Soy leyenda: Yelena Isinbáyeva
Foto de Gary Hershorn, Reuters
la zarina insuperable

Soy leyenda: Yelena Isinbáyeva

La zarina del salto con pértiga ha marcado un antes y después en la historia del atletismo. Después de su retirada definitiva tras no poder competir en Río, su legado lleno de récords parece hoy inalcanzable.
17 Octubre 2016, 11:02am

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La serie Soy Leyenda hace su primera parada en el mundo del atletismo y nos centramos en una de las mejores deportistas de todos los tiempos: Yelena Isinbáyeva. Tienes las entradas anteriores de la serie aquí.

Escondida en un edredón

Yelena Isinbáyeva ya no saltará más. Hace pocas semanas grabó un video de su último salto para ejemplificar el final de su carrera deportiva. La atleta de Volgogrado dice adiós a los 34 años habiendo conseguido 20 medallas de oro durante su carrera profesional, repartidas entre Europeos, Mundiales y Olimpíadas. Llegó at atletismo por la puerta grande y en sus dos primeras temporadas como profesional se ganó un puesto en la cumbre gracias a 18 récords del mundo. Ya lo avisó cuando ganó su primer mundial junior apenas seis meses después de empezar a entrenar el salto con pértiga.

Pero tres saltos marcaron su leyenda.

El primero sucedió el 22 de julio de 2005 en Londres. Aquel día se convirtió en la primera atleta de la historia en superar los cinco metros de altura. El segundo fue el que le dio el oro en los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Ese día saltó 5,05 metros y avanzó un paso más en su escalada a lo más alto de la historia del atletismo. Su tercer gran salto, y quizás el más recordado, fue en agosto de 2009, cuando superó los 5,06 metros y estableció su enésimo récord del mundo, todavía vigente.

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Tras su oro en Atenas, nadie dudaba de que la atleta rusa ganaría los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, pero esa final, sin embargo, dejó otra imagen además de su récord de 5,05 metros. La pertiguista rusa se pasó toda la competición envuelta en un edredón blanco.

Nadie sabía porqué lo hacía, pero Isinbáyeva siguió el mismo ritual durante toda la final. Antes de cada salto embadurnaba su pértiga con resina, se llenaba las manos con polvo de magnesio y rezaba, mucho.

Yelena Isinbáyeva durante la final de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 donde no pudo ganar el oro. Esta vez el edredón no le funcionó como en otras ocasiones, pero no era blanco como el de Pekín... Foto de Phil Noble, Reuters

Superase o no el listón, salía de la colchoneta, dedicaba una mirada rápida a los fotógrafos -porque siempre ha sido una diva en los estadios-, y se refugiaba dentro de su edredón. Como si se tratase de un iglú mágico en el que se escondía del exterior, la atleta rusa se regía por rituales y manías repetidas sin descanso. La mayoría de los grandes campeones y genios del deporte son supersticiosos, y esa protección que le daba el edredón era una de las incontables patas en las que basaba su éxito. Ahí solo existía ella y tenía la misma sensación que tienen los niños que se esconden de los relámpagos bajo su manta.

Ese día se quedó sola saltando después de que Jennifer Stuczynski no pudiera superar los 4,80 metros. Yelena siguió con su ritual y pidió que le colocaran el listón en 4,95. La atleta de Volgogrado tenía cinco minutos entre cada salto y los agotaba al máximo. Superó con facilidad ese salto y volvió de nuevo al milagroso edredón. Cinco minutos más y el listón ya la esperaba en los 5,05. Falló, pero cayó a la colchoneta con una sonrisa. Ya era campeona olímpica y aún tenía dos intentos más para escribir un nuevo capítulo de oro en la historia del atletismo.

El segundo intento tampoco fue el bueno y después de hablar unos segundos con su entrenador, Vitaly Petrov, el mismo que entrenó en su día a Sergey Bubka, se volvió a refugiar en su cueva personal. Después de unos minutos cogió por última vez la pértiga y, entre los aplausos del público y su plegaria secreta, superó el listón y marcó un récord olímpico que después de ocho años aún nadie ha podido superar.

El descenso al infierno

La carrera de Isinbáyeva fue viento en popa hasta finales de 2009, cuando su mejora se quedó estancada y vio como perdía campeonatos y no conseguía saltar alturas que antes eran pan comido. La atleta rusa había cambiado cuatro años atrás de entrenador. Cortó toda relación con Yevgueni Trofímov -quién la descubrió a los 15 años tras verse obligada a dejar la gimnasia por su estatura- y se fue con Vitaly Petrov, anterior mentor de Bubka.

Con Petrov lo ganó todo y se convirtió en una de las atletas más conocidas y queridas del mundo. Esto, sin embargo, la obligó a dejar Volgogrado e instalarse en Mónaco para entrenar en Italia. Allí le empezaron a llover los contratos publicitarios y descubrió el significado de ser una estrella. Nunca rehuyó el éxito y, a pesar de que en la pista se refugiaba bajo un edredón, en su vida púbica era portada de revistas y protagonista de incontables anuncios.

Yelena Isinbáyeva celebrando el récord olímpico conseguido en Pekín 2008. Foto de Jerry Lampen, Reuters

A pesar de vivir los mejores años de su vida y ser una de las figuras del atletismo más famosas del momento, algo empezó a no funcionar. En el Mundial de 2009 celebrado en Berlín dio señales de debilidad y, aunque ese año ganó los seis eventos de la Golden League saltando 5,06 metros, tampoco consiguió subir al podio en el Mundial Indoor de Doha.

Yelena comprobó tristemente que no era invencible y estas derrotas significaron un punto y aparte en su carrera. Decidió parar y tomarse unos meses sabáticos de competición. Volvió a su ciudad natal y se reencontró con su descubridor. Trofímov había sufrido una traición casi imperdonable pero acogió de nuevo a Yelena para llevarla al sitio que le correspondía: el cajón más alto del podio.

La zarina de la pértiga regresó a la competición en 2011, ya con 29 años. Todo parecía indicar que llegaba a los JJOO de Londres con grandes aspiraciones al oro, pero cuando el estadio enmudeció para ver saltar a la diosa de la pértiga, ella se empequeñeció y no pasó de los 4,70. Nunca antes un bronce había tenido tanto sabor a derrota.

Yelena Isinbáyeva en un intento fallido durante la final en os Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde quedaría tercera. Foto de Mark Blinch, Reuters

Pero su historia sufrió un duro revés cuando se confirmó que el equipo ruso de atletismo no podría participar en los Juegos Olímpicos. La zarina fue de las voces más criticas con la decisión y llegó a decir que quien ganara el oro en salto de pértiga en Río tendría en sus manos una medalla falsa, porque si ella hubiera participado habría ganado sin problemas. No ha vuelto a competir y después de anunciar su retirada —forzada—, ha sido elegida como una de las cuatro atletas que defienden los intereses de los deportistas en el Comité Olímpico Internacional.

El momento: la última gran victoria

En la vida todo son círculos, y el de Yelena acabó en 2013 a menos de 1 000 kilómetros de donde nació. Moscú fue el último gran estadio que la vio saltar en una competición importante y, como no podía ser de otra manera, se llevó el oro.

Yelena volvió a ser la zarina que tantos corazones había conquistado durante su carrera y encandiló de nuevo a todos sus admiradores al imponerse a Jennifer Suhr, campeona olímpica, y a Yarusley Silva, plata olímpica.

Yelena lo celebró como quien gana su primer campeonato importante. Su primer abrazo fue para su entrenador, el hombre que, cerrando otro círculo, la descubrió y la acompañó en los momentos más difíciles de su carrera haciéndola resurgir cual ave fénix. La atleta anunció que se retiraría para ser madre y aunque después volvió, nadie, y menos ella misma, podía pensar que la de Moscú fue la última gran explosión de alegría que tendría en un estadio de atletismo.

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