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Fotografías de Ollin Velasco.
Testimonios

Así es la vida del vendedor de billetes de lotería más pequeño de la colonia Roma

Fue actor en la Época de Oro del cine mexicano, hoy vende cachitos en una esquina y dice que es muy feliz.
4.3.19

Artículo publicado por VICE México.

Marianito Escalante habla siempre con diminutivos porque su mundo es chiquito. Con sus 80 años y 120 centímetros de altura es el vendedor de billetes de lotería más pequeño de toda la colonia Roma, el personaje más querido en su cuadra, y quizá también el más solo.

El cruce de las calles Jalapa y Tabasco ha sido el lugar donde ha pasado más tiempo, desde hace 50 años. “Vendo cachitos”, le grita con una voz despostillada a todo el que pasa por ahí. Muchos lo miran y pasan de largo; otros se detienen, sonríen, le dan unas monedas o lo ayudan a acomodarse en su andadera metálica; los menos le compran pedazos de cartón que prometen suertes millonarias.

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“Nunca he sido ni seré rico dedicándome a esto, pero me gusta. Yo fui actor en la Época de Oro del cine mexicano, pero esos tiempos pasaron y ahora me conformo con hacer muchos amigos y platicar con la gente. La vida es muy bonita como para estar amargados y acomplejados por nuestros defectos, ¿no?”, me dice mientras suelta un carcajada con su sonrisa desdentada.

Perderse por siempre en una cuadra

La casa de Marianito es una nuez. En menos de 25 metros cuadrados cabe una recámara con una cama, un anaquel de madera y un par de fotos colgadas en la pared; una cocina y comedor con una parrilla, alacena, mesa, tres taburetes y un baño. Todo, a escala. Él cabe bien ahí. Se trata de su universo más íntimo.

El sitio está en el tercer y último piso de un edificio color naranja, a escasos 10 metros de la esquina donde vende cachitos. Y para llegar hasta ese departamento, que en realidad es el cuarto de servicio, hay que subir una escalera de caracol con 43 peldaños.

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“Esa fue justamente la razón por la que me lastimé la rodilla y ahora me resulta tan difícil caminar. Hace como cinco años me resbalé mientras bajaba, porque había agua tirada. Mi pierna quedó atorada entre los escalones y, como me moví, hizo palanca y se me salió un hueso”, recuerda.

Ahora cuenta que ya no le duele, pero que lo imposibilita para moverse. “Por eso es que llego a mi cuarto casi arrastrándome, como perrito”, asegura. La andadera ya no es un problema para él. Después de dos décadas de vivir ahí, ya ideó un mecanismo para subirla. Utiliza un mecate. Antes de ascender, la ata; cuando llega a su piso, jala el cordón hasta que la alcanza. Así todos los días.


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Adentro reina un olor extraño. Indescriptible. Como rancio. Le pregunto dónde está su familia, si comparte su pequeña nuez con alguien más. Me dice que no, que sólo conoció a sus padres y que no los ve desde que tenía cinco años y vivía en esta misma colonia, sobre la calle de Zacatecas.

“Recuerdo muy poco, pero lo que se me quedó grabado es que peleaban mucho. Se gritaban. Un día me espanté y corrí sin rumbo. Me perdí en la Roma. Luego encontré a un oficial de tránsito. Le pedí ayuda. Pero cuando me preguntó mi domicilio, no me acordé. Nunca más me acordé”, dice Marianito, con los ojos hechos vidrio.

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El hombre cree que no lo buscaron lo suficiente. O que quizá ni siquiera hicieron el intento. Dice que mucho tiempo creyó que el motivo de los problemas en su casa era su enanismo. Así que cuando no volvió a verlos y empezó su vida de orfanato en orfanato, nunca los extrañó. Se acostumbró a ser siempre el chaparrito que siempre andaba solo, pero al que todos protegían.


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Mucha gente se burlaba de él, pero eran más los que empatizaban con su buen humor y le ayudaban a treparse a las sillas, a estudiar para los exámenes, a darle alojamiento cuando lo necesitaba. Marianito asegura que en su vida ha habido mucha más gente buena, que mala.

“Tuve una maestra que me quería mucho. Ella fue la que un buen día me sugirió participar en las obras de teatro escolares. Así fue como me dieron un primer papel de mesero. Yo estaba feliz. Me encantó. Repetí muchas veces más, hasta la secundaria. Esa profesora me cambió la vida.”

Conforme fue sumergiéndose en ese mundo, el entonces joven de 17 años se hizo admirador de Cantinflas. Cierta vez se enteró de una presentación que haría en la ciudad y corrió a apostarse en la entrada del teatro para poder verlo. Lo logró. Y no sólo eso, sino que llamó la atención del actor. Se abrazaron.

Cantinflas le dijo que iba a presentarle a alguien que le ayudaría en su carrera. Entonces lo llevó con “un hombre poderoso en el gremio”. En ese instante, asegura él, empezó la etapa más gloriosa de su vida.

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Ser gigante en un escenario

Marianito se descuelga del banco en el que está sentado, apaga el quemador donde calienta café en una vieja olla de peltre y se interna en la oscuridad de su recámara. No tiene focos ahí. Luego de unos jadeos y varios minutos sale con un par de carpetas color manila, envueltas en una bolsa transparente de plástico. Ahí guarda unos tesoros.

Me extiende el paquete y lo abro. Tiene varias fotografías a blanco a negro de él, en distintas representaciones.

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Era verdad: Mariano Escalante trabajó en varias obras de teatro y películas entre 1955 y 1975. En el fondo de una carpeta asoma su carnet de ingreso al Instituto Cinematográfico, Teatral y de Radiotelevisión, de la Asociación Nacional de Actores (Anda).

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“Fueron días felices. Aprendía como nunca. Nunca pisé otro estado de México que no fuera esta ciudad, pero una vez me levaron de gira a Centroamérica. Conocí en los sets y en las fiestas a mucha gente famosa que salía en la TV y que me inspiraba a seguir adelante, así fuera con personajes chiquitos”, dice, al tiempo que observa detenidamente una foto donde aparece abrazado de la Chilindrina.

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Lo cuestiono sobre sus amores. Él me responde que convivió con mujeres muy hermosas, pero que no tuvo novias. “Yo sólo las observaba, las admiraba, bromeaba con ellas y me dejaba querer. Sólo me enamoré una vez, cuando era mucho más joven. Era la hermana de un gran amigo. Pero no pasó nada entre nosotros, más que una relación de mucho respeto”.

Actualmente hay una mujer en su vida. Se llama Paty. Es una amiga suya que lo visita y le ayuda a limpiar su cuarto, a cambio de acompañarse y comer juntos. Marianito dice que es un ángel y la quiere mucho. Que de vez en cuando le da besos en la frente, en la mejilla. Pero repite: “siempre con mucho respeto”.

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De pronto el hombre se queda serio, con la mirada fija en el vacío. Me dice que disfrutó mucho su juventud, pero su carrera actoral se acabó un buen día. Le pido que me cuente por qué. Él da rodeos, titubea, me cambia el tema. “Dejémoslo en que se terminó, como todo. Mejor te cuento más de los cachitos que vendo. ¿No quieres uno?”

*

Empieza a oscurecer. Marianito me dice que tiene que dormir. Mañana, como todos los días desde hace medio siglo, tendrá que estar arriba a las 8:30 horas para desayunar algo, bajar 43 escalones y vender su cuota diaria de diez cachitos de lotería, en su esquina favorita del mundo.

“Nunca me he sacado la lotería, pero tengo clientes que sí se han llevado premios. Dicen que les doy suerte. Yo creo más bien que la suerte no es tener una fortuna, sino estar contento, sin complejos, a gusto con todo lo que uno es”, reza, mientras sonriente vuelve a deslizarse del banco para acompañarme a la puerta.

“Espero que le haya gustado mi humilde casita. Es todo lo que tengo. A veces pienso que sí quisiera tener una novia o reencontrarme con mis papás, pero entiendo que así es la vida. A veces el destino de uno es permanecer así. Y eso está bien, ¿no?”

Me agacho a despedirme de Marianito Escalante. Bajo unos escalones. Él empieza a tararear una canción. Sigo caminando. Continúa la melodía. El viejito está bien. Está solo. Está feliz.

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