Ilustraciones por Lia Kantrowitz con fotografías familiares cortesía de la autora

La lucha de mi madre contra la justicia homófoba, el alcoholismo y la depresión

Una historia de amor, adicción, matrimonio gay y perdón.

por Franki Elliot; ilustración de Lia Kantrowitz
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jul. 10 2018, 3:30am

Ilustraciones por Lia Kantrowitz con fotografías familiares cortesía de la autora

Mis hermanos mayores nunca me han contado que, cuando yo tenía diez años, mi madre le propuso matrimonio a su novia. Supongo que será porque yo tampoco he preguntado nunca. Un día de Acción de Gracias, hace unos años, mi madre me dijo: “Un momento, ¿que nunca te he contado esa historia? Pues te la voy a contar ahora”.

Según mi madre, la petición de matrimonio fue más bien como una pelea.

“¿Y BIEN? ¿¡Te vas a casar conmigo o no!?”.

Siempre he admirado lo segura de sí misma que es mi madre. El caso es que se “casaron”, al menos en la medida en que podía hacerlo una pareja de lesbianas en el Chicago de la década de 1990.

“Un trozo de papel y dos anillos de oro. Tampoco significaba mucho”, me dijo encogiéndose de hombros.

Habían planeado una boda por todo lo alto, pero al final era demasiado caro porque ninguna de las dos tenía dinero, así que hicieron algo improvisado.

“Ese fin de semana se celebraba el Orgullo en Chicago y aprovechamos para celebrar una pequeña ceremonia con otras ocho parejas gais”. Mientras mi madre me lo contaba, en mi imaginación veía un pastel de los de supermercado, flores, abrazos y muchas risas. No hubo champán ni alcohol, por supuesto: se habían conocido en rehabilitación.


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¿O se conocieron en el hogar de acogida en el que terminó mi madre tras la terapia de desintoxicación? Esa era otra de las cosas que no sabía con seguridad: cómo se conocieron.

No invitaron a la ceremonia a nadie más que a mi hermana, la única de los cinco hermanos que vivía con ellas y que acudió con sus botas militares. Mi padre la había echado de casa por haberse afeitado la cabeza y haberse presentado al baile de promoción con otra chica. Lo que hizo fue tan escandaloso para una pequeña ciudad de Indiana como la nuestra que aún hoy, una década después, me lo recuerdan.

“Bueno”, le dije a mi madre, “pues deberíais volver a hacerlo. Renovad los votos. Celebrad vuestro aniversario u organizad una fiesta con familia y amigos”.

Se me pasó por la cabeza montarles una fiesta sorpresa. Nunca he hecho nada por mi madre, así que aquella podía ser mi oportunidad. La verdad es que la conocía muy poco... Bueno, la conozco muy poco, que todavía estamos las dos vivas y coleando.

Pero mi madre levantó las manos y, mirando a su compañera, dijo. “Psss. Ella nunca accedería”.

Y su pareja, con la que lleva más de 25 años, no lo negó.


Viví gran parte de mi primera infancia sin saber que mi madre era gay, pese a que compartía cama con su “compañera” en su piso de dos habitaciones. Pese a que colgada en su dormitorio había una bandera del arcoíris gigantesca decorada con pines de triángulos rosados. Pese a que ella y su novia se movían por la ciudad con una camioneta de color violeta. Incluso pese a que de vez en cuando nos llevaban a una iglesia aconfesional en la que dos drag queens impresionantes interpretaban Los monólogos de la vagina durante la cena anual de la comunidad.

Luego también estaba la foto del salón en la que aparecían las dos a punto de besarse. Recuerdo que la observaba muy a menudo, preguntándome qué significaba. Nadie me lo había explicado de niña, y yo simplemente viví normalizando mi entorno.

Ya en secundaria, a veces me asaltaba el pensamiento: mi madre es gay. Y esta es su novia, su compañera. Esta es su mujer, aunque no de verdad, al menos no legalmente. Nunca verbalicé esos pensamientos y tampoco nadie los verbalizó en mi presencia, pero lo sabía.

Fue extraño crecer en los 90 con una madre gay. No conocía a nadie como yo y tampoco era una situación que se viera en la tele como pasa actualmente. Fue la época en la que Ellen DeGeneres marcó un hito en la cultura pop saliendo del armario en la telecomedia de la que era protagonista. Tuvo que pasar un año para que a Laura Dern, que interpretaba a la mujer de la que Ellen estaba enamorada en la serie, le ofrecieran nuevamente un papel en alguna producción después de la escena del beso. Hasta la mismísima Oprah fue duramente criticada por invitar a Ellen a su programa y permitirle decir que no pasaba nada por ser gay.

Cuando me di cuenta de que mi madre era gay, no sentí vergüenza, pero sí pensé que era algo que debía guardarme para mí.

Yo tenía cinco años cuando mi madre se fue. Metió a sus hijos en una furgoneta y cruzó toda la ciudad

Mi hermana, la de las botas militares, siempre se ha referido a mi madre y su compañera como a sus “madres”. Al haberme criado con mi padre, para mí era distinto, y en lugar de tener dos madres, sentía que no tenía ninguna. Consideraba a la compañera de mi madre como una especie de tía segunda. Hasta a mi madre la sentía como a una pariente lejana. Eran dos mujeres a las que veíamos de vez en cuando y que nos llevaban a comer tarta de queso, al zoo o a ver un partido de los Cubs.

Cuando tenía suerte, otras personas llenaban ese vacío: mi abuela, mis hermanas mayores, la constante procesión de empleadas del hogar que se contrataban y despedían en casa o las bienintencionadas madres de mis amigas.

Recuerdo nítidamente pensar lo poco que mis amigas valoraban el hecho de tener a aquellas bienintencionadas madres y en lo afortunadas que eran.

He intentado escribir esta historia un millón de veces, pero me resulta todo muy complicado, muy difuso. Yo tenía cinco años cuando mi madre se fue. Metió a sus hijos en una furgoneta y cruzó toda la ciudad. Recuerdo un detalle de forma especialmente vívida: aparcó frente a un edificio de apartamentos marrones y dijo: “Este es mi nuevo hogar”.

Le he contado mi historia a menos de seis personas y ahora te la cuento a ti.

“Este es mi nuevo hogar”.

No me puedo imaginar cómo tuvo que ser aquel trayecto en coche para mi madre, con los niños en el coche, los más pequeños sin tener ni idea de lo que pasaba. ¿Cuánto duró el viaje? ¿Mil años? ¿En qué pensaba mi madre por el camino? ¿Lloró? ¿Encendió la radio para distraerse?

Yo era demasiado pequeña para darme cuenta de que mi madre llevaba toda su vida lidiando con una adicción; demasiado pequeña para darme cuenta de que había empezado la mudanza a aquel diminuto apartamento desde hacía meses y que tenía intención de contárselo a mi padre durante una de sus sesiones de terapia. Al final, se pelearon y mi madre se fue hecha una furia y le pidió a mi hermana que le dijera a mi padre que se iba para siempre.

“Qué horror, hacer pasar por eso a una niña de 17 años”, me recordó una vez mi madre en una carta.

La razón por la que estábamos en aquella furgoneta, frente a su nuevo hogar, era porque mi madre había decidido, finalmente, estar limpia y recomponer su vida. Durante el proceso de desintoxicación, su terapeuta sugirió que tal vez era lesbiana, pero mi madre lo negó durante mucho tiempo. Decía que no había por donde coger esa idea, que no existían las lesbianas en este mundo.

Aunque no recuerdo entrar en aquel apartamento marrón ese día, sí me acuerdo del viaje de vuelta a nuestra casa, a nuestro callejón sin salida en nuestro agradable barrio de Indiana. Mi hermano y yo estuvimos horas llorando sin parar. Él se comió una caja entera de Oreos y vomitó encima de la cama. Yo me quedé en el salón, mirando por la ventana, esperando que mi madre volviera.

A veces tengo la sensación de que aún sigo esperando.

No necesito a nadie ni nadie me necesita a mí. Esa fue la lección muda que aprendí de mi madre durante la infancia


El día después de contarme la historia de la propuesta de matrimonio, mi madre me sorprendió con un álbum de fotos.

“Es de nuestra ceremonia”.

Las fotos eran muy, pero que muy de los 90. Me quedé a cuadros cuando vi que la novia de mi madre había elegido unos leggings de color rosa y un abrigo negro como “vestido de boda”. Estaba radiante, con su melena rubia y brillante suelta hasta la cintura. Mi madre, algo más tradicional, parecía el novio: llevaba unos pantalones de color caqui, una camisa blanca y un fajín de color espuma de mar. La sonrisa en su cara, el brillo de sus ojos… Nunca los había visto antes.

Observé las fotos durante mucho rato, mientras reflexionaba sobre cómo pueden llegar a afectar 20 años a una pareja. Pensé también que su sangre corría por mis venas y en lo que eso significaba. A veces me preocupo al pensar que lo único que he heredado de ella es su tristeza, su inseguridad, sus miedos irracionales, su incapacidad para intimar con nadie.

No necesito a nadie ni nadie me necesita a mí. Esa fue la lección muda que aprendí de mi madre durante la infancia.

Dejé el álbum y dirigí la mirada a las dos mujeres que había frente a mí, mis dos “madres”, con sus jerséis iguales (azul marino el de una, gris el de otra), sus zapatillas blancas, sus forros polares rojos que consiguieron con el catálogo de puntos de Marlboro. Me pregunté qué significaría para ellas su relación hoy. ¿Seguirían enamoradas, o simplemente se dejaban llevar por la inercia? ¿Valieron la pena tantos años yendo contracorriente?

Sé que nunca voy a ser capaz de hacerle esas preguntas.


El año pasado fui a un cóctel pijo y vi una pareja que me robó el corazón. Eran una señora mayor muy elegante y su apuesto marido. La energía que había entre ellos era como un tarro lleno de luciérnagas en una noche de verano, como la flor que brota de una grieta en la acera.

“¿Cómo puede una seguir enamorada de la misma persona durante tanto tiempo?”, le pregunté, muy seria.

Yo acababa de romper con mi novio y estaba convencida de que nunca más volvería a enamorarme. Ya me parecía un milagro que alguien pudiera llegar a quererme, aunque ese alguien fuera una persona horrible.

La señora elegante se disculpó y siguió paseándose por la fiesta, intercambiando cumplidos con otros invitados.

Yo casi me había olvidado de ella cuando, al final de la velada, se me acercó y me dijo: “Tengo la respuesta a tu pregunta”.

“Elige sabiamente”, me susurró al oído.


Las fechas son algo confusas, pero cuando tenía seis o siete años, mi madre pidió la separación de mi padre y hubo una batalla por nuestra custodia. Él nunca me habló del tema, pero supongo que no le sentó nada bien que lo dejaran por otra mujer.

Según cuenta la leyenda, mi padre desapareció en un instituto psiquiátrico durante una semana y volvió a casa con un montón de monederos y llaveros que había cosido para nosotras durante sus sesiones de terapia. Al menos eso es lo que me contó una de mis hermanas, que recuerda con total nitidez aquellos monederitos. Yo era tan pequeña que no me queda otra que apropiarme de su recuerdo. Es lo que tienen los hermanos, que unos cosen los parches del pasado para los otros.

Cuando pienso en esos monederos, siento vergüenza y una profunda tristeza por mi padre. Por entonces yo pensaba que se había ido de vacaciones a México. ¿Quién me dijo que se había ido de vacaciones?

Mi padre era un tipo violento, ausente y al que sus propios hijos temíamos

Otra de las historias que me contaron fue que el abogado de mi padre hizo una jugada estratégica y pidió que se celebrara la audiencia para determinar la custodia en el juzgado de una pequeña ciudad de Indiana en la que había un juez superconservador. El abogado de mi madre le dijo que ni se molestara en presentarse, siendo exalcohólica, exdrogodependiente y homosexual. Sobre el papel, mi padre era la mejor opción: un hombre blanco con formación, un médico. Sin embargo, mi padre en realidad era un tipo violento, ausente y al que sus propios hijos temíamos. Durante años, dejó sus talonarios de recetas en blanco desperdigados por toda la casa. Esos talonarios eran como un mensaje para mi madre, un mensaje que decía: “No eres lo suficientemente fuerte para dejarme”.

El abogado de mi madre tenía razón: no le concedieron la custodia compartida. Aprobaron un régimen de “visitas limitadas y supervisadas” a sus hijos. Supervisadas porque el juez dictaminó que no estábamos seguros con ella a causa de sus adicciones y su orientación sexual. No conozco bien a mi madre, pero sé que si hubiera estado allí presente ese día, le habría dicho al juez que se fuera a tomar por culo. Yo sigo queriendo mandarlo a tomar por culo.

Tras el juicio mi madre se sintió derrotada, ya pensaba que no merecía a sus hijos y ahora un juez corroboraba ese pensamiento

¿Cómo habrían sido las cosas si nos hubiera tocado un juez menos homófobo, o un padre menos cruel? ¿En qué me habría convertido yo hoy día? ¿En qué se habría convertido mi madre?

En lugar de tomarla con el juez, mi madre se sintió derrotada. Ya pensaba que no merecía a sus hijos y ahora un juez corroboraba ese pensamiento.

No sé cómo no empezó a beber de nuevo.


Sobre mi madre sé dos cosas que entran en conflicto.

Una es que haría lo que fuera para proteger a sus hijos. Cuando yo era muy pequeña, no sé cómo me rompí el brazo. El médico se inclinó para examinarlo y, sin previo aviso, me estiró del brazo muy fuerte para volver a colocarlo. Grité tan fuerte que mi madre le dio un puñetazo.

En otra ocasión, mi hermano estaba jugueteando con la comida durante la cena y mi padre se enfadó y le dio tal tortazo que lo tiró de la silla. Mi madre se puso como una loca y, cuando mi padre se levantó para irse, lo agarró por la espalda y le apuntó con un cuchillo.

“¿¿¿Estás loca???”, gritó mi padre, empujándola.

“Supongo que lo estaba", me dijo años después en una carta, aunque añadió que, según su terapeuta, simplemente estaba ejerciendo su papel de madre.

La otra cosa que sé sobre mi madre es que huía. Desaparecía dejando atrás solo unas cuantas notas y a una familia histérica. Solía conducir tan lejos como podía, generalmente a algún sitio cerca de Indianápolis. Nunca tenía un plan ni aportaba dinero. Todas las veces acababa dándose cuenta de que no podía escapar de sí misma. Al final, se quedaba sin gasolina, buscaba una cabina, llamaba a casa y pedía el número de la tarjeta de crédito para poder llenar el depósito y volver.

Supongo que ese era el problema: mi madre luchaba por sus hijos y huía de ellos al mismo tiempo. Siempre yendo y viniendo.

Su presencia era tan fuerte como su ausencia.

Las opciones eran simples, pero muy difíciles a la vez: abandonar a sus hijos muriendo de una sobredosis o abandonar a sus hijos para intentar enderezar su vida.


No tengo muchas fotos de mi infancia, pero sí conservo tres álbumes con fotos del mismo día. Todos los niños estábamos en el porche de casa, una casa que ya no era la de mi madre. Por aquel entonces, hacer un álbum suponía una gran inversión y un esfuerzo considerable. Había que comprar el carrete, llevarlo a revelar —que no era nada barato— y luego recoger las fotos y aprovechar las que no salían desenfocadas para ponerlas en el álbum y regalárselo a alguien. No recuerdo cómo, pero el caso es que yo acabé con los tres álbumes marrones, titulados “Álbum de fotos” con una letra medio apagada por el paso del tiempo.

En las fotos, mis hermanos y yo aparecemos callados, incómodos, como forzados a posar. Recuerdo que mis hermanas se negaban a sonreír a la cámara. Yo llevaba unos shorts hawaianos y una camiseta de Minnie Mouse, el flequillo cortado a trasquilones y los pies descalzos, como una niña perezosa. Recuerdo a mi madre saludando con un cigarrillo en la mano, apoyada contra el coche de color verde aceituna de mi abuela. Recuerdo su sonrisa, lo buena que era ocultando con ella el pesar que inundaba su corazón.

Años después, mi hermano me contó que aquel fue el primer día que pudo vernos después de la batalla judicial por la custodia. Era su primera visita “supervisada”.

Por eso hay tantas fotos de ese día.


En algún punto, se cambió el régimen de visitas. Empezamos a verla con más frecuencia y vimos que había cambiado. Había empezado su nueva vida como mujer gay y abstemia e intentaba compaginarla con su papel de madre. Una vez me dijo que le gustaría tener una docena de hijos porque quería tratarlos mejor que lo que la trataron a ella de niña su padre alcohólico y su madre, que siempre estaba ausente.

Mi madre reflexionaba sobre sus elecciones, sobre si valieron la pena. Las opciones eran simples, pero muy difíciles a la vez: abandonar a sus hijos muriendo de una sobredosis o abandonar a sus hijos para intentar enderezar su vida.

La culpa nos ha dividido toda la vida como un grueso muro, un muro que me aisló y me hizo cuestionarme mi autoestima desde que tenía cinco años

Lo que creo que no se esperaba jamás era no poder recuperarse del sentimiento de culpa. La culpa nos ha dividido toda la vida como un grueso muro, un muro que me aisló y me hizo cuestionarme mi autoestima desde que tenía cinco años.

Cuando fuimos a visitarla a su apartamento marrón, mi madre había olvidado cómo comportarse con sus propios hijos. Había comprado un periquito con plumas amarillas porque pensó que ayudaría a alegrar un poco el ambiente.

El periquito murió al cabo de una semana. Más tarde, mi madre me confesó que pensó: ¿Cómo voy a cuidar de estos niños si ni siquiera soy capaz de cuidar de un pájaro?


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A los pocos meses de haberse separado de mi padre, mi madre tuvo una recaída en el mismo apartamento en el que se suponía que encontraría la salvación. Dejó de ir al trabajo, en el que se enorgullecía de ser una asesora para personas con adicciones secretamente enganchada a la droga. “De lo más retorcido” son las palabras con las que describió esa actitud en una de sus cartas. Había aprendido a beber y a tomar Antabuse, un fármaco que se supone que provoca un gran malestar si se combina con el alcohol. Una amiga o compañera de trabajo la encontró borracha en casa y la envió a una clínica de desintoxiación.

Justamente el día de Acción de Gracias, sin un hogar al que pudiera llamar ni ingresos estables, mi madre tuvo que trasladarse a un hogar de acogida de Chicago, donde la vigilaban a todas horas. Allí se mantuvo sobria y conoció a su novia, su pareja, su actual esposa. De algún modo había pasado de tocar fondo a estar enamorada. Pero para mi pobre madre las cosas nunca eran tan sencillas.

Cuando se enteraron en la casa de acogida, las echaron a las dos. Lo único que tenían era un colchón hinchable, un poco de dinero que les habían prestado y la una a la otra.


Hace unos años se legalizó el matrimonio homosexual en Indiana, y luego en el resto del país. Aunque mi relación con mi madre nunca salió como esperábamos, cuando me enteré de la noticia por las redes sociales, no pude parar de llorar de emoción. El hashtag era #lovewins (el amor triunfa). Me sentí orgullosa, por ella y por todo el mundo.

Pensé en mi mejor amigo, que me confesó su homosexualidad aquella noche, en el baile de graduación, en lo mal que lo pasó en el instituto y en la universidad por su orientación sexual; en cómo lo acosaban por la calle y en clase y lo trataban como si no fuera una persona; en cuando tuvo una sobredosis, varios años después; en que su padre se suicidó al cabo de diez años porque no soportaba el agravio. Ojalá mi amigo siguiera vivo para ver lo lejos que hemos llegado.

Después de todo lo que habíamos superado, salimos airosos y perdonamos. Y aunque la lucha fue dura y muy larga, mi madre tomó la decisión acertada.

Una mujer de mi ciudad, llamada Niki Quasney, y su pareja, Amy Sandler, son, en gran medida, las responsables de que se legalizara el matrimonio homosexual en Indiana. A Niki le diagnosticaron cáncer de ovarios y, antes de morir, quiso asegurarse de que su pareja, con la que se había casado en Massachusetts, constara como su cónyuge en su certificado de defunción. Quería que su mujer e hijos fueran reconocidos como su familia y recibieran los mismos beneficios que cualquier otra familia.

Luchó con uñas y dientes, inasequible al desaliento, para obligar al estado de Indiana a reconocer su matrimonio. El gobernador de aquel entonces, Mike Pence, luchaba a su vez por todos los medios para que eso no ocurriera. No fue hasta que su estado de salud empeoró seriamente que un juez finalmente le concedió una solicitud de urgencia para que se reconociera jurídicamente su estado civil. Niki falleció menos de un año después y fue recordada como una heroína por todos nosotros. El mismo estado que una vez decretó que mi madre era un peligro para sus hijos por ser gay reconoce hoy el matrimonio entre personas del mismo sexo.


Poco después, se casaron mi madre y su pareja. Al final no les preparé ninguna fiesta. Mi hermana, la de las botas militares, que se había convertido en una preciosa mujer con un gran corazón, no pudo hacer de testigo. De hecho, nunca nos dijeron nada de la boda. Yo me enteré por un mensaje de texto.

Esa es la forma que tiene mi madre de transmitir noticias, buenas o malas. Muertes, cumpleaños, operaciones de corazón, la abuela hospitalizada, el perro que se está muriendo… Todo lo comunica mediante mensajes de texto.

En este caso, el mensaje era una foto de su certificado de matrimonio. Luego supe que las dos no daban crédito cuando el señor que emitió el certificado se disculpó diciendo que era una vergüenza que hubieran tenido que esperar tanto. Para ellas el listón había estado siempre tan bajo que no estaban acostumbradas a las disculpas, la amabilidad, la aceptación.

Esta vez no se vistieron para la ocasión. No hubo fotos de las dos juntas, ni pastel ni ceremonia. El mensaje no decía nada más, pero me la imagino sacudiendo el brazo, como queriendo restar hierro al asunto. No significa mucho. Un trozo de papel y dos anillos.

El nombre de mi madre se escribió en el sitio donde la palabra “novio” había sido borrada, como si de esta forma se eliminaran injusticias pasadas. Por fin la ley le reconocía su unión a la mujer a la que siempre había amado y su condición de madre.

Aquel trozo de papel lo significaba todo, no solo para ellas, sino para nosotros, sus hijos, ya adultos y con una perspectiva más amplia de todo. Servía como prueba de que, después de todo lo que habíamos superado, salimos airosos y perdonamos. Y aunque la lucha fue dura y muy larga, mi madre tomó la decisión acertada. Después de todo.


A menudo considerada una poeta para gente que odia la poesía, Franki Elliot es una artista urbana y autora de tres libros aclamados por la crítica: Stories for People Who Hate Love (2018), Kiss as Many Women as You Can (2013) y Piano Rats (2011). Síguela en Instagram.

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