(Foto por el cabo Jonathan K. Teslevich, Cuerpo de Marines de EU, víaelDepartmento de Defensa)El otro día recibí un tweet de un güey al que conocí hace diez años en Fallujah, donde trabajaba como reportero para MTV: un joven capitán de la 82º División Aerotransportada quien fue uno de los múltiples elementos de infantería a quienes entrevisté al comienzo de la invasión a Irak. Era un lindo recordatorio del pasado. Este hombre, el Capitán (ahora Mayor) Craig, era divertido, inteligente, profesional, humano. En aquel entonces, yo tenía 25. Él era un par de años mayor. Compartimos café instantáneo una mañana mientras veíamos a sus compañeros jugar tochito entre una serie de tiendas de campaña en una esquina de la base de la 82º, la cual solía ser una prisión iraquí. Era Día de Gracias en Estados Unidos, y mi camarógrafo grabó el juego como algo extra porque era divertido. Era un video que seguro saldría al aire: un grupo de jóvenes norteamericanos atléticos, camuflajeados, tacleando y divirtiéndose entre ellos. Aunque la guerra apenas empezaba, habían pasado sólo ocho meses desde la invasión, ya era difícil capturar aspectos del conflicto que no fueran desoladores. Soldados asesinados en sus rondas, pánico en las calles, artillería pesada en la distancia, y caos por todos lados. Mi camarógrafo y yo no nos dimos cuenta que las tiendas que delimitaban el campo de juego estaban repletas de iraquíes esposados que se congelaban en el frío, tirados sobre la arena húmeda y fría. Recuerdo que un suboficial me tomó por sorpresa cuando llegó encabronado con una mano en su pistola, acusándonos de violar la Tercera Convención de Ginebra, la cual evita que los prisioneros de guerra sean apropiados con fines propagandísticos y/o explotados por la “curiosidad pública”.
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Por favor créanme cuando les digo que mi camarógrafo y yo no habíamos visto a los prisioneros de guerra en las tiendas. Al amanecer, pudimos ver que las tiendas habían sido cocidas contra el frío. Algunos elementos habían recogido a los detenidos durante una operación para buscar armamento en Fallujah la noche anterior. Nadie había notificado a los militares con los que nosotros estábamos. La base de operaciones estaba al máximo, y el pequeño espacio entre las tiendas fue lo más parecido a un campo que pudieron encontrar. Al asomarnos a las tiendas, nos sorprendió ver a todos estos hombres con las cabezas cubiertas, todos lado a lado para calentarse; y el suboficial tenía razón, lo teníamos todo en cámara. En una toma, un elemento de la 82º hizo una clavada digna de repetición, en la que tropezó con la cuerda de un tienda levantando la tela sólo lo suficiente para revelar a los prisioneros ahí dentro. Pero atrapó el balón, alegre e inconsciente de los iraquíes a sus pies.No sabemos si los iraquíes en esas tiendas eran o no insurgentes. Lo único que los hombres de la 82º pudieron decirnos fue que los enviarían a Abu Ghraib para procesarlos. Pero ese cuadro en la cámara me revolvió el estómago: la mirada del soldado, absorta en su touch down, la sombra de esos prisioneros con destino a Abu Ghraib, todo al mismo tiempo. Toda la guerra de Irak en una sola toma: inocencia, confusión, violencia, poder, desorden, alegría, terror, Estados Unidos e Irak. Cuando el suboficial vio el material, la conversación terminó y simplemente tomó nuestra cámara y comenzó a borrar la cinta.
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Mi camarógrafo y yo enloquecimos. Acusamos al suboficial de pisotear nuestros derechos. El suboficial nos acusó de abuso de prisioneros (estos güeyes iban a Abu Ghraib) a través de su filmación. Lo acusamos de intentar manipular la realidad de la guerra. Nos acusó de fabricar imágenes incendiarias para su publicación. Todo eran gritos y confusión hasta que el Capitán Craig intervino. Teníamos permiso del batallón para filmar lo que quisiéramos. Cualquiera que fuera el veredicto de la ley internacional, el Capitán Craig dijo que eso recaería sobre nosotros, y no correspondía al suboficial intervenir. El partido terminó de inmediato y los prisioneros de guerra continuaron congelándose bajo el amanecer, sin ser molestados por equipos de filmación y juegos de americano. Caminé de regreso a los cuarteles con el Capitán Craig y le di las gracias. Al no tener miedo de las contradicciones al manifiesto de guerra en nuestro material, nos mostró su carácter.Coloqué al capitán Craig como una estrella en la constelación de actos de valentía de norteamericanos e iraquíes en los años venideros. Era un soldado decente y bueno en una guerra llena de oscuridad. Cuando manejamos de regreso a Bagdad desde Fallujah aquella noche, encontramos vehículos incendiados en la carretera y escuchamos los helicóptero de combate en el aire. Tenía un verdad extraña en cinta y una historia que contar. Tenía 25 años y me sentía lleno de vida.
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Diez años más tarde, cuando recibí el tweet del Capitán Craig, le respondí de inmediato. Me daba gusto escuchar de él después de tanto tiempo. Hablamos de cómo volaba el tiempo e hicimos lo propio para ponernos al corriente. Éramos más viejos, más gordos, más canosos. Él había cambiado la infantería por un escritorio en el Pentágono. Yo abandoné el periodismo, desencantado por el miedo y el control externo que asediaba a los buenos reporteros y los buenos reportajes. Millones de civiles iraquíes se convirtieron en refugiados, casi cientos de miles de ellos terminaron muertos, decenas de miles de norteamericanos regresaron a casa desgarrados por dentro y por fuera, miles no regresarán nunca. Pero la vida en casa seguía su curso, y la guerra también. Busqué algo de información sobre el Capitán Craig en internet, y encontré una foto de él con la pierna amputada en una competencia de Wounded Warrior. No estaba claro si había perdido una extremidad en Irak, en otra guerra, en el ejército, en un mal giro que dio su vida. Lo que hubiera sido, era una lástima. Cosas malas que ocurren a personas buenas, esa fue mi experiencia en Irak, y el Capitán Craig siempre fue uno de los buenos. Qué carajos había ocurrido. ¿Qué diablos nos pasó a todos nosotros? ¿Qué carajos había sido esa guerra?
***
(Foto via Wikipedia Commons)En los años siguientes, yo recordaba la guerra en Irak por las cosas que robaba a las personas. A través de amigos, en su mayoría periodistas, pero también soldados y marines y civiles que había conocido, esa pérdida era fácil de medir. Además de extremidades y vidas, había mucho de lo que los economistas llaman “costos ocultos”. Futuro. Años. Matrimonios. Familia. Salud mental. Disonancia cognitiva. La capacidad para relacionarse con otros. La capacidad para sentir. La capacidad para dormir. Drogas. Alcohol. Desensibilización a través de los medios disponibles. Terapia física y emocional de por vida. Una cruda resultado de condiciones extremas que sólo aquellos que las experimentan entienden. Un distanciamiento de la gente y el mundo que te rodea. Una batalla diaria contra un sinsentido que resuena de formas aterradores en todas las esquinas de su vida. Para mí, eso fue Irak.
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No todos pagaron ese precio. Pero para los que tuvieron que pagarlo, fue un costo muy alto. Mientras hombres y mujeres más inteligentes que yo repasan los hechos de los últimos años y su significado, si es que lo tiene, a mí toda esta matemática me parece un poco sospechoso. La marginalización de los costos ocultos parece enterrar una gran arte de la realidad de esa guerra. No hay manera de comparar el costo de una guerra en términos teóricos y políticos contra el costo de una guerra para aquellos que la libran. La única manera de hacer esto es si tu público no tiene ni puta idea de lo que una guerra significa en primer lugar.Para muchos estadunidenses, éste es el caso, y esto es un gran problema. Están destinados a repetir guerras como Irak por esta misma razón. El servicio militar sigue siendo una experiencia desconocida para la gran mayoría. Es muy fácil abogar por la violencia industrializada si no te afecta directamente, excepto por un sentimiento de orgullo. Pero obligar a desconocidos, nacionales e internacionales, a vivir esta pesadilla es una forma muy desagradable de sentirse bien con uno mismo. Hay mejores formas de elevar el autoestima. Y cuando la realidad contradice esos sentimientos de orgullo, desconectarse de la realidad no es suficiente para hacer que ésta deje de existir.Tres semanas después del comienzo de la guerra, el Proyecto para Excelencia en Periodismo mostró que los norteamericanos se estaban desconectando de la realidad de la guerra. Sufríamos fatiga de guerra. Con los años, esta fatiga sólo empeoró y la desconexión se volvió más aguda. La guerra supuraba. El público ignoraba todo, incluso mientras el número de muertos crecía. Si este décimo aniversario es una de las últimas oportunidades para tener una conversación a nivel nacional sobre el tema antes de que el tiempo lo succione por el pozo del olvido, entonces digamos las cosas como son: la guerra en Irak fue un terrible error, y una trágica decisión. Fue, fundamentalmente, inútil.
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Si lees esto y eres un sobreviviente, perdiste amigos, perdiste partes de tu cuerpo, o perdiste tu cordura, no estoy diciendo que no sea un héroe. No digo que tu vida o las de tus amigos se perdiera en vano. No digo que tu experiencia no tenga sentido para ti y tus seres queridos. Sólo digo que los sacrificios que se pidieron durante la guerra en Irak me parecen haber sido mal manejados en el mejor de los casos, y despilfarrados en el peor.Existe un obligación moral de ver el fracaso de esta guerra. Si no hablamos honestamente sobre Irak, corremos el riesgo de repetir este error. Y Dios sabe que ya hay gente discutiendo todo tipo de opciones futuras como si los países fueran contenido descargable para el siguiente juego de Call of Duty. Estamos, como sociedad, desconectados de la realidad bélica. Qué vergüenza si hablamos de una guerra de esta magnitud cómo otra cosa que no sea algo horrible que devora vidas.No digo que haber reportado en, desde, o alrededor de Irak no fuera una de las más grandes experiencias de mi vida. Me encantó. Hay tanto sobre la guerra que me parece increíble. Fotografiar madres y bombas que explotan es increíble hasta que escuchas los gritos de los sobrevivientes. La guerra en Irak me abrió los ojos, me dejó estupefacto, me dio dinero, y me consiguió mujeres. Después de mi primer viaje, lo único que quería era regresar. Y después, cuando me di cuenta de que la tragedia no tenía fin, que no había mucho que pudiera hacer para detener esta línea de producción de atrocidades, que incluso los mejores reportajes sólo ayudaban a desconectar aún más al pueblo norteamericano, que estas pequeñas guerras continúan y no pueden ser detenidas, tuve miedo y produjo un colapso interno en mí. Al día de hoy, sigo obsesionado con Irak. Apenas entiendo que nada de esto tuvo un puto sentido.***Resulta que el Capitán Craig perdió la pierna en Estados Unidos, una arteria reventada por saltar demasiados aviones durante entrenamiento militar. La cirugía que lo dejó como un guerrero herido no fue resultado de una terrible emboscada o un ataque insurgente como ocurrió tantas veces. Me dio gusto saber que no tuvo que pasar por eso. Muchos quizá no corran con tanta suerte. Sólo espero que, al recordar esto, no les demos más compañía con estas guerras innecesarias. Pero, al igual que con Irak desde un principio, tengo mis dudas.@GideonYago
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