vacunas covid ilustracion
Ilustración de @lenny_maya
vacuna contra el COVID-19

Vacunas contra la COVID: De qué están hechas y cómo funcionan

Hablemos de los tipos de vacunas que existen, cuál es su composición y qué hacen al entrar a nuestro cuerpo.
16.9.21

Vivimos en una época en la que foodies, organizadores de clósets y fanáticos del mindfulness nos bombardean constantemente con imágenes que nos hacen sentir disconformes con nuestro estilo de vida. La comida que hacemos en casa no es lo suficientemente rica y nutritiva si sus colores no se lucen en nuestro feed, la ropa que nos protege del frío y nos permite transitar cómodamente nuestra rutina no satisface nuestras necesidades si, además, no es de los colores indicados y llegar enteros al final del día en un mundo en el que somos la primera generación de la historia con menor poder adquisitivo que sus progenitores no alcanza si no nos sentimos uno con el universo.

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Uno creería que encontrar una vacuna para una pandemia escaparía a este fenómeno. Después de todo, ¿qué tipo de inconformidad podría emerger respecto a una herramienta que facilita notablemente la inmunidad colectiva frente a un virus que nos encerró durante un año en nuestras casas? Sin embargo, no todo lo racional se verifica en la realidad y acá estamos, rodeados de sommeliers de vacunas que, aunque jamás en su vida se hayan preguntado por ninguna otra de las inyecciones que les dieron ni tengan la formación necesaria para evaluar productos biotecnológicos, no tienen ningún reparo a la hora de sentenciar cosas como: “Si me toca la rusa no me la doy” o “Esta no tiene la evidencia suficiente para considerarla segura, prefiero la otra”.

Ante este panorama, podemos quedarnos con la ridiculización o tratar de entender qué es lo que lleva a muchas de estas personas a cuestionar algo que nunca antes habían cuestionado. No estamos hablando ya de quienes popularmente conocemos como “antivacunas”, que son personas que directamente se oponen al desarrollo y administración de este tipo de fármacos, sino de un grupo grande de gente que respeta los calendarios de vacunación sugeridos por las autoridades sanitarias pero que, en el caso de la vacuna contra el coronavirus, siente dudas.

Para este grupo, la velocidad con la que se fabricaron y aprobaron vacunas para un virus desconocido es sospechosa. Y es razonable, porque si uno llegó hasta acá sin saber cómo funciona la investigación farmacológica, piensa que un virus nuevo requiere empezar de cero, y este es el primer error. Que un virus sea nuevo no quiere decir que las tecnologías que se usan para encontrar la cura también lo sean. 

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Por otro lado, la información científica no es accesible para el público general y esto hace que se deba recurrir a fuentes secundarias. A veces, este trabajo lo hacen las instituciones, que sacan comunicados o cuelgan secciones de preguntas frecuentes en su web. Pero para fiarse de esa información, las personas deberían confiar en las instituciones, y bien sabemos que la desconfianza en gobiernos y organismos oficiales no es un sinsentido.

La otra opción es recurrir a personas que interpreten esa información y la transmitan de forma comprensible para quienes no tienen formación técnica. En este caso, cada uno elige dónde depositar la confianza, lo que también es un problema, ya que muchas veces elegimos medios y comunicadores por razones que nada tienen que ver con su capacidad para evaluar los resultados de una investigación.

Entonces, ante una duda genuina respecto a una medida sanitaria, las personas establecen criterios sin las herramientas técnicas para analizar la información primaria, desconfiando de las instituciones que dan información oficial y establecen criterios sometidos a sus sesgos para elegir cómo y con quién informarse.

En esta nota, entonces, intentaremos dar respuesta a una pregunta central a la hora de saber qué son las vacunas contra la COVID-19 y por qué las ciencias han dado con ellas tan rápido: ¿Cómo puede ser que un líquido inyectado genere defensas contra un virus que está en el aire? 

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Respuesta corta: depende qué vacuna. Respuesta larga: a continuación.

Las vacunas de vector viral (Sputnik V, Janssen, Universidad de Oxford)

Este tipo de vacunas es una combinación de material genético del coronavirus con la estructura de otro virus diferente. La vacuna de Oxford, por ejemplo, utiliza adenovirus, un tipo de patógeno que tiene un montón de formas e infecta a humanos y otros animales. Si me estás leyendo atentamente, habrás notado que adenovirus y coronavirus son palabras distintas y, si tu intuición no falla, habrás evaluado también la posibilidad de que sean familias distintas de virus. Llegado este punto, entonces, te preguntarás razonablemente por qué inyectar un virus puede generar inmunidad contra otro.

Bueno, la cosa es que cuando el adenovirus de la vacuna (que es uno que causa resfríos en los chimpancés) entra al cuerpo, el sistema inmune lo detecta y genera una respuesta que neutraliza al patógeno y mata a las células infectadas. Como el virus del inyectable fue modificado genéticamente para incorporar la proteína que utiliza el coronavirus para ingresar a las células, las defensas generadas son específicas contra ese mecanismo y funcionan ante una infección de SARS-CoV-2.

Digamos que el adenovirus es una especie de entrenamiento, que además es muy seguro porque el que se usa para el fármaco no puede replicarse en nuestro cuerpo y generar una enfermedad (y por eso son necesarias dos dosis para generar las defensas suficientes).

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Este tipo de vacunas comenzó a desarrollarse en la década del 70 y recientemente se aplicó con éxito para frenar brotes de Ébola. Durante estos 50 años se han publicado cientos de estudios de vacunas de vectores virales, así como otras aplicaciones de esta tecnología, como su evaluación para tratar distintos tipos de cáncer. Es decir que, si bien la combinación de otros virus ya conocidos con la proteína del coronavirus que le permite ingresar a las células es nueva, las técnicas para combinar virus y hacer vacunas ya existían hace tiempo. 

Las vacunas de ácido nucleico (Pfizer, Moderna)

En este caso, las vacunas contienen una parte del material genético del coronavirus. La manufacturada por la empresa Moderna, por ejemplo, incluye la porción de ARNm que da las instrucciones para sintetizar un antígeno de la “corona”, que es la porción viral que al ser reconocida por las células estimula la producción de anticuerpos. O sea que lo que se inyecta es la información del virus para que, en vez de reproducirse entero, produzca solo la parte que estimula nuestra respuesta inmune. Así, si entramos en contacto con el virus ya tendremos defensas sin haber cursado la infección.

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Las vacunas de ARNm contra la COVID-19 son las primeras que se aprueban y esto puede hacer pensar que las sacaron de la galera para la ocasión, esto no es así. Por un lado, desde tan temprano como 1961 hay trabajos que exploran los potenciales del ARN en aplicaciones de salud y desde 1965 hay registros de investigación sobre las nanopartículas presentes en las vacunas que se encargan de “llevar” el ARN hasta las células. Por el otro, si bien estas son las primeras vacunas de ARN en ser comercializadas a gran escala, no son las primeras que se prueban en humanos. Lo distinto es que las relacionadas a la COVID tuvieron financiamiento, apoyo institucional y gran participación en los ensayos, lo que facilitó el proceso de aprobación.

La novedad aparente de estas vacunas también siembra dudas sobre su seguridad a largo plazo. Para disiparlas brevemente: la vacuna no permanece mucho tiempo en nuestro cuerpo. El fármaco que nos inyectan dispara la respuesta inmune y luego se metaboliza y degrada. Por eso, los efectos secundarios, tanto los graves como los leves, se dan poco tiempo después de haberse aplicado la vacuna, ya que es cuando la inmunidad se está formando. Una vez terminado el proceso de activación del sistema inmune ya no hay una interacción directa entre la vacuna y el cuerpo, por lo que no son esperables otros efectos secundarios. Así que lo que hay es un período corto de bajo riesgo luego de la aplicación y un período largo de inmunidad como beneficio.

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Las vacunas de virus inactivado (Sinopharm)

En este caso, la vacuna utiliza el mismo coronavirus que causa la infección pero modificado. Para fabricar la vacuna, los investigadores analizaron distintas muestras de pacientes infectados y eligieron una variante que vieron que se multiplicaba rápidamente y la cultivaron a gran escala. Luego, esta reserva de coronavirus pasó por un tratamiento químico con beta-propiolactona, que causó que ya no pudieran reproducirse pero dejó intactas sus proteínas, incluida la que utiliza para ingresar a las células humanas. Estos virus inactivados se mezclan con un adyuvante que estimula el sistema inmunitario y con eso la vacuna ya está lista para inyectarse.

Una vez en el cuerpo, como los virus inactivados conservan la parte que se “engancha” en las células, se unen a células del sistema inmune como los linfocitos B, que los descomponen en varios fragmentos, que luego se aferran a otro tipo de linfocito, los T. Cuando ambos linfocitos quedan pegados a ese fragmento de virus, se activa la producción de anticuerpos.

Este tipo de tecnología se utiliza desde hace más de un siglo y ha dado lugar a vacunas como la de la polio, la rabia y la hepatitis A.

En conclusión, si bien las vacunas contra la COVID son una novedad, están basadas en décadas de investigación que permitieron manufacturarlas de forma rápida y segura. Comprenderlas como parte de un continuo histórico puede desilusionarnos frente al modelo heroico de la epifanía, pero darnos el alivio que necesitamos en tiempos de alarmismo y teorías conspirativas.