Sexo

Fotos de la vida en los clubs de striptease de Atlanta

Quedamos con el fotógrafo escocés Ivar Wigan cuya serie fotográfica The Gods se centra en la cultura y la comunidad del hip-hop del sur de Estados Unidos.

por Karley Sciortino
26 Mayo 2016, 3:00am

A muy pocos fotógrafos se les permite usar la cámara en el interior de los clubs de strippers o retratar a la banda afroamericana de los Bloods durante sus juergas, pero parece que Ivar Wigan quizá por su encanto escocés siempre tiene las puertas abiertas.

Su serie fotográfica The Gods es una celebración de la cultura del hip-hop y del sentimiento de comunidad que gira en torno a este género en el sur de los EUA. Tomadas principalmente en Atlanta, Nueva Orleans y Miami, las fotos de Wigan son provocativas y emanan cierto aire cinematográfico, mostrando la cultura urbana con una mirada íntima y de admiración.

Todas las fotos por Ivar Wigan

Wigan nació en Escocia y se crió en Londres. Su ávida aproximación a la documentación me trae a la memoria un fragmento del libro Sobre la fotografía, de Susan Sontag: "El fotógrafo es una versión armada del caminante solitario que acecha en el infierno urbano reconociendo el terreno, el paseante de mirada indiscreta que reinterpreta la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos. Adepto al placer de observar y dotado de gran empatía, este paseante encuentra 'pintoresco' el mundo que le rodea".

The Gods tiene puntos en común con la obra anterior de Wigan, como la exploración del África tribal, la escena dancehall jamaicana y las imágenes de sus extensos viajes por toda Sudamérica. Actualmente, la serie está expuesta en Little Big Man Gallery (Los Ángeles) hasta el 19 de junio.

VICE: ¿Por qué gran parte de esta serie se desarrolla en el interior de clubs de striptease?
Ivar Wigan: Todos los personajes retratados pertenecen al mundo del gangsta rap, una cultura en la que estos clubes son un lugar de reunión habitual, casi como si fueran una iglesia. Mucha de la actividad, por tanto, ocurre en su interior. Allí se reúnen todos, los raperos pinchan sus nuevos discos y los mejores DJ del hip-hop tienen su residencia. Además, muchas mujeres de esas comunidades sueñan con poder bailar en uno de esos clubs. En Atlanta, por ejemplo, ser bailarina de Magic City implica gozar del respeto y la admiración de todos, porque esas chicas ganan más dinero que el resto de la gente de su entorno. La mayoría de las veces tienen solo 21 o 22 años, pero pueden ganar fácilmente 5.000 dólares por noche. Tienen coches flamantes y todo eso. Muchas chicas no ven el momento de cumplir los 19 para poder sacarse la licencia de baile. Luego, claro, los chicos quieren salir con bailarinas y que les vean con ellas.

Me alegra oír eso, porque por lo general, incluso en ciudades más tolerantes como Nueva York, se sigue estigmatizando mucho a las mujeres que se ganan la vida desnudándose en público, incluso cuando aseguran hacerlo porque les gusta.
Sí, en Atlanta no está nada mal visto ser bailarina, pero es cierto que es una actitud que contrasta con la de la mayoría de ciudades del mundo. Yo me crié en Inglaterra, donde los clubs de striptease se consideran antros de perdición a los que van los viejos para vivir una especia de experiencia erótica aséptica. Atlanta no tiene nada que ver: todo el mundo va a los clubs de strippers: parejas... Una vez incluso vi a un clérigo. Ves a grupos de chicas, gente que va a ver el partido de fútbol o de baloncesto o incluso a cenar, porque todos sirven comida. Ya entrada la noche, el ambiente se caldea y todo el mundo empieza a bailar. Como ves, no tiene nada que ver con el concepto de club de striptease en el que solo hay tipos de aspecto siniestro sentados y contemplando a la chica con cara de bobos. Es un ambiente muy animado y mixto, las bailarinas son muy guapas y jóvenes con aspiraciones sanas. Es algo muy característico del sur de EUA, y Atlanta es el epicentro, pero también ocurre en Nueva Orleans, Jacksonville, Memphis y un poco en Miami. Solo en el área metropolitana de Atlanta hay más de 65 clubs.

Los personajes de tus fotografías se presentan como heroicos, casi divinos. ¿Es intencionado?
Sí. Pretendo elevar a personas de la calle al estatus de iconos. Otro fotógrafo podría retratarlos de forma muy distinta, bajo una perspectiva más negativa o condescendiente, o muy política, pero yo procuro hacer que estas personas trasciendan, quiero hacer retratos hermosos de los que se enamoren sus protagonistas.

¿De ahí que hayas titulado la serie The Gods (los dioses)?
De hecho, God es un término de la jerga que se usa para denominar a los más veteranos de las calles, los que han sobrevivido a su paso por la cárcel. Los más jóvenes suelen referirse a ellos como los dioses.

¿Por qué te atrajo esta comunidad más que, por ejemplo, algún otro colectivo de tu Escocia natal?
Bueno, muchos artistas se rodean de estilos de vida o situaciones que les resultan poco convencionales o exóticos para lograr desintoxicarse de los convencionalismos en los que viven inmersos toda su vida y ver el mundo desde una nueva perspectiva.

No es muy frecuente que en los clubs de striptease te dejen hacer fotos, y menos las bandas callejeras. ¿Cómo conseguiste capturar esos momentos más privados?
Viviendo en Atlanta una buena temporada. Cuando llegué, no conocía a nadie. Fui a uno de los clubs porque había oído hablar de ello, y en cuanto aterricé, le dije al taxista: "Llévame al motel más barato". A partir de ahí, empecé a conocer la ciudad, hice amigos y me integré. Pasé más de un año en Atlanta, y durante las nueve primeras semanas no hice ni una foto; de hecho, ni siquiera sacaba la cámara de la mochila. Me limitaba a recorrer la ciudad y a tratar de entenderla desde el punto de vista físico, sus comunidades y sus barrios.

Cuando por fin encontré los clubs en los que quería trabajar, iba todas las noches hasta que me hice amigo de las bailarinas, los de seguridad y los que dirigían el cotarro. Todo se reduce a hacer amistades. De esa forma conseguí formar parte de ese mundo. Solía llevarme el iPad para enseñarles las fotos que hacía, rompiendo así las barreras y dejado que vieran del palo que iba.

¿Definirías tu obra como retrato, documental o ambas?
Nunca he pensado en ello en esos términos. No hay duda de que hay retratos, pero cuando conocía a los Bloods... bueno, uno no siempre tiene oportunidad de salir con los Bloods, así que tienes que olvidarte de intentar controlar la situación y centrarte en fotografiar lo que puedas. Desde esa perspectiva, podría considerarse un trabajo documental. Pero bueno, tampoco intento documentarlo todo, hasta la última verruga. Simplemente muestro mi visión del mundo, de este pequeño trozo de vida que he escogido representar.

Buscaba sobre todo momentos de luz en medio de la tormenta, porque es un mundo muy dramático. En serio, se parece más a la fotografía nupcial: intento entrar en ese mundo e integrarme en la fiesta, vivirla, conocer a todos los invitados y hacer algo que a la gente le guste ver y conservar. Siempre que puedo, regalo reproducciones de mis fotos a los protagonistas. En la serie hay un par de imágenes las que muestran a más gente que no conseguí repartir a todo el mundo, pero en general, todo el mundo quedó muy satisfecho y recibió su copia.

¿Crees que el público blanco está más receptivo a un fotógrafo blanco que retrata la cultura negra?
Diría que no. En Gran Bretaña, no categorizamos a los artistas según su etnia, por lo que la pregunta me parece un poco extraña, ya que implica división. El tema racial es delicado para mí, porque Gran Bretaña es más inclusiva. En muchas fiestas he estado trabajando codo con codo con Wayne Lawrence, fotógrafo de origen caribeño que reside en Nueva York. Somos amigos y solemos opinar sobre la obra del otro. Probablemente sea el fotógrafo afrodescendiente más prestigioso de EUA. Ha recibido incontables premios y reconocimientos. Sigo estando a la sombra de muchos artistas que empezaron antes que yo. En su cuenta de Instagram, Lawrence se define como "un ser humano". Pues así es como me veo yo, también. No creo que el tema de la aceptación de nuestro trabajo por parte del público tenga relación alguna con nuestro color de piel.

¿Qué implicaciones tiene para ti ser un fotógrafo blanco que genera imágenes de un colectivo que no suele tener control sobre el modo en que se les representa?
Creo que, ahora que las redes sociales han cobrado más importancia, todo el mundo tiene un mayor grado de control sobre sus imágenes.

¿Hasta qué punto te preocupa cruzar las fronteras entre la admiración y el fetichismo, la documentación y la explotación?
Para mí, el fetichismo tiene una serie de implicaciones eróticas que no veo en esta serie. Tampoco creo que la fotografía sea una forma de explotación si la intención final es positiva y sirve para generar belleza duradera. ¿Qué mejor regalo que retratar a una persona y exhibirla en la flor de la vida, sacando a relucir lo mejor de ella?

Muchas veces se compara tu obra con la de Nan Goldin, aunque sus imágenes parecen más lúgubres que las tuyas.
Me gusta mucho lo que hace Nan. La conocí en París el año en que empecé en este mundillo. Le compré una reproducción que todavía tengo colgada sobre la cama. Siempre ha sido fuente de inspiración, pero es cierto que su obra procede de un lugar muy oscuro, se ha centrado en temas muchos más turbulentos. Mis fotos pueden tener un lado marginal, pero no veo oscuridad en ellas. Para mí son más una celebración, ahí radica la diferencia. Una de las fotografías más famosas de Nan, por ejemplo, es la de la mano de una víctima del sida en fase terminal cogiendo la de su novio. Es una imagen muy potente y tiene todo mi respeto, pero yo nunca la haría porque no es mi finalidad como artista. Yo busco cosas que celebrar.

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Traducción por Mario Abad.