"Somos malas, podemos ser peores": así fue la marcha trans del barrio Santa Fe
La noticia del pasado domingo fue que la carroza de esta comunidad no pudo salir con ellas a la marcha y fue desmantelada. | Todas las fotos por Pablo David. | VICE Colombia. 
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"Somos malas, podemos ser peores": así fue la marcha trans del barrio Santa Fe

A pesar de no contar con su carroza, como habían planeado, las chicas de esta zona de Bogotá asistieron a la marcha del Orgullo más regias y rebeldes que nunca.

Artículo publicado en VICE Colombia.

"¡TRANSFOBIA! ¡TRANSFOBIA! ¡TRANSFOBIA!".

La palabra se escuchaba desde lejos y se repetía a los gritos, entre megáfonos y voces esforzadas, varios metros a lo largo de la Carrera Séptima de Bogotá, entre las calles 34 y 36.

Mujeres con minifaldas, tacones de alturas vertiginosas, labios y pelucas de colores brillantes, líneas eternas de delineador trepadas a sus ojos, medias mallas con diseños elaborados, pelos larguísimos adornados con flores, escarcha en sus cuerpos llenos de curvas, joyas incrustadas en el ombligo, prótesis de tetas protuberantes descubiertas, vestidos pomposos o casi desnudas estaban paradas en plena vía vehicular. Estas eran, eran en su mayoría, las mujeres que repetían el mensaje una y otra vez, cada vez más fuerte, cada vez más furioso.

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Ninguna de ellas parecía tener la más mínima intención de seguir caminando.

Eran casi las tres de la tarde, y las chicas trans del barrio Santa Fe estaban deteniendo toda la marcha del Orgullo LGBTIQ en Bogotá. Alzando con sus brazos lo que ellas denominaron una "muñeca trans": un dummy negro gigante de látex que medía casi quince metros. Las unas se miraban perplejas con las otras, muchas sin saber cómo responder ante la noticia.

Y la noticia era que su carroza, la de la comunidad trans, la que iba a salir a la marcha junto a ellas, por la que varias habían ahorrado hasta meses para alquilar ese día y a la cual le habían conseguido varios permisos que les exigió el Distrito, no iba a poder marchar con ellas hoy. Según varias asistentes, El Distrito les avisó esto faltando diez minutos para que la carroza se les uniera durante la marcha general por la Séptima. La razón que les daba el Distrito es que el vehículo tenía una llanta lisa y así no podía salir.

Sin embargo, minutos después, la noticia se convirtió en catástrofe: no solo iban a tener que marchar sin carroza, a diferencia de tantos grupos que marchaban ese día, sino que les habían robado el sonido dentro de ella, el mismo que le habían pedido prestado a DJ Ficti, el artista que las había acompañado con su música durante toda la mañana durante su jolgorio previo en el Santa Fe.

***

La cita para las chicas del barrio había empezado antes de la marcha general que se reunía en el Parque Nacional, a las diez de la mañana. Entre la Carrera 16 y la Calle 21 se fueron reuniendo mujeres transgénero de la zona, hombres transgénero, mujeres cisgénero que venían a apoyar la marcha. También gays, lesbianas, heterosexuales y varios periodistas que venían a cubrir el evento. Las grandes protagonistas del día, sin embargo, eran las chicas trans del barrio: esta era su zona, estas eran las cuadras donde trabajaban día y noche, esta era la tarima que habían armado para hacer sus presentaciones, esta era la sede de su red. Este era el evento que habían organizado por semanas.

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Y este también era su "transcocho". En una esquina bien visible del evento se fue acomodando "Coqueta", la encargada de servir el sancocho, una de las madres de esta comunidad en el barrio y una de las líderes de la Red Comunitaria Trans, que junto a colectivos como Callejeras y Furia Diversa y Callejera, organizaban el evento de ese día. A su lado una mesa de madera, varios platos desechables, una olla gigantesca de acero, una cuchara de palo y varias de sus "hijas", que la ayudaron a servir el sancocho trans a algunas asistentes del evento, compañeras trabajadoras de la zona y habitantes de calle hambrientos.

Esta era la tercera marcha trans que celebraba la comunidad y la más preparada hasta el momento. El evento dio inicio con actos como el toque de la banda Los Maricas, a lo que le siguió un rato de tarima abierta. Varias personas subieron a presentar desde bailes, pasando por shows bondage o discursos. De vez en cuando, chicas de la red subían para agradecer a la una o al otro con abrazo y beso incluido, o a pedir que estuviéramos “sumisas con el porro y los traguitos”, aunque entre risas también decían: "pero eso sí, sin dejar de ser nosotras”. Por ahí, de vez en cuando, se veía merodear por la zona a la Señorita María, protagonista del famoso documental del año pasado, acompañando la manifestación.

Sin excepción, todas y todos los que pasaban al micrófono repetían una y otra vez el cántico que nos reunía a todos ese día en el barrio: “¡este primero de julio yo marcho trans!”.

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Fueron dos mujeres trans, Marsha P Johnson y Silvia Rivera, las protagonistas de las revueltas del Stonewall Inn, un bar de Nueva York donde se reunían gays, drag queens y mujeres trans, que el 28 de junio de 1969 se convirtió en el epicentro de protestas y el símbolo, de ahí en adelante, de la lucha por los derechos LGBTI en el mundo occidental. La una negra, la otra latina, ambas lucharon con sus cuerpos, con movilizaciones y con sus comunidades por obtener los derechos que a las personas nacidas bajo la normatividad de esta sociedad nos otorgan por el simple hecho de nacer. ¿Por qué no podía ser así para ellas?

Marsha P. Johnson fue asesinada en 1992 en hechos que todavía no se han esclarecido, y Silvia Rivera murió en 2002 luego de estar muchos años como habitante de calle. Esta última, durante las revueltas de Stonewall gritaba: "¡no me perderé de esto, estamos haciendo revolución!".

Y no se equivocaba.

***

La mañana pasó a ser mediodía entre sazón de sancocho de barrio, vestidos brillantes ondeando por el baile, caras pintadas, torsos desnudos, escotes pronunciados, escarcha en las calles, olor a marihuana, tambores, carteles y banderas colgados en las paredes de la zona, curiosos fisgoneando por las ventanas de sus casas desde arriba, con la música de DJ Ficti amenizando toda esa amalgama colorida y diversa, una escena que no era muy atípica en el barrio.

De repente, del cemento de la calle se fue alzando una figura negra, enorme, que parecía ser de látex negro o al menos de algún tipo de goma brillante, un material parecido a la ropa de muchas ese día. El dummy, que medía entre 15 y 12 metros, fue rellenándose de aire, revelando una figura básica de brazos, piernas, cabeza y una entrepierna vacía, misteriosa. Muchas explicaban que la muñeca la hicieron entre ellas y dos artistas berlineses a imagen y semejanza de las chicas trans del barrio, utilizando las medidas a escala del cuerpo de varias de ellas. Sin llegarse a parar nunca, la muñeca trans de látex acompañó a sus chicas durante toda la jornada de ahí en adelante.

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“¡Ya saben, si hacemos algo hay que hacerlo gigante hijueputa!”, gritaba por el micrófono Max, un hombre trans en avanzado estado de embarazado, mientras la muñeca terminaba de inflar.

Cerca de la una de la tarde, con muñeca y los tambores de la batucada feminista La Tremenda Revoltosa a bordo, las chicas del barrio y el resto de asistentes empezaron su propia marcha por las zonas de su barrio.

El Barrio Santa Fe, ubicado en la localidad de Los Mártires, fue autorizado como ‘zona de tolerancia’ o de ‘alto impacto’ en el año 2002. Desde entonces se ha convertido en uno de los epicentros de la transfobia y los transfemicidios, aparte de sufrir un aumento del “microtráfico y la explotación sexual de niños, niñas, adolescentes y mujeres”, según un informe de la Contraloría. Entre 2013 y 2014 asesinaron a 30 mujeres trans en el país. La mayoría de ellas eran prostitutas que vivían en Bogotá. La mayoría de ellas vivían en el Barrio Santa Fe.

“¿Por qué, por qué, por qué nos asesinan, si somos el futuro de América Latina?”.

Los cánticos empezaban a hacerse más fuertes a medida que atravesábamos las cuadras de la zona y se unían más chicas del barrio. Algunas quizá no habían tenido el tiempo, el dinero o el interés para engalanarse ese día; algunas otras habían sacado sus mejores prendas y sus mejores tacones para verse regias y sobresalir entre todo el paisaje ese día en la marcha.

“¡Diversas contra la guerra,
diversas contra el capital,
diversas contra el machismo, contra el terrorismo neoliberal!”.

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La marcha se empezaba a alejar del barrio Santa Fe, su casa de cinco cuadras y una manzana de ancho, para empezar a caminar por la Séptima y alcanzar la marcha del Orgullo general, que ya se agolpaba por toda la Séptima hacia el norte.

Justo antes de dejar el barrio Danny, una de las líderes de la Red Comunitaria Trans, envuelta en un vestido ceñido con un escote profundo que la abrazaba a medida exacta, paró la marcha en una esquina para recordar al menos por unos instantes a varias de sus compañeras muertas, asesinadas en las mismas cuadras que habitaron por tantos años. Muchas de ellas desplazadas por la violencia desde sus lugares de origen hacia Bogotá, muchas de ellas, por no decir todas, dedicadas al trabajo sexual en la zona, con las precarias condiciones que esto implica en este país.

Todas víctimas fatales de crímenes de odio.

“Queremos vida, queremos vivir”, gritaba con esfuerzo Danny a través de un megáfono, que no amplificaba su voz de a mucho entre todxs lxs marchantes. “Queremos cumplir nuestros sueños, queremos luchar y que nuestras hermanas muertas sepan que las que quedan vivas están movilizándose”.

***

"¡Somos malas, podemos ser peores, y si no les gusta se joden, se joden!".

La marcha trans del barrio Santa Fe no solo había llegado a la Séptima, sino que se había tomado la marcha. Detenidas, con varias carrozas de bares gays como El Mozo pitándoles por atrás insistentemente, las cerca de ochenta personas de la marcha se enfrentaban a personas del Distrito, acusándolos de transfobia y pidiéndoles explicaciones por lo sucedido con su carroza. Algunas llamaban apuradas por sus celulares para averiguar exactamente lo sucedido con su vehículo ¿Por qué no iba a poder salir? ¿Por qué lo habían desmantelado? Otras acompañaban la protesta cantando arengas que se respondían entre ellas mismas. Otras simplemente ayudaban cargando su muñeca gigante mientras miraban, contrariadas, a su alrededor.

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Todas permanecían inmóviles. Ninguna tenía la certeza de que su marcha continuaría hasta la Plaza de Bolívar, el punto final de la jornada.

Finalmente, después de lo que se sintió como media hora de confusión, Danny agarró el megáfono:

¡Vamos a seguir marchando todas hasta el final, pues si no nos querían en la Plaza allá vamos a llegar!— gritaba, mientras sus compañeras la animaban con gritos de júbilo: “Las necesito unidas a todas, regias, para cuando lleguemos a la plaza. ¡Sigamos!”.

Y así fue. Con la lluvia en contra esta vez, la marcha trans del Barrio Santa Fe llegó, por fin, a la plaza. Las chicas seguían con sus flores intactas en el pelo, sus vestidos, sus pelos. Quizá un poco más animadas y bullosas que al comienzo por alguno que otro traguito o porrito que consumieron en el camino, pero radiantes. Contra todo pronóstico: contra el clima, contra el Distrito, contra la Policía misma, y a pesar de que ninguna entidad les respondió ese día por lo sucedido (a pesar de estar a cargo del cuidado de las carrozas desde la noche anterior) esta comunidad siguió adelante con su celebración, sacando a relucir una resiliencia inamovible, reforzada a través de los años con cada asesinato, con cada acto de violencia policial, con cada muestra de discriminación por parte de la sociedad bogotana y el Estado, que las sigue manteniendo limitadas a las oportunidades que ofrecen las cuatro cuadras de ese barrio.

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Después de la marcha, Juli Salamanca, una de las integrantes de la red, denunció que lo sucedido en la marcha puso en evidencia que hay “un activismo clasista que se respeta solo si no se nota mucho, porque la apuesta de #YoMarchoTrans incluía trabajadoras sexuales, habitantes de calles, usuarios de drogas y celebraba los cuerpos no normativos”, algo que para ella molesta en muchos espacios. “Es como si el movimiento LGBTI solo funcionara con privilegios y no recibe a las históricamente excluidas”.

Lo sucedido con las chicas trans del Santa Fe ese día puede verse como una analogía y una repetición de lo que sucede con esta comunidad en el mundo y en el país. Un grupo de personas que ha sido históricamente oprimida, a las que le niegan los derechos, a las que excluyen de las políticas públicas, del espacio público de la ciudad, a las que rechazan en la cotidianidad e incluso asesinan por el simple hecho de existir, de ser, como decían tantas asistentes a la marcha ese día. Una comunidad que ha montado su hogar en uno de los barrios más vulnerables de Bogotá, en donde ni allí pueden estar seguras, pero que han hecho de la celebración y la movilización su principal fuente de resistencia, y de cada golpe a su comunidad una herramienta de resistencia y de rebeldía.

Y la diversidad. ese día trans mujeres y trans hombres, negras, trans campesinas, trans de la ciudad y trans de otras ciudades, trans putas y trans activistas, hombres gays y mujeres hétero, todos se reunieron en el barrio Santa Fe a gritar entre todas, todos y todes que ese primero de julio ellxs marchaban trans.

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Marchar con esta comunidad no era solo un acto político lógico, conectado a la historia de la lucha de los derechos mundiales LGBTIQ, sino acompañar y visibilizar uno de los epicentros más claves que alimentan las disidencias y las no normatividades sexuales, de género, de formas de vida y de estilos de vida que hay en la ciudad, y que, cómo lo demostraron esa tarde, sigue más viva que nunca.

Como ellas mismas repiten a diario, en sus calles, con sus voces y en sus vidas: “¡podrán cortar todas las flores, pero jamás podrán acabar la primavera!”.

Algunas imágenes de toda la jornada a continuación: