mushrooms among test tubes
Drogas

Llegan las pastillas de setas alucinógenas de farmacia

Ahora que las setas alucinógenas pasan de droga recreativa a tratamiento para enfermedades mentales, los pacientes no tendrán que tomar tallos o sombreros, sino un producto sintético hecho en un laboratorio, que puede ser patentado y producir beneficio.
Lia Kantrowitz
ilustración de Lia Kantrowitz
ÁG
traducido por Álvaro García
28 Mayo 2020, 1:26am

En 1955, un directivo de un banco y un fotógrafo de Nueva York se encontraban en una casita de adobe y paja en un remoto poblado de la sierra Mazateca. Gordon Wasson, por aquel entonces vicepresidente de J.P. Morgan, había estado aprendiendo sobre el uso de las setas alucinógenas en diferentes culturas y había encontrado a una curandera mazateca: María Sabina. Sabina, que entonces tenía unos 60 años, había tomado setas desde que era pequeña. Guio a Wasson y al fotógrafo, Allan Richardson, a través de una ceremonia llamada la velada.

“Masticamos y nos tragamos unas setas de sabor acre, tuvimos visiones y volvimos de la experiencia anonadados”, escribió Wasson en un artículo para la revista Life. “Hemos venido desde lejos para asistir a un ritual con setas pero no esperábamos algo tan maravilloso como la virtuosidad de las curanderas y los asombrosos efectos de las setas”.

Llamándose a sí mismo “el primer hombre blanco de la historia conocido en comer la seta divina”, Wasson, sin quererlo, expuso a gran parte de occidente, y a la floreciente contracultura, a las setas alucinógenas. Mientras, al otro lado del planeta, la farmacéutica suiza Sandoz recibía 100 gramos de setas de un botanista que había visitado a Sabina en uno de los viajes de Wasson. Fueron a parar al laboratorio de Albert Hofmann, el químico suizo que sintetizó LSD por primera vez. En 1963, Hofmann viajó a México con unas pastillas que contenían psilocibina, el compuesto activo de los hongos psilocibios.

“Explicamos a María Sabina que habíamos aislado el espíritu de las setas y que ahora estaba en las pastillas”, dijo Hofmann durante una entrevista en 1984. “Cuando nos fuimos, María Sabina nos dijo que de verdad las pastillas contenían el espíritu de los hongos”.

Este desarrollo es particularmente importante a día de hoy, puesto que los científicos estudian las setas alucinógenas como un posible tratamiento para aquellos que sufren depresión severa, adicción y más. En las pruebas clínicas, como las que se realizan en la Universidad de Johns Hopkins y el Imperial College de Londres, los participantes no ingieren los sombreros ni los tallos. Se les administra psilocibina sintética, hecha en un laboratorio por químicos, de forma similar a cómo Hofmann lo hizo por primera vez.

Es una medida necesaria: la producción de los hongos psilocibios es fácil y barata pero los investigadores tiene que pedir la psilocibina a laboratorios fuertemente regulados, porque la composición de los productos naturales puede variar. Se necesita saber la cantidad exacta de droga que se está administrando, cuánto tarda en hacer efecto y cuánto tiempo dura; también deben asegurarse de que la droga no está contaminada con otras sustancias químicas.

La psilocibina se acerca cada vez más a la categoría de medicamento legal que cumple todos los requisitos y regulaciones, pero los médicos nunca van a prescribir setas —lo que tendrá un cierto impacto económico. Los investigadores del Johns Hopkins afirman haber pagado a los laboratorios entre 7 000 y 10 000 dólares por gramo de psilocibina, mientras que en la calle el gramo de seta alucinógena está a unos 10 dólares. Además del coste de los materiales químicos, este precio tan elevado viene de las estrictas normas de fabricación de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense.

Estamos en un momento sin precedentes y la comunidad psicodélica debe aceptar que los hongos alucinógenos se conviertan en pastillas sintéticas que se pueden recoger en la farmacia. Hay una desconfianza generalizada sobre lo que implica la psilocibina sintética: grandes compañías, inversores dudosos y patentes de experiencias que según ellos no deberían tener precio o margen de beneficio. Puesto que es un compuesto natural conocido, la psilocibina en sí no puede ser patentada, pero la forma en que se fabrica y usa, sí. Ya hay organizaciones que han solicitado patentes para los procesos de síntesis y fabricación en grandes cantidad.

Desde un punto de vista químico, las moléculas de la psilocibina son las mismas, ya vengan de una planta o de un laboratorio. Así que la duda no es si es “mejor” o “peor”, sino sobre la modificación de unas sustancias que la gente considera espirituales y que podrían ser enormemente beneficiosas para la medicina.

“Entra en una cuestión no científica”, dice Matt Johnson, psicólogo y director adjunto del Centro de Investigación Psicodélica y de la Conciencia de la Johns Hopkins. “Creo que la gente está confundiendo la idea de que alguien quiera patentar algo con esa área que ellos consideran sagrada”.

the molecular breakdown of medical mushrooms

Hacer psilocibina es como montar un puzle, en el que las piezas tienen que unirse en un orden particular porque algunas solo encajan si están junto a otras. Añadir una pieza más puede provocar que otra cambie de forma o atraiga a una nueva que antes no estaba ahí. Al final, si sigues los pasos correctos, terminas el puzle: una molécula de psilocibina.

“No es una síntesis terriblemente difícil”, dice David Nichols, médico químico y farmacéutico que ha hecho varias moléculas de psilocibina en el laboratorio para estudios de investigación, “para quien esté haciendo un máster en química orgánica y que se le dé bien el laboratorio”. Básicamente, lo que quiere decir es que no cualquiera puede hacerlo decir y se necesitan ciertas habilidades y precisión. Desde que Albert Hofmann creara la primera psilocibina sintética en los 50, Nichols dice que el proceso ha mejorado, gracias a diferentes métodos, a la hora de unir diferentes compuestos químicos y saltarse uno o dos pasos.

Hoy existen dos grandes organizaciones que ya están haciendo psilocibina sintética con el propósito de tratar a la gente con depresión y otras enfermedades mentales. La primera es la empresa Compass Pathways; la otra, una organización sin ánimo de lucro, Usona Institute.

Compass Pathways es una compañía londinense que recibió la denominación de “Terapia Innovadora” de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos por la terapia con psilocibina sintética en los pacientes con depresión clínica resistentes al tratamiento. Esto quiere decir que las evidencias preliminares fueron tan prometedoras que la Administración va a acelerar el proceso de revisión.

En 2018, Olivia Goldhill escribió un artículo para Quartz sobre cómo llegó Compass a ese punto: Compass Pathways comenzó como una organización benéfica y se convirtió en una farmacéutica privada. Goldhill entrevistó a expertos en sustancias psicodélicas que creían que Compass quería convertirse en la única administradora del compuesto de psilocibina. También habló con nueve asesores de Compass, que afirmaron que “en Compass Pathways han recurrido a las tácticas tradicionales de la industria farmacéutica que podrían ayudarles a dominar el mercado, entre las que se incluyen bloqueos a la capacidad potencial de compra de medicamentos de los rivales, patentes de fabricación y contratos que dan a Compass el poder de la investigación académica y son restrictivos incluso para los estándares de la industria farmacéutica”, escribió Goldhill.

Compass también ha recibido críticas por sus inversores, que incluyen al inversor de riesgo Peter Thiel, cofundador de PayPal y un reconocido partidario de Donald Trump. Rick Doblin, fundador y director ejecutivo de la Asociación Multidisciplinaria de Estudios Psicodélicos (MAPS, por sus siglas en inglés), dice que MAPS también fue criticada por aceptar una promesa de donación de millones de dólares de la Mercer Family Foundation, encabezada por Rebekah Mercer, defensora de Donald Trump y una de las principales inversoras de Breitbart News.

“Que las compañías inviertan en sustancias psicodélicas, obviamente, viene motivado por el deseo de mejorar la condición humana, pero también por los beneficios económicos…”, decía Adam Winstock, doctor en medicina del University College de Londres, en Elemental, una publicación de Medium, en 2019. “Es lo que ocurre con la industria farmacéutica cada dos por tres: las buenas intenciones quedan oscurecidas por el deseo de maximizar los ingresos”.

En enero de este año, desde Compass anunciaron que les habían concedido la última patente que habían solicitado, por sus métodos a la hora de tratar con una fórmula de psilocibina a los pacientes con depresión resistentes a los tratamientos. Lars Wilde, uno de los tres cofundadores de Compass, dice que el propósito de la patente es “proteger nuestra innovación”, no para evitar que otros hagan psilocibina. “La pregunta se ha planteado muchas veces, si deberíamos pararle los pies a los investigadores y la respuesta es absolutamente no”, añade.

“Una empresa privada, o sin ánimo de lucro, no me importa”, prosigue. “La idea es que estamos desarrollando una droga, que aún es un boceto y que trae consigo eficacia y seguridad. Y estamos preparando un paquete de aprobación regulatorio que beneficiará a los pacientes. Queremos poseer ese proceso y así asegurar la seguridad del paciente y que la terapia se administre de forma correcta”.

El Usona Institute, por otra parte, ha emergido con una estrategia diferente. Fue fundado después de que Bill Linton, el presidente de una compañía de ciencias de la vida, invitara a un amigo a participar en una prueba con psilocibina de la universidad Johns Hopkins que ayudaba a los pacientes con cáncer en cuidados paliativos a combatir la ansiedad por la muerte. Usona es una organización sin ánimo de lucro fundada por inversores y donantes y que ha decidido no solicitar ninguna patente, aunque tiene su propio proceso para sintetizar la psilocibina.

“Apoyamos la divulgación abierta de conocimientos y materiales en el campo sintético”, dice Chuck Raison, director de clínico e investigación translacional. Alex Sherwood, uno de los químicos de la organización, nos explica que Usona pone la psilocibina a disposición de cualquier científico cualificado. Los investigadores pueden solicitar cápsulas de psilocibina gratis, junto con placebos, para poder llevar a cabo sus propios experimentos.

Ahora que la competición dentro de la medicina psicodélica aumenta —y las pruebas de Compass y Usona entran en fase dos o tres antes de conseguir la aprobación de la Agencia de Alimentos y Medicamentos—, habrá incluso más inventos (y patentes) para producir psilocibina y más gente que trate de conseguir una estrategia eficiente y de bajo coste.

En 2019, por ejemplo, el químico e ingeniero biológico J. Andrew Jones y su colega, modificaron genéticamente una bacteria E. coli para que produjese psilocibina.

Las setas producen psilocibina al absorber los nutrientes del medio ambiente y transformarlos en el compuesto anterior a la psilocibina. Las setas también producen enzimas, como está codificado en su ADN, que actúan en los compuestos para hacer psilocibina. Jones insertó ADN de las setas en la E. coli para que tuviera las mismas habilidades. Lo único que la E. coli necesita para producir psilocibina es una dieta regular de glucosa y un medio ambiente habitable. Jones y su colega solicitaron una patente provisional del proceso y están trabajando con una empresa emergente para sacarlo al mercado.

Desarrollar una droga cuesta mucho dinero y está por ver cómo podrían las organizaciones producir, probar y vender los tratamientos con psilocibina sin inversores ni beneficios. ¿Debería la psilocibina ser suministrada a pacientes solo a través de compañías sin ánimo de lucro, como Usona? Merece la pena preguntarse: ¿por qué debería ser así, si no ocurre lo mismo con la mayoría de las drogas?

“La otra preocupación que surge con el desarrollo lucrativo es esa especie de crítica al capitalismo, que solo quiere aumentar los beneficios y que no tiene en cuenta las necesidades humanas. Solo importa ganar dinero”, dijo Doblin en una entrevista en 2018 para la Psychedelic Times. “Creo que no es el caso. Por lo que sé de Compass y lo que están tratando de hacer, creo que tienen motivos tanto económicos como humanitarios”.

A Nichols, el químico, no le preocupa que una organización tenga el monopolio de la psilocibina. La psilocibina se puede hacer de muchas formas y las patentes de Compass no son prohibitivas. Dice que simplemente implica el uso de ciertos solventes y métodos de cristalización. Dice que tener una organización sin ánimo de lucro tan fuerte como Usona hará que los precios se mantengan bajos —siempre y cuando se mantenga sin ánimo de lucro. (Desde Usona nos dijeron que, aunque no les gusta especular, no tienen intención de cambiar).

La verdad es que hay dinero en el mundo de la psilocibina y los inversores corren en masa para invertir en las empresas emergentes del área de la salud mental y los psicodélicos. El mercado de antidepresivos actual estaba valorado en 14 000 millones de dólares en 2018 y se estima que crezca 16 000 millones más en los próximos tres a cuatro años. Cualquier farmacéutica que pueda competir podrá sacar mucho beneficio.

mushroom pills on the factory line

Y por esa razón, la comunidad psicodélica tendrá que aceptar que habrá gente que se enriquecerá. “La gente que estaba en el mundo de las drogas psicodélicas desde el principio creía y sentía que la psilocibina era algo que se pondría a disposición de todos, como un regalo y no algo que vendría dado por una gran compañía”, dice Raison.

Muchos ven como algo negativo que las farmacéuticas produzcan drogas, y los precios tan elevados por los que las venden. No quieren que les ocurra lo mismo a las drogas psicodélicas. Wesley Thoricatha explicó en el Psychedelic Times que se debe propiciar el buen uso e intenciones de estas sustancias y “por lo tanto, tenemos que tener cuidado con aquellos que quieren sacar beneficio, puesto que podría comprometerse éticamente”.

Pero Doblin dice que el desarrollo de la industria de la psilocibina es una buena señal de que toda la investigación académica, el trabajo sin ánimo de lucro y el activismo han sido efectivos. “El hecho de que los inversores quieran arriesgar su dinero es señal de éxito de todo el trabajo voluntario, que hemos alejado tanto de los problemas políticos, regulatorios y de la opinión pública que ahora podría ser un campo más de la ciencia, o al menos ir en esa dirección”.

Desear que la psilocibina quede relegada a su contexto tradicional y “natural” es un pensamiento privilegiado, según Wilde. No tiene en cuenta la razón por la que existe tanto beneficio en primer lugar: esta droga puede realmente ayudar a la gente. “Cuando pienso en mí hace cuatro años y cómo sufría de ataques de pánico y depresión, yo no era un psiconauta”, dice Wilde. “Ojalá hubiera tenido la oportunidad de ir a un psiquiatra y decir: ‘Se me han acabado todos los tratamientos. ¿Qué otra cosa tienes?’”.

Además del influjo de dinero y las reivindicaciones de propiedad, la psilocibina sintética y las pastillas que se pueden recoger en la farmacia desmitifican algo que durante tanto tiempo ha sido inefable. Una patente de producción de psilocibina convierte al compuesto en una sustancia química más, una colección de átomos que alguien con los conocimientos suficientes puede producir. “Los científicos se han vuelto a posicionar entre los procesos naturales y los organismos humanos” se leía en el sitio web Gaia en 2019.

Quizás, podemos aprender algo de lo que ocurrió después de que Gordon Wasson hablara sobre María Sabina en la revista Life, hace más de 60 años. Famosos y turistas acudieron en manada al pueblo de Sabina para participar en las ceremonias y acabaron faltando el respeto a la gente local y a sus tradiciones. Las culpas fueron para Sabina, que fue expulsada de su propia tierra, quemaron su casa y el Gobierno la investigó por tráfico de drogas. Según su biografía, después de que llegaran los extranjeros, dijo que las setas habían “perdido su fuerza, la habían arruinado. Por ello, nunca más funcionarán. No hay forma de remediarlo”.

Wasson también expresó su pesar por la creciente popularidad de las setas. En 1970, escribió en el New York Times:

¿Qué he hecho? Hice un descubrimiento cultural importante. ¿Debería haberlo ocultado? Ha llevado a nuevos descubrimientos cuyo alcance aún está por ver… Sin embargo, lo que he hecho me provoca pesadillas: he desatado en Huautla un torrente de explotación comercial de lo más vil. Ahora se puede comprar setas en todas partes —en cada mercado, en cada casa de cada pueblo. Todos ofrecen sus servicios como “sacerdotes” del rito… En 1955, María Sabina me pidió titubeando 13 pesos por sus servicios de curandera durante una noche. He oído que los extranjeros ahora pagan entre 500 y 1000 pesos por una “puesta en escena”.

Pronto veremos los primeros medicamentos hechos con psilocibina y tendremos que hacer sitio tanto para su uso farmacéutico como recreacional.

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