FOTO: IMAGO IMAGES | GERHARD LEBER
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Identidad

Por qué tengo miedo de los archivos secretos policiales de mi familia

Helene podría solicitar los documentos de la Stasi sobre su madre, pero no se atreve.
5.1.21

Artículo publicado originalmente por VICE Alemania.

El verano pasado, estaba en una reunión familiar cuando mi tía Else* mencionó que nuestro querido tío Holger* estuvo en la Stasi. Nos quedamos perplejos. Para aquellos que no hayan oído hablar de ella, se trataba del órgano de inteligencia secreta de la República Democrática Alemana, también conocido como el Ministerio para la Seguridad del Estado, que espió a miles de ciudadanos.

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Entre 1950 y 1990, la Stasi utilizó una trama enorme de informantes profesionales y no oficiales para encontrar detractores potenciales del régimen socialista. Por aquel entonces, cualquiera podría haber sido un informante: amigos, vecinos e incluso familiares. Muchos se veían obligados a colaborar con el estado y la atmósfera de miedo e incertidumbre arruinó multitud de relaciones.

Pero mi tío no era un informante: era un miembro asalariado del Departamento de Espionaje Industrial, con una vida cómoda y un plan de pensiones. No es que quisieran ocultarlo, pero Holger murió hace tiempo y nunca salió el tema. Yo tampoco pregunté.

La Stasi tenía 12.000 empleados de la RDA y, a día de hoy, existen casi doce kilómetros de documentos en un archivo de Berlín que contienen la información de todos los individuos que espiaron. Si quieren averiguar si hay alguna información suya, las familias solo tienen que solicitarlo. Pero muchos se niegan a hacerlo porque no quieren saber qué persona cercana los traicionó.

Para los alemanes nacidos después de la revolución, es difícil imaginar lo que nuestros padres pasaron y, más aún, por qué no querrían saber si sus seres queridos eran informantes. Hablamos con tres jóvenes sobre cómo abordaron el tema con sus padres.

Mascha*, nacida en 1990

La familia de Mascha se parece mucho a la mía. Ambas somos hijas de madres solteras y abuelas fuertes. Además, su familia vive a una hora y media de donde yo crecí. Pero les fue muy bien al final de la República, mientras que mi madre pasó dos años sin encontrar trabajo.

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Un estudio de la Fundación Otto Brenner en 2019 descubrió que las familias que habían estado mejor durante la RDA a menudo sentían nostalgia por ese antiguo mundo. Rememoran aspectos superficiales como el precio de las naranjas o el tener un trabajo fijo y piensan menos en los momentos duros de aquel tiempo.

Pero la familia de Mascha evita todo tipo de conversación sobre temas difíciles. “Estuve enfadada durante un tiempo porque nunca veíamos las noticias en casa”, dijo. “Mi madre nos decía que quería que tuviéramos una infancia libre de política”.

Siendo joven, la madre de Mascha no acataba completamente las leyes de la RDA. “Leía libros sobre marxismo con mucho cuidado y veía las discrepancias entre lo que decían los libros y el día a día de la DRA. Estábamos en una dictadura”, dijo Mascha. Su madre expresó sus críticas al sistema en clase y la expulsaron de la universidad. Alguien la había denunciado.

A Mascha le dijeron que no hablase en el colegio de los problemas que tenía su madre. Cuando llegó el cambio de rumbo político, permitieron que su madre volviese a la universidad y su abuela empezó a trabajar. Mascha a menudo habla con su madre del tema y de la persona que la denunció. Los abuelos de Mascha le aconsejaron no hacer nada. Todavía sigue siendo un tema tabú en las reuniones familiares.

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Pero Mascha no está molesta. “Nuestros padres eran muy jóvenes entonces, tenían la misma edad que nosotros ahora. No había buenos y malos; no todo era blanco o negro. Creo que la mayoría de la gente solo quería seguir con su vida”.

Helene*, nacida en 1994

Para las familias que estuvieron peor después de la DRA, las cosas fueron diferentes y a menudo ven como una misión recordar y defender la República. Es algo que yo veo en mi familia, igual que Helene.

Nació en “un lugar de mierda entre Dresde y la frontera checa”, según cuenta ella. Por aquel entonces, la zona era parte del valle de los desorientados, uno de los pocos lugares en los que no se podía ver la televisión del oeste furtivamente.

El padre de Helene venía de una familia granjera y, aunque dejó la universidad, acabó trabajando de periodista. Su madre, al contrario, estuvo entre las mejores estudiantes de química de la universidad, pero por alguna razón nunca pudo mantener un puesto de trabajo en el ámbito académico. Según le dijeron a Helene, su padre cobraba más dinero que su madre porque él era del oeste y ella del este.

“Mi madre siempre fue buena estudiante, pero otros conseguían puestos de trabajo antes que ella porque estaban en el Partido”, dijo Helene. Su madre se unió al Partido Socialdemócrata [el competidor del Partido Socialista Unificado de Alemania]. Fue el fin de su trayectoria laboral durante la RDA.

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Helene se enteró de que existían archivos de la Stasi sobre su madre hace unos años. Ella le había dicho que no quería verlos, pero que podía solicitarlos en su nombre. Pero Helene no se atrevía. No quería sacar a la luz información que pudiera destruir a su familia. “Si ella no quiere saberlo, ¿tengo que cargar yo sola con ello?”.

Jonas*, nacido en 1989

Jonas trabaja para el Gobierno alemán como consejero de víctimas de la Stasi que quieren una indemnización y ha escuchado decenas de historias como estas. Su familia es una de las razones por las que eligió el trabajo. Sus padres y sus cinco hermanos pasaban la mayor parte del tiempo juntos o en la Iglesia y no veían a mucha gente fuera de la familia.

Jonas recuerda que sus padres a veces se vieron frustrados por el régimen. “Cuando mi hermano mayor volvió de una excursión escolar al cuartel del Ejército Popular Nacional, llevaba una foto de un soldado ruso”. La madre de Jonas rompió la foto y, más tarde, el colegio le preguntó qué tenía en contra del “ejército de la paz”.

“Mis padres no eran héroes, no eran detractores. Pero tampoco eran tontos”, me dijo Jonas. “Eso me enseñó algo”.

Jonas a veces aconseja a gente que todavía es leal a la RDA. “Echan de menos la comunidad, la cohesión, la ayuda vecinal”, dijo Jonas. Pero cree que es una tontería. “Nadie les dijo que tenían que dejar de ser una comunidad después de 1989”.

*Se han cambiado los nombres para proteger la identidad.