El viaje

La frontera y las drogas: México es un retén

Si observamos la frontera y en las carreteras de ambos países, los objetivos de la prohibición son burdamente evidentes.
5.10.18
Ilustración por @aca_ibanez.

Si he de ser sincero, no creo que ajustar la política de drogas actual sirva de mucho. La política de drogas necesita una revolución, no una reforma. Necesitamos desplazar su centro de gravedad radicalmente. El problema principal ahora es la prohibición. La prohibición no tiene remedio. Para tener una política de drogas que funcione, necesitamos abandonar la prohibición como método y la abstención como objetivo. En su lugar, debemos de colocar a la regulación, con el amplio abanico de posibilidades que ofrece. Y en lugar de la abstención, debemos de procurar el buen viaje, para quienes decidan usar drogas. En las siguientes entregas perfilaré propuestas para regular cada droga. Pero lo más importante es que nos atrevamos a cruzar esa frontera de lo políticamente aceptable: hay regular todas las drogas y hay que regularlas pronto.

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Lo primero que hay que entender es que la prohibición no protege la salud —ni de los usuarios, ni de los no usuarios—; al contrario: la prohibición es causa de muerte en América Latina con mucho mayor frecuencia que el uso de las drogas. Además, la prohibición desinforma a los usuarios, les expone a mercados clandestinos y productos inseguros. Como bien sabemos en América Latina, en el fondo la prohibición expone innecesariamente a todos, usuarios y no usuarios, a mayores niveles de violencia, tanto oficial como criminal.

Para ilustrar esto, usaré como ejemplo un viaje reciente que hice en coche desde Nueva Inglaterra hasta Aguascalientes. Para quien está interesado en la regulación de las drogas, cruzar la frontera entre México y Estados Unidos resulta muy interesante.

Crucé 16 estados de la Unión Americana. En algunos de ellos incluso pude haber comprado de manera legal marihuana o armas. En todo el recorrido, no atravesé ningún retén. Lo más interesante ocurrió en la frontera. El cruce se realiza por el muy adecuadamente nombrado El Paso, una ciudad moderna, limpia y ordenada. Una ciudad en paz. Dormí allí nuestra última noche en el país vecino. El carro iba tan lleno que no se veía nada en el retrovisor. La suspensión cedía ante el peso de la carga y yo imaginé que habría que desmontar la mitad del tinglado para convencer a los agentes de migración de que no transportábamos armas u otro contrabando.


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La mañana del cruce me encaminé hacia el puente temprano. Al acercarme, bajé la velocidad pero no hubo quien me retuviera del lado estadounidense. Pasado el puente avisté la caseta. Tenía ya preparada la papelería, pero no fue necesaria. El guardia solo me pidió pagar el peaje sin pedirme mis documentos. Entonces guardé mis papeles como mejor pude, saqué la cartera y pagué. En menos de medio minuto estaba yo transitando por territorio mexicano. Ni un minuto de revisión, ni un sello, ni siquiera un meneo de cabeza de alguna autoridad. No hay registro alguno de que entramos al país.

En los tres días siguientes de trayecto hacia el sur desde la frontera, no nos detuvo retén alguno. En cambio, pasamos cinco retenes fuertemente armados que inspeccionaban a quienes viajaban hacia el norte, el último ya en territorio aguascalentense, a minutos de mi casa. ¡Que contraste con los más de 4,000 kilómetros que recorrí en territorio estadounidense sin toparme un sólo retén!

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¿Qué aprendí en ese viaje? Que desde Estados Unidos a México no hay frontera, hay peaje. En cambio, en México la frontera empieza en el primer retén con el que te topas, y ese parece estar cada vez más cerca de tu casa. ¿Y esto qué significa? Significa que la prohibición de las drogas no protege la salud de los mexicanos, la expone a las armas que autoridades y delincuentes utilizan para pelear la guerra. También, corroboré que la guerra no consiste en una “decapitación” quirúrgica de organizaciones criminales mediante el arresto de capos y sicarios con operativos bien planeados. Consiste en ocupar caminos y espacios públicos y el acosar, literalmente, a quien vaya pasando, sin mayor “inteligencia” (Esa afirmación no sólo tiene respaldo anecdótico, también lo tiene estadístico).

La frontera es una membrana que sólo impide el flujo en una dirección, y lo facilita en la otra. La frontera sólo existe para los mexicanos. Nuestros compatriotas y nuestras drogas pasan a Estados Unidos escondidos y amenazados. Pero los estadounidenses y sus armas -al menos 70% de las armas con las que se ejerce la violencia en México son de fabricación estadounidense- cruzan libremente esa membrana que llamamos frontera y que sólo funge como aduana de aquí para allá.

Algo semejante sucede con la prohibición. La represión del narcotráfico se ejerce en México. No así en Estados Unidos. Aún sin tomar en cuenta el enorme mercado de marihuana legal que formalmente ya existe en Estados Unidos, en la práctica no es cierto que Estados Unidos combata vehementemente el tráfico de drogas, por lo menos no en su territorio. El tráfico de drogas -esto es, el transporte al mayoreo de substancias prohibidas- transcurre tranquilamente entre El Paso, donde la droga ingresa al territorio estadounidense, y Chicago, Nueva York, Baltimore, o cualquiera otra ciudad donde se consume ávidamente. La prohibición se reactiva, si, en estas ciudades. Pero se trata de la prohibición del uso y del narcomenudeo, no del narcotráfico. Incluso esa prohibición se ejerce selectivamente en Estados Unidos, con especial saña en barrios y comunidades donde viven afroamericanos y latinos.

En cambio, la prohibición del tráfico en México se ejerce desde que la droga se produce o se introduce en el territorio, y se aplica con virulencia hasta que llega a su punto de salida en la frontera con EU A lo largo del territorio nacional, la prohibición va dejando un rastro de muerte. A la par de los muertos, va dejando corrupción y —por supuesto— algo de droga dentro del territorio nacional; más droga de la que va destinada a nuestros mercados, pues traficantes pagan sobornos en especie y los sobornados luego deben colocar el producto que no consuman en el mercado nacional.

Si observamos la frontera y en las carreteras de ambos países, los objetivos de la prohibición son burdamente evidentes. La “guerra contra las drogas” en México es una subcontratación de la prohibición de drogas de Estados Unidos. Ellos ponen tantito dinero, y algo de armamento y nosotros ponemos los muertos y malgastamos nuestros impuestos. Digámoslo con toda claridad: hoy por hoy, le hacemos la chamba al gobierno federal estadounidense, servilmente. Mientras tanto, su industria cannábica estadounidense se consolida. El verdadero problema público, para nosotros, es la prohibición de las drogas y su consecuente falta de regulación. Es un problema, porque la prohibición no está en nuestro interés. Son intereses ajenos los que la prohibición protege. Pero la frontera, que sólo existe para nosotros, se extiende por todo el territorio al sur del río Bravo y nos atraviesa a todos los que aquí habitamos.