La sirena con diversidad funcional que bucea por todo el mundo

Elena Prous, diversa funcional y buceadora, explica cómo la sociedad no está pensada para personas como ella y mucho menos si son mujeres. Reivindica su derecho a estar donde quiera.

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19 Julio 2016, 8:30am

Alle Fotos: Elena Prous | También debajo del agua

El día que Elena Prous decidió que quería aprender a bucear dice que le echó mucho morro. Primero llamó a una instructora que vivía en Tenerife, donde pensaba sacarse el título, y a la que había conocido hacía un mes cuando probó cómo era eso de sumergirse. Le preguntó: "¿Tú quieres bucear conmigo?". Luego interrogó a su padre: "¿Te vendrías conmigo?". Después tomó la palabra a dos primos que alguna vez se habían ofrecido a acompañarla de viaje: "¿Os apuntáis?". Los cuatro dijeron que sí, más una de las chicas que trabajaban con ella.

Esto ocurrió hace cinco años. Desde entonces, Elena, de 31 años, ha buceado en México, Panamá, en aguas cálidas, frías, en hielo, en el Mar Rojo, lugares conocidos para cualquier aficionado al buceo, pero la diferencia está en que para poder meterse en el agua ella necesita movilizar, al menos, a un grupo como el que la acompañó a Tenerife. Ella es una persona con diversidad funcional. En su caso, un accidente de tráfico le partió el cuello con 24 años entre las vertebras C4 y C5, una lesión que solo le permite doblar los brazos. El resto de su cuerpo desde el bíceps hacia abajo está paralizado.

Un accidente de tráfico le partió el cuello con 24 años. Desde el bíceps, su cuerpo está paralizado

De ahí que subraye varias veces durante el encuentro con Broadly: "Yo buceo porque la gente quiere bucear conmigo". "Contarlo de otra manera, o inventarnos todo lo de la superación es desprestigiar a mucha gente", prosigue. No solo es que siempre deba haber una o dos personas que le pongan el traje, sino que tiene que haber alguien más para llevarla hasta el agua, o subirla a la lancha o al barco, dependiendo del lugar de inmersión, y, sobre todo, cuando ya está dentro, debe haber alguien que compense por ella. "Es lo más imprescindible para poder bucear porque si no te reventarían los tímpanos pero yo no puedo hacerlo sola", explica.

Compensar consiste en apretar la nariz para poder sacar la presión del cuerpo y compensarla con la de fuera. Elena no puede mover los dedos. "Lo único que puedo hacer bajo el agua, sea en aguas cálidas o frías, es tocarme la nariz", cuenta. Así indica a la persona que va junto a ella que debe apretarle la nariz. Si asiente es que todo va bien. Si niega con la cabeza es que hay que seguir apretando. Otra persona es quien la "lleva" por la grifería que está en la parte superior de la botella que lleva a la espalda.

Elena junto con acompañantes antes de sumergirse vía "También debajo del agua"

"Es verdad que yo tengo el valor de meterme en el agua pese a saber que yo sola no podría hacer nada pero también es cierto que sin la gente con la que buceo no podría hacerlo; lo que pasa es que me he encontrado con mucha gente dispuesta a bucear conmigo y eso me ha permitido seguir haciéndolo", explica. Como la instructora de Tenerife, u otro instructor que le propuso irse a bucear al Mar Rojo viviendo durante una semana en un barco estrecho en el que su silla no cabía por ningún lado. "Pude hacerlo porque la gente de allí había decidido que yo podía entrar en el barco", cuenta. Como el cocinero Mahmud, un egipcio que había pasado más de un mes en cama por una enfermedad sin poder valerse por sí mismo y en cuanto la vio aparecer dijo que no se preocupara, que ella se podría mover por donde quisiera. La llevaba a su espalda cuando debía subir al camarote y bajar al agua desde el barco.

No se trata de que las personas con diversidad funcional van a los sitios que nos permiten, sino que tenemos el mismo derecho a estar que el resto y por ello reivindicamos una igualdad real

Tampoco habría buceado en muchos de los lugares en los que ha estado sin sus compañeros del Club Universitario de Buceo Oceánides . "Son mi piedra mágica porque se enrollan a meterme en todos los sitios", dice. Hace un par de semanas bucearon bajo bateas -las barcas que se usan para la cría de moluscos- en Vigo, y hace dos años se sumergió en hielo. "Un día lo comenté por casualidad, que sería genial bucear en nieve y ellos dijeron pues vamos a verlo", explica. Lo vieron y lo hicieron, en una estación de esquí francesa, a donde llegó con una silla de ruedas que no podía moverse por la nieve. Cuando se plantearon cómo llevarla hasta el lago helado donde estaba el agujero por donde se sumergían, la única opción era la moto de nieve que servía de rescate. "Me tumbaron, me ataron y yo me lo pasé en grande viendo las montañas nevadas", cuenta entre risas.

Elena no para de hablar. De un tema pasa a otro. Muchas veces hasta ella misma se hace las preguntas. Mueve sin cesar los brazos que acompañan un relato que solo detiene para pedir cada cierto tiempo a la entrevistadora que le acerque el vaso para beber con una paja la Coca-Cola que ha pedido. Dice que precisamente una de las cosas que le gusta de bucear, entre otras muchas, es que bajo el agua está 40 minutos callada. "Me han dicho que use máscaras de cara completa que así podría hablar y no andar con señas pero yo siempre digo que entonces no bucearía", exclama.

Al poco de comenzar la conversación una se da cuenta de que su historia no se trata de una historia de superación sino de derechos. De los derechos de las personas con diversidad funcional que permanecen invisibilizados, más aún sin son mujeres, y de un sociedad que no está pensada para las que se mueven como ella.

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"Todo el tiempo era lo que yo me planteaba porque yo no entendía que una chica válida, entre comillas, que era mona, enermera, y de repente el no moverme destruye todo eso; pero yo no lo he destruido, ha sido la sociedad", explica. Y prosigue: "Yo soy quien era antes [del accidente] y el choque lo he tenido con los años porque yo salí pensando que era igual pero luego te das cuenta de que no es así, no porque tú no lo seas, sino porque la sociedad no te da esas oportunidades".

Pone por ejemplo el seguro del accidente: "Lo primero que se plantean es pagarte unas piernas pero igual con 24 años lo que se tenían que haber planteado es haberme asegurado un puesto de trabajo de algo que pudiera hacer y eso es algo que la sociedad tiene planteado así". Ocho años después del accidente, Elena se está planteando volver a trabajar. "Al principio lo aparcas un poco porque tienes que averiguar cómo funciona tu cuerpo y preocuparte cómo vestirte, moverte, mear o acostarte", explica.

Cuenta cómo esa sociedad da por sentado que si eres mujer y te quedas tetrapléjica lo más normal es que sea tu madre quien te cuide. "Esto tiene que ver mucho con la sociedad patriarcal en la que vivimos y de hecho mi madre le decía al que era mi pareja cuando tuve el accidente que no se rayara, que ella iba a estar ahí", afirma. A los tres meses de estar ingresada en el hospital, él se fue. "Con el tiempo descubrí que nunca me quiso pero a él nadie le cuestionó en exceso", señala. Cómo nadie se plantea por qué todas las mujeres de los lesionados medulares que Elena se encontró en el hospital de Toledo, donde estuvo ocho meses ingresada, permanecían al lado de sus parejas.

"Nadie dudó sin embargo cuando yo me fui a vivir con mi madre y ella tenía que dejar de trabajar", explica. Elena llevaba viviendo fuera de la casa familiar desde los 18 años. Siempre había sido muy independiente y de ahí que todo su empeño cuando le dieron el alta fuera recuperar esa independencia. Así es como entró en contacto con el Foro de Vida Independiente y Divertad y descubrió lo que buscaba: "No se trata de que las personas con diversidad funcional van a los sitios que nos permiten, sino que tenemos el mismo derecho a estar que el resto y por ello reivindicamos una igualdad real".

Con ellos comenzó a ponerle nombre a las chicas que desde el principio trabajan con ella. "Entendí que son asistentes personales, una figura laboral que existe y que en mi caso me ha permitido vivir sola", explica. Hace cuatro años, Elena volvió a independizarse, y desde entonces vive en un piso del madrileño barrio de Lavapiés. Su pensión, la indemnización y un programa de la Comunidad de Madrid le permite tener contratadas a cuatro asistentes que son las que le facilitan llevar esa vida independiente que tanto deseaba. "No existe la súperdiversa, como tampoco existe la súperwoman, eso de que nosotras podemos hacerlo todo es mentira, si quieres trabajar necesitas a alguien que cuide de los niños, o que la guardería tenga más horas o que tu pareja se ocupe de ellos; pues esto es lo mismo, las diversas tenemos asistentes personales y gente dispuesta a hacer cosas con nosotras", afirma rotunda. "Y esto es algo a lo que debería tener derecho todo el mundo", añade.

De su frustación por un sociedad que no quiere ver a las personas diversas y la necesidad de contar lo que sí se puede hacer nació su blog También bajo el agua donde cuenta sus viajes, sus inmersiones y sus reflexiones sobre un mundo que no está preparado para los que se mueven con ella. Una sirena en silla de ruedas saluda al visitante hace de guía para mostrar el mundo de una buceadora diversa. "La gente quiere historias positivas, de superación, y no tenemos que superarnos, lo que yo quiero es vivir como tú y para ello es necesario ampliar el radio y ver que mis necesidades son distintas", dice, y pide otro sorbo de Coca-Cola con la mejor de sus sonrisas.