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La muerte de Zé Cláudio y María

Asesinan a unos activistas en la selva amazónica y a nadie parece importarle un rábano.
5.12.11

Zé Cláudio y María en su casa en el asentamiento de Praia Alta Piranheira, octubre de 2010. La escena parece de una película de Sergio Leone. Zé Cláudio y su esposa, María, de vuelta del funeral del padre—96 años—de Zé Cláudio, entran en un pequeño bar de madera al lado de un camino de tierra, a las afueras de una aldea amazónica de casas apiñadas unas contra otras. Dentro está José Rodrigues, un granjero que había amenazado a Zé Cláudio. Zé Rodrigues lleva todo el día bebiendo y diciéndole a la gente que está preparando acabar con Zé Cláudio. Zé Rodrigues no puede ni oír su nombre. Cuando alguien le menciona a este recolector de nueces de 54 años, o a su esposa, corta de raíz: “No me estropees el día”. Los ojos de Zé Cláudio y Zé Rodrigues se encuentran nada más entrar. Es fin de semana, el sol está en su punto más alto y el aire está seco y caliente. Zé Cláudio pide dos vasos de zumo de caña de azúcar. Se apoya en la barra, sin dar la espalda a su adversario. Zé Rodrigues trata de jugar con él, pero Zé Cláudio no responde. La atmósfera es tensa. Zé Rodrigues parece de mal humor. Su corazón late visiblemente debajo de la camisa. Intenta no hacer contacto visual con la persona que tiene decidido matar. Trece días más tarde, Zé Cláudio y María están muertos: el hermano de Zé Rodrigues y un cómplice les tendieron una emboscada en el camino que pasa delante de la casa de Zé Cláudio. Zé Cláudio se enfrenta a un camionero con una carga de troncos talados ilegalmente. Foto de María do Espírito Santo da Silva. La muerte de la pareja—a bocajarro con un rifle de caza, una oreja de Cláudio cortada como prueba—remitía a los asesinatos del padre Josimo Tavares en 1986, Chico Mendes en 1988 y la hermana Dorothy Stang en 2005. En los últimos 15 años, 212 personas han sido asesinadas en Pará por conflictos territoriales. Ese día, Zé Cláudio y María habían ido en dirección a Marabá, a unos 100 kilómetros al sur. Marabá es la ciudad más grande del interior de Pará. Tiempo atrás en pleno bosque pluvial, la ciudad y su área parecen hoy Texas, y es la capital de la industria ganadera. También es uno de los lugares más violentos del mundo. La tasa de muertes violentas es de unos terribles 125 asesinatos por cada 100.000 personas, segunda en el estado sólo por detrás de Itupiranga, con 160,6. Para hacernos una idea: la tasa en Nueva York es de 5. Cuando en 2010 le entrevisté, Zé Cláudio ya recibía amenazas, que hizo públicas la Comissão Pastoral da Terra, un grupo ecuménico de defensa de los derechos de los trabajadores. José Batista Afonso, abogado de la CPT, fue mano derecha de Zé Cláudio y María al preparar sus acusaciones contra los leñadores que talaban en tierra pública protegida, y el hombre que alertaba a la pareja cada vez que alguien amenazaba con matarlos. “Su situación es grave”, dijo cuando me presentó a Zé Cláudio. La CPT publica cada año una lista de activistas bajo amenaza: Zé Cláudio y María figuraban en la lista desde 2001. En días posteriores a los asesinatos, el gobierno de Pará declaró no saber nada de amenazas. “¿Cómo podríamos?”, dijo José Humberto Melo, responsable de la investigación. “La policía no es omnisciente ni puede estar en todas partes”. Además de hacer públicas las amenazas a reformistas agrarios y activistas comunitarios, la CPT también negocia con el gobierno federal para que pongan protección a los casi 200 nombres en la lista; actualmente el gobierno protege a 30. Pero, incluso después de que la protección falle, hacer que los agentes muevan el culo e investiguen es como intentar obligar a una vaca a que baje una escalera. Hoy Batista trabaja con las familias de Zé Cláudio y María para llevar a sus asesinos ante la justicia. “La policía de Pará rara vez captura a los autores de crímenes como este. Y aún más difícil es que se capture a los que los ordenan”. Policías y personal médico examinando el cuerpo de Zé Cláudio, 24 de mayo de 2011. Foto de AP. Según un informe de la policía local, la razón por la que José Cláudio Ribeiro da Silva y María do Espírito Santo da Silva, ambos de 54 años de edad, fueron asesinados, fue que habían denunciado a José Rodrigues, acusándole de adquirir tierras ilegalmente en la zona protegida de Praia Alta Piranheira. Este asentamiento, en el que la única industria permitida es la recogida de fruta, forma parte de un programa de reforma agraria creado para las familias pobres que dependen de la tierra para sobrevivir. Fuera de Brasil, la lucha por el Amazonas se percibe como un tema ecológico, pero aquí es un asunto de índole social. Este es un país en el que un 1% de la población posee más de la mitad de las tierras, una enorme proporción de éstas compuesta por enormes, totalmente inutilizados terrenos de labranza llamados latifundios. La selva pluvial que rodeaba el poblado de Zé Cláudio y María es un ejemplo perfecto del uso irresponsable de las tierras. La mayor parte del terreno deforestado en la Amazonia se emplea para la cría de ganado. Como señalan los rancheros y sus defensores, la industria cárnica es parte importante de la economía de Brasil y una fuente cada vez mayor de suministro de carne para el resto de América. El problema es que, si bien talar secciones de la selva pluvial y quemar los rastrojos deja una tierra perfecta para el pastoreo, esta sólo sirve durante tres años. Transcurridos estos, el suelo pierde fertilidad, plantas selváticas “invasoras”, como el árbol babaçu, empiezan a crecer, y la única solución para los rancheros es encontrar otra parcela de selva forestal que talar y quemar para acomodar a sus vacas. La presión de los granjeros para expulsar a los residentes y poder así deforestar el área y cultivar heno para el ganado no era la única preocupación de Zé Cláudio y María: taladores furtivos y productores de carbón intentan con regularidad talar los árboles de su asentamiento. El carbón creado con los árboles del Amazonas se emplea para la producción de arrabio, un ingrediente esencial en el acero y otras exportaciones a los USA. Zé Cláudio llevaba recogiendo castañas desde que tenía siete años; las cogía del suelo del bosque y hacía con ellas pasta y aceite. María era hija de unos modestos granjeros, también recolectores de castañas. “Mi padre nunca tuvo ganado. Vivíamos de lo que nos daba el bosque”, me había contado. Un castaño al que Zé Cláudio llamaba “Majestade” asomando por encima de los árboles en el asentamiento de Alta Piranheira. La implicación de la pareja con la causa del medio ambiente empezó en 1997, con la creación de su propio asentamiento. Lideraron a las casi 200 familias pobres que vivían en la zona en una lucha por la protección de la selva. Se convirtieron en activistas a través de la práctica, defendiendo su propiedad del mismo modo que tu padre lo haría de alguien que entrara en su jardín para podar su césped. “Los problemas empezaron con la creación de nuestro asentamiento. Yo no pertenecía a ningún movimiento social. Vivía a mi aire”, me explicó Zé Cláudio. “Un vecino mío, Zé Ribamar, me invitó a participar en las reuniones, y descubrí que yo ya era un ambientalista sin siquiera saberlo. Yo no deforestaba, vivía del bosque”. A lo largo de los años, fueron expulsados del asentamiento seis granjeros con títulos de propiedad ilegales. Durante ese mismo tiempo, el gobierno federal, a través del Instituto para la Colonización y la Reforma Agrícola, había prometido darles algún tipo de infraestructura básica, pero el apoyo público nunca se materializó. Sin alternativas, más y más habitantes del asentamiento se dieron por vencidos, y Zé Cláudio y María se quedaron cada vez más aislados. “Yo no le echo la culpa al granjero. El granjero no sabe nada. A quien hay que culpar es al hombre de negocios. Cuanto más rico es, más poder destructivo tiene”, me dijo María. “La mayoría de los granjeros eran simples hombres de paja de los ricos”. En 2007, la industria maderera empezó a llegar, cada vez en mayor número, a la región donde estaba el asentamiento, debido a la escasez de bosque en las tierras circundantes: el 78 por ciento de la cercana Nova Ipixuna había sido ya deforestado. Dio así comienzo una guerra de desgaste, robos y mentiras. Incluso Zé Ribamar, uno de los primeros que respaldaron el proyecto, fue acusado de permitir que su hijo produjera carbón, y el IBAMA (la agencia federal brasileña responsable de las leyes medioambientales) le confiscó una motosierra. Con la presión intensificándose, Zé Cláudio y María empezaron a poner denuncias. “Vivo en tensión constante. De noche no podemos dormir”, se lamentaba Zé Cláudio. “Los hombres de negocios se están centrando en esta región. Eso es algo para lo que no tienen permiso. Y, por tanto, los denunciamos. Acudo a lo más alto y los denuncio ante el Ministerio público”. Temía las consecuencias: “Vamos a ser el blanco de sus miradas”. Denunciar fue efectivo. Todos los troncos que pasaban por la ciudad eran inspeccionados por IBAMA. Desde 2007, el aserradero Tedesco ha tenido que pagar 820.000 reales en multas (aprox. medio millón de dólares). Madeira Eunapolis, también de la familia Tedesco, 180.000 reales, y MP Torres, de la misma familia, pagó en 2010 más de 27.000 reales. Aunque las acciones de Zé Cláudio y María estaban dirigidas a las billeteras de los hombres de negocios que se aprovechaban de la tala furtiva y la producción de carbón, los efectos también los notaron los pequeños leñadores, madereros y granjeros que dependían de esos trabajos ilegales para su subsistencia. Esto les granjeó unos cuantos enemigos; entre ellos, Zé Rodrigues. El tronco serrado y calcinado de un castaño en una parcela de terreno convertida en tierra de pasto para el ganado. Tras la muerte del padre de Zé Cláudio, el hermano de Zé Rodrigues, Lindonjonson Silva Rocha, y Alberto Lopes do Nascimento, apodado “Neguinho”, pasaron por el asentamiento en una motocicleta roja. “En el sur de Pará, cuando se hace un encargo, se cumple. Puede que lleve tiempo, pero el trabajo siempre se hace”, me explicó la hermana de María, Laissa. La mañana del 23 de mayo, los dos fueron vistos cerca de Villa Sapucaia, donde Zé Cláudio había coincidido con Zé Rodrigues y había estado bebiendo jugo de caña de azúcar. Pasaron por la propiedad de la pareja y después se pararon en un bar para tomar una cerveza. Esperaron hasta la caída de la noche y se dirigieron a un puente cercano a la casa de Zé Cláudio. El puente, que cruzaba un pequeño arroyo en medio de un grupo de árboles, estaba en muy malas condiciones. Para pasar con su moto, Zé Cláudio tenía que detenerse y cruzar el puente a pie. Era el lugar perfecto para una emboscada. A la mañana siguiente, alrededor de las 7:30, Zé Claudio y María cruzaron el puente. Los pistoleros salieron de detrás de los árboles e hicieron un primer disparo con un rifle de caza del calibre 38. La bala le acertó a María en el corazón, pasando a través del torso y la mano de Zé Cláudio y derribando a ambos de la moto. Cada uno recibió un disparo más; después, según el informe de la policía, Lindonjonson le quitó el casco a Zé Cláudio y le rebanó una oreja con un cuchillo de cocina. Los asesinos arrojaron los cuerpos de la pareja a los árboles. El de Zé Cláudio se encontró cerca de un caju de janeiro; el de María, cerca de un andiroba. Cuando los asesinos se preparaban para marcharse, apareció otro hombre en moto y, al ver los cuerpos en el suelo, aceleró para ir a buscar ayuda. Sin saber si habían sido vistos, los asesinos escaparon. Una semana más tarde se encontró el cuerpo del potencial testigo en los lindes del bosque, con una bandada de buitres revoloteando. El mismo día en que morían Zé Cláudio y María, el Congreso Nacional en Brasilia se preparaba para votar un nuevo código forestal que modificaría la legislación medioambiental, permitiendo que nuevas áreas pudiesen ser deforestadas. Informado de las muertes minutos antes de la votación, el diputado Sarney Filho, del Partido Verde, subió al podio de la Cámara de los Diputados y leyó parte de la entrevista que le hice a Zé Cláudio para VICE. “Estoy ante este tribunal para hablar de una tragedia que ha sucedido hoy”, dijo, para después anunciar las muertes. Mientras leía las palabras que Zé Cláudio pronunciara medio año antes, defendiendo los derechos de los habitantes del asentamiento y prediciendo su propio asesinato, el diputado fue increpado por los granjeros que habían acudido a la Cámara para asistir a la aprobación de la nueva ley proagrícola. Al oír los abucheos, Sarney se uso lívido de ira y gritó, “¡Estas eran personas pobres que amaban la naturaleza y fueron brutalmente asesinadas esta mañana! ¡¿Podríamos al menos respetar la memoria de estas personas, que han sido asesinadas?!” La nueva ley fue aprobada, pero el arranque de ira del diputado consiguió llamar la atención sobre la muerte de la pareja. El asesinato de Zé Cláudio y María no tardó en ser noticia en todo el país. El presidente Dilma Rousseff dio orden a la policía de que investigara el caso, y el IBAMA hizo una redada con objeto de cerrar todos los aserraderos ilegales en Nova Ipixuna; esto son, prácticamente, todos los aserraderos. Era un buen comienzo, pero seis meses después nada más ha sucedido. A pesar de ser detenidos por la policía, el juez del estado de Pará ha rechazado tres peticiones de encarcelamiento para los acusados de los asesinatos. Al mismo tiempo, un juez federal decidió recientemente que no era trabajo del gobierno federal investigar el caso, ordenando además al IBAMA que permitiera reabrir los aserraderos. Las familias de Zé Cláudio y María temen ser las próximas víctimas. No hace mucho, alguien le pegó un tiro al perro guardián que tiene Laissa en su casa en el asentamiento, justo delante de la que fue propiedad de Zé Cláudio y María. El mismo tipo de advertencia que recibió la pareja tres días antes de que los mataran. Podéis seguir nuestro viaje por la Amazonia brasileña para investigar las muertes de Zé Cláudio y María en nuestro nuevo documental, ya en VICE.com.