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Drogas

Me reencontré con mi padre drogadicto después de tres años y ni siquiera me reconoció

Me preguntaba qué pasaría si me lo encontrase y cómo iría, cuando de repente doblé la esquina y me lo encontré ahí de pie, con aspecto abatido y fumando un cigarrillo.

por Jordan Foisy; traducido por Laia Pedregosa
27 Agosto 2019, 3:30am

Imagen de Cathryn Virginia

Hace dos semanas, volví a Sault Ste. Marie, la ciudad del norte de Ontario donde crecí. Iba a pasar una semana porque dos de mis amistades de la infancia se casaban. Entre boda y boda, pasaba el tiempo deambulando por esa ciudad siderúrgica en proceso de recuperación, invadido por momentos de nostalgia y melancolía muy a lo The National.

En uno de esos paseos, en los que aprovechaba para fumarme un porro, imaginaba que me topaba con mi padre, que sigue viviendo en la ciudad; hacía tres años que no lo veía. Tenía problemas de adicción a la cocaína y me preguntaba qué pasaría si me lo encontrase y cómo iría, cuando de repente doblé la esquina y me lo encontré ahí de pie, con aspecto abatido y fumando un cigarrillo doblado. Parecía ansioso, como si estuviese preparado para decirle a alguien que no tenía su dinero.

“Joder, mira a quién tenemos aquí”, le dije con un registro algo vulgar para intentar evitar un inminente ataque de nervios. Me miró desconcertado, sin estar seguro de si le hablaba a él.

“Soy yo”.

Respondió, “Mira, amigo, no te conozco”.

“Papá, soy yo… Jordan”.

Me topé con mi padre después de tres años y no me reconoció.

Durante los últimos tres años, mi padre había sido una especie de rumor. Cada vez que visitaba mi ciudad natal, mis amistades me decían que lo habían visto deambulando por las afueras de Sault Ste. Marie, como si se tratase de una leyenda urbana.

Estas historias desencadenaban unos fuertes sentimientos de pena, arrepentimiento y alivio interior. La razón oficial que me daba a mí mismo para convencerme era que me resultaba imposible contactar con él, pero era mentira. El motivo real era que no quería, me dolía demasiado tener que ver a mi padre en ese estado y con un aspecto cada vez más lamentable: sin dientes, con los ojos enrojecidos y la ropa desconjuntada propia de quien vive en la miseria; era demasiado.

Aun así, lo quería. Me pasé la infancia y la adolescencia sintiendo decepción, dividido entre su personalidad de “buen padre” al que había idealizado y cuando se pasaba días durmiendo en el sofá. El sentimiento de impotencia y derrota iban ligados al de frustración. Como todo hijo de drogadicto, estaba muy bien entrenado en el arte de fingir que todo iba bien cuando está claro que no es así y me cabreaba conmigo mismo por no ser capaz de reconocer lo evidente.

Celebrating my birthday. Photo courtesy of Jordan Foisy
Celebrando mi cumpleaños, foto por cortesía de Jordan Foisy

No quería hablar con él porque tenía demasiadas ganas de hacerlo, necesitaba sentirme mejor, respuestas, una manera de solucionar las cosas. Ver tantas películas me había dejado con esas fantasías sobre La Gran Conversación: si me veía con el valor suficiente, podría entablar una conversación con mi padre y salvarle a él y a mí mismo. Terminaría con llantos, abrazándonos el uno al otro; mi padre se comprometería a rehabilitarse y pediría perdón por todas sus malas acciones. En cuanto a mí, sería como si naciese de nuevo y me llenaría de confianza, serenidad y una inexplicable destreza atlética.

En los tres últimos años, me sentía impotente al respecto: por una parte, tenía muchas ganas de que llegase ese encuentro y su resolución, pero estaban nubladas por los inevitables patrones del pasado. Y, de repente, allí estaba.

Me dijo que estaba esperando que lo fueran a recoger para un trabajo. Eran las cinco y media de la tarde, pero esa es una de las observaciones que he aprendido a ignorar. Me preguntó qué estaba haciendo, por mis hermanos… Estuvo bien, incluso quedamos para comer al día siguiente. Un tipo sospechoso montado en una bici pasó por el callejón, y mi padre dijo que tenía que hablar con él sobre los materiales para el trabajo. No creo que estuviese esperando para ir al trabajo.

Al día siguiente estaba nervioso: ¿se presentaría? ¿Quería que se presentase? Dijo que aparecería sobre la hora de comer, y cuando le pregunté qué hora era esa, me dijo: “No sé, a la hora de la comida”; así que estaba retenido en casa de mi madre esperando, intentando averiguar a qué hora vendría como si estuviese esperando a un técnico que, en lugar de reparar un enchufe, se dedicase a arreglar infancias.

A las 12 y media del mediodía alguien llamó a la puerta. El gran danés de mi madre empezó a ladrar muy fuerte. Mi padre asomó la cabeza, pero dijo que iba a esperar fuera porque ya le había mordido un perro en una ocasión y le ponían nervioso.

"Fue divertido y fácil porque por fin fue honesto conmigo, no solo acerca de su pasado, sino también acerca de su adicción; no había manera de esconder algo así"

No sabía que le había mordido un perro: esa sería la primera de muchas historias que intercambiamos esa tarde. Le hablé de un amigo mío al que habían arrestado por llevar dos kilos de marihuana y eso le inspiró. Empezaron a surgir historias románticas de una vida de libertinaje. Habló de conducir sin carné porque cuando él era pequeño solo ponían una multa de unos 23 euros; de pillar marihuana de forma accidental cerca de la frontera y terminar en la cárcel; de salir por ahí con ladrones de coches e hijos de mafiosos; meterse en peleas en la playa; bañarse desnudo y ligar con mujeres casadas en el trabajo. Estaba absorto, parecía un personaje de una canción de Bruce Springsteen.

Pasamos horas juntos, comimos en una terraza e intentamos jugar a una partida de billar, pero estaba cerrado, así que tuvimos que asentarnos en otra terraza para tomar otra cerveza. No recuerdo habérmelo pasado tan bien con él como ese día. La conversación fluyó: hablamos de política y se quejó de lo complicado que lo teníamos los trabajadores pobres y sobre lo nazi que es Donald Trump; entonces recordé de dónde venían gran parte de mis convicciones (y me sentí muy aliviado de que él no tuviese acceso a Facebook).

Fue divertido y fácil porque por fin fue honesto conmigo, no solo acerca de su pasado, sino también acerca de su adicción; no había manera de esconder algo así. Mi padre es un verdadero ejemplo de la gente que vive en la zona más deprimida de la ciudad donde crecí. No tiene dientes y lleva ropa que parece sacada de cajas de donaciones. Ahora vive en un motel como el de la película The Florida Project pero con menos niños monos y más sillas de ruedas eléctricas. Hizo cosas absurdas propias de un cocainómano. Tenía que cobrar un cheque, así que pasamos por el banco, donde cogió un caramelo de menta gratis e inmediatamente lo tiró al suelo. “No me gusta comerme todo el caramelo de golpe”, me dijo despreocupadamente.

Nada de eso me hizo sentir sorprendido o avergonzado porque parecía cómodo con esa vida. Habló abiertamente sobre “el asunto de la cocaína”, pero no para presumir ni para excusarse de sus actos, sino para explicar la realidad. Después de pasar toda la vida en las sombras de sus misterios y decepciones, preguntándome sin parar por qué hacía las cosas que hacía, por fin pude ver a la persona que había estado buscando toda mi infancia. Fue la primera vez que no me sentía anclado a la esperanza del hombre que quería que fuese o las mentiras del hombre que intentaba ser. Por fin era él; era raro y desolador, pero era él y estaba siendo sincero conmigo.

"Me di cuenta de que era tan sincero por su sentido de la fatalidad. Está enganchando a las drogas y dejando que le maten"

No me refiero a no que fuese doloroso: se quejaba todo el rato de que no podía sentir los dedos de los pies y de que tenía un intenso dolor en el estómago. Cuando le supliqué que fuese al médico, se negó, alegando que “estaba pasando por una buena racha”.

Me di cuenta de que era tan sincero por su sentido de la fatalidad. Está enganchando a las drogas y dejando que le maten. No quiere mejorar porque, ¿qué tipo de vida supondría para él la del otro lado? Ya es muy mayor y ha roto todas las relaciones de su otra vida.

Existen grandes mitos sobre la adicción y sobre no consumir drogas, pero estar limpio siempre supone un nuevo comienzo y todo lo que eso conlleva. A veces, te hace ver lo mal que lo has hecho todo y cómo lo has mandado todo a la mierda con una visión clara, y piensas que no hay salida. Si no era capaz de ver todo eso, no podía culparle; estoy seguro de que yo tampoco lo sería.

My dad and me. Photo courtesy of Jordan Foisy
Mi padre y yo. Foto por cortesía de Jordan Foisy

Decía que se arrepentía de algunas cosas, pidió perdón por no estar ahí siempre para mis hermanos y para mí, y comentó que le gustaría que mi madre no siguiese cabreada con él. Sobre todo, dijo que odiaba cómo la gente más cercana a él solo era capaz de fijarse en su adicción, quitándole importancia a cualquier otro aspecto de su vida. Lo cierto es que el superpoder de todas las personas adictas es inspirar lástima, pero no puedo evitar pensar que he evitado todo el esfuerzo que supone tender la mano y mirar a mi padre y lo he justificado viéndole únicamente como un adicto a las drogas y un fracaso.

Pensé en la gente a la que tiendo a aplicar el mismo pensamiento, con la que me topo a diario e ignoro mientras paso el tiempo en alguna terraza bonita. Aunque la vida de mi padre era triste, esa tristeza constituía una comunidad, un apoyo que surge de encontrarse en lo más hondo y sentir que todo el mundo te ha olvidado excepto aquellas personas que también están ahí.

Quizá esa sea la imagen del olvido. No intento sentirme bien conmigo mismo, tampoco es una confesión de antes de morir; es una valoración, una estimación honesta de todo aquello que has perdido y de lo que tienes. La vida de mi padre es trágica, pero hay cierta belleza en ella: ha vivido fuera de los márgenes respetables de la sociedad durante toda su vida, haciendo que las personas amaneradas y adineradas se sientan incómodas al respecto, ya sea como adolescente problemático o como un ciudadano mayor considerado escoria; y lo ha conseguido al vivir siguiendo sus propias normas.

Mientras estábamos juntos, le vi abriendo la puerta a muchas personas; ayudamos a mujeres a descargar cajas de pañales en un centro de día; se quejó de los jóvenes drogadictos que había conocido y que no se esforzaban por ganarse el dinero. Era divertido, testarudo, hipócrita, encantador, raro y cariñoso. Era mi padre y estoy contento de que por fin, gracias a una simple casualidad, tuviese la oportunidad de conocerlo.

Habíamos planeado ir a comer dos días después, pero no llegó a aparecer.

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