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ROJO OSCURO Podría haber llamado a la tienda de artefactos freakotéricos que posee en Roma 'Trauma', 'Tenebre' o, puesto a cargar las tintas, cosa que nunca le ha arredrado, 'Inferno'. Nombres cortos, sintéticos, de impacto, susceptibles de
1.12.10

ROJO OSCURO

Dario Argento

Tribanda

Podría haber llamado a la tienda de artefactos freakotéricos que posee en Roma ‘Trauma’, ‘Tenebre’ o, puesto a cargar las tintas, cosa que nunca le ha arredrado, ‘Inferno’. Nombres cortos, sintéticos, de impacto, susceptibles de despertar la asociación libre de ideas y de proyectar estilizadas imágenes en la pantalla de la parte de atrás del cerebro. Optó, sin embargo, por ‘Profondo Rosso’, en admisión tácita de que

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Rojo Oscuro

(1975) es la quintesencia de su cine, la película que magnifica y mejor define los rasgos de autor de Dario Argento, que es romano y feo de cojones pero autor. Sus películas son estridentes en lo sonoro y en lo visual, retorcidas y en ocasiones tienen trampa; dan aliento a la vena morbosa y se agradece porque cada vez cuesta más de encontrar, ese morbo que tiene que ver con la sangre derramada y la carne desnuda pero al mismo tiempo no, pues sólo con eso no basta y hace falta elegancia, toque, sobriedad dentro del desfase y planificación con tiralíneas. Argento no inventó el

giallo

(loor y prez a Bava y Freda), pero con

Rojo Oscuro

, su quinto film como director, lo hizo universal: de su molde de

slasher

plenamente formado surgirían mil imitaciones, en Italia y allende. Dario, echándole bemoles, prescindió de Morricone y fichó a Goblin, que se hincharon a vender copias de la banda sonora y harían carrera. Prescindió también de sugerencias y puso en pantalla los hachazos en plano detalle, haciendo explícito el componente erótico de la herida abierta y, de paso, ganándose unas mutilaciones censoras que la presente edición pasa por alto: 2 DVDs, uno con la versión que conocíamos y el otro con la restaurada, la que incluye los 26 minutos que nos escamotearon para proteger nuestras frágiles psiques infantiles.

UNDER THE VOLCANO

John Huston

Avalon

Es un prejuicio extendido, ése de que la recta final de un artista nunca es tan interesante como sus inicios, cuando tenía cosas que contar y ganas de contarlas, ni su etapa de madurez, en la que sabía cómo hacerlo. Un prejuicio, mala cosa por definición, y una falacia: el tramo final de uno es aquel en el que nada queda por demostrar ni que perder y hay, por tanto, vía libre para hacerle un corte de mangas al mundo, a los prejuicios y a la madre que nos parió a todos. Los años no dulcifican el carácter, eso son filfas. John Huston contaba 78 cuando rodó

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Bajo el Volcán

, ya padecía el enfisema pulmonar que se lo llevaría tres años después, vivía en un pueblo mexicano lejos de todo (de los americanos, mayormente), y no hubo compañía que le extendiera un seguro de vida de cara al rodaje de la que sería su antepenúltima película. Así las cosas, Huston, que bastantes concesiones había hecho ya (no porque quisiera, sino por tener pensiones que pasar a sus cinco ex esposas), no concedió aquí ni una e hizo de la adaptación de la novela-río de Malcolm Lowry un adusto pero sereno retrato del fatalismo, de la admisión de la derrota y la asunción de lo inevitable, de la imposibilidad de pedir perdón cuando han sido tantos los errores y de la enmienda a una vida gacha que supone morir con la cabeza alta y un insulto en los labios. ¡Integridad! Film de gramática clásica, fuera de onda según los cánones de 1984,

Bajo el Volcán

es, por encima de todo, una lección actoral y un

tour de force

abrumador de Albert Finney, su personaje un dipsómano terminal que dimite de la vida pero a quien el alcohol no diluye sus principios: el eje que lo articula todo. Vaya un trago por él y por Huston, y otro por esta edición que adjunta libreto y bien pertrechado DVD extra. Y otro por mí, qué coño.

EL MUNDO CONECTADO

Rainer Werner Fassbinder

Avalon

No deja de ser curioso que quienes más despotrican de las películas que se facturan en Hollywood—las palomiteras, digo—, sean los seguidores del cine pongamos que de vanguardia, ése que se proyectaba en cinematecas cuando estas existían, y no tiendan a denostarlo precisamente quienes hacen, o hacían, ese cine de fumar en Sartre y leer a pipa. Paradigma del cineasta de alta densidad intelectual, artífice de películas de combustión lenta y efectos prolongados, el malogrado R.W. Fassbinder nunca abominó de Hollywood; todo lo más, lamentaba que “

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el método americano de hacer películas prime las emociones y nada más”. Otrosí: “Me gustaria hacer películas de Hollywood, maravillosas y universales, pero no tan hipócritas

”. La aparición en doble DVD de

El Mundo Conectado

, una miniserie de ciencia ficción dirigida para la televisión en 1973, admite una interesante comparativa entre el demonio hollywoodiense y lo que él epitomiza: está basada en

Simulacron-3

, novela de 1964 que no he leído y en la que también se inspiró, 35 años después, la (entretenida)

Nivel 13

, y huelga decir que, intríngulis argumental aparte, la distancia entre ambos films es la que hay entre Joyce y Dan Brown. Dejo al lector el pasatiempo de buscar las diez diferencias, o las cien, o las mil; por razones de espacio, lo que toca decir es que la película se anticipa varias décadas a

Matrix

y

Nivel 13

en su conjetura de una realidad virtual indistinguible de una realidad ‘real’ que puede que no lo sea; que su ambientación setentera, de puro anacrónica, resulta futurista; que R. W. era un director bastante más dinámico de lo que tú te piensas, gañán, y que nadie sabe en realidad si acaso Platón no comería palomitas en su caverna.

PACK SCHLÖNDORFF X SCHLÖNDORFF

Volker Schlöndorff

Vértice Cine

A lo largo de la década de las megapatillas y los pantalones de campana, el conocido como

Neue Deutsche Kino

(nuevo cine alemán) prácticamente se sostuvo en el trípode que formaban Fassbinder, Herzog y Wenders; Volker Schlöndorff, relativamente menos conocido en términos generales, vendría a ser su hipotética cuarta pata. R.W. estiró la suya por sobredosis en 1982, oficioso toque de difuntos del movimiento, y ahí quedó la cosa, menos coyuntural y circunscrita al territorio alemán de lo que pueda parecer. Centrémonos en Schlöndorff. Su momento álgido con toda probabilidad sea

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El Tambor de Hojalata

, ganadora del Oscar en 1979, pero ya antes observaba Volker un señor carrerón: ayudante de dirección de Resnais, Malle y Jean-Pierre Melville y responsable, entre otras, de las dos películas que ahora explico.

El Joven Törless

, de 1968, es su primer largometraje, un estudio sobre las relaciones de poder y dependencia, la crueldad inherente al ser humano y la tentación del fascismo. Se centra la historia en las perrerías y humillaciones que dos cadetes militares infligen a un tercero, más débil, a las que éste se somete so pena de que los otros hagan público un robo cometido por él; un cuarto cadete, testigo pasivo, se debate entre la culpabilidad y la fría curiosidad malsana y es que es para liarse a bofetadas con todos. Debut de aúpa. Merecería remake de Haneke. Schlöndorff rodaría siete años después

El Honor Perdido de Katharina Blum

, basada en la novela de Heinrich Boll: la Blum del título, joven fámula de buen ver, las pasa canutas y ve su nombre arrastrado por el fango tras una noche con un mocetón que resulta terrorista en busca y captura, convirtiéndose ella en carnaza de prensa sensacionalista y sospechosa de terrorismo chic en la onda de la R.A.F., grupo con el que Volker simpatizaba y le pusieron a parir por ello.

JESÚS BROTONS