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relaciones

No tengo ni 30 años y ya estoy hasta el coño del amor

Desconfiamos de que alguien pueda estar a nuestra altura porque somos la generación que más especial se cree.

por Jimena Marcos
14 Febrero 2019, 5:00am

El amor y la muerte son los dos grandes temas que más han preocupado a la humanidad. Sobre todo cuanto mayor te haces y cuanto más te acercas al fin de semana: morirte un viernes es casi tan trágico como no tener con quién follar. El amor, sin embargo, ocupa más tiempo en nuestras conversaciones, pensamientos y aplicaciones de móvil que la muerte. Es, junto con el desamor, uno de los líderes indiscutibles del “consejos vendo, que pa mí no tengo”. Y menuda turra damos todos, oiga.

¿Se puede pensar el amor?”, preguntaban las amigas de Píkara. Somos conscientes de que lo de la media naranja y el amor eterno se lo debió de inventar alguien que estaba harto de comer solo. Yo dejé de buscarlo pronto. Fue en un parque del barrio. Él era mayor, tenía casi 3; yo, sin embargo no llegaba a los 2. Rodrigo —él Rodrigo y yo Jimena, si no estábamos destinados a casarnos, que baje El Cid y lo vea—. Solíamos comer tierra juntos. Un día, dejamos de hacerlo. Más que nada, porque él no volvió. Y yo simplemente me limité a lamer otro tipo de mobiliario urbano sola: una farola, un banco... Estaba claro que nadie, ni siquiera yo, necesitaba ni media naranja ni medio arenero. Lo importante era, supongo, seguir probando.

Hace poco y estando en barbecho sexual, le di unos cuantos consejos sobre las relaciones a una amiga, porque cuando estoy sin novio me creo la jodida Carl Jung del amor. “Pero allí donde usted nada, ella se ahoga” le explicaba Jung a James Joyce para dejarle claro que su hija Lucía era más una tarada que una iluminada. O, lo que es lo mismo: “Ese pavo no es tan guay como parece”, le digo a mi amiga mientras finjo que me fumo un boli. Muy a mi pesar, esta etapa de experta psicoanalista me suele durar lo que tardo en enrollarme con cualquier idiota que se me cruza por delante. En un segundo pierdo toda la sapiencia por el coño y acabo transformándome en la novia de Lorca. Ciega de amor, corro por los campos, persiguiendo a mi bello amante como una brizna de hierba intentando aferrarme al… por qué el jodido idiota este ¡no me PUTO CONTESTA AL WHATSAAAAPP!


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“Como los actos nacidos de las ganas ya han sido profundamente implantados por los enormes poderes del mercado de consumo, seguir un deseo parece conducirnos, de manera incómoda, lenta y perturbadora, hacia el compromiso amoroso” decía Bauman en El amor líquido. “A ver, no te flipes que lleváis una semana quedando”, me devuelve mi amiga a modo de revancha.

O, lo que es lo mismo: el amor es deseo, otra forma de consumo, como reconoce Isaac Rosa en Feliz final. Elegimos el amor como quien elige chicken or pasta” en un vuelo transoceánico. Buscamos la rentabilidad en nuestra elección sentimental antes de empezarla. Seleccionamos a Stefano, Bosco u Özden con el móvil mientras buscamos peli en Netflix, enumeramos la lista de la compra, escribimos “¿Nos vemos luego? Te quiero”, para después responder a un email de trabajo y comprarnos unas bragas nuevas.

De repente, nuestras relaciones se desarrollan en dos mundos paralelos y diferentes en el que muchos eligen que impere el virtual, el digital sobre la piel. Hace poco, me estamparon en la cara y en la pantalla del móvil el término ghosting. Empecé a salir con un apuesto caballero de ojos claros y aficionado a la literatura rusa. Cómo no iba a fiarme yo de un señor que me recomendaba leer a Bulgákov, por favor. Todo parecía ir bien hasta que un domingo, tras despedirnos con un beso con lengua, se fue corriendo a casa porque se hacía caca —aún no sé si literal o metafóricamente—. El lunes por la mañana dejó de contestarme a los whatsapps. Pausa dramática. Ghosting. Más pausa dramática.

En verdad, yo no estaba lorquianamente enamorada de este señor, pero soy una persona real de las que siente y de las que se frustra cuando le pican las palmas de las manos y me dio rabia que mi número de móvil tuviera más poder sobre mi vida que yo misma. “Nunca te dije flaco quédate conmigo (…) nene afróntame, te hace falta corashe” quería gritarle como Nathy Peluso. ¿Por qué tenía que construirme una respuesta a partir de ese silencio? ¿Por qué me obligaba a mí a ser la valiente que me dijera a mí misma, “Mira, es que ya no me gustas”? ¿Por qué tenía que hacer yo su trabajo?

Después del fan de Bulgákov, ya no me fiaba de nadie, claro. Ni de los de ojos claros ni de los rusos. A veces nos convertimos en solitarios y suspicaces, en expertos en metoposcopia: estudiamos el porvenir en las líneas de los rostros de la gente. Por lo que contaba Teresa Cano, por miedo al fracaso, por miedo a que salga mal. “A partir de los 30 años todo el mundo le teme al amor. Lo quieren, pero lo temen", decía la escritora Svetlana Aleksiévich en esta entrevista. Yo no tengo ni 30 años y ya casi no creo en el amor de la misma manera que ya casi no bebo, ya casi no digo “mazo”, ya casi no bailo o ya casi no follo. Y estoy hasta el coño de todas ellas. Pero, sobre todo, del amor.
No sé si por los individualistas con los que me encuentro o porque yo soy una de ellos. Como decía Cristina Morales en la presentación de su libro Lectura Fácil, estamos inmersos en este mundo de capacitisimo en el que medir la inteligencia, el talento o la creatividad de los demás se ha convertido en un acto prácticamente fetichista". Desconfiamos de que alguien pueda estar a nuestra altura porque somos la generación que más especial se cree. Somos el maldito Narciso gritándole a la fuente. ¿Hemos tomado el onanismo como estilo de vida?

Buscamos al elegido, la serie o peli de Netflix perfecta. Queremos el tráiler y la review de otras usuarias. Buscamos una mujer, una serie, un hombre, una película, que entretenga, que te haga reír o llorar, con la que aprendas, que no te trate como a una idiota, que te excite y satisfaga, que sea bonita de ver. Que saque lo más profundo de ti pero sobre todo, que no defraude al final. Nos hemos quedado eligiendo serie eternamente para, finalmente, no acabar viendo ninguna. Y el verbo, ay, el verbo se debe hacer carne.

Erich Fromm responde en El arte de amar a preguntas como “¿Qué significa amar?" "¿Cómo desprendernos de nosotros mismos para experimentar este sentimiento?" y cuenta que “para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”. Por eso hablé con gente de más o menos mi edad para preguntarles sobre el amor.

Pablo tiene 25 años y es mucho más sabio que yo, me dice que “en términos de amor y afecto con la gente que tengo a mi alrededor el trato que se tiene es horizontal. De no ser así, ya puedes tener un VIP Doble Vitalicio para el Sónar que pasaría de ti como de comer mierda”. Entonces, ¿por qué, siendo racionales, buscamos el amor —y el sexo a veces — en gente idéntica a nosotros?

Diego, de 29 años, me responde que "bueno, todos tendemos a buscar personas con las que creemos que, aparentemente, compartimos la visión y muchos significados sobre la vida social, política y demás...”. Le pregunto, entonces, si piensa mucho en el amor: “Pienso bastante en el amor. Creo que como todo el mundo. Es una de las metas que como ser humano tenemos. Pero también creo que es un constructo de esta cultura neoliberal”.

¿Buscamos tanto nuestra propia libertad que nos hemos olvidado de la de los demás? ¿Somos más individualistas que nunca? Gema Valenzuela Simón, psicóloga sanitaria, me advierte con no confundir narcisismo con individualismo: “el narcisismo es un concepto más complejo. Si hablamos de individualismo en pareja nos referimos a imponer nuestros deseos en la relación. Decir lo que deseamos o ponerlo sobre la mesa está bien, pero las imposiciones no facilitan nunca vínculos sanos”.

¿Y si creemos que todo deseo es amor? ¿Qué carajo es el amor y qué no lo es? María, de 30, se hace la misma pregunta “Antes supongo que el amor era casarte y tener una familia. Pero ahora.. es un poco como el arte, ¿no? Todo el mundo habla sobre él concepto, cree que está o no está, le atribuyen unas características...”. Andrea que también tiene 25 años me cuenta que “si me ponen un temporizador a lo mejor estoy 2h al día o 3h pensando en el amor. Pero me parece super raro porque yo en realidad me creo muy independiente pero me parece como un valor social comparable a no tener trabajo”.

María, que ahora vive con su novio, cree recordar que estaba mejor sola “ahora estoy trabajando para poder cambiarme de piso y para poder mantener una relación. Es un doble trabajo para un fin que todavía no sé cuál es”. Andrea me comenta algo parecido “En cuanto la relación no cumple con lo que hemos predicado o los valores que teníamos no luchamos por intentar arreglarlo o construir la relación. Si no que simplemente pasamos a otra”.

Gema Valenzuela lo ratifica: “las nuevas tecnologías y las redes generan un clima de lo inmediato y de tenerlo todo en el momento. Pero esto también puede generar frustración”. ¿Hemos convertido al amor en algo demasiado tangible y racional? ¿Follamos y amamos sin sensibilidad? ¿Sentir o amar es un síntoma de debilidad? Le pregunto a Pablo “Yo me dejo llevar porque el amor es muy bonito, pero si llega Mario Casas conduciendo la moto entra en mi lado racional como los hunos en los Balcanes”. Igual deberíamos enfrentarnos al amor de la misma manera con la que se debería afrontar a Mario Casas o una película: sin expectativas, sin bloqueos ni prejuicios.

No quisiera tampoco saberlo todo, la incertidumbre es excitante. Que llegue la película —o películas— que te cambie la vida es casi azaroso. Y si llega Mario pues ya enviaré a los hunos. De momento, como dice Tarkovski en Atrapad la vida: “Si quieres ser libre, sé libre, y no hables tanto de ello”.
Me lo aplico. Fin.

PD. Al fan de Bulgákov: OK al ghosting, pero devuélveme los pendientes que me dejé en tu furgoneta, joder.

Sigue a Jimena en @jimenanada.

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