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Television

Masterchef 7: más frikis que 'foodies'

Sin Eva González, pero con un casting que podía haber preparado tranquilamente el equipo de '¿Quién quiere casarse con mi hijo?', 'Masterchef 7' inauguró su nueva edición con más espectáculo que cocina.

por David Broc
27 Marzo 2019, 7:58am

Valentín, uno de los concursantes de esta nueva edición. Imagen de RTVE vía Twitter

Masterchef 7, que ayer estrenó temporada, pone sobre la mesa un aspecto interesante: a veces la pérdida del presentador titular de un programa puede ser más beneficiosa que perjudicial. La marcha de Eva González no solo ni se ha notado en el devenir del concurso culinario, sino más bien todo lo contrario: ha supuesto un chute de frescura y dinamismo para un formato que ya parecía asentado y demasiado seguro de sí mismo. La productora ha sabido reconducir una situación a priori problemática, y esto hay que aplaudirlo. Y no me refiero, precisamente, a la voz en off inicial de Jordi Cruz, más impostada y artificial que las interpretaciones de Toni Cantó en 700 euros.

La Voz y Antena 3 le "robaron" la presentadora al producto estrella de TVE, y ahora es Masterchef el que ha decidido "robar" a La Voz y Antena 3. Quid pro quo. Como si se tratara de los coaches del programa musical, ahora Pepe, Jordi y Samantha pugnan entre ellos para formar el equipo más competitivo y talentoso en un giro de guion que añade sentido del entretenimiento, picardía e implicación personal de sus estrellas. No hay sillas giratorias ni pulsadores ni catas a ciegas, más bien se trata de un proceso de selección rápido y directo que se nota bastante pautado y definido de antemano.

El aumento de competitividad tiene una relación directa en el casting, y aquí es donde el formato ha dado el giro definitivo hacia la televisión espectáculo. Es evidente que ya no buscamos cocineros que puedan dar el pego en pantalla, sino frikis televisivos que puedan apañarse en los fogones. La presencia en la primera fase de selección de sospechosos habituales del medio como DJ Pharma (por la mañana vende Ibuprofeno; por la noche pincha house) y los gemelos del entourage de Palomo Spain o de personajes delirantes como la vasca que un buen día hojeó un Corán por casualidad y se convirtió al Islam ya alertaba sobre las intenciones de esta edición.

La primera selección no engañó a casi nadie. Valentín, por ejemplo: gay, excomunista, actual votante de Ciudadanos, jugando constantemente a la bromita y consciente en todo momento de dónde está la cámara. Natalia, de profesión diseñadora de lápidas… ¿hace falta decir algo más? Hubiera encajado sin problema en ¿Quién quiere casarse con mi hijo? Laly, de profesión amiga de José Bono (con featuring incluido del político, al que evidentemente ya se la suda todo y se presta a lo que haga falta) y con una cuenta bancaria lo suficientemente saneada como para dar por hecho que su meta existencial y laboral no pasa por montar un restaurante. Se ha presentado a Masterchef 7 como se podía haber presentado a Boom o a Inteligencia Artificial.

Son los mismos cromos de siempre, pero con un sentido más histriónico y sobreactuado: el señor mayor campechano y algo disperso (Josecho), la empleada del hogar en busca de otra vida que se pasa todo el programa llorando (Gloria), el andaluz chistoso sin filtro ni freno (Carlos) o la instagramer de personalidad conflictiva elegida para caer mal a la audiencia (Teresa). Al programa le ha funcionado bien este esquema en anteriores ediciones, por lo que ahora se trataba sencillamente de girar sobre el mismo concepto con participantes más desenfadados y mucho más conscientes de que aquí hay que dar juego cuando se enciende el piloto rojo.

Frikismo televisivo no apto para foodies con el paladar exquisito y la moral de hierro, Masterchef 7 es la edición en que queda más claro, cuando menos en su gala inaugural, que el casting premia más al personaje que al cocinero. Ninguna objeción: con la generosa oferta de programas culinarios que uno puede encontrar actualmente en infinidad de plataformas, es lícito y se entiende que el talent show apueste con rotundidad por una versión más cercana a Cuatro que a la de sus primeras ediciones.

Lástima que cualquier intención del programa, por buena o discutible que sea, acabe diluida y neutralizada ante el mosqueo generalizado del telespectador medio, harto de ser tratado como si al día siguiente pudiera levantarse a las 10 de la mañana. No nos cansaremos de decirlo: que el programa estrella de una cadena pública —¡y sin publicidad!— finalice casi a las 2 de la madrugada en un día laborable es una vergüenza y una tomadura de pelo. Ya puestos a "robarle" a La Voz, no hubiera sido mala idea tomar prestada la idea de dividir la gala inicial en dos partes para recoger los bártulos a una hora prudente y no convertir a sus seguidores en yonquis de la melatonina.