El Editorial VICE

Para bien y para mal, el animalismo es la religión de los millennials

OPINIÓN | La conmoción nacional por la perrita Sasha muestra que vivimos en una sociedad sensible con sus animales, pero indiferente con las personas que viven en ella.

Si usaramos hashtags para describir la semana que acaba de pasar en nuestro país, tendríamos que hablar de Chocó, de Buenaventura, de Nairo, de Gaviria, de Trump, de Santos y finalmente también de Sasha, el perro de raza criolla que fue tendencia en las redes sociales, tendencia en la vida de los bogotanos y tendencia hasta en la Policía Nacional, incluido el propio Hoover Penilla, director de la entidad, que terminó comprometiéndose personalmente con el caso.

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El pasado 16 de mayo empezó a circular en Facebook y Twitter el video de un señor que patea en repetidas ocasiones a la perrita Sasha en el parqueadero de un edificio ubicado al norte de Bogotá. El video se esparció como pólvora y llevó a las autoridades a reaccionar muy pronto y emprender la búsqueda del agresor.

Al día siguiente, el caso estaba resuelto: la perrita yacía en manos de la Oficina de Protección y Bienestar Animal de Bogotá y el tipo, que resultó ser el hermano de la dueña, fue sometido a un proceso y ahora enfrenta una multa millonaria e incluso cárcel por maltrato animal.

Semejante eficacia en un país donde esta suele olímpicamente faltar merece una ovación. El rescate de Sasha habría sido imposible sin la difusión masiva del video, sin el cubrimiento de todos los medios y sin el abrumador operativo de la Policía. A esto hay que sumar la indignación: decenas de personas se plantaron frente al edificio de Sasha para exigir su protección, amenazando, incluso, con hacer justicia por mano propia.

"Semejante eficacia en un país donde esta suele olímpicamente faltar merece una ovación"

Y todo esto (salvo la amenaza final, por supuesto) está muy bien: Sasha, como cualquier mascota, tiene derechos. Pero lo ocurrido deja una sensación inquietante: vivimos en una sociedad sensible con sus animales, pero indiferente hacia las personas que viven en ella. O que alguien nos muestre los 22 motines de ciudadanos indignados frente a los 22 hogares en los que, según Medicina Legal, cada día un esposo golpea a su esposa en Bogotá.

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Sí, 22 casos diarios. Y nadie reacciona como reaccionó el país al caso de Sasha.

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Este animalismo consumado, muy de moda, me atrevo a decir, entre los millennials, se desarrolla sobre la base de un argumento difícil de asimilar: para defender esta causa, sus representantes alegan que los animales son especialmente vulnerables, pues no pueden valerse por sí mismos, son seres indefensos que necesitan ser protegidos por alguien más.

Esto quiere decir, si seguimos esta lógica, que los defensores de animales que piensan así ven una diferencia categórica entre la perrita Sasha y, por ejemplo, Claudia Giovanna Rodríguez, la mujer que asesinaron a sangre fría en el Centro Comercial Santafe. O entre Sasha y Yuliana Samboní. O entre Sasha y uno de los 35 miembros de movimientos políticos y sociales que han matado en Colombia desde que arrancó la implementación del acuerdo de paz. Lo ven así, al parecer, porque en cualquiera de estos casos el animal era más "vulnerable" o "indefenso" que la persona. O puesto de otro modo: porque la persona se habría podido defender por sí sola.

Pero preguntémonos: Cuando a uno le ponen un revolver entre un ojo y el otro, o cuando el agresor lo triplica a uno en edad, o cuando dos tipos armados en una moto se le atraviesan a uno en el camino, ¿no está uno en la misma indefensión que Sasha? Es más: ¿No es la indefensión quizás una forma equivocada de juzgar todo esto? No olvidemos algo: muchas de las personas mencionadas murieron violentamente, en parte, porque fueron ignoradas. Ignoradas por los entes estatales y por todos nosotros. Y esto incluye a los defensores de animales. Dejemos entonces de confundir la capacidad de razonar con la posibilidad de defenderse.

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Ahora, ¿no merecen también estas personas la indignación virtual y la movilización del país entero? ¿No merece cada nombre en esta lista un hashtag que dijera #JuntosPor… con una foto simbólica, tal como hicieron con la perrita? ¿Habría sido imprudente pedir una movilización parecida de la Policía en todos estos casos, tuits y videos de Hoover Penilla incluidos? No estamos diciendo que no celebramos el rescate de Sasha, solo que nos cuesta entender por qué un perro no causa el mismo revuelo que tantos colombianos.

"Dejemos de confundir la capacidad de razonar con la posibilidad de defenderse"

Tan recurrente se ha vuelto el fenómeno en este siglo que parecería que los derechos de los animales estuvieran por encima de los derechos de otros. Para la muestra, un botón: durante las protestas antitaurinas, muchos furibundos protectores de los toros terminaron escupiendo y golpeando a algunos asistentes de las corridas. O detengámonos a mirar las abundantes discusiones en redes sociales en las que en algún punto un animalista radical termina diciendo que el ser humano es el cáncer de este mundo, que nos deberíamos extinguir.

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Quizás todo esto tenga que ver con nuestra naturaleza violenta, que nos volvió indolentes frente al dolor del otro. Probablemente esto nos ha llevado a necesitar el sufrimiento de otros seres vivos, como el de un perrito, para que se nos ablande el corazón que se nos endureció a punta de noticieros de las 7.

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O tal vez somos una sociedad a la que definitivamente le quedó grande defender los derechos de sus seres humanos. Nos hemos vuelto una sociedad fracasada que ahora siente que, al menos, debería luchar por defender los derechos de otros seres, como los animales, cuyos casos casi siempre van a ser más sencillos que los de una persona. Se trata, entonces, de pequeñas victorias. Pequeñas, porque no hemos sido capaces de más.

* Este es un espacio de opinión. No representa la posición de Vice Media Inc.


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