Noisey

Los documentales musicales están matando tu relación con la música

En principio la idea es buena: explorar e investigar a fondo a un artista, una escena, una cultura musical, pero...
6.4.16

Dave Grohl. Foto vía.

Síguenos para descubrir tu música favorita

Hace años, hace muchos años, antes de que el mundo fuera mundo, antes incluso de que existiera Bandcamp, mis amigos y yo fuimos al estreno del documental American Hardcore. Jóvenes, arrogantes y empollones del género como éramos, la hora y pico que dura la película nos proporcionó un par de meses (ehem, años) de quejas sobre los errores de planteamiento y la distorsionada perspectiva sobre la que estaba construido todo el asunto. La cosa nos pillaba de nuevas, en parte porque no éramos tan listos como nos creíamos y en parte porque aún no éramos realmente conscientes de hasta dónde llegaba el fenómeno, pero aparte de eso nos chocó sin duda la cantidad de puretas con camisetas de Minor Threat que no habíamos visto en la vida en ningún concierto ni tienda de discos. Esto fue solo el principio, un síntoma de lo que estaba a la vuelta de la esquina.

Publicidad

En principio la idea es buena: explorar e investigar a fondo a un artista, una escena, una cultura musical…y producir un documento audiovisual sobre el tema, que presente, explique y aclare las cosas para los neófitos y/o profundice en lo que ya saben los conocedores del tema. A veces incluso pueden llegar a combinarse ambos aspectos, generalmente cuando la historia ofrece algún tipo de contenido más allá de los datos y las cronologías estrictamente musicales, que hace del documental algo disfrutable incluso por los que no tienen ni idea ni quieren tenerla acerca del tema en cuestión. ¿A cuanta gente conocéis que haya alucinado con The Ballad of Genesis and Lady Jaye? ¿Cuántos de ellos han tenido interés en escuchar Force Thee Hand Of Chance? Pues eso.

Como tantas otras cosas, la producción de documentales musicales se ha beneficiado de la democratización en el acceso a los medios de producción y distribución: en 2016 es relativamente fácil conseguir el equipo necesario para filmar y montar un documental, y posteriormente organizar una distribución vía internet, con su posterior exhibición en espacios de todo el mundo o mediante streaming, y todo ello por supuesto respaldado por la mendicidad 2.0 que es el crowdfunding. ¿Cómo si no íbamos a poder hablar de un documental sobre algo tan reducido y específico como, por ejemplo, la escena hardcore de Cleveland de los años 90? Esto ha derivado en un verdadero alud de producciones sobre las cosas más insospechadas y rebuscadas. La versión post-adolescente (la inmediata y cronológicamente post-, digo, la otra está leyendo esto) de más de uno de nosotros hubiera salivado durante horas ante la perspectiva de poder ver documentales sobre The Pop Group, los primeros días de la música industrial, el black metal noruego o el Wigan Casino. Hoy en día, todo eso es posible, pero no tengo claro que sea algo necesariamente bueno.

Rodriguez en "Searching for sugarman"

Un vistazo rápido a la mayoría de documentales, desde los más masivos a los más minoritarios, nos ofrece unas perspectivas muy feas de la música. Está claro que no sorprende que estén hechos a mayor gloria de la figura en cuestión, al fin y al cabo de eso se trata, pero en el alud de cine documental musical de los últimos años hay una preocupante tendencia generalizada a la nostalgia barata, al revisionismo histórico, siempre escrito bien desde la grandilocuencia que nace según la máxima orwelliana acerca de quién escribe la historia, bien desde el resentimiento que ciega a los "perdedores", a los que "podrían haber sido más grandes que los Beatles". Algo que ha hecho que el género cale muy hondo entre la gente, siempre fácil de atacar por la vía sentimental, y sobre todo la gente de ámbitos, ehem, rockeros, dado el bajísimo nivel de relevo generacional y por tanto la tendencia generalizada a relacionarse con la música a través de la añoranza y la naftalina.

Por otra parte, es habitual que estos documentales se presenten como "la última palabra", "la opinión definitiva" acerca del tema en cuestión. Está filmado y sale fulano de tal hablando, por lo tanto nada ni nadie te va a poder descubrir nada más sobre el asunto que la peliculita de turno. Tu amigo, el que lleva veinte años coleccionando discos y fanzines y yendo a conciertos religiosamente, de golpe pasa a tener una opinión sobre el tema cuanto menos discutible, porque él no ha visto la peli. En cambio, tu otro amigo, el que se pasó hasta los 40 años siendo fan de Nirvana y en los últimos tres años se ha reciclado en graduado en underground, sí es un auténtico connoiseur, porque además de haber visto el documental, ya ha hecho el pre-order de la reedición de turno en vinilo de 800 gramos con dos discos más de material extra. La imagen en movimiento vale más que mil palabras, y el cine documental actúa a menudo como formador y homogeneizador de opinión en un campo, el de la música, en el que la subjetividad a menudo se confunde con la manipulación y el desconocimiento.

Imagen del documental "The ballad of Genesis and lady Jaye"

Vivimos en una era en la que es más fácil que nunca acceder a la información pero paradójicamente también es cuando menos curiosidad activa demuestra la gente, con lo que el que se les presente una versión de consumo rápido y fácil de un trozo de historia resulta demasiado cómodo y tentador. Esto no solo termina por contribuir a matar la curiosidad, las ganas de investigar y descubrir por un mismo -y más ahora que, gracias a internet, puedes ahorrarte pasos en falso como comprarte discos malos a ciegas-, sino que además, asociado a la tendencia a la naftalina ya mencionada, genera una sinergia extraña que conforma el modo de relacionarse con la música de muchas personas: una especie de bucle eterno que en el que los documentales sobre música de hace 40 años, las reediciones, y la conformista vagancia cultural se retroalimentan. Y en medio de todo Dave Grohl, sonriendo bobaliconamente hasta el fin de la historia.

Dice David Lynch que recuerda perfectamente la noche de la mítica actuación de Elvis en el programa de Ed Sullivan, pero que por un descuido se perdió la actuación propiamente dicha. A pesar de eso, precisamente por eso, su cerebro hizo de ello un acontecimiento mucho más importante por cómo lo imaginó.Y es que al final la música, sobre todo la música de mierda que escuchamos algunos, es en gran parte todo lo que no es música, la circunstancia y el misterio que la pueden rodear, cómo sorteamos ese misterio, y las imágenes que construimos en torno a él.A menudo nos encontramos con documentales hechos con más cariño y voluntad que habilidad y medios, trabajos claramente llevados a cabo por amorosos fans, pero que a cualquier observador externo le dejan claro que tratan de artistas que pueden tener uno, dos o diez discos buenos, pero no historia ni trasfondo como para justificar el dedicarles una hora y media de película. Da la sensación de que hay un ansia por ser diseccionado en público e inmortalizado en vídeo a cualquier precio, como si fuera el paso que legitima a un artista ante los ojos del mundo. Del documental a la reedición y de ahí a la gira de macrofestivales (fenómeno este último cuyo auge ha sido paralelo al boom de los documentales, algo digno de estudio, la verdad). La cadena alimenticia de la música entendida como espectáculo, accesorio comercial y estrategia de marketing, el final del misterio y del descubrimiento a golpe de curiosidad, atención y mimo.