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prisiones

Así es pasar una depresión en las cárceles españolas

Lo que vives allí es mucho peor que lo que puedas ver en cualquier serie americana.

por Luís Rodríguez; tal y como se lo contó a Alba Carreres; ilustración de Carla Sánchez
05 Febrero 2019, 5:00am

Entré en la cárcel hace casi cuatro años. Recuerdo aquel día perfectamente. Era el 6 de marzo del 2015. Yo estaba durmiendo en una casa de 800 metros cuadrados con vistas al mar que tenía alquilada en Alella Park. El ruido de los helicópteros y el nerviosismo de mis dos dobermans me llevaron a pensar que algo malo estaba aún por venir. Minutos después estaba rodeado de varios agentes que apuntaban sus pistolas a mi cráneo y me invitaban a rendirme gritando “tírate al suelo”.

Antes de mi detención vivía rodeado de todo tipo de lujos. Coches de lujo, reservados en discotecas y fiestas masivas, eventos brutales en Barcelona en los que convocaba a todo el mundo... Nunca pensé que me iban a pillar. Me dejé llevar por un amigo que había orquestado un plan para cometer “el delito telemático perfecto”.

Básicamente, lo que hacíamos era emitir facturas haciéndonos pasar por empresas de suministros solicitando importes elevados a otras grandes empresas bajo amenaza de corte de suministro. Facturaba 18 000 euros diarios, pero el dinero igual de rápido que entraba se iba.


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Había estudiado una FP de Administración con Informática y luego me puse a estudiar una carrera de Administración y Dirección de Empresas. Mi familia pensaba que simplemente me había ido bien con el telemarketing. Siempre he sido buen estudiante y trabajador, por lo que no se plantearon tampoco de dónde había salido todo aquel dinero.

Entrar en la cárcel me cambió la vida y me destrozó por dentro. Pasé de vivir con todo tipo de comodidades a compartir una celda minúscula con 4, 6 u 8 personas que habían cometido todo tipo de delitos. La convivencia allí dentro es muy complicada. Apenas se puede dormir. El que no está enfermo, ronca, y el que no, se levanta a las tres de la madrugada porque no puede dormir. Las celdas son un lugar lúgubre, casi sin ventilación y la higiene brilla por su ausencia.

Vivir en una cárcel es estar en tus peores condiciones. Allí la coacción, la intimidación, la extorsión y las amenazas son constantes. Es muy angustioso. Hay que ser muy fuerte anímicamente para aguantar estar allí sin deprimirte. Yo me derrumbé hasta el punto que si hubiese estado en el tejado de un rascacielos me hubiese tirado de cabeza.

"Hasta llegar a esta conclusión pasaron muchas sesiones. Hay que tener en cuenta que cada módulo dispone de un médico y de un equipo de tratamiento, pero muchas veces debido al trabajo que tienen se hace muy complicado entablar una conversación con ellos en su despacho, a no ser que los abordes en el patio"

Estar encerrado en un patio de 130 metros cuadrados durante prácticamente todo el día no me ayudó para nada a superar aquella depresión. Todo era gris. El suelo, las paredes, los pasillos. Mirase donde mirase había algo deprimente. Además, como yo ya tenía estudios, no me ofrecieron ir a la escuela, por lo que mi alternativa al patio era el gimnasio.

Cuando los psicólogos de la cárcel me dijeron que tenía depresión, no me sorprendió. Me aseguraron que era algo muy normal, que pasaba bastante a menudo dentro de la cárcel. Y no me extraña: estar ahí dentro te desencadena un trauma psicológico fuertísimo. Hay gente que hasta se engancha a los antidepresivos. A mí me los estuvieron prescribiendo durante dos años.

Hasta llegar a esta conclusión pasaron muchas sesiones. Hay que tener en cuenta que cada módulo dispone de un médico y de un equipo de tratamiento, pero muchas veces, debido al trabajo que tienen, se hace muy complicado entablar una conversación con ellos en su despacho, a no ser que los abordes en el patio.

Ver suicidios e intentos de suicidio en una cárcel es el pan de cada día, y en algunas comunidades no existen protocolos antisuicidio como tal. Recuerdo un día, cuando estaba en Brians 1, módulo 4, un compañero de celda se fue en libertad. Era miércoles. Ese mismo día a las cuatro de la tarde trajeron a un chico un poco desequilibrado, se veía claramente que no estaba bien. Cuando entró en mi celda no dijo palabra alguna, ni siquiera saludó. Intenté en varias ocasiones establecer una conversación con él, pero solo contestaba con monosílabos.

Llegada la noche de aquél mismo día, lo oí decir en voz baja que se quería quitar la vida. Fue entonces cuando vi que allí había peña más jodida que yo. Le dije que tenía que intentar relajarse, pero entonces empezó a destrozar cuchillas. Lo pasé fatal. No le conocía de nada, se ve que ya se había intentado suicidar en varias ocasiones y me lo habían metido en la celda. No solo tuve miedo por lo que se pudiera hacer él. También por mí.

Tuve que estirarme en la cama con el palo de una escoba. Pensaba que si me quedaba dormido mi vida correría peligro allí encerrado. A la mañana siguiente, sobre las siete, cuando me acababa de duchar, vi un reguero de sangre que iba desde el baño hasta la puerta de la habitación. Un funcionario vino a mí y me dijo: “¿El idiota ese que se ha rajado el cuello vivía contigo?”. Se cortó el cuello de punta a punta, pero no perdió la vida. En la cárcel, si la pierdes, no vales nada. Uno menos.

"Más allá de preguntas rutinarias estilo '¿Cómo te encuentras?', '¿Has pensado en hacerte daño?', '¿Quieres hacer actividades?' o '¿Qué sientes?', nadie te ayuda a superarlo, y el que tienes al lado quizás está peor que tú"

Más allá de preguntas rutinarias estilo "¿Cómo te encuentras?", "¿Has pensado en hacerte daño?", "¿Quieres hacer actividades?" o "¿Qué sientes?", nadie te ayuda a superarlo, y el que tienes al lado quizás está peor que tú. La gente en la cárcel se deprime porque la libertad es el bien más preciado del ser humano y el hecho de estar incomunicado y privado de ella te destroza el alma. Cuantos más días estés dentro te encuentras peor y cuanto más cerca estés de la libertad más cerca estás de recuperarte.

Eso es lo que me pasó a mí. Era la primera vez que estaba deprimido y encima estaba en la cárcel con otros que estaban más deprimidos que yo. Adelgacé 20 kilos en 24 meses. El primer año en la cárcel se me hizo eterno. No veía el final del túnel.

Los lunes y los martes eran de total bajón. El miércoles y el jueves subía un poco, pero el viernes los ánimos volvían a bajar porque ya no me quedaba dinero ni para comprar un paquete de tabaco. Los sábados por la mañana si iba a venir tu familia estabas como ilusionado, pero por la tarde y el domingo otra vez mal, te derrumbabas por completo y la rueda no hacía más que girar y volver a empezar.

Cuando estaba allí dentro, aislado y sin poder hablar con nadie, me decía a mí mismo que había sido un auténtico gilipollas. Me sorprendía cómo lo había podido llegar a hacer, si yo era una persona inteligente. Me repetía una y otra vez que para ganar dinero no hace falta entorpecerte la vida de esta manera. Pero ahora no había marcha atrás y había que aguantar.

En la cárcel nadie te ayuda a superar estos baches. Los únicos que te podrían ayudar están pasando por lo mismo que tú y no están como para aguantar tus penas; entonces valoras todos aquellos momentos que no has sabido aprovechar con tu familia, las veces que no has contado las cosas a tu madre o a tu hermana, valoras tener a alguien que te escuche, que te regañe o que te aconseje.

Aunque no estuvieran allí conmigo sabía que de alguna forma lo estaban. Al fin y al cabo sabes que la depresión es transitoria, pero en cierta manera dependía pasarla o no del apoyo exterior y de tu fortaleza. Cada día me buscaba una motivación por la que seguir luchando, algo por lo que valiera la pena vivir aunque estuviera privado de libertad. Y por muy oscuro que pareciera el túnel, siempre había algo.

Participar en los cinefórums, leer un libro, organizar un concierto para los reclusos… Son muchas horas juntos, sin nada qué hacer y compartiendo una experiencia muy dura. Necesitaba algún aliciente para hacer aquella realidad más llevadera.

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