La pesadilla inmobiliaria

La pesadilla inmobiliaria del mes: ni dos metros de altura por 98.500 euros

El techo está tan bajo que ni debería considerarse un jodido techo.
18.7.18
Pesadilla inmobiliaria
Foto vía Idealista

'La pesadilla inmobiliaria del mes' es una sección en la que denunciamos los abusos más flagrantes y los pisos más sorprendentes del mercado inmobiliario en España. Si te has topado con algún palacio similar, escríbenos a esredaccion@vice.com.

¿Qué es?: Se trata de un piso de 46m2 con tres habitaciones, baño, comedor y cocina (me temo que estas dos últimas cosas están juntas en un mismo espacio). En las fotos del anuncio se aprecia que el techo está como a menos de dos metros de altura, cosa que hace que el piso sea un sitio poco cómodo.
¿Dónde está?: El piso está situado en el centro de Barcelona, ahí en el antiguo Barrio Chino, justo al lado de la Rambla del Raval y cerca de la avenida Paral·lel. Si has visto el documental ese de Guerín, En construcción, seguramente recordarás esa zona. Ahí al lado están esos pisos nuevos que se construían en la película, esos que simbolizaban un intento de cambio e higienización del barrio y, de hecho, de una Barcelona que quería abrirse al mundo a toda costa. A veces no sé si es divertido o triste pasear por el centro.
¿Qué se puede hacer por ahí?: Tienes dos opciones: 1) beber muy caro, comer muy caro y salir por la noche y dejarte mucha pasta o 2) beber muy barato, comer muy barato y salir toda la noche por menos de 10 euros. El barrio tiene este tipo de contrastes y esto es lo maravilloso.
¿Cuánto cuesta?: Pretenden venderlo por 98.500 euros, cosa que tampoco es excesivo. Lo que pasa es que solo gente muy joven y despreocupada decidiría vivir en este zulo en mitad de un barrio hasta cierto punto conflictivo y todos sabemos que la gente joven y despreocupada no llegará nunca acumular ni tan siquiera una veintena parte de esta cantidad en su cuenta bancaria.

piso pequeno techo bajo el raval barcelona

En un piso del Raval, vivía un tipo. No era un piso húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un piso seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un piso-Raval, y eso significa diminuto.

¿Qué os parece? He cogido las primeras frases de El Hobbit —libro que no me he leído y que creo que nunca leeré— para empezar este artículo sobre un piso muy bajito. Qué genialidad, ¿verdad? Es que, joder, no puedo mirar las fotos de este piso y no pensar en uno de esos agujeros en los que viven esos tipos entrañables de pies desnudos e hirsutos, fumando pipas todo el santo día y maldiciendo que no exista aún YouTube para mirarse unos vídeos bien guapos.

El techo está tan bajo que ni tan siquiera puede considerarse un techo, existe gente más alta que este maldito techo

Si tenemos en cuenta que en el mundo real los hobbits no existen y que los españoles miden de media unos 168,5 centímetros —174 centímetros, en el caso de los hombres, y unos 163 centímetros en el de las mujeres— resultará que este piso es del todo inútil debido a la cercanía que existe entre el suelo y el techo, como si de un submarino se tratara. El techo está tan bajo que ni tan siquiera puede considerarse un techo, existe gente más alta que este maldito techo. El piso este se tornará un tanto incómodo para una gran parte de la población de este país, pues mirando las fotos, juraría que el techo no puede encontrarse a mucho más de dos metros del suelo.

Este no es el sitio en el que uno pueda estirar los brazos y bostezar exageradamente. El tipo que vive aquí debe tener el cuello roto de ir siempre con la cabeza bajada para evitar reventarse su cráneo contra el techo, o eso o se pasa el día caminando sobre sus propias rodillas. Puede que incluso haya urdido un sistema de microlocomoción para moverse dentro de su piso, una especie de monopatín o quizás un sistema de poleas que le permita navegar por la estancia como flotando en posición horizontal, quién sabe.

piso pequeno techo bajo el raval barcelona

El tipo, cuando sale a la calle, siente que los primeros minutos son la hostia; puede erguirse e incluso estirar los brazos y SALTAR. “Saltar”, ese verbo olvidado, en su casa ya no se usa nunca. La felicidad, en su hogar, se manifiesta de formas mucho más sutiles —una sonrisilla, un aplauso, unos golpes con el pie desnudo sobre unos cristales rotos—, en todo caso, nunca se expresa extendiendo las extremidades ni dando saltitos de alegría. Ahí fuera, en la calle, puede volver a ser humano, puede liberar sus músculos agarrotados y sentir de nuevo el movimiento de su cuerpo.

Pero a la larga, a medida que lleva un rato deambulando por la calle, se olvida de que a fuera, en el mundo, no hay un techo y el cuerpo se le vuelve a comprimir. El tipo va siempre inclinado como si estuviera triste pero no, es porque siempre que está en casa va arqueado por el miedo a chocar contra una de esas bigas que coronan el techo de su piso —haciéndolo incluso aún más bajo—. Sus amantes le tocan la cabeza y le preguntan por esos múltiples bultos que tiene en el cráneo. No son bultos, queridas, son chichones de los golpes que se da en casa cuando, por un momento, se olvida de que vive en un zulo.

Para sobrevivir en ese piso hay que meditar mucho y llegar a la conclusión de que la percepción, el lenguaje y su propio cuerpo son también unas cajas en las que está permanentemente encerrado

Es una vida de castración, de cautiverio, de contención. El piso lo comprime hasta que no queda nada de humano dentro de ese tipo. Lo enlata como si fuera una sardinilla. Si no quiere estallar en un aluvión de histeria y rasgarse los tejidos epidérmicos de su rostro, tendrá que meditar mucho y llegar a la conclusión de que la percepción, el lenguaje y su propio cuerpo son también unas cajas en las que está permanentemente encerrado. Este piso es solo una extensión de su condición humana.

Todo está bien, descansa en este pequeño agujero, todo va a salir bien, querido amigo que se ha comprado un piso de mierda en el centro de Barcelona por poco menos de 100.000 euros; la hipoteca podría ser mucho peor, por lo menos aún puede comprarse una pieza de ropa al mes y gastarse lo que le sobra en pan y aceite, la base de su nueva alimentación de hipotecado con bultos en la cabeza.

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