Ocho horas perfectas

Así viviría Amarna Miller sus ocho horas perfectas

Comida y bebida infinitos, animales exóticos, un castillo hinchable, camas elásticas, aguas termales y una habitación de luces UV y pintura fosforescente. La estrella española del porno sabe cómo divertirse.
2.8.16

Todas las fotos cortesía de Amarna Miller

Conocí por primera vez a Amarna Miller en el festival Resurrection Fest de 2010, cuando todavía no respondía a este nombre artístico y estaba acompañada de la actriz porno Silvia Rubí, lo que podría ser una pista de sus entonces desconocidas aspiraciones profesionales. En cualquier caso, su posterior éxito en el mundo de la pornografía no ha sido más que la punta del iceberg de una carrera profesional en la que no faltan la fotografía, el arte, la producción o el periodismo.

Cuando le contacté para esta entrevista, me respondió desde una granja orgánica de Oregon en la que recibe comida y alojamiento a cambio de recoger frambuesas.

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En su día perfecto no faltan manjares, bebida, animales exóticos, camas elásticas y una habitación de luces UV y pintura fosforescente.

VICE: ¿Cómo empezarías tus ocho horas perfectas? ¿Madrugón o con la calma?
Me levantaría pronto para poder aprovechar bien el día, digamos a las ocho de la mañana. Las sábanas huelen a recién lavado y el pelo no se me ha enredado con la almohada. La temperatura es perfecta y corre una brisita fresca a través de la ventana abierta, que da a un jardín lleno de plantas floreciendo.

Sorprendentemente, mi gato ha aprendido a servirse la comida a sí mismo y no me ha despertado arañando la puerta a las cinco de la madrugada. Además, está especialmente cariñoso y cuando viene a acurrucarse en mi cuello mientras me desperezo, huele a fresas y hierbabuena.

¡Fresas! Espero que no te comas al gato y tengas un buen desayuno en mente.
Un bol con yogurt, frambuesas y miel acompañado de un tazón grande de Colacao. También hay zumo de naranja recién exprimido que se prepararía mágicamente y sin llenar de salpicaduras y pulpa la cocina.

Mientras desayuno en el jardín tumbada en una hamaca leo un buen libro que me haga reflexionar sobre la vida —pero sin ser demasiado sesudo como para que me quede dormida—, por ejemplo el de Neon bible de John Kennedy Toole.

Me siento terriblemente inspirada y cojo un cuaderno para escribir ideas, notas y algo de poesía.

No pierdes el tiempo, eso está claro.
Aprovecho también para pegar unos recortes que tengo por ahí perdidos y acabo haciendo un collage medianamente digno que me mantiene la mar de entretenida.

Por el camino caen algunos porrillos, y sigo pintando yo sola, pensando en mis cosas y reflexionando sobre cómo conquistar el mundo hasta que llega la hora de la comida.

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¿Y no llamas a nadie? Es un día perfecto, quizá es un poco egoísta no compartirlo.
Quedo con mi amiga Amber para charlar y comer en un restaurante de comida india. Pollo korma, arroz basmati, pashwari naan y un mango lassi de postre. Mientras estamos degustando las viandas aparecen todos mis amigos, hasta los que viven en la otra parte del mundo, para darme una sorpresa ¡Feliz fiesta de no-cumpleaños!

¿Fiesta sorpresa con todos tus amigos? Esto se nos va de las manos.
Es que la excusa de ir a comer al restaurante de comida india solo era una vil estratagema engendrada en la mente de mis colegas para poder montar esta fiesta. De pronto, las aparentemente sólidas paredes caen hacia los lados para mostrar que simplemente eran telas pintadas dentro de un escenario ¿Pero cómo no me he podido dar cuenta antes?

Joder, quiero estar invitado en esa fiesta. ¿Qué sucede después?
Mi amiga Élodie ha preparado tarta de cerezas y gofres caseros con chocolate, y Nico Bertrand está por ahí sirviendo té a todo el mundo y pinchando música molona. Mi chico ha preparado una gymkana con pistas, y los premios son viajes a las Bahamas y cursos de buceo en el golfo de México. La gente va disfrazada de cosas inimaginables y alguien me regala mi traje soñado desde tiempos inmemoriales: un disfraz de bola de discoteca.

No pares, por favor. Ese disfraz de bola de discoteca me tiene intrigado.
Los espejos diminutos que cubren el disfraz hacen rebotar los láser de colores por toda la habitación y hay comida y bebida infinita. También aparecen mágicamente un castillo hinchable, muchas camas elásticas y una habitación llena de luces UV y pintura fosforescente. Desfasamos a tope y para acabar, viene una banda a dar un concierto en directo.

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¿Qué grupo querrías que tocara? ¿Tienes en mente alguno en concreto?
Digamos Tame Impala, Future Islands o The Unknown Mortal Orchestra. Y, en ese momento, descubrimos que mi amiga Shinda tiene un necronomicón escondido en la mochila y resucita a los Grateful Dead para que animen el cotarro.

¿Pero cuántas horas llevamos ya?

Es que como me he levantado pronto (¿ves como iba a servir de algo?) todavía no son ni las siete y me queda energía para irme con mi chico a un parque natural increíblemente bonito que está a la vuelta de la esquina. Mientras subimos una de las colinas llenas de flores de colores, me encontraría con algún animal increíblemente difícil de ver (¿Un casuario? ¿Un pangolín? ¿Un pangolín montado en un casuario?) en una postura ideal.

No tengo ni idea de los que es un casuario. Ni un pangolín. Pero te envidio.
Les sacaría unas cuantas polaroids para inmortalizarlos y, mientras volvemos de camino a casa, descubrimos unas aguas termales bien calentitas y nos relajamos mientras nos tomamos una copa. Hablamos de la vida y acabamos teniendo sexo en un sitio muy mullido donde nos podemos quedar fritos justo después de corrernos. Como un cuarto lleno de almohadones con olor a incienso y telas colgadas de las paredes.