Identidad

Mi conversión

OPINIÓN | "La confesión se produce en el otro lado de la vida. Viene del futuro. En otras palabras, sin conversión no hay confesión".
Carolina Sanín
Foto: Daniela Echeverry | VICE Colombia

Artículo publicado por VICE Colombia.


He querido hacer alguna vez una confesión. He querido contarle mi vida al lector, entregándome a su justicia. He querido escribir en segunda persona, para una segunda persona plena. Como Agustín de Hipona, he querido asumir que mi lector es Dios y que Dios es lector de la humanidad. He querido sentir el peso de esta pregunta, que contiene quizás el secreto de toda narrativa: ¿por qué, en el texto en el que reconoce el absoluto poder de Dios, el creyente le cuenta la minucia de sus pecados y de sus trayectos, como si Dios no los conociera ya? ¿Toda confesión guarda acaso un reducto de escepticismo? ¿O es que no se lee para que algo se conozca —es decir, para que se transmita una información—, sino para que se transmita una existencia —la existencia del tiempo— y para que se aprecie la gracia?

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Una persona —un autor, una autora— confiesa para expiar y para obtener perdón, pero también para que exista su historia; para convertir su vida en algo legible, comprensible. Confiesa para haber existido, para revisitar el pasado y experimentarlo nuevamente pero de distinto modo, y para decir que ya no vive en él: que se ha convertido en otra; que ha pasado sobre la grieta y ha podido, a partir de determinado momento, no continuar siendo como era, ni viviendo como vivía, gracias a que entendió quién era. La confesión se produce en el otro lado de la vida. Viene del futuro. En otras palabras, sin conversión no hay confesión. Quien confiesa dice: “Yo fui este a quien veo, este que muestro, y puedo verlo porque ya no soy solo él; porque para que él —que fui yo, que ha sido parte de mí— fuera visible, tenía que verlo yo mismo desde este otro lado, desde esta otra persona, en la que me transformé”.

La razón por la cual nunca he escrito una confesión es que no me he convertido en nadie más, en nadie mejor. No he entendido lo que hace falta entender para que repare mis fallas y deje atrás mi versión peor. No he entrado en una religión ni he abrazado una tradición ni me he convencido de nada ni he vencido mis vicios ni he superado mis temores: soy egocéntrica, soberbia e impaciente, igual que al comienzo. Inhospitalaria. Colérica. Hasta desleal a veces. Ambiciosa, incluso de escribir un día una confesión. Y decirlo no constituye (ya que no lo digo desde otra parte) confesión alguna, sino un gesto de autocomplacencia. Y decir que el gesto de autoacusación no vale nada constituye una fatuidad adicional —y por demás es facilista—.

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Hay, sin embargo, algo en lo que mi vida ha cambiado, aunque no hayan cambiado mi carácter ni mi naturaleza. Quizás ese cambio de hábitos me haya convertido profundamente en otra, o quizá no. Un día vi a los animales y vi su sufrimiento, y dejé de comer animales. Un día entendí que comer animales no procedía. ¿Cómo más decirlo? Que no era bueno, que no era justo, que no era sensato, que no era armónico, que no era lógico, que no era ético. Que no era posible. A partir de ese momento, comer animales ya no estaba en la existencia. No cabía en mí. No podían coincidir, en adelante, ese acto y el acto de ser yo.

La conversión al vegetarianismo y luego al veganismo, que debo a la influencia de gente a quien amo y admiro, ha sido lo más importante que me ha sucedido y que he hecho. Sin embargo, esa conversión mía no suscita una confesión. Como no fui cazadora ni carnicera ni ganadera ni cocinera, mi confesión de carnívora sería demasiado insulsa, demasiado opaca y poco elocuente: en ella me mostraría comiendo en una mesa, ciega y punto. Una hamburguesa. Una langosta hervida. Una chuleta. Unas albóndigas. Un filete de pescado. Yo sentada en una silla, con cubiertos (qué horribles son los cubiertos, qué quirúrgicos y torpes), frente a un pedazo de cadáver procesado, cocido, disfrazado de no cadáver.

Al contar ese pasado, que no sería otra cosa que la cotidianidad de mi sistema digestivo, ni siquiera obtendría el eco nostálgico de un placer. Tampoco lo obtendría el lector, al figurarse a una mujer deglutiendo, digiriendo y cagando un pedazo de carne. No sería como la confesión de la voluptuosa caída en una tentación. No tendría gracia. Y esa condición —el que ni siquiera valga la pena recordarlo; que ni siquiera haya nada que recordar— es una razón de más para haber pasado por este tránsito al vegetarianismo y haber llegado hasta este lado.

¿A quién le confesaría, además, mi antigua costumbre de comer animales? ¿Quién sería mi segunda persona en ese texto confesional? ¿A quién podría decirle, como Agustín a Dios, que ahora estoy con él, y que al estar con él, reconociéndolo, sabiéndome reconocida por él, tan viva como él, puedo contar cómo vivía antes? Ahora estoy con los animales. Con el animal. Es por haberlo visto y por haberme sabido animal —por haberme convertido en el animal que soy— que no como animales. ¿Me dirigiría entonces al animal (¿es apropiado ese singular, o los animales siempre son una pluralidad?) en mi texto confesional, en celebración de su compañía, de nuestra comunión? Pero él no puede leer una confesión. Entonces dirigirle mi confesión al animal se parecería a dirigirle una confesión a Dios, que tampoco lee.

Mi confesión escrita en segunda persona, para el animal, convertiría a mi lector en animal. En mi amigo nuevo. Pero ya dije que no hay ninguna historia que valga la pena en este caso, así que no hay una confesión. Podría haber un intento de persuasión, en cambio. Pero me agota y me asusta pensar en tratar de persuadirte.