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Drogas

La historia de cómo dejé la coca definitivamente

No fue solo porque estuviera cansada de ser un parásito fantasmagórico. Hoy día, la coca no es lo que era.

por Kitty Gray
18 Septiembre 2018, 3:45am

Photo via Flickr User Marco Verch

Han pasado unas 74 horas desde el inicio de un nuevo año. Mi imagen aparece enmarcada por la moldura de latón de un espejo barato en la habitación de un cochambroso hotel. El rímel y la brillantina resbalan por mi cara. A pesar de que ya soy demasiado mayor para esto, siento que me invade de nuevo esa sensación, demasiado familiar y extremadamente estereotípica, mezcla de bajón posfiesta y crisis existencial.

Paso gran parte de la noche en el cubículo del lavabo de The Capital, un establecimiento del centro de Fredericton, en Canadá, que tantas veces he visitado a los veintitantos. El objetivo de la noche, por supuesto, es esnifar tanta de esa farla potente que ha conseguido mi amigo como sea humanamente posible. Tras meterme varias puntas, soy consciente de que mi rechinar de dientes está atrayendo las miradas de la gente, pero a estas alturas no me importa. Le pido un cigarro a mi ex. “No los encuentro. Vete a la tienda, que ahí te darán uno en dos segundos”. Tiene razón. Consigo uno en dos segundos, pero el tipo que me lo da me echa bronca cuando se entera de que mi historia es la misma que siempre ha afectado a la región: dejé la ciudad para mudarme a Toronto hace años. “¡Vosotros sois el problema!”, grita, soltando un escupitajo que se congela en el aire. Hace una media hora que me metí la última punta, así que no es buen momento para charlas.


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Vuelvo corriendo dentro, rescato mi enorme abrigo de la pila que se ha formado junto a la puerta y camino por las aceras cubiertas de hielo y nieve de la ciudad que una vez fue mi hogar. Vuelvo sola al hotel —pese a no tener pareja y tener una habitación doble para mí sola— para lamentar esta y una larga lista de otras pésimas decisiones, la primera de las cuales siempre suele ser la de meterme en el cubículo de un baño.

Lo he intentado dejar. Es verdad, llevo diciendo lo mismo por lo menos siete años. Para mí, la fiesta y la coca siempre han ido de la mano desde que la descubrí. Muchas veces me metía una punta cuando iba a algún evento en el que sabía que me iba a aburrir, ya fuera un sitio en el que hubiera alcohol o música en vivo, o alguien a quien quisiera u odiara. Sin la coca, como habrán dicho tantos otros antes, la fiesta no podía empezar de verdad. Llegaba, buscaba a alguien que pensara como yo y hacíamos un pedido. De repente, la gente volvía a parecerme interesante. Siempre estaba dispuesta a aceptar otra raya más y a quedarme hasta las tantas.

La razón principal es que la coca ya no es lo que era

Cuando sufrí la crisis en Fredericton ya había reducido mi consumo por varias razones. En primer lugar, para la mayoría de gente que conozco, esnifar coca ya no es una prioridad. Muchos de mis amigos lo han dejado por completo o son padres. Por otra parte, debido a que tengo depresión, no llevo muy bien eso de irme a la cama al amanecer. Me quedo tumbada pensando y sintiéndome tremendamente culpable por todo el dinero que he malgastado, las cosas horribles que he dicho, la gente a la que me he tirado sin quererlo realmente, los paquetes de tabaco que me he fumado y, en general, por seguir llevando la existencia de un parásito fantasmagórico.

Pero la razón principal es que la coca ya no es lo que era. Llevo como desde 2010 cortándole el rollo a la gente que tiene a bien escucharme, diciendo que “hoy día” la coca te pone demasiado a tope. Todo el mundo sabe que la coca está adulterada. La cortan una y otra vez. Pero últimamente es cada vez más común que la corten con fentanilo y otros opiáceos. La verdadera razón por la que tengo que dejarla es, curiosamente, que tengo miedo a morir.

El mes pasado, en Toronto, murieron siete personas por sobredosis de drogas que contenían fentanilo o carfentanilo. En Ontario, el fentanilo está matando a más gente que cualquier otro opiáceo, y no siempre se debe a un consumo deliberado: según los informes de los servicios de análisis de sustancias del departamento de salud pública de Canadá, el compuesto se halla en sustancias como la cocaína, la MDMA, las mentanfetaminas, la heroína, la codeína, el alprazolam e incluso en tiras que se venden como si fueran ácido.

Esnifar un grano de fentanilo bastaría para matar a alguien. Pero hay una forma de salvar a alguien que ha sufrido una sobredosis. La naloxona es un fármaco que bloquea los efectos de los opiáceos. En muchos sitios de Canadá, al menos, hay kits de naloxona disponibles gratuitamente (aunque con limitaciones) en farmacias y clínicas.

La verdadera razón por la que tengo que dejarla es, curiosamente, que tengo miedo a morir

Volvamos a la crisis en el hotel. No tenía uno de esos kits a mano y parece que nadie lo tenía. Lloraba porque me sentía culpable. El sentimiento de culpabilidad y miedo no procedían de la propia droga: no me avergüenzo de automedicarme, ni de pasármelo bien, dicho sea de paso. Fue porque no era capaz de quitarme de la cabeza la imagen de mis seres más queridos muertos en el suelo después de meterse una raya.

Y, con sus disfraces tan cuidadosamente creados y fumando esos cigarrillos tan finos, todo un espectáculo. C y su actitud infantil, siempre dando la lata a los demás con su jersey de gatos agujereado. V y su sonrisa imbatible. Varios de mis mejores amigos han sido encontrados muertos sobre un billete enrollado y varias bolsas de plástico que contenían polvos de dudosa procedencia. Aquel cubículo de los baños me ofrecía seguridad. Seguridad en el ritual, en el cambio de cadencia que se produce en la conversación después de haberte metido una punta. Seguridad al saber que guardarás los secretos que la otra persona te cuente, aunque sea simplemente porque te olvidarás de todo lo que te ha contado.

Pero en aquella habitación de hotel, me di cuenta, por primera vez en años, de que no estaba segura. De que, pese a la depresión y su insistencia en hacerme creer que todo sería más fácil si estuviera muerta, yo quería seguir viviendo.

Hace unos meses, fui a un concierto en otra ciudad con un amigo que he tenido desde hace media vida. Preparé el equipaje con un pijama, un par de bragas, unas gafas de sol y una petaca. En mi cómoda guardo una cajita de cristal con varios tesoros y baratijas. Mientras preparaba la mochila, la abrí varias veces. Dentro hay dos recipientes de cobre con mis anillos, varias horquillas y un jaspe rojo, conchas que había recogido durante el verano, un trozo de carbón del desierto de Mojave y una cajita de cerámica con el dibujo de un gato y un gramo de coca dentro. Lleva ahí desde octubre. Varias veces estuve tentada de guardármelo también en la mochila, pero no lo hice.

Ahora, por fin, empiezo a ser la persona que siempre he querido ser

Me subí al coche de mi amigo y durante el camino estuvimos rajando de la gente que conocemos. Me dijo que había encargado algo de coca. Le pregunté si sabía si era buena y me dijo que sí, que se la vendía el excompañero de piso del amigo de su amigo Matt. Que todo bien. Vale. A eso de la una y media de la noche, justo cuando empezábamos a aburrirnos, llego la coca. Hicimos rayas sobre el móvil de mi amigo. Yo me metí solo una punta. Sentí una ansiedad persistente. Me largué del bar y a las 2:30 de la noche ya estaba en el piso de Airbnb, con una porción de pizza con queso y viendo un episodio de Please Like Me.

Mi amigo volvió a las 7:30. Lo oí entrar y me quedé despierta, escuchando su respiración. Por la mañana, le hice un café y le dije que, si hubiera muerto, para mí habría sido un inconveniente muy grande.

Hace poco pasé otro fin de semana en Montreal con mis amigos. Se abrió una botella de rosado. Se sugirió la idea, pero nadie se decidió a hacer la llamada. Por primera vez, no insistí. Nos levantamos a las 7 de la mañana y fuimos a hacer yoga.

Desde la serenidad y una profunda tristeza, anuncio que ahora, por fin, empiezo a ser la persona que siempre he querido ser. Sabía que tenía que dejarlo y por fin lo he logrado. Me siento sorprendentemente bien.

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