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El rey de los carteristas

'El Caracol' es una leyenda entre los ladrones de Ciudad Juárez; ha robado a diputados y policías.

Ha volado carteras desde Guadalajara, hasta Mexicali. Fotos por Alejandro Bringas.

El Caracol es el mejor carterista en Ciudad Juárez. Él ha robado carteras e incluso dinero de un diputado en Sonora, de un federal en Durango, y de un agente encubierto que iba tras él y su banda en Mexicali. Si la mitad de estas historias son verdaderas, entonces él es el mejor en México, aunque sea difícil de comprobar. No hay manera de medir los logros en el robo de carteras, no hay Paseo de la Fama de Carteristas, pero sí hubo un tiempo —según el mismo Caracol— que él fue respetado por la policía, quien le permitía continuar con su negocio sin problemas.

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Me enteré del Caracol después de que me interesé por el robo de carteras: sus historias, su ética, su arte de hacer robo sin violencia. Empecé por preguntarle a gente con vínculos con el crimen organizado con quién debería hablar para conocer más del tema, y desde ex policías hasta vendedores de películas pirata en la calle me aconsejaron acercarme al Caracol, o como se referían a él, el "Rey de los Carteristas".

Le seguí la pista y descubrí que ya se había jubilado, un hombre de tez oscura, mayor de 50 años que ahora administra un comedor para indigentes en la frontera de El Paso. Aún recibe ofrendas de viejos amigos —tanto de policías como de mafiosos— y de vez en cuando los aprendices de carteristas acuden a pedirle consejos.

Fui a visitarlo hace unos meses. Conduje al comedor para ir a conocerlo y platicar con él.

Nos sentamos en una mesa larga de plástico, el único mueble en el comedor comunitario. El lugar sobrevive con las muy pocas donaciones y objetos de la basura. Y la pobreza se hace notar; huele a comida podrida y la puerta de la entrada principal está en terribles condiciones. En el invierno, cubren la puerta con sábanas para vencer el frío. Mientras hablaba con el Caracol, los hombres del comedor se reunieron alrededor, muy atentos a nuestra plática.

Su verdadero nombre es José, (habló conmigo bajo la condición que omitiera su apellido). El origen de su apodo es por su padre, otro carterista de cabello rizado en forma de caracoles. José heredó el cabello de su padre y el talento de hurtar valiosos objetos de los sacos y bolsas de personas.

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José me contó que empezó a robar gente cuando él era un joven a mediados de 1970, y casi siempre trabajó con un equipo. "A veces trabajamos solos, en pareja o hasta cuatro, dependiendo del jale", me dijo. "Uno de ellos es 'el paro', es el que pone a la persona en posición para poder reventarla. El otro es la sombra, es el encargado de tapar que la seguridad no vea el jale. El otro se encarga de reventar a la persona, o sea de hacer el jale y el otro es un paro de apoyo".

Me dijo que podía robar diez mil pesos en un día, pero no usaba el dinero para celebrar sus logros, porque las botellas de whisky y electrodomésticos también los robaba; la mayoría de las cosas son gratis cuando cuentas con el talento de robar con rapidez. En ocasiones cuando fue atrapado, José regresaba los objetos o dinero a la víctima y huía de la situación antes de que los policías llegaran.

No existe el honor entre los ladrones, o por lo menos con los que trabajó José. De las carteras que robaban, la repartición nunca fue equitativa. Si nadie se daba cuenta el Caracol se llevaba más de la mitad del dinero de las víctimas y repartía la mejor cantidad entre su equipo. "No hay honestidad entre nosotros. Ahí es donde vienen los pleitos y los asesinatos entre nosotros".

Los caracolitos en capacitación escuchaban las historias de José. Él los ahuyentó, pero uno de ellos le pidió al Caracol que contara la "historia de los cuatro botones".

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José rio un poco. "Una vez en la central de autobuses, tuve que abrir el abrigo de un hombre, meter la mano dentro de su suéter, desabrochar cuatro botones de su bolsillo y sacar el dinero". Me queda claro que por este tipo de cosas el Caracol es el rey de los carteristas.

Ahora atiende un comedor de indigentes en la frontera con El Paso.

En otra ocasión, fue detenido por supuestamente robar el arma de un comandante de policía de Ciudad Juárez, el oficial le preguntó cómo le había hecho. "Yo le dije: 'No puedo decirte'. Luego trató de esposarme. Me logré zafar, pero ya traía su cartera en la mano. Le dije: 'Comandante, ahí está su cartera, así es como lo hacemos, no hay manera de explicarle'".

José siempre tuvo una relación simbiótica con la policía. Lo detuvieron en varias ocasiones —perdió la cuenta del numero de veces que estuvo en la cárcel— pero una vez que lo conocieron más, él compraba su libertad con una pulsera de oro o un reloj. En la policía local están más preocupados por el narcotráfico y secuestros que con el robo.

La base de operación de José era en Juárez, pero él viajó por todo México; los ladrones que no son atrapados suelen moverse mucho.

"Nos íbamos de aquí a Chihuahua, ahí durábamos dos días, de ahí a Durango, de ahí a Mazatlán a Guadalajara", dijo. "Luego nos íbamos a Mexicali, ahí a veces nos quedábamos una semana porque ahí hacíamos una feria con el robo de pasaportes".

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Su esposa lo acompañaba en estos viajes. Ella también robaba, entraban a tiendas y saqueaban repisas; ella escondía los objetos debajo de su falda. En esa ocasión estuvieron robando en el centro de Mexicali cuando se dieron cuenta de que un hombre joven los seguía. Abordaron un autobús y el hombre siguió tras ellos, José dijo que su esposa le sugirió que le robara la cartera para saber si era policía.

José y su banda se colocaron en sus puestos. Hicieron como que se preparaban para robar a otro hombre que viajaba en el autobús y cuando el agente creía tenerlos en evidencia, el Caracol actuó y le sacó la cartera. "El pobre chota venía viendo para todos lados, como esperando a que hiciéramos algo, a que actuáramos, pero ya habíamos actuado y él ni cuenta. Se levantó y como que quiso sacar su placa y no la encontró. Se bajó avergonzado del autobús".

Los talentos de José lo han hecho un hombre rico. Tuvo propiedades en Juárez y contrató a gente para servir cada una de sus necesidades, pero no era feliz. Se convirtió en drogadicto y se volvió muy violento, incluso intentó varias veces acuchillar a su esposa con "lo que sea que tuviera a la mano: tenedores, cuchillos, lápices. Pobre mujer, era una vida complicada", me dijo, observando sus zapatos como un niño arrepentido.

A finales de los ochenta tocó fondo. "Un día ella me dejó y perdí todo: mi esposa, mis dos casas y mi hija. Terminé durmiendo en la calle, no tenía la fuerza para robar carteras. Vivía de drogas. Para ser específico, vivía de heroína". José vivió en la calle durante una década, hasta que conoció al sacerdote que manejaba el comedor comunitario. "Él salvó mi vida. Él me ayudó encontrar a Jesús".

Ahora José está reformado, el ladrón encontró a Dios, una moraleja que parece sacada de un sermón de misa, que habla acerca del perdón de Dios. Pero esto no quiere decir que no le brillen los ojos cuando habla de su pasado.

"¿Te dije que también le saqué la cartera a un diputado en un mitin político? Junto a diez personas que andaban por ahí. Ahí no necesité sombras ni paros, hay tanta gente que está pelada. El diputado traía un billete de cincuenta pesos entre credenciales y charolas. Ni el jale que me aventé. Fui y le dije: ¿Es suya ésta? Y dijo: 'Sí', y le dije: 'Por favor échele más dinero'. No me dijo absolutamente nada, broder".

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