machismo

Por qué nos cuesta tanto creer que un ídolo pueda ser un criminal

Con el caso de Cristiano Ronaldo contra Mayorga lejos de zanjarse, en los tribunales de internet ya se han prodigado las sentencias definitivas.

por Madalena Maltez
24 Octubre 2018, 8:37am

Foto por Bruno Lisita/VICE, originalmente publicada aqui.

Este artículo se publicó originalmente en VICE Portugal.

Como decía alguien, “Nunca conozcas a tus héroes”. Y es que nuestros héroes, como nosotros, son personas, y todas las personas tienen defectos. Son intrínsecos a nosotros. Sin embargo, resulta extraño que tanta gente se resista a esta idea. Con Cristiano Ronaldo, el héroe luso por excelencia acusado de haber violado a una mujer, ha quedado más claro que nunca que somos capaces de aferrarnos a un clavo ardiendo con tal de no reconocer que el que para algunos es el “mejor del mundo” puede tener un lado oscuro.

El portugués declaraba este lunes en rueda de prensa previa al partido de Champions contra el Manchester United "soy un ejemplo. Lo sé al cien por ciento. En la cancha y fuera de la cancha. Así que siempre sonrío, soy un hombre feliz, tengo la suerte de jugar en un club fantástico. Tengo una familia fantástica, tengo cuatro hijos, estoy saludable. Lo tengo todo. Así que el resto, eso no interfiere conmigo. Estoy muy, muy bien".

Y como CR7, queremos olvidar las acusaciones, obviar los hechos que ya son públicos e ignorar cualquier alusión a los aún desconocidos, todo para que el rey del fútbol permanezca en su trono y los portugueses podamos sacar pecho orgullosos cuando, perdidos en algún lugar de Asia, le digamos a alguien de donde procedemos y ese alguien responda “¡Ah, Rou-nal-dou!”.

Ante la falta de respuestas inequívocas, y confundida por la mezcla de sentimientos frente a este último escándalo mediático del jugador de la Juventus y capitán de la selección portuguesa, decidí hablar con la psicóloga Paula Trigo da Roza. Fue una consulta psicológica en nombre de todos los portugueses para averiguar la razón científica de que sintamos el orgullo herido por algo que Ronaldo presuntamente hizo.


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Según la psicología, el objetivo último del ser humano es “crear una identidad propia con la que sentirnos bien en nuestra piel y en nuestro entorno social”. Uno de los mecanismos que usamos, desde bebés, para ir formando nuestra identidad es el proceso de identificación: buscamos referencias positivas (mi madre es de esta forma y yo quiero ser como ella) y negativas (mi hermano está como una cabra y no quiero ser igual que él).

Cuando somos pequeños, nuestros mayores modelos son nuestros padres. Ellos son los más fuertes, los que todo lo saben y todo lo curan. A medida que maduramos y avanzamos por nuestro propio camino, empezamos a desmitificar esos modelos, a darnos cuenta de que ellos también tienen defectos y límites. Esa humanización de nuestros padres se da de forma gradual y natural porque los vamos conociendo y comenzamos a percibir sus características humanas y falibles.

Nuestra búsqueda por formar una identidad no nos abandona, y con los años vamos reformulando la forma en que está presente en nosotros, buscando modelos en otros lugares más allá del entorno personal. Ídolos que no conocemos pero que representan aquello que, de alguna forma, nos gustaría conseguir. Todos tenemos ídolos. Escogemos a aquellos a los que admiramos —actrices, escritoras, músicos o jugadores de fútbol— y proyectamos nuestros sueños en ellos. “Si él es así, yo también puedo serlo; si él lo logró es porque se puede”.

Si mi ídolo es un criminal, un mentiroso o lo que fuera, ¿qué dice eso de mí, que lo he puesto en un pedestal?

Esto, en última instancia, significa que la elección de nuestro ídolo no es representativa de dicho ídolo, sino de nosotros mismos, de aquello que consideramos admirable, que querríamos ser capaces de ser o hacer. Nuestro ídolo es, por tanto, un reflejo de lo que somos y de lo que nos gustaría llegar a ser.

Como consecuencia, y sin ser conscientes de ello, nos negamos a atribuir características negativas a nuestros modelos, queremos mantenerlos intactos ya que señalar un defecto en alguien a quien tomamos como referente incide, de algún modo, en nuestra propia decisión de admirarlo. Si mi ídolo es un criminal, un mentiroso o lo que fuera, ¿qué dice eso de mí, que lo he puesto en un pedestal? ¿Po qué lo he seguido de cerca, lo he elogiado, admirado, envidiado y amado en la distancia cuando, después de todo, tiene tanto de malo como de bueno?

Nuestra fe inquebrantable en aquellos que escogemos como ídolos y modelos de identificación responde a nuestro deseo interno de evolucionar: ellos son la cara de nuestro sueño. Y, al contrario de lo que sucede cuando el objeto de nuestra idealización son nuestros padres, con una celebridad no tenemos forma de saber realmente hasta qué punto esa persona es digna de nuestra admiración. La paridad es la que permite la aceptación del límite del otro, pero las personas famosas no son nuestros padres.

Tampoco son nuestros amigos, cuyos defectos disculpamos y de quienes vamos conociendo sus límites humanos.

Hoy día, con las redes sociales y la inmediatez de la información, resulta más fácil que nunca confundir lo público con lo privado. Seguimos a nuestros ídolos en Instagram, Facebook, Twitter y hasta en el casi difunto Snapchat y tenemos la sensación de que los conocemos cada vez mejor. De que, como vemos vídeos grabados en sus casas, con sus hijos o con amigos, esa persona nos está abriendo una ventana a su vida privada. Y al final creemos conocer verdaderamente a estas celebridades. Nos formamos opiniones sobre ellas, calificándolas de “buenas personas” o “especiales”; creemos saber cómo son en la vida privada.

Pero lo público no es lo privado. Lo privado es íntimo, y solo en la intimidad las personas presentan su verdadera esencia, no a través de la pantalla, ni de discursos estudiados, ni mucho menos a través de herramientas de marketing.

En el caso de nuestro querido “Mejor del Mundo”, el imbatible Cristiano Ronaldo, sucede exactamente eso, pero con una agravante: CR7 es un referente cultural común. No es un ídolo de uno, sino de todos nosotros. Representa, de alguna forma, la recolocación de Portugal en el mundo. Portugal es un país pequeño, de gente pequeña, pero con Ronaldo somos grandes y conquistamos todo y a todos. Portugal es Ronaldo en cualquier rincón del planeta. Él nos ha vuelto a situar en este panorama tan internacional y, además, es el mejor en lo que hace.

Lo público no es lo privado. Lo privado es íntimo, y solo en la intimidad las personas presentan su verdadera esencia, no a través de la pantalla, ni de discursos estudiados, ni mucho menos a través de herramientas de marketing

Para las mujeres y madres, no es solo porque sea el mejor en el fútbol, sino principalmente porque es el ejemplo del niño pobre que pasó de la nada a ser el número uno y que, pese a toda esa fama, nunca dejó de lado a su madre. El que no tenía nada pero, ahora que lo tiene, sigue defendiendo causas justas, apoya a su familia y se la lleva a todas partes. El que no se avergüenza de sus raíces.

Ronaldo es el ídolo de todos los portugueses. El rostro de nuestro fútbol, el portugués más internacional, el mejor entre los mejores. Una proyección colectiva, de masas. Como seres humanos que somos, necesitamos ídolos. Y como portugueses en busca de nuestra identidad nacional, encontramos ese ídolo en Ronaldo.

Pese a todo, en esta incesante búsqueda de la identidad, de un lugar mejor bajo el sol, debemos intentar madurar la forma en que seguimos e idealizamos a las personas que elegimos como referentes. Lo ideal sería idolatrarlos de igual forma que aprendemos a idolatrar a nuestros padres: son los mejores y los admiramos, pero también somos conscientes de sus límites, de su lado más oscuro.