonas en las que andaré y dependiendo del cliente, a quien atiendo y a quién no”.

Aunque ella realiza principalmente “servicios”, también ha sido llamada a películas porno, y a shows a clubs swingers, así como fotos en revistas para adultos. Amets, para ella, significó la libertad: “Me brindan un espacio donde puedo hablar, saber que hay apoyo y que las trabajadoras sexuales sólo mucho y no estamos solas”.

Su momento de discriminación lo vivió en un restaurante en un hotel. “Estábamos comiendo y platicando cuando se acerca el gerente y nos dijo que era un ‘restaurante familiar’ y que no podíamos hacer este tipo de reuniones en el lugar: nos retiramos”.

Foto: Paulina Munive.

Es un caso similar al de Sofía ‘P’, de 24 años. Ella me cuenta que su historia empezó con la violencia. Se separó de su pareja, una persona agresiva, y al tener un hija buscó la forma de salir adelante.

Su primer paso fue poner un anuncio en Facebook con fotos. Ahí llegó la primera ola de “acoso sexual”, hacia ella, antes de que aprendiera a tener filtros de seguridad para reducir la violencia de género.

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Dentro de esas violencias encontró extorsiones, “personas que parece que están enfermas que lo único que buscan es lastimarte, hacerte sentir mal. Repito: ni siquiera son clientes…sólo quieren buscar tu información y extorsionarte con fotografías”. Incluso recibió amenazas de muerte.

Aún así, es positiva con su experiencia en el trabajo sexual: “Gracias al feminismo radical que me cargo, como ideología a base de mi actuar, me encuentro con clientes que me respetan y que comprenden que soy una ser humana”. En el servicio, ella decide las reglas, o no hay juego.

Me explica que su vida después de Amets ha sido radicalmente diferente, “en aspectos positivos y negativos”, porque para ella, en este mundo “el ser una mujer que alza la voz está mal visto --sentencia--. Y ser una puta mujer que alza la voz es peor”..

Porque el trabajo de Amets trata de aclarar la mentira de que el trabajo sexual está dentro de la trata, en un México donde el crimen de comercio con mujeres tiene al menos 500 mil víctimas, a decir de Instituto Belisario Domínguez del Senado (2017), de las cuales 70 mil son menores de edad.

En el lejano 2013, se realizó uno de los últimos censos sobre la población que ejerce el trabajo sexual desde todas posiciones. El número era de cerca de 862 mil 219 trabajadoras sexuales en la República, número que habría aumentado durante estos cinco años.

La ONU calculó también hace más de un lustro que la cantidad de trabajadoras sexuales en el mundo ascendía a más de 40 millones, según las cifras más conservadoras.

“Todas coincidimos”, me reitera Midori, en la diferenciación entre tráfico y trabajo sexual. Porque para ella, las políticas actuales “tampoco le hacen justicia a las víctimas de trata”. En la Ciudad de México se han creado una serie de paliativos para regular este oficio, pero estas medidas, reclama, son un limbo “que no sirve para nada”.