Coronavirus

Hablamos con gente que está pasando la cuarentena en pisos de menos de 30m2

“Mi casa son diez pasos de largo por tres de ancho. Más bien pasitos".
25 Marzo 2020, 5:00am
Higinio
Foto cortesía 

Es cierto: romantizar la cuarentena es un privilegio de clase. Por eso causa cierto sonrojo ver a multimillonarios como Leo Messi llamando al confinamiento de toda la población desde su mansión de 6 millones de euros en una urbanización de lujo de Castelldefells. Con campo de fútbol, piscina y un mastodóntico jardín para perderse. Así da gusto, Leo.

La realidad de la mayoría de los ciudadanos es bien distinta. Y en el caso de muchos, se acerca bastante más a lo que podría ser, aproximadamente, uno de los baños del futbolista argentino. El centro de las grandes ciudades está lleno de pisos minúsculos en los que miles de personas viven estos días la cuarentena en soledad. Pisos de 30 metros cuadrados o menos. A menudo sin luz natural. A veces, auténticos agujeros.

“Mi casa son diez pasos de largo por tres de ancho. Bueno… más bien pasitos cortos”, cuenta Higinio, de 37 años. En realidad, el espacio cuenta con un total de 23 metros cuadrados, distribuidos en una única estancia y un baño. Un quinto sin ascensor en el barrio madrileño de Malasaña por el que paga 470 euros al mes de alquiler. Interior pero con luz, gracias a las seis pequeñas ventanas que dan a un patio de luces y a través del cual se saluda con sus vecinos, muchos de ellos ancianos.

“Hay que tener en cuenta es que la gente que vivimos en pisos pequeños estamos habituados a ello. Y más si es gente como yo, que primero: soy casero a tope y hago mil cosas en casa. Tengo lo necesario para hacer de todo fermento, para hacer cosmética, para hacer soldadura de vidrio, para hacer Acuarela, fotografía, tengo más de 50 especies de cactus con toda su parafernalia de plagas, nutrición etc. Tengo hasta una pequeño voladero para los pichones de paloma que me encuentro con su alimento, jeringas y sondas, arena de fondo. En fin, yo no me voy a aburrir en mi puta vida, ni siquiera en 23 metros cuadrados”

“Hay que tener en cuenta es que la gente que vivimos en pisos pequeños estamos habituados a ello"

“Francamente, yo lo llevo bastante bien. Soy muy casero y se me ocurren muchas cosas que hacer. Trabajo en una cadena de comida rápida y la empresa ha hecho un ERTE, así que tengo tiempo de sobra”. ¿En qué invertir ese tiempo? En el caso de Higinio, básicamente en dos cosas: cocinar y limpiar. “Hago lentejas, pan, galletas. Recetas que llevan más tiempo, como la kombucha, o anacardos fermentados para elaborar quesos veganos. Y limpio, limpio y vuelvo a limpiar. No sé si la limpieza es un hilo del que es mejor no empezar a tirar, porque una vez te pones no se acaba nunca”, ríe.

No todo es limpiar y cocinar: el entretenimiento también es clave. “Juego online al Scrabble. O mejor dicho… pierdo online al Scrabble. Hago videollamadas con los amigos, como todo el mundo estos días. Hablo con mi madre por teléfono para que se desahogue y me cuente qué tal su día como auxiliar en medicina interna. Ella llora y yo me aguanto las ganas. Luego nos reímos, porque esta situación es una montaña rusa de emociones. Veo series y películas. Y hago deporte siguiendo directos de Instagram. También ayudo a las personas mayores del edificio: les bajo la basura o les hago la compra cuando lo necesitan. El secreto es entretenerse. No sé si con horarios, con rutinas o con caos. Pero ayudar en lo posible, o al menos no estorbar, y procurar que esto pase pronto”, cuenta Higinio.

A Adriana y Federica, madre e hija de 52 y 21 años respectivamente, este tiempo se les hará un poco más largo. Ambas viven juntas en un piso de apenas 30 metros cuadrados desde que llegaron a Madrid de Venezuela hace cinco años. Y a lo complejo de la situación de confinamiento se suma el hecho de que Federica es paciente de riesgo, dado que hace cuatro años le hicieron un transplante de hígado. Ambas comparten una cama grande. “Convivir en un espacio tan pequeño es muy complicado”, reconoce Adriana. “La única puerta que da un poco de privacidad es la del baño. En el resto de la casa, todo se ve desde cualquier parte”.

“A veces me quedo en casa de mi pareja, que vive a un par de manzanas. Ambos trabajamos juntos”, cuenta Adriana. “Lo hago para darle un respiro a Federica: cada vez que llego a casa me tengo que desinfectar de pies a cabeza en la puerta y meterme de cabeza en la ducha. Pero sobre todo es una cuestión de salud mental de ambas: hay que tener buena disposición para no jodernos la paciencia la una a la otra y llevarnos bien. Y eso no siempre funciona: somos humanos y nos angustiamos. La sensación de no tener escapatoria puede llegar a ser muy, muy dura”.

Yael, de 41 años, vive sola en un pequeño piso interior de 30 metros cuadrados. Lleva tres años y medio allí, y asegura que está a gusto. “Estoy cómoda: no hace frío, porque tengo calefacción central. El edificio no es muy antiguo, como de los años 70, así que está en buenas condiciones”, cuenta. “Creo que no lo cambiaría por un piso mucho más grande en un barrio más alejado del centro”.

Pero una cosa es vivir en un lugar y otra muy diferente no poder salir salvo para lo esencial. Desde que empezó la crisis del coronavirus, Yael ha empezado a teletrabajar. “Normalmente paso unas 12 horas al día fuera de casa haciendo mil cosas, así que este es un cambio grande.

"La casa es pequeña, pero alargada, así que aprovecho para caminar en línea recta o corretear de un extremo a otro”

Pero no lo llevo mal. De hecho, creo que lo ideal sería teletrabajar al menos un par de días por semana. Soy bastante disciplinada, y en la organización encuentro referentes que hacen difícil que me deprima en una situación así”.

A eso ayuda el ejercicio. “Para mí está siendo muy importante. La casa es pequeña, pero alargada, así que aprovecho para caminar en línea recta o corretear de un extremo a otro”. Aun así, la falta de luz natural se acusa. “He estado una semana sin poner el pie en la calle. Ayer salí por primera vez en todo este tiempo y me di cuenta del mucho bien que me hace la luz natural. Estando dentro no la echaba en falta, pero fue salir al exterior y sentirme mucho mejor”.

Para sentirse mejor, no hay nada como la buena compañía. Laura vive con Janis, Gilda, Claudia, Fermín y Betty: tres perras y dos conejos. Todo, en una casa de unos 35 metros cuadrados que cuenta, eso sí, con un pequeño jardín. “Tengo la suerte de que mis perras son muy tranquilas, por lo que no me dan demasiado la lata: los galgos son así. En estos pisos tan pequeños, en vez de tener a compañeros de trabajo soplándote el cogote, lo que tienes es un perro”, ríe. El principal espacio de la casa lo ocupa el sofá, el lugar más cotizado.”Nosotras nos peleamos por el sitio: como son tres, y no precisamente pequeñas, si se despanzurran, que es lo habitual, me quedo sin sitio”.

A pesar de la cuarentena, Laura procura mantener la rutina de siempre. “Trabajo de seis de la tarde a dos de la mañana, y ya lo hacía antes desde casa, por lo que las cosas no han cambiado tanto en mi vida, al menos entre semana”. Los paseos son, eso sí, bastante más cortos de lo habitual. “Las perras están acostumbradas a ir al campo, algo que hacíamos todos los días y ahora no podemos hacer. Se aburren en el parque. El tiempo que estamos en casa procuro mantenerlas entretenidas con cuches: las escondo para que las busquen y ejerciten el olfato. No hay mucho más que podamos hacer”.

“Si antes valoraba compartir mi vida con animales, ahora mucho más”, cuenta Laura. “Ellas me están ayudando a llevar mucho mejor esta situación: me hacen reír, me dan cariño y yo puedo dar el mío a alguien. Gracias a ellas puedo salir a la calle a respirar aire fresco y a que nos dé el sol. Son mi alegría: en este momento de mierda, hacen que la vida sea un poco más bonita”.