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Repartí Peta Zetas a mis amigos y así fue su sexo oral

"El polvo se fue esparciendo hacia abajo como un afluente explosivo y comenzó a crepitarle la vagina".

por Jordi Llorca
01 Marzo 2018, 7:00am

Montaje con foto modificada de Pixels

El otro día quedé con un colega y llegué pronto por primera vez en muchísimo tiempo —realmente no recuerdo el precedente—. El caso es que mientras divagaba por mis pensamientos avisté una tienda de golosinas de barrio. Entré, y por sorpresa, rememoré una de las experiencias que marcó mi adolescencia: el sexo oral con Peta Zetas.

Una gélida tarde de invierno, mi primera novia me sorprendió con un paquetito de esta golosina tan sorprendente como española. El caso es que recordé que hace unos meses repartí los Halls del sexo a mis amigos para que experimentaran en su sexo oral, y tuve la maravillosa idea de comprar una decena de paquetitos y repartirlos entre gente de mi entorno.

Atentos a los "chasquidos" que va a provocar

Como mezclar comida con “comida” nunca está de más —aunque el picante o el cocido madrileño no son recomendables— , y los Peta Zetas son uno de los elementos de infancia que más nostalgia provoca, rápidamente amigos y conocidos se apuntaron a experimentar este crepitante reto.

AVISO: Los Peta Zetas se componen de caramelo y CO2, por lo que a priori es totalmente inofensivo para… ya sabes, ahí abajo.

El enjambre de abejas asesinas

Ni me acordaba que existían los Peta Zeta, así que cuando mi novio vino con un sobrecito y me explicó el propósito, fue como si me invadieran todos esos personajes de infancia, pero en plan porno. No sé, los de Santa Justa Klan ya creciditos montándoselo con los de UPA Dance en una tienda de chuches bajo la música de Fran Perea.

Nos pusimos al lío. Él me tumbó, abrió el sobre y se metió un puñado de caramelos en la boca. Se escuchaban los estallidos, cosa que provocaba muchas risas. Se puso más o menos serio, dobló el espinazo y empezó a darle con la lengua tan bien como las condiciones podían. Lametones, saliva, caricias, saliva, crujidos, saliva y después mucha más saliva. La verdad es que no noté mucho y cuando le dije que parara, asomó la cabeza como una suricata con un roel de baba roja en su cara a lo Soy una pringada. Me reí mucho.

Me tocaba a mí ejecutar. Intercambiamos las posiciones y había un buen charco rosado sobre la sábana que no había provocado yo, al menos en parte. Agarré la base del tronco y puse una montañita sobre su dedo sin uña. Comencé la felación y se le veía muy excitado, le gustaba la crepitación. Más tarde, me hinqué lo que quedaba del sobre. Creo que me pasé. Digo creo aunque lo ratifiqué cuando exclamó: “¡Es como tener la polla dentro de un enjambre de abejas asesinas!”. En fin, compraremos Peta Zetas en otras ocasiones, pero no para prácticas sexuales.

Adriana, 28 años

El arrollo explosivo

Los Peta Zetas llegaron a mí hace unos días, pero por unas cosas u otras no pude usarlo con mi novia. El caso es que hoy, contra todo pronóstico y con un constipado por el frío siberiano de estos días, subió la temperatura de mi piso más allá de mi fiebre y agarré el sobre.

Cuando las dos estábamos a cien envueltas en un manto febril, lo abrí y le dije: “primero tú y luego yo”. Asintió mientras me puse un poco de caramelos en la boca. “Ahí voy”, susurré mientras esperaba tumbada, impaciente. Jugué con la lengua y deposité un poco sobre su clítoris. Todo iba bien, muy bien.

El caso es que no sé si fue por la fiebre que me nubló la cordura o qué diantres, que después de estar empapadas de saliva y flujo, decidí espolvorear por encima de su sus partes bastante Peta Zetas. El polvo se fue esparciendo hacia abajo como un afluente explosivo y comenzó a crepitarle su vagina desde su clítoris hasta el ano. Fue entonces cuando dio un salto de la cama y se fue directa al lavabo gritando “¡Mi culo, mi culo!”. Juro que me meaba de la risa. Fui a ver cómo estaba y me dijo que me preparara, que me tocaba a mí. En la vida, que estoy enferma.

Eva, 20 años

La circuncisión

El tema es que el sábado estábamos mi marido y yo comiendo en casa con unos amigos, cuando nos llegó esta propuesta y, después de unas cuantas copas de vino, decidimos darle al tema. Echarnos unas risas y, de paso, gozarlo si el experimento resultaba ser un éxito.

El tema es que le puse Peta Zetas directamente en el glande y me metí la polla en la boca y yo sí que note como explotaban, obviamente, pero él me dijo que no sentía mucho. Lo volvimos a intentar con más cantidad, pero tampoco funcionó. Luego probamos a poner primero los Peta Zetas en la boca y meterme la polla. Nada. Se deshacían muy rápido.

Para tener todas las opciones, luego probamos al revés, poniendo los Peta Zetas sobre mi glande, pero si sumamos que ya de por sí no se notaba nada, al hecho de que yo estoy circuncidado, pues peor todavía. Teníamos bastantes esperanzas en que fuera un flipe, tipo una explosión en la polla o cosquilleo, aunque con un poco de miedo, pero al final se quedó en nada. O tenemos dos penes mustios e insensibles o los Peta Zetas no están hechos para nosotros.

David, 25 años

La lúgubre historia llena de rencor protagonizada por el desencuentro entre una niña ilusionada que no pudo superar los perniciosos embates del engaño de la golosina que mintió a toda una generación (según ella)

He odiado los Peta Zetas desde que una vez de muy pequeña me pedí un helado de Mortadelo y Filemón en forma de bomba sin saber que los llevaba y al comerlo pensé que me estaba dando un ataque anafiláctico.

Supongo que no he superado el trauma porque, aunque quise darle una oportunidad a este ingrediente del infierno en la cama, a la hora de la verdad me dio asco, pereza y también, por qué no, animadversión. Oye, mira, no, Peta Zetas, no os merecéis tener sexo conmigo, no después de lo que me hicisteis.

Núria, 27 años

Se me cae la baba

Ni mi pareja ni yo somos entusiastas de la comida mezclada con sexo, salvo aquella vez en Nochebuena, bueno, eso ya es otra historia. El caso es que decidimos probar esto más que nada porque siempre nos han encantado los Peta Zetas, y tanto a mí como a ella nos hacía mucha gracia.

Resumiendo, el resultado fue “meh”. Uno asocia los Peta Zetas con el crepitar y el sabor en la boca pero realmente no sientes lo mismo en tus genitales. Ella casi no notó nada, “a veces parecía como si tuviera piedritas por ahí, pero vamos, básicamente me ha distraído un poco”, me dijo. Yo, en cambio, sí que lo noté pero no fue precisamente positivo. Me encantó el ruido, por ejemplo, pero a nivel táctil lo que notaba era como si me clavaran minúsculos cuchillitos en el glande, como en un ataque de liliputienses, algo que no me entusiasmó demasiado.

Eso sí, el azúcar hizo que hubiera mucha más saliva y que además fuera más viscosa, lo que fue bastante guay. Pero al acabar los dos y tras quedarnos tumbados un minuto en la cama, nos sentíamos tan pegajosos que salimos corriendo hacia la ducha en lugar de abrazarnos ni nada de eso. No creo que lo repitamos.

Juan, 23 años

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