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Fotos

Randal Levenson: ‘En busca de la chica mono’

Una serie de fotos que incluye al hombre con dos caras, la madre más pequeña del mundo, el niño pingüino, Willie “Popeye” Ingram, y a la emblemática Artoria Gibbons.
7.7.14

La madre más pequeña del mundo y Ed Bennett, Ohio, 1976.

En el proyecto de Randal Levenson, marginados y gente normal se integran a la perfección. Su serie In Search of the Monkey Girl (En busca de la chica mono) se compone de fotografías de monstruos enigmáticos y diapositivas de escenas de sus viajes por Norteamérica en la década de 1970. Entre los sujetos de estudio se encuentran personajes tan ilustres como el hombre con dos caras, la madre más pequeña del mundo, el niño pingüino, Willie “Popeye” Ingram y la emblemática Artoria Gibbons. En 1982, Aperture publicó In Search of the Monkey Girl en formato libro, con un ensayo de Spalding Gray titulado Stories From the 1981 Tennessee State Fair (Historias de la feria estatal de Tennessee de 1981).

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Las fotografías estuvieron esxpuestas en  la Petite Mort Gallery, Ottawa. Nos sentamos a charlar con Levenson sobre aquellos días en la carretera en los que conoció a todos esos freaks y tuvo la oportunidad de retratar su faceta más personal e íntima.

VICE: ¿Qué te ha llevado a realizar este proyecto?
Randal Levenson: Me interesa la forma en que la gente intenta resolver o adaptarse a los problemas de la vida. He utilizado la cámara como instrumento para adentrarme en entornos con los que de otro modo sería imposible o muy difícil interactuar.

Susie Farmer, Cheyenne, Wyoming, 1976.

¿Cuándo empezaste In Search of the Monkey Girl?
En 1971, viajé desde Ottawa a Fryeburg, Maine, para visitar a un amigo, coincidiendo con la feria de la ciudad. Me pasé los ocho días que duró haciendo fotos del ambiente agrícola y carnavalesco de la feria: el ganado y los feriantes que se ocupaban del funcionamiento del lugar. Luego viajé a Topsham, en Maine, para visitar la última feria de la temporada. Esos días dormía y trabajaba en una vieja tienda de campaña de lona que había montado no lejos de la feria.

A raíz de ese primer contacto con las ferias, decidí trabajar en un libro que recogiera imágenes de las gentes y los lugares que encontré durante mis viajes a las ferias. Pronto empecé a centrarme en las personas que trabajaban en esos sitios, y en especial en la parte del negocio que no se ve. La última feria que visité fue la estatal de Tennessee, en 1981. El grueso del trabajo lo realicé entre 1974 y 1978, periodo en que tuve tiempo para viajar gracias, en parte, a un par de becas que me concedieron.

El espectáculo de gorilas del Conde Nichola, en el parque de atracciones de Gooding en Maumee, Ohio, 1974.

¿Cómo describirías tu experiencia con la subcultura circense o de las ferias?
No hay nada de “circense” en las ferias y, de hecho, en general la gente del circo desdeña a los de las ferias. Por otro lado, los feriantes tampoco se relacionan demasiado con los del circo. Son culturas totalmente diferentes. En un circo casi todo el mundo tiene su nómina, pero en las ferias, a excepción de algunos ayudantes, la gente cobra su sueldo en función de los acuerdos privados a los que haya llegado con el promotor principal de la feria.

Emmet, el hombre tortuga, Columbus, Ohio, 1976.

Hay un personaje en el que estoy especialmente interesado: Emmet, el hombre tortuga. ¿Cuál es su historia?
Emmet era todo un caballero, una persona muy especial, probablemente la más noble e inteligente que haya conocido. Al principio me costó acercarme a él y rehusaba la idea de ser fotografiado. Con los años llegué a conocerlo mejor y logré que se abriera a mí y compartiera su historia. Hablamos sobre economía y sobre su procedencia. Me dijo que estaba bastante bien, que tenía varios apartamentos en Alabama con los que obtenía un dinero y que lo de los espectáculos lo hacía para sacar un extra. No estoy seguro, pero creo que muchos de ellos también cobran una pensión por discapacidad. Pero eso no quiere decir que su trabajo no sea extremadamente duro. Todos estaban muy cansados de haber pasado tanto tiempo en la carretera.

El bebé rana (Bebe Grenouille), Hull, Quebec, 1973.

¿Qué opinaban estos artistas de su trabajo?
Para ellos subirse al escenario no tenía nada de emotivo, se trataba simplemente de subir y mostrarse a la gente.

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Su segunda vida se desarrollaba al margen de la feria. Debo decir que todos ellos buscaban desesperadamente formar parte de la sociedad y llevar una vida “normal”: tener una casa, familia, etc. Fuera del escenario eran personas normales y la mayoría eran muy inteligentes.

Stripper de feria, Hermanos Murphy, Fargo, Dakota del Norte, 1977.

¿Cómo describirías tu proceso en relación con la historia de la fotografía documental?
Trabajo con una gran cámara con trípode y una tela oscura. A veces tengo la sensación de estar “inmortalizando” a los que permanecen un tiempo quietos. Diría que Walker Evans ha sido una gran influencia, así como Ansel Adams, con sus libros sobre la técnica de revelado en cuarto oscuro. También Robert Frank, con sus fotografías de la sociedad de EU, y Rembrandt y Goya por las composiciones y la luz de sus obras, y por sus retratos.

Willie “Popeye” Ingram, Maurnee, Ohio, 1975.

Para algunos, especialmente en el contexto de la teoría del arte, la idea de retratar lo “diferente” resulta problemática de base.
¿Lo distinto? Fotografié a esas personas como si fueran gente normal. La mayoría me parecen personas muy nobles. Trabajé con ellos a diario y aprendí a tener conversaciones más profundas y a vivir un poco mejor con mi trabajo en la carretera. También aprendí a usar ejes de coche clavados en el suelo para montar las tiendas de la parte trasera de los escenarios. Eso me lo enseñó Willie “Popeye” Ingram.

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Para muchos de ellos, la principal tragedia de sus vidas no estaba causada por sus aflicciones físicas, sino por el hecho de que estas se transmitirían genéticamente a sus hijos.

Bob y Virginia Melvon, Fargo, Dakota del Norte, 1976.

La mayor parte de las fotografías las hiciste en la década de 1970. ¿Cómo es ser un artista marginal actualmente? Imagino que el circuito cada vez será más pequeño.
Tuve la oportunidad de pasar un tiempo con los tres últimos espectáculos independientes que quedan: Hall & Christ’s Wondercade, el espectáculo de la familia Wanous, en Alabama, y el espectáculo de Whitey Sutton, dirigido por Elsie Sutton desde la muerte de Whitey. Una vez al año voy a visitar a Hall y Christ y al pequeño Pete Terhune y de vez en cuando hablo por teléfono con un par más de artistas. Supongo que muchos de ellos, como Emmet, ya no están.

Anna “Artoria” del espectáculo de Gibbons, Hall & Christ, Lincoln, Nebraska, 1976.

¿Cuáles han sido tus espectáculos favoritos de todos los que has visto a lo largo de los años?
Estos espectáculos entretenían mucho a la gente, más que en el teatro o el cine actualmente. A veces había gente entre el público tan atónita que acababa desmayándose. Normalmente eran mujeres, aunque no siempre. A veces dejaban al público acceder a la parte de atrás. El poder del espectáculo era tal que se establecía una especie de conexión. Recuerdo a un tragafuego que tenía mucho encanto y que también trabajaba en la recepción de una oficina de IBM.

Dark Ride Roughie, King’s Shows, Woodbridge, Ontario, 1974.

Pero yo no lo veía así. Desde mi punto de vista, lo interesante no era el espectáculo en sí. No era como ir a un concierto de Springsteen. Estando con estos freaks aprendí a ver cómo era la gente por dentro y a no quedarme sólo con su aspecto externo. Mi interés por las subculturas nace de una pregunta más profunda, la de saber cómo resuelve la gente sus problemas en la vida. Y todavía hoy tengo esa curiosidad. De alguna forma, la cámara es el pretexto para seguir preguntándomelo.