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Cultura

Vodka, pollo y maleteros ardiendo: viajamos al Hollywood de los vídeos de YouTube de rusos

Me fui de vacaciones a Tolyatti, símbolo del bienestar y el progreso soviético que se ha convertido en la ciudad más pobre del país.

por David Merino
18 Noviembre 2015, 4:00am

Todas las fotos por el autor.

Que a los rusos se les va, se les va mucho, es algo que todo aficionado a perder el tiempo con vídeos absurdos de YouTube ha pensado alguna vez. Hostias en medio de la autopista, borrachos a punto de ser atropellados y demás situaciones bizarras al volante, son garantía de éxito viral y han convertido en clásicos a colecciones tipo Meanwhile in Russia , Russian Fails Compilation y casi todo lo que empieza o acaba por "Rusia".

Pero lo que no todo el mundo sabe es que, dentro de este gigante transcontinental, existe un lugar muy concreto que destaca por encima de los demás y que es capaz de sorprender a los propios rusos por su temeridad -sí, todo es una cuestión de perspectiva-. Este epicentro de la locura en la carretera se llama Tolyatti y es "la ciudad de los coches rusos". Como una versión rusa de Detroit, es una urbe gigantesca construida a medida en torno a la fábrica de coches más grande de la URSS. Otrora símbolo del bienestar y progreso socialista, el fin del comunismo y la crisis del sector la han convertido en la ciudad más pobre del país. Y con la falta de alternativas de ocio, una flota infinita de coches viejos y las avenidas enormes del diseño soviético, ha puesto en práctica una fórmula explosiva que hace de este lugar el Hollywood del viral casero.

En un intento por conocer a sus estrellas de cerca, decidí irme hasta allí para experimentarlo por mí mismo y responder, de una vez por todas, a la gran pregunta existencial: "¿Qué cojones les pasa a los rusos con los coches?". Llego un viernes y salgo dispuesto a conocer gente. Me alojo en Avtozavodsky, el distrito próximo a la fábrica de coches y siguiendo la lógica normal-europea intento buscar el centro y preguntar por "zonas de bares". Pero en una ciudad diseñada según el plan urbanístico soviético de microdistritos, la lógica normal-europea no sirve para una mierda. En Tolyatti no hay técnicamente un centro y mucho menos zonas de bares. Las avenidas rectas e infinitas no parecen llevar a ningún sitio y dividen bloques idénticos de edificios grises que se repiten, en un patrón infinito de perfección artificial. Lo que un día fue el orgullo de la república, ahora parece haberle perdido ritmo al tiempo hasta convertirse en el decorado de una película ochentera.

Cada bloque de edificios tiene su supermercado, su licorería y su propia tienda de cerveza de barril a granel, pero pocos lugares en los que reunirse. Sólo cerca del río, encuentro un par de restaurantes-discoteca sin mucho interés, con hombres mayores y chicas espectaculares vestidas como para un programa de Telecinco. A punto de asumir que va a ser la noche, y el viaje, más aburrido de mi vida, descubro que la diversión, en realidad, está fuera. En el parking. Un grupo de rusos gigantes y descamisados celebran un cumpleaños con un altavoz sobre una mesa de picnic. Al acercarme, me ofrecen vodka y pollo. El más grande de todos, con un machete en el cinturón y una cicatriz en el pecho, me dice que es campeón de lucha -"de lucha", así en general- y me invita a subirme sobre la mesa para ver quien es más fuerte. Educadamente, acepto la comida pero no el reto.

Detrás, escucho el chirrido de un coche que derrapa con dos chicas sentadas en el marco de la ventana como en un videoclip de trap. Al verme hacer fotos, se ofrecen a derrapar para mi mientras yo hago de "pica" de referencia y el coche gira a mi alrededor dejando un rastro de humo.¡Acabo de llegar y ya estoy dentro de un video de youtube! El conductor, al que he debido caer bien al ver que era lo suficientemente gilipollas como para ponerme en medio, se interesa por lo que estoy haciendo. Él me habla por primera vez de Boyevaya Klassika , un club de coches antiguos que, según él, son lo que estoy buscando: gente que queda para hacer el loco. "Combate de clásicos", es el nombre del club traducido. A través de VK, el Facebook ruso, me pongo en contacto con ellos y, muy dispuestos desde el principio, me invitan a quedar esa misma tarde.

Me recoge un viejo y enorme Volga ruso con una estrella de Sheriff pintada en la puerta. Conduce Arsentyi, el administrador del grupo en internet y líder de todos ellos en la vida real que, por sí quedaban dudas, se coloca un gran sombrero de vaquero con el logo de los Chicago Bulls mientras me explica que ha quedado con el resto en un centro comercial. En el aparcamiento, los miembros del grupo beben sentados en los capós de sus coches que han personalizado con spray de forma casera y que parecen lucir con orgullo. Si en mi barrio, para molar, te comprabas un monopatín o como mucho una montain bike con marchas, aquí en Tolyatti, para ser alguien, necesitas cumplir dieciocho y hacerte con tu propio Zhigulí, el modelo clásico de LADA.

Me cuentan que hoy es un día especial para Boyevaya Klassika , una especie de rito funerario automovilístico. Uno de los chicos acaba de cambiar de coche y quiere deshacerse de su destartalado Zhigulí. "¿Deshacerse cómo?" pregunto. "Ya lo verás", contesta Arsentyi señalando con la mirada un coche que se acerca. Todos arrancan para seguir al coche en solemne procesión hasta una zona más apartada. Allí, aparcan en media luna, alumbran al unísono con los faros y comienza la fiesta: derrapes, derrapes con un colega en el maletero, con dos colegas en el maletero, con todo el puto mundo encima saltando y un carro de la compra atado al parachoques... Yo, alucinado, no puedo dejar de hacer fotos, cada vez más cerca del coche y cada vez más cerca de protagonizar mi propio Meanwhile in Russia : Español idiota atropellado: un millón de likes.

Afortunadamente, el coche parece rendirse primero y una agónica nube de humo blanco les dice a todos que la fiesta se ha acabado. "Pero si no ha durado una mierda" se queja Arsentyi, que propone cambiar el motor allí mismo por otro extra que, no me preguntes por qué, lleva en el maletero de su coche. Entre todos, vuelcan el Zhigulí a pulso y Arsentyi, con una llave inglesa en una mano y un cigarro encendido en la otra, en una estampa digna de "por qué lo que los hombres vivimos menos", comienza a sacar las piezas una a una. Alrededor, otros coches han ido llegando para hacer botellón en la zona.

Me llama la atención un grupo de gente, algo más mayor, con deportivos espectaculares con pinta de costar muchos rublos -nada que ver con los Zhigulís-. Según Max, un chico que me hace de sherpa por el parking, son algo así como el club némesis de Boyevaya Klassica : "Nosotros usamos Lada, coches rusos de verdad, y ellos son sólo unos pijos con Mustangs, Chevrolets y esa mierda americana". Es la Guerra Fría de los coches, como el combate final de Rocky IV. O estás de un lado o del otro. Al volver, ¡el Zhigulí está ardiendo! Arsentyi, frustrado por no poder cambiar el motor, ha decidido prenderle fuego. Allí mismo, sin más, en el centro comercial. A nadie parece importarle demasiado, así que yo también me siento tranquilamente con ellos a contemplar entre tragos la fogata.

Durante los días siguientes empiezo a quedar a diario con Arsentyi, Max y el resto de sus colegas. Me invitan a sus casas, bebemos Blazer, un licor barato que sabe a Calipo y hacemos el cabra con el coche. Un día, cuando estaba casi convencido de que todo era quemar y joder cosas, me sorprenden invitándome a un recital de poesía en medio del bosque he olvidado decir que Tolyatti tiene un bosque en medio de la ciudad, y no un parque grande, un bosque-. No duramos ni media hora. Se recita por turnos en un ambiente muy respetuoso, pero mis nuevos amigos, que beben mientras esperan el momento de Andrej, un colega poeta, cada vez son más ruidosos y todo el mundo termina por enfadarse. Una amiga -ex amiga- de Andrej, se acerca ofendida para entregarle un poema que acaba de improvisar y que el mismo me traduce en: "Dice que soy un bastardo y que vosotros -me incluye- también". Una forma muy lírica de mandarnos a la mierda.

Por la noche, Arsentyi me cuenta que hace unos días, en su fiesta de cumpleaños, se le fue la mano con el Blazer y acabó robando una barca en el río. A mi, que lo de observador imparcial y lo del cinéma vérité se me da bastante mal, sólo me sale un "te faltan huevos a llevarme allí". Una hora después, tras una caminata hasta un embarcadero improvisado, estábamos remando en medio del río con la luz de mi móvil como único faro. Ahora sí que sí: Russian fail , español imbécil ahogado en el Volga. Otro millón de likes. Cada día hablábamos de la próxima quedada del club de coches. Se había convocado un nuevo evento en VK y estaba levantando mucha expectación. Quemar el Zhigulí había dejado el listón bastante alto y Arsentyi, obligado a superarse, necesitaba encontrar nuevas ideas. "¿Quieres ver un coche volando por los aires?" me dice inspirado. Yo, por si acaso, contesto que, si es desde lejos, sí.

Y por fin, con el fin de semana, llegó el gran día. Era un viernes de verano inusualmente cálido, había luna llena y si el cielo contaminado de Tolyatti nos hubiese dejado, estoy seguro de que hubiéramos visto como las estrellas se habían alineado especialmente para nosotros. "¡Hoy se lía muy gorda!" era la actitud general. El punto de encuentro esta noche es un parking algo más grande en el distrito de Komosomosky, al otro lado de la ciudad. Aunque llego pronto para no perderme nada, varios Zhigulí han aparcado ya buscando la primera fila. Además de los miembros habituales de Boyevaya Klassika, esta vez hay otros conductores de ciudades cercanas -cercanas en la escala rusa- y algunos curiosos con coches no tan clásicos que han decidido unirse también a la fiesta. "No sé quien cojones es toda esta gente" me confirma Max. Parece que el boca a boca ha acabado por desmadrar el evento.

La llegada del coche de Arsentyi es de un épico tal, que ni la de un cuádriga tirada por leones hubiese estado a la altura. Allí, en medio de todos, se baja dispuesto a ejercer como un verdadero Sheriff y desde lo alto del capó dará por comenzada una de las noches más surrealistas de mi vida en la que se sucederán los derrapes, las pelas entre coches "encadenados", las apuestas por quemar Zhigulís y las espantadas de la policía. Todo no es más que el punto de partida de " Tolyatti Adrift (a la deriva) ", un teaser documental (junto con Laura Sisteró y producción de Roberto Castrillo) que puedes ver abajo y aspira a convertirse en largo con el apoyo necesario y en el que, a través de Arsentyi y Boyevaya Klassik , conoceremos como viven los jóvenes de esta ciudad heredada. Un lugar donde un acto descerebrado de destrucción es capaz revelarse como una forma de creación llena de significado. Como la llama viva de una ciudad muerta.

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