bdsm

Esta pareja tiene una relación ama-esclavo a tiempo completo

Sofía Rincón nos habla de su día a día con su esclavo, Arturo. 'Sé que soy una rara avis: tengo un esclavo, soy dómina y de derechas'.

por Ana Iris Simón
14 Febrero 2019, 5:15am

Fotografías cortesía de la entrevistada porJuan Valero

Sofía Rincón vive en Madrid, trabaja en una empresa de informática, tiene 25 años y un esclavo. Se llama Arturo y lo conoció hace poco más de un mes a través de FetLife, una red social que pone en contacto a personas de la comunidad BDSM. Pero antes, Sofía ya había sido dueña de otros esclavos y esclava de otros dueños. No gana dinero con ello; es su manera de ver, más que las relaciones, la vida desde un punto de vista performático.

"Siempre he tenido la libido muy alta", me cuenta en la cafetería del centro de Madrid en la que hemos quedado. Lleva una camiseta de lunares y un conjunto de collar y pendientes de perlas. "Desde hace mucho tiempo tenía fantasías sexuales que de primeras no me encajaban. Pasé años intentando reprimirlas, intentando ocultarme incluso a mí misma lo que ocurría, hasta que me di cuenta de que no era algo que pudiera elegir. Igual que no se puede elegir la orientación sexual, por ejemplo, uno tampoco escoge ni puede escoger lo que le excita".


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"Para que te des cuenta de que esto no va solamente de cuero y fustas, yo por ejemplo tengo la fantasía de que un hombre me abra la puerta, me bese la mano y me quite el abrigo. La caballerosidad me parece algo magnífico, que un hombre se comporte como si yo fuera su dueña me excita mucho", me dice Sofía, tratando de introducirme a su pensamiento y a su manera de ver el BDSM como "la teatralización de la vida".

"Eso no significa en ningún caso", matiza, "que ese hombre sea un pelele, que es algo que la gente tiende a pensar cuando desconoce qué significa el BDSM. Normalmente, de hecho, sucede justo al contrario. Se trata de hombres que se permiten a sí mismos comportarse así, que no necesitan estar demostrando constantemente que son machos alfa porque ya lo son en sí mismos, ya se ve en sus actos, se percibe en sus decisiones, en su manera de llevar a cabo las cosas", explica Sofía, que decidió "salir del armario" y empezó a aceptar sus preferencias sexuales cuando descubrió a la fotógrafa y dominatrix francesa Catherine Robbe- Grillet.

"Empecé a practicar BDSM hace tan solo un año porque hasta entonces no entendía, no sabía qué me pasaba. Intentaba darle forma pero no lo lograba. Entonces descubrí a Catherine Robbe-Grillet y pensé, ¿Dónde has estado todo este tiempo? Ahora tiene más de 80 años y sigue haciendo ceremonias sadomasoquistas, fue dómina, fue sumisa... Leyendo sobre ella me descubrí a mí misma, le puse nombre y en cierto modo acepté lo que me pasaba. Ahora lo vivo con total normalidad. De hecho, el otro día me llevé una fusta al trabajo por unas fotos. Mi jefe, que es majísimo, preguntó si montaba a caballo y acto seguido dijo que no quería saber para qué era realmente aquello y se echó a reír. Mi entorno sabe que practico BDSM".

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Sofía con su esclavo, Arturo. Imagen vía Juan Valero

Al hilo de Robbe-Grillet Sofía, Sofía comenta que a lo largo de toda su vida ha tenido mujeres de referencia como Madame Pompadour, Margaret Tatcher o Cleopatra. "Son tías muy duras de pelar, con un carácter brutal por las que sentía no solo admiración sino también un erotismo tremendo. Me planteaba cómo sería hablar, interactuar con ellas, pero también por ejemplo algo tan sutil como la forma en que cerraban las puertas. ¿Cómo cerraba las puertas Margaret Tatcher? Me resulta tremendamente erótico imaginarlo. Más allá de la política, para mí la cuestión es su carácter, su estar en el mundo. Claro, en el momento en el que, además de leer sobre ellas, empiezas a masturbarte con fantasías en las que aparecen esos personajes históricos, empiezas a pensar que ahí pasaba algo".

La visión del BDSM de Sofía, al contrario de lo que pudiera pensar alguien que solo sabe de estas prácticas por lo que ha visto en 50 sombras de Grey, es inseparable del arte. "Vivo la vida de forma erótica las 24 horas del día. Salvando algunas ocasiones puntuales, claro, como pueda ser un funeral", sonríe, "concibo el BDSM como una teatralización de la vida, como un teatro que lleva a la erotización absoluta lo cotidiano".

LA VIDA COTIDIANA DE UNA PAREJA BDSM

El BDSM es, para Sofía, la erotización de la vida cotidiana, pero, ¿cómo es la vida cotidiana de una pareja BDSM? Llegué a ella precisamente porque uno de sus seguidores le preguntó a través de Curious Cat si cuando iba a cenar con su esclavo lo obligaba a pagar la cuenta. Entonces pasaron tres cosas: que yo misma empecé a tener esa duda que por supuesto nunca antes había tenido, que me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de lo que era el BDSM, así que no podía imaginarme cómo era la vida cotidiana de alguien que lo practicaba, y, en última instancia, que contacté con Sofía para ponerle remedio a todo lo anterior.

"Te voy a poner un ejemplo muy concreto", me dice mirándome fijamente tras sus gafas redondas. "Imagínate que estoy cocinando. De pronto llega mi esclavo y se da la libertad de arrodillarse y empezar a acariciarme las piernas mientras hago la cena. Esta imagen, esta erotización del día a día se puede extrapolar a cualquier ámbito para entender lo que es el BDSM", explica.

¿También en público? Pregunto. "También en público", responde Sofía. "Precisamente hace menos de una semana estaba despidiéndome de Arturo, mi esclavo, en los tornos del metro. Estábamos besándonos cuando él, que es mucho más alto que yo, se arrodilló y seguimos haciéndolo. Entonces pasó al lado un grupo de mujeres mayores y una exclamó indignada: '¡¿Y se lo permite?!' No sé a quién se refería, la verdad, quién le estaba permitiendo a quién qué".

Cuando Sofía me habla de despedidas en tornos de metro empiezo a comprender realmente que la cosa no va solo de tacones de 13 centímetros y cuerdas y que su día a día es bastante más parecido al mío de lo que pensaba. "Creo que uno de los mayores errores y uno de los grandes prejuicios que tiene la gente al pensar en el BDSM es el hecho de omitir el factor psicológico. Si me pides que lo defina, te diría que el BDSM es todo aquello que no es convencional y que atañe al contexto erótico, no solo en cuanto a la genitalidad, sino mucho más allá de ella", me dice.

"Por ejemplo, una de las cosas que tenemos pactadas mi esclavo y yo es que él tiene la orden de besarme la mano, quitarme el abrigo y colocarlo cuando nos encontramos. A ambos nos resulta absolutamente erótico pero no es algo habitual, las parejas no se suelen pedir eso y en esa medida es BDSM aunque no haya fustas ni violencia de por medio. Del mismo modo, el BDSM puede consistir también en que te aten o en otras prácticas como que te marquen con un hierro, pero no se ciñe a eso. Diría que el 90 por ciento del BDSM no tiene que ver con la genitalidad, con lo que tradicionalmente entendemos como sexo. La frase de Mark Twain que dice que "Todo tiene que ver con el sexo excepto el sexo" puede aplicarse muy bien al BDSM, en el que la mayor parte de la excitación es una cuestión ambiental, gestual, completamente performática", explica Sofía. El BDSM para ella es la erotización de la vida, algo que, dice, queda plenamente plasmado en su obra artística, a la que considera "íntimamente ligada a su faceta de dómina".

Con Arturo, su esclavo, mantiene una relación de dómina-esclavo, pero en el futuro quiere comenzar lo que en el BDSM se llama una relación switch. En ellas, los roles de dominio y sumisión son fluidos, se intercambian según el momento. "Para mí es divertidísimo, aunque hay puristas del BDSM que no lo ven con buenos ojos, igual que hay puristas del chocolate que te dirán que tomarlo con leche es una vergüenza. En fin, gente muy aburrida", explica.

"Una de las cosas que tenemos pactadas mi esclavo y yo es que él tiene la orden de besarme la mano, quitarme el abrigo y colocarlo cuando nos encontramos"

En las relaciones switch, como en las que no lo son, se establecen unos parámetros y se pactan una serie de pautas. Por ejemplo, palabras que indiquen un cambio de roles en el caso de los switch. "Imagínate que yo cojo una bebida y la tiro al suelo, miro a mi esclavo y le digo "límpialo". Empieza a limpiarlo, pero nosotros hemos pactado inicialmente que en el momento en que yo pronuncio una palabra clave, por ejemplo la palabra "inútil", él tiene derecho a rebelarse. Entonces comienzo a ningunearle el trabajo, a decirle que no sirve para nada, que lo está haciendo fatal, y suelto la palabra: inútil. Eso marcará que él pueda convertirse en amo y es divertidísimo", relata.

De igual manera, en las relaciones BDSM también suele haber lo que se denominan palabras de seguridad. Sofía me cuenta que ella recomienda que haya dos: la "palabra ámbar", para indicar que todo va bien pero que quizá el límite esté cerca, y la "palabra rojo", para indicar que se ha llegado al límite, ya sea física y psicológicamente, y hay que parar. "Ten en cuenta que, por ejemplo, en las prácticas de shibari se pone en riesgo la integridad física de quien las practica", me dice.

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Sofía y Arturo. Imagen vía Juan Valero

¿SON LAS PERSONAS QUE PRACTICAN BDSM MÁS EQUILIBRADAS EMOCIONALMENTE?

En el año 2013, The Journal of Sexual Medicine publicó un estudio en el que se ponía de manifiesto que las personas que practican BDSM son mentalmente más equilibradas que las que no. En ese sentido apuntaban que los aficionados a las prácticas bondage, de disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo eran "menos neuróticos, más extrovertidos y más abiertos a nuevas experiencias" y que les importaba menos que al resto sufrir el rechazo de los demás.

Pero hasta el segundo café no le hago a Sofía una de las preguntas que más me intrigan respecto a la vida cotidiana de una pareja que practica el BDSM. Una duda que, por descontado, está sustentada en la imagen que proyectan el porno o las ficciones mainstream de estas prácticas más que estudios científicos como el de The Journal of Sexual Medicine: ¿los amos y las dóminas dan o pueden dar muestras de cariño a sus esclavos? ¿Pueden acariciarlos mientras ven una serie un martes o darles las buenas noches por el WhatsApp con emojis al final de las frases, o es incompatible con su rol de dominación?

Sofía se ríe cuando le expongo mi duda. "La mujer dómina es la mujer sublime. Yo, de hecho, como mujer sublime, no puedo comerme una hamburguesa, por ejemplo. Si no me das magret de pato, no como", me dice muy seria. Y después se ríe y añade que qué va, que estaba de coña. "Claro que hay muestras de cariño. De hecho, yo soy muy cariñosa, el otro día un amigo bromeaba en Twitter diciéndome "BDSMoñas". Hay quien dice incluso —aunque yo no estoy de acuerdo al cien por cien porque hay casos de todo tipo, en el BDSM y fuera de él— que las relaciones BDSM son más puras que las denominadas "relaciones vainilla" porque implican una confianza y una comunicación tremendas", comenta.

"La mujer dómina es la mujer sublime. Yo de hecho, como mujer sublime, no puedo comerme una hamburguesa, por ejemplo. Si no me das magret de pato no como"

"Otra de las cosas que mucha gente que no conoce el BDSM obvia es esa: que requiere, además de cierto gusto estético y cierta sensibilidad, que te guste empatizar y entender a otro ser humano. Lo que haces en el BDSM es ahondar en la otra persona, descubriendo a otro ser humano en sus más profundas raíces, porque el sexo va a lo más profundo. Como dijo Gómez Dávila, "el amor es lo que nos hace ver la individualidad de los seres", y el BDSM es exactamente eso: descubrir la individualidad del otro de una manera muy profunda, con sus debilidades y sus fortalezas", remata Sofía.

Cuando alude a Gómez Dávila, Sofía y yo vamos por el segundo café. Han pasado casi dos horas desde que nos saludamos y empezó a explicarme su visión y cómo vive el día a día en relación al BDSM. Le confieso entonces que me sorprende que mencione al filósofo colombiano, que se autoproclamaba y definía como "reaccionario auténtico", igual que me sorprendía, antes de conocerla, que en su timeline de Twitter tuvieran cabida sus experiencias como dómina, pero también críticas al denominado feminismo pop ("¿Sabéis quién os considera empoderadas porque os hayáis teñido las axilas de verde? Nadie", tuiteaba hace poco) y cuestiones políticas.

"Yo soy una especie de rara avis, sí. Tengo un esclavo, soy dómina y soy de derechas. La gente se suele quedar a cuadros, pero coño, la gente de derechas también tenemos relaciones sexuales", dice mientras se ríe. Me habla de unos conocidos que son pareja y, además de "bdsmeros" pertenecen a una cofradía. Y de un torero cuya identidad prefiere mantener en secreto con el que habla por DMS en Twitter. "Estamos en un momento histórico en el que hay muchas cosas estigmatizadas. De igual maneras que cuando le dices a alguien de derechas que otro alguien es de izquierdas piensa automáticamente que es un progre y al revés, el otro pensará por defecto que es un facha, con el BDSM ocurre que los más conservadores lo ven a veces como una degeneración y otros sectores más progresistas parece que patriomonializan la diversidad sexual".

Nos despedimos y andamos juntas hasta el metro. Vamos en la misma dirección y antes de subir al vagón me dice que tenga cuidado, que igual me ordena algo y tengo que hacerlo. Se ríe y su risa estalla en el túnel, como mis prejuicios han estallado en la cafetería mientras me hablaba de la relación entre el arte, el juego y el BDSM con menciones a Twain, A Gómez Dávila, al "estar en el mundo" de Margaret Tatcher o a ese torero cuya identidad no me quiso desvelar.

Sigue a Ana Iris Simón en @anairissimon.

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