Mi matrimonio con San La Muerte duró apenas tres días
Foto de Juan Márquez
Identidad

Mi matrimonio con San La Muerte duró apenas tres días

Fui a grabar un rito que hacen devotos del santo y salí con anillo en mano.
28.1.21

Día 1

Camino por un pasaje largo y angosto, seis personas esperan sentadas debajo de una sombrilla frente a un portón verde. Son las diez de la mañana. Noto cómo las primeras botellas de cerveza empiezan a pasar de mano en mano. Un pibe me ofrece un trago y yo lo rechazo agradecida. Me siguen tres personas: dos camarógrafos y un productor. La cita es en el corazón de la Villa 21-24 de Barracas, en el sureste de Buenos Aires. Ahí me espera Lucio, el responsable de mi desgracia.

Lucio es un hombre viejo, su ropa tiene agujeros, su piel está carcomida por el sol. Abre el portón verde de par en par: entramos a un garaje pequeño con sillas de plástico a los costados, globos rojos y banderines colgados del techo; más adelante, casi en el medio, hay una pequeña tarima. Vestido de negro y oro, San La Muerte me mira con sus ojos rojos. Tiene un metro y medio de alto y está parado sobre el altar, rodeado de velas prendidas; velas rojas, blancas y negras. Junto a él se ve el caos: estampitas y cuadros con su imagen, estatuillas del Gauchito Gil, vírgenes negras y flores de plástico. Un conjunto de objetos “sagrados” que hipnotizan.  

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Me quedo una hora observando los elementos. Los cámaras sacan cables, luces y trípodes de sus bolsos. El productor habla con Lucio sobre cómo vamos a avanzar con la grabación del documental; mientras tanto, de reojo, vigila que nada falte, que todo funcione, que las personas que entran y salen del lugar no obstaculicen el paso. Nadie habla de la falta de ventilación, el poco maquillaje que llevo puesto se difumina con mi sudor. Nadie me ofrece agua, grito: “¡¿Alguien tiene un mate o tereré para convidarme!?”. El productor saca una botella de plástico de su mochila y le aviso que prefiero quedarme un rato afuera, hablando con las personas que están sentadas frente al garaje. Ellos también esperan el comienzo del ritual.

Lucio no solo es devoto de San La Muerte; durante el ritual, él es el encargado de incrustar los huesos tallados con la imagen del santo. Las personas que están en las sillas vienen a eso, a colocarse un hueso humano de unos dos centímetros bajo la piel e iniciar así un pacto eterno. Lucio es artesano, él mismo talla la figura de San La Muerte con sus manos; aprendió a hacerlo en la cárcel, cuando estaba condenado a cadena perpetua. Según dice, la devoción al santo, los rezos y el buen comportamiento lo salvaron, le dieron una oportunidad para ser una suerte de profeta en las Villas de Rosario y Buenos Aires. 

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Foto de Gastón C.

Me siento con Lucio frente a frente. Prometo no preguntarle por qué cayó en cana y a qué se dedica actualmente, supongo que con los rituales no gana dinero. Como si fuera un cirujano, me explica que las zonas donde puede ser incrustado el hueso son el pecho o los brazos, en la parte alta. Me dice que las promesas son más que oraciones hechas en voz alta, son pactos que tienen que cumplirse.

 ***

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Mi futuro esposo se llama Señor de la Muerte y es un santo pagano venerado en Latinoamérica, principalmente en Paraguay y el noroeste argentino. Un esqueleto que algunos utilizan de amuleto, o “payé”. Cuando no se lo colocan debajo de la piel —tallado en huesos o madera—, lo llevan colgado en una cadena. El amuleto no es eficaz si no está bendecido; por eso, aunque la Iglesia católica se niega a hacerlo, muchas personas lo llevan a misa esperando que, con algo de suerte, la bendición de un sacerdote caiga sobre la pieza. La estrategia  más común para que esto suceda es esconderla dentro de un ramo de flores, en la mano o bajo las estampitas de otros santos católicos y descubrirla al momento de la bendición.

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Parte de Miselánea

Este Santo no tiene nada que ver con La Santa Muerte mexicana. Es capaz de realizar un mal o daño. Tiene el don de proteger contra los enemigos. Sus seguidores lo llaman San La Muerte o el Santito, pero los que no creemos en su devoción lo llamamos SanLa.

Sé también que en la provincia del Chaco, al límite con Paraguay, se le rinde culto el 15 de agosto, el mismo día que se casaron mis viejos. Ese día los fieles desfilan ante los altares más grandes de la provincia, uno en Barranqueras y otro en Resistencia. Ahí dejan su limosna, que no siempre es dinero, a veces dejan objetos o simplemente realizan promesas estableciendo un simulacro de conversación exclusiva entre el santo y el devoto.  

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 ***


Esta mañana en el ritual guiado por Lucio el santo esquelético busca cerrar pactos, sumar seguidores fieles a su causa. Lucio tiene un bolso negro, adentro hay cajitas diminutas con pequeños huesos tallados y algunas jeringas, agujas e hilos. Lo acompaña un médico que derrama un poco de alcohol sobre el piso y coloca la anestesia local a quienes van a incrustarse el santo. Todos eligen la zona del pecho.

El primer hombre se acerca y Lucio comienza una oración con yuyos que va quemando a su alrededor. Lo mira fijo y le dice:

—Olvidate de las cámaras, esto no es un show, este es tu momento.

Somos casi 20 personas adentro del garaje, el calor ha llegado a tal punto que veo borroso. Aprovecho la multitud para pararme detrás de Lucio; parece que tengo enfrente el corte que está realizando, pero estratégicamente no lo veo por miedo a desmayarme.

El tipo al que están incrustando es un gordo con el torso al aire, está tatuado desde la cabeza hasta los pies. La cara, la panza, el pecho, los brazos, cada centímetro de su cuerpo tiene tinta negra. No me dice cuántos SanLa tiene en el cuerpo, yo le cuento siete. Es la primera vez que se lo incrusta. Cuando termina el procedimiento, el gordo atraviesa la puerta del garaje entusiasmado, con la frente en alto, camina hacia el pasaje con una sonrisa. Lo sigo unos metros y le pregunto cómo se siente. La cámara se prende. Le digo mi nombre y le doy la mano. La cámara se apaga. 

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—Paloma, anotá mi número de teléfono. ¿Vos sabés a quién llamar?

Es mi primer contacto directo con la muerte. Por primera vez un desconocido me ofrece sus servicios con ánimo de venganza. Si tengo que matar algún día tengo su número directo, pienso. Miro a mi alrededor y casi no hay testigos de esa conversación. Lo anoto. 

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Foto de Juan Márquez

***

El segundo candidato a incrustación se acerca al garaje, también con el torso al aire. Como el gordo, tiene a SanLa tatuado en varias partes de cuerpo. Es más flaco y más viejo. Me dice que tiene tres hijos varones, yo pienso en sus nietos. En su cintura, entre el pantalón y la piel, lleva un cuchillo. En sus brazos se ven algunas cicatrices de pactos anteriores, tiene pequeños puntos y relieves de dos centímetros de largo. Esta es su séptima incrustación y pide que se la hagan sin anestesia. La cámara se prende otra vez. Para ese momento ya todos conocen mi nombre.

—Paloma, este cuchillo se alimenta de mi sangre. Con este cuchillo yo protejo a la gente y él (San La Muerte) me protege a mí.

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Parte de Miselánea

Noto que con el corte de Lucio la sangre recorre parte de su cuerpo y le mancha el pantalón. No habla, no llora, no se inmuta. La cámara se apaga. Lo acompaño a una silla y le sirvo un vaso de cerveza para que se olvide del dolor, yo me sirvo uno de agua para soportar el sofoco.

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Foto de Juan Márquez

Afuera, el cielo se ve naranja. Damos por finalizada la jornada de grabación. Mis compañeros guardan los equipos. Estoy cansada, mareada y con hambre. Me acerco a Lucio para despedirme. 

Lucio me mira fijo:

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—Paloma, tengo algo para vos.

Me invita a un cuarto que está detrás del altar. Dejo la puerta entreabierta y busco la mirada del productor para que vea dónde estoy. Lucio me agarra la mano izquierda y pone en mi dedo anular un anillo de hueso humano en el que  está tallado SanLa. El anillo es grande y ocupa casi un cuarto de mi mano.

—Gracias por acompañarnos. Fuiste muy respetuosa.

Mis ojos no se despegan del dedo. Y sin levantar la cabeza le pregunto:

—¿Qué hacés, Lucio?

Levanto la vista:

—Me acabas de casar.

Lucio sonríe:

—Paloma, no te confundás, esto es vida. No es muerte.

—¡Si me querés dar un regalo, ponémelo en la palma de la mano, Lucio! Esto no. Esto no —le digo más alto. 

Lucio se da media vuelta y se va. 

Llego a mi casa de noche y coloco el anillo dentro de una cajita donde guardo las agujas e hilos de coser; dejo la cajita arriba de mi biblioteca. Me baño y me voy a dormir. No puedo. Vuelvo a la biblioteca, la miro y me pregunto si hice bien en traer ese objeto a mi casa.

Día 2

Mis ojeras están de color violeta. Googleo algunos efectos de rituales con SanLa, y descubro que las consecuencias negativas no vienen con llevarlo encima sino con el quiebre de las promesas. El divorcio es la renuncia a una promesa de amor eterno que nunca hice.

Miro a mi gata y sigo sus movimientos durante unos minutos. Saco el anillo de la caja y lo ubico arriba de la mesa del comedor. Camino junto con la gata hacia  la cocina. Prendo un palo santo y hago un sahumerio en la casa. El anillo sigue ahí, inmóvil, enorme; SanLa me mira de reojo y espera que yo, su esposa, actúe de manera consecuente.

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Busco el número de una chamana en mi teléfono. La tengo agendada desde hace un par de meses. Hace tiempo mi amiga Clara me había pasado el contacto por si algún día me quería hacer una limpieza. La llamo y le cuento la situación. Me dice que efectivamente tengo algo: el mal.

—Si te pusieron el anillo te obligaron a hacer un voto o un pacto sin tu consentimiento. Ya está hecho. Eso no hace efecto ahora, pero con el tiempo te va a afectar de forma negativa, te va a llevar a la oscuridad. Puedo abrir la mesa dimensional. Con la mesa se rompe y lo libero.

Me siento frente a la computadora y mientras hablo con ella googleo “mesa dimensional”: “A través de la Mesa Dimensional podemos diagnosticar y medir diversas frecuencias de energías existentes en todo, activar la percepción extrasensorial, ajustar desequilibrios y trabajar todo tipo de situación como por ejemplo: bloqueos energéticos, programaciones mentales, mandatos, romper votos, juramentos, sacar chips, trabajar vidas pasadas, infancia, vida intrauterina, atrapamientos dimensionales, quitar entidades, limpiar espacios, envíar reiki o energía sanadora, cargar cristales, hacer florales, cortar lazos, ligaciones kármicas, ancestrales, tratar situaciones afectivas, financieras, de salud, espirituales, cortar magia negra, destrabar situaciones, etc. Es utilizada junto a un péndulo y actúa tanto en los cuatro cuerpos principales: físico, emocional, mental y espiritual, como en todos los demás cuerpos sutiles”.

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—Me tenés que dar tu nombre completo y fecha de nacimiento si querés que la abra. Te limpio y listo.

—¿Listo qué? —pregunto.

—Listo, te libero de lo que tenés. Pero también sacate ese anillo de encima.

—¿Cómo?

—Llevalo a un lugar de luz.

Día 3

Comienzo el proceso de divorcio con SanLa. Agarro el anillo y espero a que baje el sol. Salgo de mi casa hacia la iglesia más cercana, en pleno centro de Buenos Aires. Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, me están abriendo una mesa dimensional. La chamana me manda un mensaje de texto en el que dice que comenzó su ritual, y que efectivamente “tengo de todo”. Me aclara que hará una lista de cuestiones a resolver.

Llevo conmigo un frasco de mermelada vacío que cabía en mi bolsillo. Entro a la iglesia casi al final de una misa. Están en el momento del saludo de la paz. Ese ritual me lo conozco de memoria por los años que pasé en un colegio católico. Calculo los segundos en los que el sacerdote se dará vuelta para subir nuevamente al altar y darme la espalda. Sumerjo el frasco en la fuente de agua bendita que está en uno de los laterales, lo pongo en mi cartera y me voy. 

Camino hacia mi casa. Pongo el anillo dentro del frasco y espero. En ese momento suena mi celular. Es otro mensaje de la chamana. Veo la foto de una hoja repleta de palabras tachadas y otras que tienen tildes a los costados, como si fuese una lista de supermercado: pactos, juramentos, hechizos, magia, entidades, espíritus, vampiros, flores, salud, prosperidad y escudo de protección. Me aclara que esa hoja se divide en dos columnas: limpieza y liberación de lo malo y cuidado para el futuro.

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—Con esto vas a estar bien —me dice.

—¿Cuánto te debo? —pregunto

—Nada.

Salgo de mi casa y tiro el frasco con el anillo a la basura. Pienso en un final del divorcio simple y conciso, como quien quema las cartas de su ex o borra su contacto en el celular. Quizás Lucio esperaba otra cosa de mí, un sacrificio fantástico, el inicio de un amor con el esqueleto de su devoción. Pero no pude hacerlo. Agradezco poder volver a dormir sin pactos de fidelidad.

*Se han cambiado los nombres para proteger las identidades.