Testimonios

'Es 50 veces más placentero que un orgasmo': testimonios de usuarios de heroína

Conviví con un grupo de consumidores de heroína que está en proceso de desintoxicación y compartieron conmigo sus experiencias de consumo.

por Jorge Damián Méndez Lozano
21 Junio 2018, 3:00am

Foto por el autor

Hace algunas semanas conviví con un grupo de consumidores de heroína que está en proceso de desintoxicación en el Centro de Tratamiento de Adicciones, una de las 168 instituciones de rehabilitación que opera en la frontera de Baja California. Con café y tabaco rompimos el hielo y bajo ese estado de ánimo les pedí que me explicaran sus experiencias de consumo y las acompañaran con dibujos que las ilustraran.

Ángel, el más joven del grupo, se puso de pie y con entusiasmo narró lo que soñó la noche anterior: “Voy conduciendo un coche-jeringuilla. Estoy participando en una carrera contra otro coche-jeringuilla conducido por el demonio. Voy ganando, luego me rebasa y nos emparejamos cuando llego aquí. ¿Sabéis qué significa mi sueño? Significa que la heroína es el diablo. Yo podía vencerla pero después me rebasó y cuando me interné aquí quedamos igual. ¡Qué loco! ¿No?”.

Este es el resultado de una dinámica que concluyó con un principio ético con el que todos estuvieron de acuerdo: un veterano de la heroína jamás ayuda a inyectarse a una persona que lo hace por primera vez. “Sería como entregarle un cuerpo al demonio y eso no está bien porque el cuerpo de uno es el templo de Dios”, sentenciaron.

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Dibujo hecho por Hugo García.

“La heroína es el diablo llamándote”: Hugo García, 38 años

Comencé con la heroína porque me agüité, me puse triste. Así empezó todo. Estuve 16 años con la que era mi esposa. Tenía dos negocios: de día uno de pollos asados al carbón, y de noche uno de perritos calientes. Económicamente me iba bien porque además sé cantar, por lo que me invitaron a participar en un grupo de música versátil. Desde ahí mi esposa comenzó a ponerse muy celosa y posesiva. Decía que si no dejaba el grupo me abandonaría. En una semana todo se fue para abajo: me divorcié y cerré mis negocios. Sentí que no cabía en mi propio espacio. Quería morirme y atenté contra mi vida, soy muy depresivo.

Tal vez para llamar su atención me rajé los brazos hasta desangrarme. Gracias a Dios les dio tiempo a llevarme al hospital. Cuando me recuperé terminé viviendo con mis padres. Ahí venía mi primo. Se le veía cara de estar superenganchado de la heroína. Yo fumaba marihuana de vez en cuando para bajarme el estrés, pero nada más. Una tarde mi primo salió al patio de mi casa y de lejos me invitó: “¿Quieres fumar?”. Era un cigarro color negro de hierba con heroína.

"Cuando mi primo me ofreció no acepté de inmediato, hasta que recordé que estaba sin dinero y sin trabajo"

Yo odiaba la heroína porque mi madre fue adicta 26 años. Una batalla. Nunca se pudo aliviar, bueno, duró limpia un año cuando se fue a vivir a Estados Unidos, pero cuando la deportaron por no pagar una multa siguió inyectándose. Por eso cuando mi primo me ofreció no acepté de inmediato, hasta que recordé que estaba sin dinero y sin trabajo.

Agarré el cigarro y le di una calada grande, sentí escalofrío y vomité. “Fuma más, vas a sentirte muy bien, no te quedes a medias, por eso te sentiste mal, fuma más”. Mi primo era el diablo y tenía razón con la fumada. Desde ahí empecé meterme. Tenía 31 años, ahora tengo 38. Mi madre murió hace 12 meses y mi primo, hace ocho.

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Dibujo hecho por Hugo García.

Uno de los sueños que tengo es que me entra el gusano de ir por una dosis. Hablo por teléfono y camino hasta un terreno baldío pero no llega el camello. Me desespero hasta que veo que se acerca y me entrega dos bolsitas que me ponen muy contento. Las tengo en mis manos, puedo palparlas, sonrío, desaparecen y se nubla el cielo.

Otra cosa similar que me ha pasado es que estoy cocinando heroína en la base de un bote de aluminio y el humo que se desprende forma un dragón que se convierte en mariposas brillantes. En inglés lo llaman chasing the dragon (perseguir al dragón). La heroína es la mejor sensación que he sentido. Es como 50 veces más placentero que un orgasmo, pero también es la peor de la drogas. Por ella dejas todo. La llaman “el beso de la muerte”.

Nuestra vida [la de los consumidores] está distorsionada. Consiste en levantarte de la cama por la mañana para ir a talonear (pedir dinero) y conseguir una cura, una dosis. Te la metes y pasan los días y no te duchas, ni te afeitas, te ves cadavérico y dejas de girarte para ver a las mujeres. No te duchas porque el agua helada te quita el efecto, el viaje, por eso no nos duchamos, es un desperdicio.

"Lo más loco son los ácaros que se cuelan en la cuchara en la que estoy cocinando: cojo el líquido para mezclarlo con mi sangre y se cuelan cuando inyecto en la vena, puedo sentirlos bailar dentro de las venas"

A veces se me olvida lavar la jeringa y mi propia sangre que se quedó pegada me hace daño. Lo mismo cuando se cuelan fibras de la manta o algodón de un trozo de calcetín que utilizo como filtro para inyectarme. Pero lo más loco son los ácaros que se cuelan en la cuchara en la que estoy cocinando: cojo el líquido para mezclarlo con mi sangre y se cuelan cuando inyecto en la vena, puedo sentirlos bailar dentro de las venas.

Para comprar mi dosis vendo artículos electrónicos usados que una hermana me compra al otro lado de la frontera. Nunca he batallado para conseguirla, batallo más con los otros adictos de la colonia que siempre me quieren robar mis cosas. No la lío pero tengo preparada una pistola. En cuanto crucen mi valla les dispararé.

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Dibujo hecho por Carlos El ondeado.

“La heroína te vuelve Dios y hace que tú mismo te veneres”: Carlos El ondeado, 38 años

Me enganché a la heroína en la cárcel. Mi excusa es muy mala pero es cierta. Soy de clima de desierto y estoy acostumbrado al calor. En El Hongo (prisión de máxima seguridad ubicada en Tecate, Baja California) hace mucho frío porque está en las montañas y cae nieve y te parte la cara y los labios. Yo era el encargado de la cocina que da de comer a más de cuatro mil presos.

Un día mi amigo Panchito se estaba inyectando frente a mí ahí, en la cocina. “¿Quieres carnal?”, me preguntó. Las muelas me tronaban por el frío y quería algo porque me dolían. Le respondí: “Pues a ver, déjame ver la jeringa”. Se estaba inyectando con una válvula para inflar balones y una pluma; “jeringa pintera” (carcelaria), la decimos. La válvula se afila en el cemento. La venas son como gomas: se estiran, se abren y se cierran.

"Llevo 11 años consumiéndola; de esos, 10 estuve encerrado y salí hace uno. Me hice adicto en la cárcel porque ahí hay mucha, no importa que haya rejas"

Como no me gustó el cuete del Panchito, me di por la nariz. Por eso en la cárcel siempre traía una cucharita de metal en la oreja. Ponía el pegote en la cuchara y con agua hacía un caldito y lo inhalaba. Lo malo es que me lloraban mucho los ojos y comencé a inyectarme. Era fácil conseguirla porque los comandantes me la daban para repartirla entre los internos.

Todos los miércoles agarraba 32 paquetes de 24 gramos cada uno, una parte de cristal (metanfetamina) y otra de heroína. Aunque esté restringida [la droga en la cárcel], nadie puede aguantar la abstinencia. Llevo 11 años consumiéndola; de esos, 10 estuve encerrado y salí hace uno. Me hice adicto en la cárcel porque ahí hay mucha, no importa que haya rejas, para todo hay maña. Ya sea en la calle o en una torcida (detención), uno hace que salte la liebre.

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Dibujo hecho por Carlos El ondeado.

Pienso que la heroína es la loquera más cabrona. En la yugular y en la cabeza es donde te pega más rápido el efecto, en los testículos no porque se te pudren. Antes el cristal me fascinaba, de acordarme se me acelera el corazón, pero ahora ya no pega como antes porque le ponen vitamina para caballos. Por eso me quedo con la chiva. Debo estar alerta porque van cuatro veces que me quieren matar dándome porquería. Quién sabe qué sustancia ha sido, pero con la última comencé a convulsionarme, a enroscarme, se me inflaba la panza.

Sueño que llego a mi colonia y camino calle por la calle hasta la tiendita en donde me venden. Toco la puerta, doy el dinero, me dan la droga y cuando la tengo en la mano, cuando ya me la voy a meter, no puedo. Yo no debo estar en la calle porque soy lumbre. Tengo un hijo de 18 años que es cristalero [adicto a la metanfetamina], quiere ser igual a mí en todo. Es bueno para las armas y eso me da miedo.

"Yo soy de los que va buscar la droga allí donde esté. Y si tengo que ir hasta el maldito infierno lo haré"

Trabajaba en un puesto de carne estilo Michoacán de mi padrino. Ahí mismo me quedaba a dormir. Como a las ocho de la mañana me despertaba: “Carlos, ahí te van 50 pesos, métete [heroína] y ponte a trabajar”. Yo le contestaba: “Me levanto solamente si me das 100 pesos, por 50 seguiré dormido”. Me daba el dinero, me metía y a las 12 del día ya me había metido unos 300 pesos. De ahí hasta las seis de la tarde, ahí descansaba y luego me iba a un puesto de hamburguesas en donde me pagaban 200 pesos diarios, y también me los metía.

Puedo decir que con el tiempo uno se cree un Dios y uno mismo se venera. Yo soy de los que va buscar la droga allí donde esté. Y si tengo que ir hasta el maldito infierno lo haré.

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Dibujo hecho por Fernando Robles.

“La heroína es una mujer que te mata si la abandonas”: Fernando Robles, 34 años

En el barrio en que crecí hay mucho chicano (mexicanos nacidos en Estados Unidos que adoptan su forma de vida) que se inyectan. Era joven, tenía 15 años y quería ir con los más grandes porque veía que les tenían respeto, quería ser el mejor. Una noche unos chicos se estaban inyectando me gritaron: “Lárgate de aquí niño”. Les dije que quería ver. Un tipo me agarró la mano y me inyectó cinco gotitas (unidades) de heroína. ¡Hostia, me puse a rebotar!

Esa fue la primera vez que la probé. Pasaron dos años y entré en el ejército de soldado raso, porque me gusta pelear. Estuve en Chiapas y Tabasco. A los 23 años abandoné la milicia. Anduve viviendo las calles y me enganché de la heroína, “me gustó la canción”, como dicen. En esos días me junté con una muchacha, tuvimos dos hijos y cuando murió mi papá me enganché más.

Dejé mi casa, mi familia, mi trabajo y desde entonces solo ando por ahí. Me dedico a pintar casas, lavar coches y barrer calles. Nunca me ha gustado robar, no va conmigo, aunque dos o tres veces, por la abstinencia, sí he robado. Una vez de un coche robé una mochila muy pesada: “He triunfado”, dije pensando que había cosas de valor, pero cuando la abrí me di cuenta de que eran biberones con agua y una lata de leche en polvo de bebé.

En otra ocasión me metí en una casa y eché todo lo que vi a la mano a una bolsa. Cuando revisé lo que me había robado vi que en un estuche había un consolador gigante, negro y cabezón, lo terminé cambiando por una dosis. En su momento todo te da una moneda.

Para dejar de meterme heroína necesito tener los huevos para hacerlo, porque cambiarme de ciudad no sirve de nada. Si me voy a China alguien me venderá allí. Todo está en la mente. He soñado que me meto, siento el subidón, pero me despierto y desaparece el efecto.

Una vez me pusieron ajo en la punta de la jeringa y cuando me inyecté me asfixiaba. El ajo te corta el aire, alguien quería matarme. Andando en esto he aprendido que la sal aumenta la presión sanguínea, por eso cuando alguien está teniendo una sobredosis le metes 20 gotas de agua con sal y le aprietas la barriga cuatro veces hasta que les vuelve el color. Me gusta inyectarme porque no pienso en nada.

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Dibujo hecho por Ángel Mosfon.

“La heroína es una serpiente que te arrastra a la inmundicia”: Ángel Mosfon, 26 años

Empecé a consumir porque mi hija murió al nacer y a mi esposa se la llevaron sus padres a Guadalajara. Yo estaba muy desquiciado porque no se comunicó conmigo en dos meses y me fui a buscarla a Zapopan pero no la encontré. De regreso a la frontera caí con un amigo, un tipo de rastas que pasa de todo y que es fanático de la hierba y del reggae.

Llegué a su casa y vi que estaba cocinando, se metió por la nariz y se quedó pensativo: “Chingado, me la hubiera metido por la vena, así me dura todo el día [el efecto], por la nariz solo estoy desperdiciándola, pero es que no me quiero enganchar”, dijo. Le dije que enganchado ya estaba. Su madre se prostituía y cuando llegaba por las madrugadas él le quitaba el dinero y se iba a buscar al camello sin importarle que sus hermanos no comieran.

"La primera vez que me metí dije, 'ponédmela en el cuello, donde sube más'"

A los meses regresó mi novia y me pidió perdón. Arre con la que barre. Volvimos a vivir juntos, yo tenía 17 años y ella 16. Volvió a salir embarazada y tuvimos a nuestra hija en California. En esos días mis patrones me habían contactado para un trabajo y me fui unos días. Cuando volví a la frontera, mi novia me había hecho lo mismo: irse con sus padres y con mi hija a Guadalajara.

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Dibujo hecho por Ángel Mosfon.

Sentí una tortura mental y volví otra vez a la comuna de mi amigo el rastudo. En cuanto entré en su casa, le di dinero a su madre para que llevara a comer a sus hijitos, no quería que me vieran inyectarme. “Compa, ahí le va una, pida dos gramos", le dije. No pasaron ni 15 minutos y llegó la mercancía. Me dijo "¿Mano, cuello o pierna?”. “Cuello, donde pega más”.

Agarré mi dedito pulgar, me lo metí a la boca e inflé los mofletes con fuerza para que se me saltara la yugular. Aguanté la respiración y ¡pum!, entró la aguja. “Suelta el aire”, dijo mi compañero y sentí la descarga. Un hormigueo por todo el cuerpo, comencé a rebotar para arriba y para abajo como si fuera un Impala 68 y tuviera hidráulicos; se me nubló la vista y me quedé en silencio total. Me relajé, vi mi cuerpo y dije: “Por poco me voy”.

Estos últimos meses bajé 35 kilos porque me estaba metiendo tres gramos diariamente. Un gramo cuesta 300 pesos (algo más de 12 euros). No me meto más porque ya no me alcanza el día para hacer más dinero.

"A los que les pilla una sobdredosis hay que pegarles y gritarles hiriéndoles en el orgullo, sino no vuelven"

Hace poco estaba cocinando un gramo para mí y otro tipo frente a mi casa. Llegaron dos que iban saliendo de un centro de rehabilitación. “¿Qué ondas, nos vendes un poco?”, me preguntaron. “Simón, sírvanse”, les dije. Se fletaron pero como estaban limpios del organismo les cayó mal y comenzaron a tener una sobredosis. Fui corriendo por hielos, leche y sal. El tipo que estaba conmigo no quiso ayudarme porque si se morían la policía se lo haría pasar mal. Yo solo los reanimé.

A cada uno le inyecté 10 rayas de agua con sal, les puse hielo en los testículos y les di unos tragos de leche pero no se recuperaban. Comencé a darles tortas para que no se durmieran porque así es como se muere. “¡Hijos de su puta madre! ¿No erais tan machos? ¡Despertad!”. Uno tiene que darles en el ego, hacer que se enfaden, porque sí oyen pero no pueden reaccionar.

Cuando me fleto me gusta sacarme sangre y volvérmela a meter en la vena, sacarla y meterla. Algunos dicen que estoy jugando con la sangre pero es un truco mío asegurarme de que corra la heroína por mis venas, me da miedo sacarme la aguja y que se me salga el caballo. Otro truco mío es escribir “Mosfon”, mi apodo, con las gotitas de sangre que me salen de la vena. Todo el baño de mi cuarto está tapizado con hileras de ese nombre, por eso a mi familia le da miedo entrar ahí, dicen que es como brujería. Siempre digo que mi nombre es Ángel y mi problema es el Mosfon.

Soy tramposo y deshonesto, le robo dinero a mi familia cuando tengo el mono, pero trato de no perjudicarlos. Antes me iba a asaltar personas y robar comida y aerosoles de los mercados, pero ahora mejor le regalo unas dosis a uno de mis amigos y le digo: “Te regalaré un poco pero tienes que meterte en aquella casa. Cuando salgas vendrás conmigo y yo voy a elegir con qué quedarme, lo demás será para ti”. ¿Por qué voy a meterme a robar si hay tipos que lo pueden hacer por mí?

Este artículo apareció originalmente en VICE MX.

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