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odio eterno al fútbol moderno

Against Modern Football, el movimiento que pide un deporte alejado del capitalismo

Haber prohibido a los peores fans que pisen los estadios es un arma de doble filo que el movimiento Against Modern Football espera girar en contra de quienes dirigen este deporte.

por Leander Schaerlaeckens
05 Octubre 2015, 12:10pm

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¿Estáis cada vez más descontentos y molestos por cómo funciona el fútbol moderno?

¿Estáis hartos de que lo que una vez fue un juego de trabajadores se haya transformado en un negocio con un flagrante desprecio hacia los aficionados que lo hicieron grande?

STAND es un nuevo fanzine que representa a los aficionados del fútbol británico que están cansados del juego moderno y que están dispuestos a hacer algo al respecto.

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El movimiento Against Modern Football no es nuevo, pero nadie había capturado aún su esencia y su espíritu tan bien como la revista STAND, que lleva como subtítulo preicsamente Against Modern Football. Cuando salió a la venta en el verano de 2012, el movimiento no era más que una inconexa cri de coeur de los fans de la vieja escuela, quienes al fin tenían voz después de una década de ruido cacofónico.

Durante todo ese tiempo, el movimiento Against Modern Football había sido amorfo: parecía una mancha descontenta difícil de manejar más que una organización formal. A veces, los 'ultras' se escudaban en esta proclama para desafiar las reglas y leyes diseñadas para impedir sus actividades. No fue hasta que apareció un trabajo académico bastante aburrido que el movimiento no empezó a clarificar. Fue de manera muy vaga, pero significó que se extendiera un rumor sobre un mítico libro de reglas secreto.

"No hay nada a lo que puedas pertenecer", explica Bill Biss, el editor de STAND —un término que en inglés también sirve para referirse a las gradas de un campo de fútbol—. "Against Modern Football es más un sentimiento que un movimiento cohesionado. Principalmente es una expresión que se utiliza como muestra de honor por parte de grupos de protesta y fans de varios clubes, y definitivamente está de moda". Resumiendo: podéis identificaros con AMF, pero no os podéis inscribir al movimiento.

La publicación de Biss, STAND, es un "fanzine que ha cogido prestada la esencia de Against Modern Football e intenta recoger por escrito los sentimientos que se esconden bajo esta crítica al juego moderno". El primer número sacó mil ejemplares que se agotaron casi inmediatamente.

Este extraño manifiesto puede entenderse como una especie de rechazo a la modernidad, una reacción a lo que se considera el crecimiento del deporte hacia un producto más artificial y menos popular. Como tal, AMF corre el riesgo de aparecer como una especie de equivalente de la Sociedad de la Tierra Plana, un grupo dogmático y tradicionalista hasta el extremo. STAND, de hecho, sintió la necesidad de abordar esto en su sitio web. "No somos Amish", dicen en su página web. "Nos gusta la tecnología moderna".

Grafiti callejero en homenaje a Against Modern Football. Imagen vía WikiMedia Commons.

Against Modern Football apareció en la Europa continental justo después del cambio de milenio. Un vídeo de YouTube —acompañado, por supuesto, de música Techno: parece que en todos los vídeos de fútbol en YouTube tengan que sonar temas Techno por obligación— capta una serie de pancartas de los 'ultrà', los aficionados radicales al fútbol de Italia, conocidos por su debilidad hacia la violencia y por una profunda desconfianza hacia la autoridad. "No al 'calcio' moderno" llevan escritas la mayoría de pancartas. "No al fútbol moderno."

En términos generales, el objetivo de este movimiento es echar del fútbol a las fuerzas económicas que sin lugar a dudas lo han secuestrado. Para que eso tenga sentido, hay que entender de donde viene el fútbol. Muchos clubes profesionales europeos tienen más de un siglo de antigüedad y fueron fundados por amigos o en clubes sociales y fábricas. Muchos aparecieron y desaparecieron a lo largo del tiempo; los que tuvieron más éxito se fueron profesionalizando gradualmente. No eran franquicias lucrativas cuyo objetivo era ganar dinero en ligas profesionales como ocurre en los deportes americanos.

Pero sólo el año pasado, los diez clubes de fútbol más ricos de Europa lograron generar cerca de 4.450 millones de euros en ingresos. Hace apenas 16 años, los diez equipos europeos más ricos apenas generaron 760 millones de euros entre todos, lo que demuestra el esfuerzo tenaz por exprimir económicamente a los aficionados y a los espectadores de televisión. Hoy, algunos de estos equipos son juguetes de oligarcas multimillonarios; muchos cotizan en bolsa. Casi todos tienen accionistas que les exigen resultados en el campo... y en los balances.

La presión económica convirtió el fútbol de élite en un escaparate. Los estadios se vaciaron de fans apasionados para llenarlos de palcos VIP; los 'ultras' fueron expulsados, las televisiones camparon a sus anchas. En las últimas dos décadas, los precios de las entradas se han multiplicado por diez en la mayoría de las ligas —incluso aunque se ajusten los precios por la inflación—, dejándolos inalcanzables para la base obrera y la clase media. Muchos sostienen que la atmósfera global del fútbol lo ha sufrido.

"Simplemente no me gusta demasiado el fútbol moderno ", dice Radoslaw Rzeznikiewicz, un simpatizante polaco de Against Modern Football y fan del Legia Varsovia. Rzeznikiewicz afirma que no es un ultra, pero explica su actividad como fan irreductible en su cuenta de Twitter @PolishHopper. "No me gustan los nuevos estadios. Viajo mucho por toda Europa para ver fútbol y siempre prefiero partidos en viejos estadios pasados de moda, porque allí se puede oler la tradición. Los nuevos estadios son muy parecidos entre sí y a menudo se parecen a centros comerciales ".

Rzeznikiewicz habla de los "síntomas de fútbol moderno" y lamenta la "demonización" sistemática de los ultras. En Polonia, dice, los políticos demonizan a los aficionados al fútbol para "encubrir todos los escándalos políticos y todos los malos datos económicos".

"Empezaron a multar los aficionados al fútbol por todo", añade el aficionado polaco. "Los ultras fueron tratados como delincuentes muy peligrosos." Todo esto ha ido en detrimento de la experiencia del día de partido, argumenta Rzeznikiewicz: "El fútbol no es el teatro", dice. "Un odio razonable en el fútbol hace aflorar las mejores emociones."

Fans del Deportivo de la Coruña expresan su descontento con los horarios televisivos. Imagen vía WikiMedia Commons.

Sí, el fútbol no es el teatro. Pero liberarse de todo el odio, de los cabezas rapadas, de las bengalas y en general de la violencia, ha sido muy bueno para el deporte. En la década de 1980, habría sido impensable traer a la familia a un estadio inglés; hoy en día lo podéis hacer de manera segura, sentados entre respetables hombres de negocios. Un ejemplo algo extremo de ello es el Camp Nou de Barcelona: prácticamente cada semana el estadio se llena de turistas, especialmente en los partidos amistosos de verano.

Está claro que las familias, los hombres de negocios y los turistas tienden a gastarse más dinero; y esto, en última instancia, es el conflicto central que dio origen a Against Modern Football. Cuando las ganancias se consiguieron gracias a la comercialización adicional, dio la sensación que algo de este deporte se había perdido. Fue entonces cuando los sitios web como SupportersNotCustomers.com comenzaron a aparecer.

En su declaración de los objetivos, el blog holandés De Hekken —que se traduce como en 'en las vallas'— dice que lo que quieren quienes dan soporte a Against Modern Football es simple: "Para poder beber una cerveza [que no está permitida en la mayoría de los estadios], para poder coger el tren para ir a un partido fuera de casa sin entrada [los fans tienen que viajar todos juntos bajo la supervisión de la policía], para poder trepar las vallas [tampoco se permite], para poder ponerse un poco loco y apoyar al club con pasión; esta era la vida real del aficionado".

En general, leyendo los diversos manifiestos (como éste hecho por los fans del MFK Kosice en Eslovaquia), queda claro que el movimiento pretende la reducción de los precios de las entradas; que el alcohol sea permitido de nuevo en los partidos; zonas para poder estar de nuevo de pie en los estadios; que los clubes sean propiedad de los aficionados, o que los aficionados, por lo menos, tengan voz en los asuntos del club; que se respete y se conserve la tradición; y que se dejen aparte los ultras.

"Recibimos una gran cantidad de críticas por querer retornar a los días oscuros de vandalismo y el racismo, a pesar de que siempre hemos dicho que no formamos parte de eso", dice Biss, y añadió que la revista no publicó Against Modern Football como subtítulo en su portada de la sexta edición debido a la reacción en contra de ese lema. "Ellos también deben pensar que nuestros objetivos son demasiado ambiciosos. El fútbol es una parte tan grande de la cultura cotidiana que es fácil menospreciar AMF como una moda inconformista; pero en realidad, cuando hablas con la mayoría de los aficionados te das cuenta de que están de acuerdo con mucho de lo que significa AMF".

En el núcleo, hay ciertamente algo que decir a favor de los principios fundacionales del movimiento —por vagos que sean en ocasiones— en un momento en el que el poder de los grupos financieros que controlan los clubes está alcanzando cotas surrealistas. El Cardiff City galés, un equipo conocido como los 'bluebirds', jugó de azul durante 104 años hasta que en 2012 su nuevo propietario, un multimillonario de Malasia llamado Vincent Tan, decidió "cambiar la marca del club" y ordenó que el equipo vistiera de rojo. En enero, Tan finalmente cedió a la presión de los aficionados y cambió de nuevo al azul después de consultar, según él, a su madre.

La temporada pasada, el Coventry City inglés se trasladó a un estadio diferente en una ciudad diferente —que por cierto está a una hora de distancia de la ubicación original— porque su propietario tenía una disputa sobre el alquiler del campo. Eso, sin embargo, no es tan atroz como lo que le pasó al Wimbledon FC, fundado en 1889 y conocido como los Dons. El club siempre había jugado en el barrio de Wimbledon, en Londres; pero en 2003, después de que la propiedad se resistiera a hacer las renovaciones que el viejo estadio pedía a gritos, y al no lograr encontrar un sitio para un nuevo estadio en su área, el club se trasladó a Milton Keynes, una ciudad sin alma que está 90 kilómetros de distancia, y recibió el nombre de Milton Dons Keynes.

Trasladar un club es una práctica totalmente desconocida en Europa, así que en lugar de ir a ver los partidos, los fans de Wimbledon simplemente fundaron el AFC Wimbledon y volvieron a empezar. Hoy en día, después de haber reconstruido su amado club desde cero, el Wimbledon juega en la cuarta división de fútbol profesional —sólo una por debajo de los Milton Dons Keynes.

Más ejemplos: Malcolm Glazer y sus hijos, los magnates estadounidenses dueños de los Tampa Bay Buccaneers, compraron el Manchester United en 2005 aprovechando que el club tenía muchas deudas. Glazer tiene casi 900 millones de euros en pasivos, y ha drenado cientos de millones desde el club para pagar esa deuda. Algunos fans lo encontraron tan desagradable que fundaron el FC United of Manchester, que ahora es un equipo semiprofesional.

El escudo del FC United of Manchester, el club alternativo fundado por fans del Manchester United. Foto de Phil Noble, Reuters.

Una reacción más común por parte de los aficionados que no toleran las intrusiones de los propietarios es comprar ellos mismos una participación en su club. Esto funciona bien en España, donde el FC Barcelona y el Real Madrid son propiedad exclusiva de los socios: son ellos quienes eligen al presidente del club. En Alemania, por ley, los aficionados deben poseer el 50% más una acción de sus equipos. Como era de esperar, los abonos son asequibles y las relaciones entre el club y los socios son generalmente mejores que en las entidades que son propiedad de magnates.

Esto se puede comparar con lo que le pasó al Rangers FC de Glasgow, de Escocia. El club estaba tan mal administrado que se vio obligado a abandonar la Premier League de Escocia, que durante décadas había dominado junto a sus eternos rivales del Celtic de Glasgow, y a empezar de nuevo en la cuarta división. Como respuesta, sus fans comenzaron el Rangers Supporters Trust, un grupo que intenta hacerse con toda la propiedad del club que les sea posible. Hoy en día, el Rangers Supporters Trusttiene voz en la organización del club; sus miembros afirman que recientemente bloquearon la intención del consejo de usar el estadio del club como garantía para un préstamo.

"Los Supporters ofrecen una plataforma para expresar sus preocupacionesa los fans que sienten ignorados por el club", dice Derek Johnston, del Rangers Supporters Trust. "La RST sondea a nuestros miembros antes de todas las reuniones generales anuales del Rangers FC. Esto nos permite expresar nuestros pensamientos en cada resolución de una manera democrática".

Para hacerse una idea de la forma en que pueden trabajar, consideremos el Portsmouth FC, que fue llevado a la quiebra dos veces por la propiedad antes de que los aficionados compraran el club en abril de 2013. En septiembre de 2014, el club ya estaba libre de deudas.

Por extraño o utópico que parezca, muchos de los aficionados que han luchado contra la mercantilización de su deporte han conseguido el éxito después de movilizarse viendo que sus quejas no eran escuchadas. Y eso es lo que en última instancia es Against Modern Football: recuperar el control del deporte, que los clubes sean para los aficionados. Si los diversos grupos de aficionados y fans están asociados formalmente en este movimiento etéreo, son mucho más que una sola mente.

Hoy, se está formando una red de acción de aficionados gracias a STAND y a otros grupos. Tendrá "objetivos más ambiciosos", según Biss. Se trata, en definitiva, de seguir trabajando para revertir los males que hay en el entorno de los aficionados siguiendo el espíritu de Against Modern Football. Los promotores, sin embargo, son realistas.

"Somos culpables por habérnoslo tomado demasiado en serio, por haber aceptado el hecho de pagar más de 60 euros para asistir a un partido de fútbol con los niños o de tener que gastarse alrededor de 80 para tener una camiseta del club", dice Biss. "Nos quejamos mucho por esto, pero en realidad hemos permitido un montón de cosas que han cambiado en el juego sin decir nada. Ahora estamos luchando de nuevo estas pequeñas batallas", concluye.

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